ESCRITOR Y PUNTO FINAL
Aunque su primo José García Baselga le envió una poesía en abril de 1957 con el título "Crejenzán", con una dedicatoria que rezaba "A mis primos con cariño", no es de este personaje de quien queremos comentar sus escritos, sino precisamente de los que nos ha dejado nuestro tío Cándido.
EL PRIMER CINE EN BARBASTRO
Dado su interés histórico reproduzco íntegramente su contenido. "El grato rumor corrió como la pólvora entre los colegiales. En el recreo no se hablaba de otra cosa, y durante las clases el pensamiento estaba más pendiente del rumor que de la explicación del profesor. Se decía que los colegiales iban a presenciar una sesión del primer cine llegado a Barbastro. Esto colmaba de alegría y expectación a la grey estudiantil.
Aunque no puedo precisar fecha, fue aproximadamente en uno de los tres primeros años del presente siglo cuando los barbastrenses satisficieron su gran curiosidad y contemplaron el primer cine. Se había instalado en el paseo del Coso ocupando su cuarta parte en la dirección procedente de la carretera de Huesca. Un barracón bien construido en cuya entrada ostentaba un llamativo piano eléctrico adornado con varias figuras metálicas y gran profusión de lámparas de color. Delante de él una mesita rectangular con los talonarios de las entradas que entregaba y cobraba una señora maquillada en extremo y con bastantes años encima. No había taquilla. El piano sonaba ininterrumpidamente atrayendo a un público ansioso de conocer aquel reciente invento. Unos toscos carteles anunciaban las películas proyectadas. Recuerdo el título de dos de ellas por ser las primeras que vi en mi vida: "El primer cigarro de un colegial" y "Alí-Babá y los cuarenta ladrones".
La entrada en el local se efectuaba por dos estrechas puertas situadas a ambos lados del piano. Una de ellas conducía a las localidades de preferencia, provistas de sillas, y la otra a las de general, provistas de bancos. Me parece recordar que la entrada a preferencia costaba cincuenta céntimos y la general veinticinco.
Contaba la empresa con un infatigable explicador, complemento indispensable en aquel primer período de cine, cuyas imágenes tan sólo estaban dotadas de movimiento pero no del divino don de la palabra. En su defecto, ésta era sustituida por la amena e ingeniosa charla del explicador, que no solamente se permitía explicar al público el argumento de la película sino que lo aderezaba con graciosas frases de su cosecha, lo cual, a veces, divertía al público tanto como lo representado en la pantalla.
Cuando la empresa comprendió que los barbastrenses habían desfilado casi todos por su sala y que la señora del maquillaje permanecía bastante ociosa ante los talonarios, tomó la determinación de levantar el campo y arrancar el vuelo hacia otras localidades desconocedoras del cine.
Esta experiencia debió dejar buen sabor de boca pues no transcurrió mucho tiempo sin que se instalara un segundo y nuevo cine, pero no con carácter transeúnte sino fijo, estable para recreo y disfrute de los barbastrenses que lo estaban añorando. Tampoco se trataba de un barracón ocupando un paseo público, por muy bien montado que estuviera, sino que fue instalado en la planta baja de un espacioso edificio deshabitado ubicado entre el punto de partida de la carretera de Huesca y el del camino o calle que conduce a la plaza de toros, o sea en el extremo de uno de los lados del Coso. Este cine fue bautizado con el nombre de "Salón frío" cuyo letrero resplandecía iluminado sobre la entrada principal. No había piano eléctrico ni era necesario para atraer la atención del público, pero había una pequeña taquilla ante la cual se formaban largas colas. Manteníanse las dos clases de localidades, preferencia y general, con sillas y bancos respectivamente.
El público se había transformado. No era el tímido y respetuoso que desfiló ante la primera pantalla contemplada en Barbastro. Si entonces mostróse cohibido, después soltó los frenos dando rienda suelta a la incultura acaparada por determinados espectadores. Sólo faltaba que el explicador, novato en su profesión, titubeara."
