Amigo Pepe: Yo entré en el Seminario de Barbastro de niño, a los 10 años, y estuve hasta los 20. Quiero ampliarte algo de lo que cuentas en el capítulo 1º:
A propósito de Miguel Donado, teníamos prohibido, "muy" prohibido, entrar en su habitación. Pero una vez en la que tuve que llevarle cierto encargo verbal de la superioridad que no recuerdo, por la abertura de quince centímetros de su puerta, pese al obstáculo de su cuerpo, vi una habitación en semipenumbra, densa densísima de humo de cigarrillo tras cigarrillo, cafés, vasos, libros en estanterías de pared, discos, la música ambiental de tocadiscos... Me impactó. Para la pobreza y desnudez de mi habitación, reflejo de la mayor que existía en mi casa, aquello fue para mí el salón de "Casablanca" de Bogart, algo irreal de cine que me dejó alucinado, ensimismado, boquiabierto...
Pero, éste no fue el primer seminarista de vocación tardía en el nuevo Seminario. Hubo otro, Laguens (creo que sin diéresis). La cara opuesta de la medalla. Deportista con medallas regionales, aventurero, flaco, pícaro... En fin, sin tratar de ofender, era andaluz (el tópico). Lo acogieron en el seminario de Barbastro. Era uno más entre todos. Buen camarada. Nos bajaba a los enfermos a la clínica de Aparicio, y en una ocasión, a la vista de la sangre de otro, cayó redondo en el suelo; coincidencias de la vida, mi madre estaba allí y lo llevó a tomar un café en un bar de la zona.
Hubo otro seminarista de vocación tardía, muy ortodoxo, Ernesto Baquer, el maestro, el seminarista modelo, también de la Hermandad de Jesús Maestro. Con su guitarra, sus ensayos de canciones, sus actividades de tiempo libre, arrastrándonos como hermano mayor... Qué pena que con su entrega, marchando a Hispanoamérica, enterrara allí todo su potencial colgando la sotana. Pido a Dios por él y por el otro seminarista de aventura. ¡Él, que conoce nuestros corazones, sabe qué sucedió!
Hablaba en otro párrafo del "nuevo Seminario". Y es que lo estrenamos en octubre o noviembre del año 1953, sin hacer ni la iglesia ni el salón de actos. Desde las habitaciones interiores de uno y otro lado (Seminarios mayor y menor) nos veíamos por las ventanas. Lo recuerdo a cuento de que si seis años después de tu ingreso se cierra el seminario como tal, poco duró él mismo: 16 años. Una generación y tercio de estudios sacerdotales, que duraban doce años. El obispo don Pedro Cantero Cuadrado nos iba entregando, uno a uno, el ajuar completo individual ayudado por las señoras de turno. A la par nos daba una estampa con su figura y en su interior una carta exhortándonos a tratar el edificio como posesión propia; qué pena que no la conserve. Aquel curso nos dedicamos a picar los campos de deportes, el de fútbol, balonmano y baloncesto, y a plantar las acacias del lado de Barbastro. Mi tío, el director espiritual don José Palacio Giral, se cayó por la escalera cuando iba a celebrar misa y a coro a la catedral, estuvo todo el curso en cama en la clínica de Aparicio y murió en mayo o junio. A mí, hijo único, un tanto inadaptado y demasiado niño, me hicieron repetir al año siguiente, y me uní al curso de José Mª Ferrer Muñoz, Ángel Noguero Ibarz, Fernando Juste Oncíns...
Cuando tú ingresas en el Seminario (y yo lo dejo) están prácticamente recién llegadas las Hermanas de Jesús Maestro, porque al menos desde su refundación atendían la cocina las monjas Misioneras Hijas del Corazón de María. Hasta su muerte mantuvimos la amistad con una de las superioras que estuvo allí seis años, la Madre Victoria Guardia, quien nos consideraba y nosotros a ella como familiares.
En mis tiempos, la biblioteca y el taller de carpintería contiguo prácticamente eran dos desconocidos, siempre sus puertas cerradas bajo llave. Yo debí entrar dos o tres veces en aquélla, sin pena ni gloria. Recuerdo que ojeé de pie un original de la Historia de Barbastro, de López Novoa (años después la reeditaron y la he leído entera).
Un abrazo de tus amigos Pili Alegre y Alfonso P. Villacampa