VIVIR
Fue un día treinta de Enero. Mi infancia
transcurrió con mis padres y fue bastante agradable. Aunque eran tiempos
difíciles por su escasez, yo no tuve o no sentí la falta de cosas, ni de
comida, ni de lo demás. Fui hija sola y por eso creo que fue más fácil.
Mi padre era un hombre culto, servicial, con
todo el mundo se llevaba bastante bien.
Siempre he comentado que no era de aquellos tiempos, ya que su comprensión
y sencillez le hacían ser muy querido.
A medida que iban pasando los años, yo sentía
el gran cariño que me tenía. Pronto empezó el colegio y gracias a su empeño en
enseñarme consiguió que yo fuera una niña con buena letra y con cierto nivel.
No era yo muy buena estudiante, pero con su empeño por las noches, cuando tenía
vacaciones lo primero eran los deberes que él me ponía: la correspondiente
escritura, cálculo y cuentas.
Fui al colegio de las Escolapias hasta los 7
años. Hice la 1ª Comunión. Después pasé a Andrés Manjón que era un colegio público
o del Ayuntamiento. No puedo decir que no nos enseñaran porque sí que aprendí
mucho.
Cuando mis catarros eran frecuentes, y tras
los primeros síntomas de fiebre, mi primo Alfredo me pasaba un cajón grande que
había en una cómoda pequeña repleta de libros infantiles, tebeos y cuentos. ¡Qué
feliz me sentía!, ya que mi mayor ilusión era la lectura. En el colegio también
teníamos biblioteca y yo seguía sacando de ella todo lo que podía leer.
Recuerdo las excursiones o salidas los
domingos al huerto de una familia de la que éramos amigos. Tenían una casica en Valdefierro y nos íbamos
andando con todos ellos. En uno de esos días vinieron familiares de Bilbao a
pasar el día con todos nosotros, pero con tan mala suerte que uno de los
primos, que tendría sobre unos siete años, pisó la tapa del aljibe, que era
donde se guardaba el agua para poder beber, y se cayó al fondo. Lo sacamos como
pudimos, mejor dicho los mayores, y mi padre lo salvó haciéndole la respiración
artificial y lo reanimó. Nos dimos un susto tremendo.
El regreso a casa por las noches era muy
agradable, porque todos cantábamos y los peques íbamos de la mano, veíamos
luciérnagas y hasta culebras, que algunos padres mataban con palos.
Yo era una niña un poco mimada y algo
consentida. Pero tenía un padre y una madre que sabían la justa medida que no
se podía sobrepasar.
Me fui haciendo mayor y fueron pasando los
años entre un ir y venir de amistad con los vecinos, con los familiares. Y lo
más importante: las noches buenas que yo he pasado, ¡son tan buenos recuerdos!
Nos reuníamos los familiares a celebrar esas
fechas. No es que en mi familia fuesen muy religiosos pero aquello era
maravilloso, había comida para todos y lo más importante: alegría y cariño.
El barrio de las Delicias era pobre, no
teníamos más que lo justo. Pero era algo que no sé si lo sabré explicar: la
gente era muy cercana. Aún conozco a ciertas personas mayores. Sus calles
estaban poco iluminadas, con piedras, pero teníamos el tranvía y los pies para
andar.
De las noches de verano me viene a la memoria
otro recuerdo extraordinario: salíamos a tomar la fresca. Nos juntábamos las
chicas y chicos más o menos de la misma edad con nuestros padres, tíos y
abuelos, y era una fiesta el jugar y comentar con vecinos.
Me hice más mayor y sobre los 14 años, estando
yo aún en el colegio, a mi padre le diagnosticaron tuberculosis. Fue un golpe
bastante fuerte, para mi madre y para mí, sobre todo porque la principal fuente
de ingresos era la de mi padre y porque era un marido y padre maravilloso. Tuvo
que llevar un tratamiento, con los pocos medicamentos que había entonces, y
nosotras lo cuidamos hasta el último momento. Recuerdo que nunca les vi desanimarse en su desgracia.
Mi madre no quiso que mi padre saliera de
casa. Recuerdo que en aquella casa, estilo parcela, cuidaba a mi padre con
esmero y a la vez con cuidado por el contagio que ello suponía. Mi madre
trabajaba las horas que podía. Los primeros meses lo hizo en casa de unos
vecinos cosiendo los sacos para pienso de animales y, como era enfrente, pasaba
a dar vueltas por mi padre. Así estuvimos algunos meses. Él se tomó mucho
interés en hacer lo que los médicos le decían.
Entonces sentí que algo se había roto. Ya no
eran igual las cosas. Pensé que yo tenía que empezar a trabajar. Me resistía,
pero después de estar algún tiempo cosiendo como modista, sin sueldo, pasé a
trabajar. Era hora de ganar un poco de dinero y aportar lo poco que se podía. Así
pasaron como cuatro años y todo fue mejor, sobre todo en la enfermedad, ya que
mi padre se curó.