SOBRE SAN VICENTE DE PAUL
En este escrito comenta la obra de A. Hernández y Fajarnés, "San Vicente de Paul. Su patria y sus estudios en la Universidad de Zaragoza", editada en 1889 por la Librería de Cecilio Gasca.
"Hacía años que no había vuelto a leer la obra de A. Hernández y Fajarnés sobre la patria y estudios de S. Vicente de Paúl. Dicha obra, junto con los demás volúmenes de mi biblioteca, me fue saqueada durante la Guerra Civil española, cumpliéndose una vez más el triste sino que pesa sobre todo lo escrito relativo a la vida del santo. Pero alguna de otros poseedores se salvó, y ésta ha llegado a mis manos cuando menos lo esperaba, no sin antes haber realizado gestiones para ver dónde me sería posible encontrarla.
En aquellos años, y han transcurrido muchos, cuando por primera vez leí tal obra recuerdo que saqué una impresión francamente optimista en orden a la verdadera nacionalidad del apóstol de la caridad. Indiscutiblemente era español, aragonés y, lo que más me emocionaba, ascendiente mío por la rama materna. Sí, allí estaba el cuadro de San Vicente de Paúl, junto a otro del M.R.P.Gr. Juan Paúl, Inquisidor General, que constantemente contemplaba en una de las habitaciones de mi casa. Escuchaba con la máxima atención las palabras de mi abuela materna contándome lo que ella había oído referir siempre: esto es, la firme convicción de que San Vicente de Paúl era un ascendiente de la familia Paúl de Cregenzán. Y como si esto fuera poco, la obra del Sr. Hernández y Fajarnés con su minuciosa exposición de datos, linaje de los Paúl, fechas y referencias de cartas y otros escritos relacionados con el Santo, vinieron a completar y afianzar mi convicción respecto a este interesante asunto.
Cierto que en aquella época me encontraba en plena juventud y con el ánimo bien dispuesto para extraer de la lectura cuanto pudiera contribuir a colmar los sueños y grandezas propios de la edad, sin advertir, o más bien haciendo caso omiso de lo contrario. En cambio, cuando los años empiezan a pesar, todo va tomando un giro distinto que conduce a contemplar las cosas en su frío realismo, a la fantasía sucede la meditación. De ahí que también sea distinta la impresión que la lectura de este libro me ha producido en el transcurso de los años.
No pretende el autor escribir una biografía más de San Vicente de Paúl. Son muchas las que se han publicado, aunque a decir verdad la mayoría por biógrafos franceses. Lo que pretende precisamente el Sr. Hernández y Fajarnés es mostrar, o mejor dicho, investigar lo que aquéllos silencian. Llenar el hueco que dejan vacío, tratándose de un tema tan interesantísimo como el de la nacionalidad del santo y sus estudios.
Digna de las mayores alabanzas fue la actividad desplegada por este ilustre catedrático, Rector de la Universidad de Zaragoza, en el cometido a que se consagró, realizando infinitos viajes, consultando archivos, escuchando referencias personales, manteniendo asidua correspondencia con aquellas personas que podían suministrarle algún dato interesante y exponiendo a continuación el curso de su investigación en una obra donde puntualiza los fundamentos en que se apoya la tradición española para sostener que San Vicente de Paúl era español, aragonés, nacido en Tamarite de Litera, y cursó sus estudios de teología en la Universidad de Zaragoza.
Ahora bien, ¿puede admitirse todo esto como un hecho cierto? No. El mismo autor indica que se limita a aclarar cuanto ha averiguado e indagado, no sólo en España sino también en Francia, y a poner de manifiesto cuanto los historiadores franceses silencian sin deber silenciar, dejando, por tanto, al lector para que según su genio y crítica pueda fallar en conciencia.
