Tema 18. No siempre lo vivimos, y muchas veces por culpa nuestra: la Penitencia.

 

LA PENITENCIA ESTÁ RELACIONADA CON EL ARREPENTIMIENTO

 

- “Yo no me arrepiento de nada”. ¿Qué opináis de esta frase tan repetida por personas entrevistadas en los medios de comunicación? ¿Es verdad que todo lo hemos hecho bien, que no hemos metido la pata en algún momento, que no nos hayamos equivocado en muchas ocasiones, que no necesitemos cambiar determinados comportamientos o actitudes?

 

- ¿Qué significa “arrepentirse”? ¿Hay que arrepentirse de algo?

(Para el catequista: Arrepentirse equivale a cambiar de dirección. No es darse golpes de pecho diciendo qué malo he sido sino cambiar de manera de comportarse, cambiar de actitud ante la vida y ante los demás)

 

- ¿Qué supone arrepentirse, qué consecuencias debe tener?

Trabajamos el Póster “Conversión del corazón” (página 231 del libro “Pósters con humor”, de Herminio Otero, editorial CCS, Madrid 1982). Se les da fotocopiado.

. El póster presenta una historia sencilla, pero con un espacio en blanco. Recálquese. Ahí se da la conversión. No se dice cómo. Hay que adivinarlo y realizarlo.

. Lo demás es sencillo y claro. La persona viene simbolizada por el corazón, que está roto cuando nosotros estamos divididos, rotos o tensos… Pero ese corazón se puede soldar. Si así sucede, ya no es necesario que se vea el corazón: toda la persona es corazón, toda la persona se descubre y manifiesta tal como es. Le sobran las gafas protectoras, le sobran las porras para defenderse o apalear. Hasta le sobran las flores, pues la fragancia de su vida se percibe de otra manera.

. ¿Cuál ha sido el proceso de esa conversión? Porque las conversiones no se dan de repente, tienen un proceso. Las piedras no se ablandan de repente; se reblandecen poco a poco.

. Al usar este póster ha de evitarse el peligro de caer en un fácil romanticismo: “uno era muy malo y ahora es muy bueno”. Por otra parte, este personaje puede recordar a algunos el tipo de hombre duro que reparte palos en las manifestaciones, limpia la nación de “intrusos” a golpes de bate, etc. y se derrite después ante su amada. O al policía a quien la vida y la necesidad le han hecho bruto, pero acaricia a un niño porque su corazón ya se enternece. No es esto lo que se quiere decir.

. Además del romanticismo facilón nos acecha ahora un espiritualismo vacío. Tenemos necesidad de seguridades; grupos intimistas y movimientos de espiritualidad descomprometida las reparten abundantemente. Que este póster no dé pie a ello.

. Si la conversión es auténtica, el personaje de la última viñeta nunca podrá volver a ser como el de la primera, ya que ha cambiado desde dentro. Lo que se necesita y desea es la conversión de toda la persona. Por esto se simboliza con el corazón.

 

Para trabajar el póster:

1. Dialogar ampliamente sobre lo que pasó en la cuarta viñeta.

2. Poner sonoro a la secuencia.

3. Lo del póster ¿es un cuento? Escribir un “cuento” que no sea cuento.

4. Resumir por grupos: “el proceso que tiene que sufrir una persona para que realice una auténtica conversión”.

5.  Límpiate el corazón”, decía la poetisa Gloria Fuertes. Dibujar un corazón y dentro de él todo lo que cada uno tiene. Ver lo que tendría que limpiar. Comentarlo con el de al lado.

6. El personaje puede simbolizar a diversas personas. Vamos a descubrirlas. Fijarse especialmente en las actitudes de los miembros del grupo: decir quién está antes de la viñeta blanca y quién después. Y por qué. Pero no aconsejar nunca. Es cada uno quien tiene que dar el paso. Los demás sólo ayudan a descubrirlo y, a lo sumo, caminan a su lado realizando lo mismo.