Entonces fue cuando mi vida tomó otro ritmo
ya que conocí un centro de Acción Católica. Allí por las tardes, entre
bastantes chicas, nos enseñaban corte, confección, cocina, nos daban charlas y
nos lo pasábamos muy bien.
Recuerdo con especial cariño aquel verano en
que tenía 18 años. Nos fuimos unas chicas de ejercicios espirituales a San
Sebastián con el Centro de San Voto. ¡Como nos divertimos!, y ¡qué fuerzas cogí para seguir en la vida!
Ahora, cuando escribo estas líneas, siento una gran paz, ya que me considero privilegiada por
haber pasado esos años, ya que con las personas que allí trataba encontré la
paz de la fe en Dios. No había pensado nunca en que yo podía creer en Jesús
pero así fue. El gusanillo de
Mi vida era otra cosa con mis amigos y
amigas: era estar en ese centro, ya que todo mi tiempo
libre, lo pasaba en él. Íbamos de excursión, estaba en compañía de gente con
ilusión, con ganas de vivir. Nos enseñaban no sólo a saber estar con otras
personas, sino a aprender, desde coser hasta la cultura suficiente para poder movernos
en otros ambientes.
En este tiempo conocí a unos cuantos amigos y
amigas. Con ellos nos íbamos a recorrer los hospitales, sobre todo sanatorios, en
donde hacíamos festivales para los internos. También realizábamos excursiones y
gracias a ellas logré buenas amistades, formando un grupo bonito. Nos fuimos
conociendo y surgieron algunas parejas.
¿Cómo podría yo expresar la gran satisfacción
que me producía el que aunque había perdido a mi padre estaba rodeada de personas
que eran como hermanos míos? Sentía que mi vida era plena. Todos decidíamos todo:
conseguir un autobús aunque fuera pequeño, salir los domingos, etc. Estábamos
unos treinta, además de algún padre y hermanos.
Todavía nos relacionamos, aunque algunos han
fallecido, tanto amigas como amigos. Guardo un buen recuerdo de aquellos
tiempos con grandes amistades.
Pero volvamos a mi familia. Pasó el tiempo y
mi padre falleció en enero del año sesenta y dos. Fue para mí muy triste ya que
lo consideraba como un amigo. Sentí un dolor muy fuerte. Ese día 14 de enero
hacía frío y mi padre por la mañana nos pidió una ensalada de tomate. Fuimos a
comprar los tomates y la preparamos. Era domingo y por la tarde fui al centro
San Voto, para pasar el rato con unas cuantas mayores que nos enseñaban a oír
música clásica. El ambiente era especial: todas poníamos en común cosas que nos
pasaban. Yo comenté que mi padre estaba bastante enfermo y cuando estábamos
escuchando a Verdi (el adiós a la vida) me vinieron a decir que fuera al médico a avisarle
para que le visitara, ya que se había puesto peor. Entonces me acerqué al
consultorio que estaba en la calle Don Jaime. Cuando llegué a casa mi padre
había fallecido.
La calle Terminillo sabe de los momentos
dolorosos que no podía disimular. Había que ir a trabajar, pues de lo contrario
no se comía. Me ayudaron mucho los momentos en que me encontraba con aquellas
amigas; también los que pasé con el Señor hablando de mis necesidades en
aquellos ratos de oración. De verdad que fueron momentos de total desesperación
al no poder estar con él, con mi querido padre. En
cierta ocasión fui al cementerio y no pude estar con él. Tuve que salir a toda
prisa porque para mí no había consuelo.
Pasó el tiempo y nos fuimos haciendo a la
idea de que mi padre no estaba con nosotras. Mi madre tenía un buen oficio y
conseguimos salir adelante gracias a lo que ganábamos las dos. Pasaron dos o tres años y entonces edificaron
pisos, tirando parcelas. Nosotras compramos uno y allí vivimos hasta que yo
conocí a mi marido, que era militar. Puntualizo que era militar, porque eso me supuso trasladarme de
Zaragoza a Huesca.
Me casé el uno de octubre del sesenta y seis,
totalmente enamorada. Creí que era lo más sublime, pero no fue así. Yo era todo
sinceridad, amabilidad. Pasó el tiempo y todo lo que yo sentía no podía
cumplirse porque él no sentía lo mismo que yo. Era otra cosa, como entonces
solía ser. La mujer en casa haciendo la función de sirvienta y el marido
haciendo lo que le daba la gana.
Me quedé embarazada de mi hijo José que nació
un veintiocho de Septiembre. Tuve a mi segundo hijo, Juan, que nació al año
siguiente un veintidós de Septiembre. Luis, mi tercer
hijo, veinte meses más tarde: un veintidós de Noviembre. Alicia nació un once
de Agosto, un mes raro porque ya sabéis que es el mes de las vacaciones y
siempre resulta vacío.
Durante mi matrimonio y los primeros años
veía como todo era un sin vivir. Los hijos llegaban pero no tenían el cariño y
el ambiente que deseaba para ellos. Era una dictadura y los modos de autosuficiencia
de mi marido me hacían temblar, ya que no estaba acostumbrada a ese trato.