Naturalmente que todo el trabajo emprendido en la búsqueda de datos sobre los que se apoyan los fundamentos de la tradición española en orden al origen de San Vicente de Paúl, tiene como punto de partida el hecho insólito de que no exista o no se haya encontrado documento alguno que acredite su nacionalidad ni aun la de sus padres y otros antecesores. No obstante, franceses y españoles coinciden en afirmar que San Vicente nació el 24 de abril de 1576. Pero, ¿dónde? Parece más fácil saber el lugar que la fecha y todavía más la nacionalidad, pero lo cierto es que nada de esto se sabe en concreto. Los españoles tratan de justificar esta laguna diciendo que los libros parroquiales donde debía constar la inscripción de nacimiento y bautismo fueron saqueados e incendiados por las tropas francesas a su paso por Tamarite de Litera. Es posible, pero si San Vicente de Paúl nació en Tamarite como sostiene la tradición española, sus padres debían residir en dicha localidad, y allí debieron nacer también sus tres hermanos mayores, manteniendo relación y más o menos estrechos contactos con los parientes que allí tuvieron y vecinos del pueblo. Luego, aun admitiendo que los padres del santo con sus hijos emigraron a Francia, (aquí se interrumpe el texto).
RELATO AUTÉNTICO DE DOS INTRANSCENDENTES Y ANÁLOGOS SUCESOS
En tres folios y medio narra lo ocurrido a dos señoras de Barbastro que se cayeron en la calle. La primera fue atendida rápida y amablemente por los habituales de un burdel, mientras que 40 años después la segunda cayó delante de una iglesia y nadie le echó una mano. Tras fustigar la hipocresía de muchos comportamientos religiosos ("¿Acaso la religión católica queda concretada a determinados ritos y formulismos sin aplicación práctica de cuanto su doctrina enseña y manda? ¿O es solamente el disfraz con el cual se trata de encubrir cuanto de pecaminoso hay en la vida?"), acaba diciendo que "no cabe duda de que el sentimiento de la caridad se hallaba más arraigado en aquellos lejanos tiempos cuando aún subsistían los cafés de camareras que no ahora cuando la Iglesia ha llegado a la plenitud de su apogeo".
RECUERDO DE UNA MONTERÍA
En un relato de ocho cuartillas y media escritas a máquina por ambos lados, nos relata una cacería del jabalí en Abizanda en la que participó con su perro sabueso "Zar" y unos amigos. "Entre cazadores y ojeadores sumábamos unos catorce, y la jauría integrada por diez perros, en su mayoría sabuesos". Narra cómo al principio de la montería se dirigió hacia su puesto un jabalí: "Rápido como el rayo lo encañoné y disparé seguidos los dos tiros, viendo cómo el animal caía a tierra, aunque intentaba levantarse. Corrí hacia él y, a menor distancia, un tercer disparo fue suficiente para que allí quedara."
UN SEPTUAGENARIO ANTE LA NOCHE DE SAN SILVESTRE
Se trata de un breve relato de 3 cuartillas escritas a máquina por ambas caras en las que se describe la noche de fin de año en salones y restaurantes de postín. "Tampoco el septuagenario (se supone que tío Cándido), fiel a la tradición, ha querido sustraerse al rito de la noche de san Silvestre. Lo está celebrando y lo celebra en su hogar, sin otra compañía que la de su esposa, como aquellos desheredados de la fortuna que no tienen vía libre a los santuarios del placer, aun cuando no se considere incluido en ese grupo, ni tampoco alas para revolotear sobre el frondoso terreno de la dorada aristocracia.
Sonando las doce campanadas del reloj de la Puerta del Sol, de Madrid, escuchadas por la radio, tragamos los doce granos de uva rociados a continuación con una copa de champán. Pero sin ruido, sin alboroto, sin la opresión del traje de etiqueta, sin que cegaran nuestros ojos el brillante resplandor de joyas, sin que precediera a nuestro rito banquete alguno, implorando del Divino Hacedor salud y felicidad.
Mas, para no sentirnos tan alejados del mundo, conectamos nuestro receptor de radio con Madrid, Barcelona, París, Londres, etc., cuyas ondas hacían llegar a nosotros el eco de las salas de fiesta donde se estaba conmemorando, con aparentes signos de orgía y bacanal, la tradicional noche de san Silvestre."