 

- El arrepentimiento como “vuelta”, “desandar el camino”. Se puede leer en este momento la parábola llamada del “hijo pródigo”, aunque más bien se la debería llamar la parábola del “padre bueno” (Lucas 15,12-32). Se analizan los personajes, destacando el papel del padre (Dios): nos perdona porque él es bueno, no porque nosotros lo seamos. La reconciliación parte de Dios, porque nos quiere y nos anima a levantarnos y seguir adelante. Es lo que hacía Jesús (no condena a la adúltera sino que le anima a cambiar su vida, etc.). Analizamos también la actitud del hijo pequeño (no confundir lo de irse de casa, lo de emanciparse, algo que tenemos que hacer todos cuando llegue el momento, con lo que significa de egoísmo individualista y de búsqueda de la buena vida por la buena vida que refleja la parábola sin importarle las consecuencias de sus actos) y la del hijo mayor (la del que se cree mejor que nadie y merecedor de todas las alabanzas, al tiempo que se carcome de envidia y rabia cuando la fiesta no se hace por él), tratando de relacionarlos con actitudes que observamos en la actualidad en nosotros o en nuestro entorno. Analizamos la alegría y la fiesta que produce un auténtico arrepentimiento.

 

- ¿Hay que “exteriorizar” el arrepentimiento o basta con que uno se arrepienta en su interior sin más?

(Para el catequista: Somos personas sociales y todo lo manifestamos con gestos externos: por eso se nos nota cuando estamos contentos, cuando estamos tristes, cuando tenemos una noticia que comunicar, cuando estamos nerviosos, deprimidos, etc. Realizamos gestos externos para celebrar el nacimiento, la boda, el entierro, etc. Celebramos con gestos externos, haciendo algo visible, cuando algo nos ha salido bien, cuando aprobamos o terminamos una carrera, etc. ¿Por qué no hacerlo también con el arrepentimiento?)

 

LA PENITENCIA ESTÁ RELACIONADA CON EL PECADO

 

- La palabra arrepentimiento está relacionada con “pecado” y con “culpa”. No hace muchos años los curas solían ampliar la idea de pecado de modo que muchas acciones y actitudes lo eran. ¿Qué entendemos nosotros por pecado?

(Para el catequista: Los chavales, cuando se confiesan, suelen decir al cura que han desobedecido a sus padres o que han dicho palabrotas. Pero ni esto ni aquello podemos considerarlos propiamente como pecados. Serán faltas de educación –caso de los tacos- o de pobreza de lenguaje, o será incumplimiento de lo que se espera de un buen hijo –que obedezca a sus padres-. El pecado en el Antiguo Testamento era sobre todo romper la alianza con Dios: Él había hecho un pacto con el pueblo, de modo que se comprometía a ayudarlo mientras que el pueblo se comprometía a tenerlo siempre como su Dios. Pero el pueblo de vez en cuando se dedicaba a adorar ídolos y esto era considerado como el gran pecado. En el Nuevo Testamento se destaca que la Nueva Alianza de Dios con el  nuevo pueblo formado por gentes de toda raza y condición va dirigida a que amemos a Dios y amemos al prójimo, especialmente al pobre; cuando dejamos de amar al otro, cuando le hacemos daño, llegando incluso a lo peor que es el matar al otro, entonces rompemos la alianza, estamos pecando y nuestro pecado va también contra el Dios que pide que nos amemos. Por eso en los primeros tiempos los pecados que requerían ser confesados eran sobre todo la idolatría (y se puede ser idólatra de muchas maneras, por ejemplo adorando al dios dinero) y el homicidio. El resto, digamos, de las “malas obras” había que solucionarlas reconciliándote con aquél a quien hubieras hecho algún daño: por eso no había que ir a misa sin antes haberse reconciliado con el otro.