Al principio tuvimos que salir de Zaragoza.
Lo destinaron a Mérida donde residía su familia. No fue muy duro ya que soy una
persona que me adapto a todo enseguida. Luego vinieron los hijos y tuve que
espabilarme en defender que el cariño hay que demostrarlo. No fue fácil. De
momento me callaba pero después, si había que decir lo que sentía, lo hacía.
Por eso todo era peleas y malos modos.
Sin embargo, quiero decir que siempre hay
momentos que puedes solucionar, sobre todo si estás con otras personas que te
escuchan y te dan su apoyo. Cuando se
producían los malos momentos con mi marido, salía con una amiga al cine, nos
dábamos nuestros paseos, tomábamos nuestros cafés y nos contábamos nuestras
penas que eran parecidas. De esta forma, la vida diaria era más llevadera. ¡Cuántas
gracias le doy a Dios por tener una amiga que tenía mis mismos problemas! Entre
las dos había una sinceridad completa y una ayuda reciproca. Hace dieciocho
años que mantenemos la amistad. ¡Cuántas veces comentamos qué hubiese sido de
nosotras de no haber tenido esa alegría que nos caracterizó!
Mis hijos se iban haciendo mayores y con ello
yo tenía otro sufrimiento ya que no veía que aquel ambiente fuera bueno para
ellos. Se volvieron algo rebeldes. El mayor tenía trece años y se fue al
Seminario pues quería ser religioso. ¡Dios mío, cuántas lagrimas derramé cuando
se marchaba! ¡Cuántos paseos y viajes para verle cargada con paquetes! Pero eso
no era nada para lo que vino después. Se salió del Seminario y le tocaba ir a
la mili, pero como eso era contrario a sus ideas optó por la insumisión. Lo
juzgaron y se pasó dos años, cuatro meses y un día de cárcel. Todavía se me
llenan los ojos de lágrimas. No había consuelo para mí ni para los otros
padres.
Anterior a esto mi madre me ayudaba mucho en
todo, compartiendo el sufrimiento de ver que no éramos felices. En el año
noventa murió tras estar en una silla inválida cuatro años. Siento satisfacción
por haberla cuidado, aunque no tanto como ella se merecía. Mi amiga, que era
como una hermana ya que no he tenido a nadie para pasar y comentar lo que me
estaba sucediendo, se quedó conmigo velando a mi madre. Quiero que quede
escrito en estas líneas que eso es de agradecer para toda la vida. Gracias a
los buenos ratos que hemos pasado en el Corte-Inglés y en las fiestas de Santa
Águeda.
Bueno quiero seguir en el año noventa. Uno de
mis hijos estaba en la droga y nos lo dijo. Tenía veintiún años. ¡Dios mío, qué
duro! Yo creo que si hay una sima en mis pies me traga. Gracias a Dios mi madre había fallecido ya
que hubiese sido muy duro para ella. Entre mi hijo el mayor y yo le convencimos
para que fuera a Proyecto Hombre. Empezó la lucha día a día. Al cabo de un mes
él cogió muy en serio la terapia y así pasaron tres años. Estoy muy orgullosa
de él.
En ese mismo año, poco antes de lo de mi
hijo, falleció mi marido. Fue lo mejor que pudo pasar para que mi familia
volviera a su vida normal.
Desde Enero en que murió mi madre hasta Junio
en que lo hizo mi marido, me encontré luchando con la insumisión, con otro hijo
en Proyecto Hombre y el restante con problemas de bebida (de los que se
recuperó). He pasado momentos malos pero, al mismo tiempo, ¡qué grandes momentos
también con esta gente, compañeros de nuestros hijos, padres y madres de
toxicómanos, que éramos una piña! Todo lo que estábamos pasando era especial.
Digo esto porque el ambiente que reinaba era de cariño y de amistad, con
personas amables y cariñosas. En estos tres años me volqué en colaborar con los
padres. Teníamos grupos de ayuda, excursiones, obras de teatro. Yo, como
siempre, colaborando en todo, en la junta
de padres y en hacer cosas en beneficio de todos. Los chicos fueron
funcionando para bien. Era duro pero con momentos muy positivos, como, por
ejemplo, las cenas a primeros de mes. Gracias a estas cosas pude sobreponerme a
la insumisión. Después he tenido la satisfacción de verlos casados. Le doy gracias
a Dios por todo lo bueno que siento ahora.
Tengo a mi hija y a mi nieta conmigo. Mi hija
se separó después de una mala experiencia. Es la vida la que te hace madurar. También
las amistades son un eslabón en la vida.
En la parroquia he trabajado mucho en Cáritas, en el funcionamiento del Consejo, en otros grupos,
por agradecimiento a la fe que profeso. ¿Qué puedes tener en la vida si día a
día no tienes la alegría y el cariño de los demás que tratas cotidianamente? Ahora
desde hace siete años he conseguido sacarme el Graduado Escolar.
He tenido una vida, haciendo lo que me ha
parecido bien, para mi satisfacción.
Alicia