IMPRESIONES DE UN VIAJE A LOURDES
A través de 15 cuartillas, escritas a mano por una cara, nos cuenta desde el principio al final el desarrollo de una excursión que la Diócesis de Barbastro organizó a este lugar mariano. "Hacía años que yo sentía vivos deseos de ir a Lourdes para postrarme a los pies de la Virgen. Existía además una promesa que me era preciso cumplir. Pero mis deseos tropezaban con una barrera de difícil franquear". Esta barrera consistía en que tardó mucho tiempo, como ya hemos comentado, en obtener el pasaporte. Se inscribió al viaje con tía Elisa. "Ni que decir tiene que fuimos los primeros", aunque "poco faltó para que se malograra el viaje por culpa de la maldita documentación, pero quiso la Virgen que se solucionara todo". Fue un 28 de julio de 1964. "Integraban la peregrinación unas 30 personas, de las que la mayoría pertenecía al sexo femenino. Varones éramos unos 7: tres sacerdotes y cuatro seglares". En las fotos que se hicieron durante el viaje figuran igualmente nuestra madre y mi hermana Pilar.
En Huesca hicieron una parada "para recoger al policía encargado de nuestro pasaporte colectivo, y que también había gestionado nuestro alojamiento en Lourdes. Fue uno más en la peregrinación". Permanecieron media hora en los Arañones para despachar los trámites fronterizos, mientras que en la aduana francesa todo fue más fácil: "Rápidamente despachamos este trámite, puesto que a los empleados de la aduana no les preocupa que podamos pasar algo prohibido o sujeto a imposición".
Cándido expresa su impresión al llegar a Lourdes y ver la imagen de la Virgen: "El primer momento es de éxtasis: quedan en suspenso nuestros sentidos; el alma, dominada completamente por intenso sentimiento de admiración, se eleva hasta Dios. Nos sentimos poseídos totalmente por esa virtud que llamamos Fe". Comenta igualmente su emoción al ver los enfermos: "Apenaba ver a tanto enfermo, de todas las edades, la mayoría paralíticos, con sus rostros demacrados por el dolor, y la mirada fija en la Virgen, suplicando la gracia, el milagro de su curación".
EL MAESTRAZGO
Se trata, sin duda, de su intento más pretencioso consistente en una novela corta, de 76 cuartillas, en la que centra su atención en una familia catalana pequeño burguesa, los Oriol, constituida por el padre, don Ramón, dedicado a los negocios de compraventa de inmuebles, entre ellos un castillo en el Maestrazgo que da título a la obra, por la madre (que apenas es perfilada), el hijo Alberto, "ejemplar" estudiante de Derecho, y la hija Mercedes, también universitaria pero con algún suspenso, cuyos devaneos amorosos se convierten en el núcleo central del argumento con un final feliz en boda.
Escrita, se supone, en los movidos años 60, utiliza un estilo más propio del siglo XIX que de la época en que se sitúa, y su lenguaje resulta a estas alturas completamente envejecido. Utiliza la prosa con corrección, aunque con incisos que la rebajan.
Desde una óptica claramente conservadora y con unos personajes de clases acomodadas, sin que en ningún momento presente una panorámica social más amplia, intenta, sin embargo, una leve crítica de los convencionalismos burgueses, especialmente en materia de noviazgo. Los únicos personajes que contienen un mínimo de rebeldía, sin embargo, acaban contrayendo matrimonio con todas las de la ley y en un ambiente aristocrático: ostentando un condado y contrayendo matrimonio en la capilla de un palacio.
SIN TÍTULO
El último de sus escritos que queremos comentar es uno al que no puso título y que ocupa una extensión de 25 cuartillas por una sola cara.
Es tal vez su escrito más interesante, junto con el del cine en Barbastro, aunque este último por su valor como documento histórico. Se trata de un relato breve que narra el encuentro casual en un tren de dos personas para las que supone tal vez el momento más feliz de su vida. Es una novela de amor, como la anterior, pero en esta ocasión de un amor "otoñal", aunque en realidad los amantes tienen tan sólo entre 45 y 50 años.