En cualquier caso, pecado no es un simple acto concreto (he robado una manzana) sino una actitud, la de aquél que insiste una y otra vez en la misma actitud que le lleva a cerrarse a los otros, a utilizarlos en su propio provecho, a desentenderse de Dios y adorar otros ídolos, etc.)

 

- Hay pecados individuales pero también sociales y estructurales. No sólo fallamos las personas sino también fallan los colectivos e incluso podemos hablar de estructuras de pecado. ¿Podemos poner ejemplos?

(Para el catequista: Una estructura de pecado es, por ejemplo, una sociedad montada en torno al dinero y a las ganancias sin freno; una estructura de pecado es, por ejemplo, una ley laboral injusta; una estructura de pecado es, por ejemplo, una organización de la enseñanza que sólo prime el que cada uno trate de formarse para su exclusivo beneficio; una estructura de pecado es, por ejemplo, una organización del tiempo libre en que sólo se pretenda evadir al personal, tenerlo atontado con imágenes, ruidos, máquinas, volverlo consumista, etc., sin dejarle pensar y crecer como persona. Y así podíamos ir añadiendo ejemplos).

 

Y CON LA CULPA

 

-Tomemos ahora la idea de “culpa”. ¿Tenemos culpa en los fallos que cometemos? ¿O la culpa siempre la tienen otros, no yo que nunca he roto un plato?

 

-Tras el debate, les entregamos el siguiente texto fotocopiado:

 

HABLEMOS DE LA CULPA

 

Vamos a tratar de la culpa, es decir, del mal moral y, si queréis, del pecado. Muchos, en nombre de la pedagogía, de la sociología, de la psicología y del psicoanálisis, tratan de disuadirnos de hablar de culpa. Dicen que la culpa sólo sirve para crear neurosis. Pero las explicaciones científicas no pueden liberar a las personas de esta carga, a no ser que se conviertan en irresponsables y nieguen, por tanto, la libertad. Por eso hay que hablar de la culpa, aunque sea un tema antipático y desagradable.

 

La culpa, como la muerte, se nos oculta de muchas maneras en nuestra sociedad. En general todos admitimos que en el mundo hay muchos males que pueden evitarse y no se evitan. En general decimos que la culpa de los males la tiene el sistema y quienes lo mantienen. En principio situamos la culpa lejos de nosotros. A veces concedemos que la culpa la tenemos todos, que es otra manera de disculparse. Y así no hay forma de saber en qué consiste la culpa y menos aún de responsabilizarse de ella.

 

Puede ocurrir que la culpa haga acto de presencia en nuestra vida cotidiana, en el mundillo en el que nos movemos. Entonces nos resulta más difícil hablar en general y decir que la gente tiene la culpa o que es el sistema.

 

Cuando la culpa afecta directamente a uno mismo es aún más difícil desentenderse de ella. Uno siente la necesidad de disculparse como sea. Primero trata de justificarse ante sí mismo: “no es tan malo como parece”, “todos lo hacen”, “no se puede ser bueno siempre”, etc. Después hay que justificarse ante los demás, bien echando la culpa a otro o convirtiendo la culpa en virtud y presumiendo de ella como un Don Juan.

 

Todos estos comportamientos nos descubren que la culpa es peligrosa y que amenaza nuestra existencia. De ahí el creciente interés por disculparse a medida que la culpa es más cercana, a medida que somos más responsables de ella. Porque la culpa, como la muerte, sólo se muestra en su auténtica realidad cuando es en cada caso “mi” culpa. Entonces es cuando la culpa nos da más miedo, porque es más real. Y entonces es cuando menos queremos verla, porque nos asusta. De modo que podemos establecer la siguiente graduación en el fenómeno de la disculpa o de la huida ante la culpa:

-         Somos implacables en condenar los crímenes del enemigo, con el que no tenemos nada en común (la culpa está muy lejos de nosotros).

-         Somos clarividentes en denunciar las injusticias de la sociedad (la culpa está en el mundo o en el sistema, y en todo caso está muy repartida).