El valor de esta obra reside, por una parte, en su atrevimiento de limitarla a dos personajes y a una acción que se desarrolla exclusivamente en el departamento de un vagón del tren, y, por otra, en los elementos autobiográficos que incluye el mismo autor. Así, por ejemplo, ella habla en el capítulo IV de un pretendiente que tuvo, el cual, al llegar la guerra, lo que "hubiera deseado conquistar por la fuerza de la razón, se trató de obtener por la razón de la fuerza. En vano lanzó llamadas a la moderación: se había llegado demasiado lejos". A continuación habla de su hermano que "estaba afiliado a una institución filantrópica (se supone que a la masonería) duramente perseguida después de la guerra. No era político, pero sí un ardiente defensor de la fraternidad humana; de ahí su consternación ante aquel derramamiento inútil de sangre." Todavía es más directamente autobiográfico lo que dice a continuación: "Cuando el ejército enemigo se aproximaba, mi hermano, desplomado moralmente y con una visión clara del futuro, decidió expatriarse. Tratamos de convencer a Alberto para que le siguiera, pero se resistía a hacerlo. Insistimos, aconsejándole que debía evitar el primer encuentro con el enemigo, que sería espantoso. Conseguimos persuadirle y los dos partieron para Barcelona. Allí Ramón preparó su documentación para trasladarse a Francia, pero Alberto, ciego, soñando con un armisticio... rechazó pasar la frontera... Y allí quedó hasta la terminación de la guerra. Luego, naturalmente, fue detenido, trasladado a Lérida, sometido a la parodia de un Consejo de Guerra, y, aunque no se había manchado las manos con sangre, fusilado. Ésta fue su liberación, la taimada liberación de la que fueron víctimas tantos inocentes."
Por su parte, el protagonista narra su propia experiencia, tan afín a la de tío Cándido: "Los acontecimientos tomaban mal cariz y, habiendo figurado en un partido republicano, creí oportuno tomar precauciones. Un buen amigo me cobijó en su domicilio y allí permanecí oculto más de un año, pero llegó un día en que fui descubierto y encarcelado. Luego la consabida farsa del Consejo de Guerra en el que salvé la vida gracias a la protección de un buen padrino. Tres años permanecí encerrado, tres años de duro sufrimiento, hasta que por fin fue conmutada mi condena por la de confinamiento en un pueblecito pequeño donde conseguí descansar y aislarme de la secuela de la guerra."
El relato le sirve para intercalar la crítica política más explícita que contienen sus escritos: "Éste fue para nosotros el saldo de aquella guerra cruel, en la cual blasfemamente se mezclaba el nombre de Dios como si ESTE aprobara aquellos hechos vandálicos. ¡Oh, qué terrible prueba para las conciencias limpias! Cierto que en nuestra zona se cometieron repugnantes crímenes y atropellos, pero sus autores, los más, actuaban impulsados por su incultura, por el odio que las injusticias sociales habían acumulado, por su desconocimiento de la idea de Dios. Era una atenuante." Y continúa: "Yo también fui víctima de ese huracán abatido sobre España. Me encontraba en Zaragoza cuando estalló el 'maldito' movimiento. Creí que se trataba de un pronunciamiento más de los que tanto han proliferado en nuestra historia militar. Pero me equivoqué. A la rebelión militar se sumaron otros elementos: eran, por un lado, los que en las guerras civiles del siglo pasado se llamaban absolutistas; los que observan los mandamientos de la Iglesia y olvidan los de la Ley de Dios; y, de otro lado, los contagiados por la doctrina totalitaria, los cuales, de haber estado en la zona republicana, se habrían sumado a los marxistas y libertarios." Y, finalmente, añade: "Ahora lo que anhelo es moverme en un régimen de libertad e independencia; un régimen donde se reconozcan y respeten los derechos inherentes a todo ser humano; donde no haya vencedores y vencidos."
Su postura muy crítica respecto de las atrocidades de la Guerra y, en especial, del nuevo régimen instaurado por Franco, no era algo aislado. En la novela se refleja su pesimismo respecto a la situación actual de la sociedad. Habla de un mundo "incómodo; un mundo esclavizado por esa montaña de prejuicios sociales que paralizan nuestros pasos; un mundo corrompido por la hipocresía y el insano placer del mal ajeno; un mundo que bajo la pantalla de la religión de Cristo, a quien verdaderamente adora y rinde culto es al vellocino de oro del cual nos habla la Biblia como símbolo de la riqueza; en fin, un mundo atormentado por odios raciales, persecuciones políticas y antagonismo religioso." Reaparece aquí, por consiguiente, no sólo su crítica política, sino también su crítica a los comportamientos religiosos que observa a su alrededor, muy distintos a los que deberían ser en su opinión siguiendo el modelo del Evangelio, y su crítica a los comportamientos sociales de aquella sociedad barbastrense de la posguerra basados en los prejuicios y en la hipocresía.
Su crítica moral se hace más explícita al enjuiciar el "achuchón" que se dan los dos amantes en el vagón: "¿Acaso estaba arrepentida? Tampoco. Había vivido el momento más feliz de su vida... Cierto que había obrado al margen de la ley, de los rígidos dictados de la sociedad, de los confusos límites de la moral. ¿Acaso los anhelos del alma y del corazón pueden permanecer encadenados a injustas leyes, torpes prejuicios sociales y equivocada moral? ¿Es más moral la unión carnal de un hombre y una mujer, por muy legal que sea, basada en vínculos ajenos al amor? No. Alicia nada debía reprocharse. Era soltera, no tenía un marido a quien deber fidelidad, tampoco lo robaba a otra mujer, puesto que Luciano era soltero. Ella había dado lo SUYO".
Y, por primera y única vez en los escritos que disponemos de él, se atreve a adentrarse por descripciones de contenido erótico: "...conservábase francamente hermosa, con un cuerpo escultural, y aquellos ojos que perturbaban con la mirada; aquella boca de labios sensuales que estremecían, y aquel cuerpo que tenía la propiedad del imán... Los labios del hombre se posaron sobre la frente de la mujer; después bajaron un poco más: besó los ojos, los divinos ojos que le anonadaban... sus bocas se apretaron en un prolongado beso de amor... toda ella era un volcán. Los apasionados besos de Luciano adorando aquel inmaculado cuerpo la escalofriaban, la electrizaban. Ebria de placer... oyóse un 'no', 'eso no'... como un residuo de vencido pudor, seguido de un dulce lamento, de un profundo jadear." Tal vez estas descripciones fueran las causantes del juicio que tía Elisa escribió de su puño y letra al comienzo del relato: "Feo, fatal. Parece mentira para tí, tan bien como escribes otras cosas. Ya lo sabes."
Digamos, para finalizar que el protagonista es abogado, como tío Cándido, y que se recrea en la descripción de los campos que se contemplan desde la ventanilla del tren, campos tantas veces observados por él como terrateniente, y que tiene la habilidad de describir a sus dos personajes no desde el punto de vista del autor sino desde el de cada uno de ellos.
CREGENZÁN
Cregenzán constituyó para tío Cándido su refugio preferido. Allí pasaba largas temporadas con su mujer, bajando en ocasiones a pie hasta Barbastro desde el mismo pueblo, distante 5 kilómetros.
Conservamos, con fecha 10.2.1958, el contrato de arrendamiento con Antonio Sánchez Loriente al que cede en arriendo de aparcería las fincas rústicas que poseía en Cregenzán. En él se especifican las labores profundas con mulas, bueyes y arado moderno, el cavar la tierra alrededor del pie de los olivos, la poda anual de la tercera parte de olivos y almendros, la recolección de olivas y almendras repartiendo el fruto por mitad diariamente en la casa del propietario, el cultivo de cereales entregando el propietario la simiente necesaria para la siembra, las dos labores anuales en el cultivo de la viña repartiéndose también el fruto por mitad, los abonos, los cortes en los olivos, el aprovechamiento de los pastos por cabezas de ganado lanar, los cupos de entrega de frutos, la residencia del arrendatario y su familia en la casa Paul y el derecho de vender alguna finca.