-         Somos tolerantes y fáciles en disculpar a nuestros amigos (la culpa comienza a acosarnos, ¿no seremos cómplices?

-         Somos ciegos cuando tenemos la culpa y echamos la culpa al primero que se nos presenta (la culpa ya no está cerca sino que está en nosotros mismos).

 

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

 

- El sacramento de la penitencia, es actualmente un sacramento casi olvidado o relegado. Antes la mayoría de la gente se confesaba a menudo, incluso muchos cada semana. Hoy parece que nadie se confiesa. ¿Por qué ocurre esto? ¿Tiene que ver con la forma de realizarlo?

 

- Muchos dicen que confesarse no sirve para nada ya que poco después vuelves a cometer lo mismo de lo que te habías confesado. Recordemos ahora lo que hemos comentado antes: no se trata de ir al sacramento para confesarte de cosas sin importancia (que debes solucionar por otros medios), siempre las mismas, y que no afecten a lo fundamental de tu persona, a tus actitudes profundas. Se trata de acogerse a la oportunidad que Dios te da de reconocerte sinceramente como eres, de reconocer que no eres perfecto ni la más bella del baile, de plantearte la vida en serio de la mano de Dios que te acepta y acoge con todo cariño, de analizar cómo puedes cambiar a mejor para ser mejor con los demás y, sobre todo, de sentirte querido por el Dios bueno que te anima a “levantarte” (como hacía su Hijo Jesús a tantos en el Nuevo Testamento) y a seguir adelante con las ganas y la fuerza que el mismo Dios te da por medio de su Espíritu. Y todo esto no en solitario sino junto a otros, reuniéndonos como Iglesia que reconoce que le falta mucho camino por recorrer para seguir los pasos de su Maestro Jesús.

No nos olvidemos de que no puede haber “reconciliación” con Dios si al mismo tiempo no nos reconciliamos con los demás. Dios está también en los otros y el mal que les hagamos es como si a Dios se lo hubiéramos hecho.

 

- Hay tres maneras posibles de celebrar este sacramento: individual, colectiva con confesión individual y colectiva con absolución general (esta última no puede realizarse si no da permiso el obispo y para situaciones muy especiales). En la primera celebras el sacramento solo con el cura, sintiéndoos los dos parte de esa Iglesia de la que estamos hablando y que es santa y pecadora a la vez. El cura no es un chismoso, como los de los programas rosa de TV, interesado en conocer tus intimidades. Al cura lo que le interesa es que tú y Dios entréis en contacto para que puedas recibir todo su cariño y ayuda. En la segunda nos reunimos un grupo de creyentes en la iglesia y celebramos el sacramento reconociendo nuestra situación y dando gracias a Dios por lo que nos ayuda a levantarnos y seguir caminando; en esta segunda forma en un momento determinado pasa cada uno a “confesar” al cura alguna de esas actitudes fundamentales que le desvían de los demás y, por consiguiente, de Dios. En la tercera forma no se da este último paso sino que pedimos todos juntos el “perdón” de Dios y recibimos juntos la “absolución”; como a los obispos les pareció, después de aprobarlo, que esta última forma era un tanto “arriesgada”, porque igual el personal dejaba de frecuentar las otras dos formas, pusieron unas condiciones muy duras que en la práctica lo hacen imposible.

 

- No nos olvidemos, por último, de que el auténtico arrepentimiento debe llevarnos a un auténtico y real cambio. Podemos leer ahora el texto del arrepentimiento de Zaqueo (Lucas 19,1-10).

Sacamos de este texto, y de la decisión final de Zaqueo de compartir sus bienes, consecuencias para nuestro arrepentimiento individual y colectivo.

 

ÚLTIMA CONCLUSIÓN

 

- Todo el tema de la Penitencia debe llevarnos, lógicamente a celebrar el sacramento. Nos encargamos de hablar con el cura y de organizarlo de una manera activa, interviniendo todos en su preparación.