El 11.11.1967 escribió a D. José Algora, residente en Zaragoza, dándole las gracias por un artículo publicado en Heraldo de Aragón el día anterior en defensa de los agricultores, entre los cuales se incluye Cándido. Habla de su difícil situación "sobre todo en esta comarca de Barbastro, donde predomina el olivo, improductivo por estar atacado de varias plagas que el agricultor por sí solo no puede combatir por carecer de recursos necesarios, ni tampoco cultivar debidamente por no encontrar obreros que le ayuden en sus faenas agrícolas, aun pagándoles a 245 pts. diarias (unas 4.000 de finales de siglo), que es lo que cobran los poquísimos que hay". Protesta tío Cándido por un nuevo y elevado impuesto que le obliga a "cotizar un seguro social por obreros de los que no se disponen". Y concluye diciendo: "¡Qué tristeza para los que somos viejos y apegados al campo! Poseo un pequeño patrimonio de unas 50 hectáreas, completamente abandonado por no encontrar quien quiera trabajarlo en arriendo ni tampoco comprarlo".
¿HIDALGO?
El 20.4.1960 el Marqués de Valdeguerrero, Presidente de la Junta del Reino de Aragón de la Asociación de Hidalgos a Fuero de España, le remite desde San Clemente (Cuenca) los Reglamentos de la Asociación "por estimar que su contenido es de su particular interés".
EN BARBASTRO
En Barbastro llevaba una vida retirada, saliendo normalmente a la calle sin olvidar el sombrero que le solía acompañar siempre. Era muy aficionado a la lectura, a liar cigarros con maquineta y a escuchar la radio, sintonizando con frecuencia emisoras extranjeras, contrastando de este modo la información que recibía con la que era transmitida desde las emisoras españolas controladas por el régimen franquista. Al final de su vida dio también entrada en su casa al pequeño televisor en blanco y negro.
Su piso del Coso (entonces Pº del Generalísimo) y el nuestro estaban comunicados directamente sin salir a la calle a través de un piso "interior", no habitado y que servía de depósito de trastos e incluso de granero. En la parte superior de la casa, encima de este "interior", tenían el gallinero con cierto número de animales. A finales de los años 50 se instalaron el teléfono (el nº 358).
Tío Cándido tenía mucho interés por la lengua francesa. Dispongo de un cuaderno rellenado íntegramente por él con ejercicios de traducción. También era aficionado a pasear por el monte, a los perros (la "Olga", la "Linda") y a la caza de la perdiz, para lo cual disponía igualmente del reclamo de un "perdigacho" mecánico.
Eran célebres las partidas de cartas en las que él y tía Elisa competían con nuestros padres al rabino, al pinacle y a la canasta. En ocasiones participaba igualmente D. Juan Villalba, cura de Cregenzán durante más de treinta años, quien falleció el 23.12.1978 a los 67 años.
A comienzos de los años 60 tuvieron lugar dos regresos momentáneos a España de fuerte significación familiar: el de su cuñado y hermano pequeño de su mujer, Sebastián Cosculluela, quien lo hizo en septiembre de 1960, tras haberse marchado de adolescente a las Filipinas; y el de su hermana Maribel, quien volvió por vez primera del exilio mexicano en agosto de 1962, más de veinte años después de su partida.
PUNTO Y FINAL
El 1.4.1972 muere en Barbastro Cándido Baselga, siendo enterrado en el cementerio de Cregenzán, en el panteón de los Paúl.
El 25.3.1988 murió en Barbastro tía Elisa, siendo igualmente enterrada en el panteón de los Paul en Cregenzán, en donde se encuentran los restos de ambos.
La casa Paúl de Cregenzán pasó a convertirse en propiedad de las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl, según la disposición testamentaria de nuestro tío.