DEMOCRACIA
TAMBIÉN EN LA IGLESIA
Terminado el verano nada ha cambiado respecto al nombramiento de obispos de las diócesis de Aragón. Seguimos sin saber nada, sin explicársenos nada, en el más puro oscurantismo fruto del secretismo. Seguimos esperando y esperando, y todo ello cuando comenzamos un nuevo curso y nos dedicamos a programar nuestra pastoral marcándonos objetivos y desarrollándolos en propuestas concretas. Alguien me comentó el otro día que no hay que preocuparse por el futuro obispo, que lo importante es lo que nosotros seamos y hagamos en nuestra parroquia, en nuestra realidad inmediata. Tal vez. Pero de esta forma hacemos que la realidad episcopal se aleje más y más de nuestra realidad pastoral, y no creo que eso sea bueno.
Es de suponer que todo esto no sucedería si la organización de la Iglesia fuera democrática, si los creyentes tomáramos parte esencial en el nombramiento de nuestros obispos, lo cual no sería algo nuevo en la historia de nuestra Iglesia, en lugar de esperar tiempo y tiempo a que alguien, en un despacho lejos de nosotros y sin contar con nosotros, decida quién va ser nuestro próximo obispo.
Acabamos de ser testigos del procedimiento elegido por el actual presidente del Gobierno para nombrar a su sucesor. Muchas han sido las críticas recibidas acusando de no democrático el hecho de que todo un partido político dependa de la decisión unilateral de su máximo jefe en una cuestión tan trascendental (aunque los miembros del PP parecen muy contentos con estos usos). Se ha llegado incluso a comentar que ni siquiera el Papa puede en la Iglesia Católica designar a dedo a quien vaya a sucederle (aunque en realidad sí designa de esa forma a los cardenales encargados de votar a su sucesor, con lo cual condiciona, evidentemente, la votación). Pero lo cierto es que el nombramiento de los obispos se parece mucho en aspectos fundamentales a los procedimientos, a mi entender no democráticos y sí muy de considerar menores de edad a los miembros de su partido, del Sr. Aznar.
Repito que una Iglesia organizada democráticamente solucionaría la cuestión del nombramiento de obispos de otra forma. Pero he utilizado la palabra terrible ("democracia") y me temo que se me alegará lo que siempre se dice: que la Iglesia no es una democracia. No pretendo desarrollar a fondo una tesis ni hacer un recorrido histórico, pero sí que afirmo algo elemental: que si la Iglesia no es una democracia en cuanto a sus objetivos fundamentales, ya que han sido definidos por el mimo Jesucristo y los cristianos somos seguidores suyos que optamos por Él, por su vida y su mensaje, sí puede ser perfectamente una democracia en cuanto a su funcionamiento y organización.
Los cristianos, es verdad, no podemos inventarnos a un Jesús diferente del que es y fue, no podemos votar entre todos para decidir las verdades fundamentales de nuestra fe, para inventarnos una nueva revelación y un nuevo mensaje. No podemos decidir si cambiamos o no el hecho de que Dios es Padre, de que Jesús ha resucitado; no podemos decidir por votación la opción entre Dios y el dinero; no podemos cambiar por votación las Bienaventuranzas. Ésos son puntos fundamentales para el discípulo de Jesucristo. Ésos, que no son muchos, y no tantos otros que parece últimamente que se nos propongan como si lo fueran. Ahí no es cuestión de democracia: ahí se trata de seguimiento de Jesucristo aceptándole a Él y optando libremente por Él.
Sin embargo, una cosa son los objetivos fundamentales y otra son los restantes objetivos que nos vamos marcando históricamente para llevarlos a la práctica. Y, por supuesto, otra cosa son los medios que utilizamos para facilitar este seguimiento del Salvador, entre los cuales se encuentran los modos organizativos y de funcionamiento. Ahí sí que puede entrar y debería entrar la democracia como forma organizativa yo creo que más apropiada que cualquier otra para el funcionamiento de la Iglesia como Pueblo de Dios, desde luego mucho más apropiada que la forma de la monarquía absoluta.
"Democracia", ya he pronunciado la palabra tabú. Pero, ¿por qué no? Estos días, repito, estamos discutiendo en parroquias, grupos, movimientos, etc., los objetivos a marcarnos para este nuevo curso. Supongo que no se discutirá la validez de esta discusión, de este trabajo en común, de esta corresponsabilidad. Pues ésas son formas democráticas, a no ser que el párroco, consiliario o quien sea se atribuya la prerrogativa de decidir todo esto por sí solo. ¿Por qué lo que es aceptado en los niveles "inferiores" (aunque en ocasiones ni siquiera eso es aceptado, al menos cuando las conclusiones no gustan a los de "arriba") no lo es en los niveles llamados "superiores"?
Los documentos oficiales (p.e. los del sínodo Diocesano de Zaragoza) subrayan la "corresponsabilidad", si bien últimamente se destaca más lo de la "comunión" con la jerarquía. Pero una corresponsabilidad, para poder ser llamada así, requiere un ejercicio de la misma que comulga mejor con las formas democráticas que con las autoritarias.
"Lo que a todos atañe por todos debe ser tratado". Este principio, de larga tradición en la Iglesia, ¿no podría ser aplicado al nombramiento de los obispos? ¿Es que no nos atañe a todos ese nombramiento? Me temo que no sólo yo, como pobre creyente, tengo muchas contradicciones, sino que también éstas existen en otros niveles bastante "superiores" al mío.
No voy a enumerar, finalmente, las múltiples ventajas que todos (insisto, "todos") obtendríamos con un funcionamiento democrático de nuestra Iglesia Católica. Entre ellas, una muy importante y nada desdeñable sería la de la mejora de la información eclesial. Y no me refiero únicamente al secretismo en la cuestión que principalmente nos ocupa, sino a un estilo oscuro, reservado, que suele caracterizar a quienes manejan las decisiones, que les lleva a dar la información con cuentagotas, a reservar los espacios informativos oficiales a lo que viene directamente de la Jerarquía. Recuerdo, sin ir más lejos, cómo se vetó desde "arriba" la presencia informativa en la hoja "Iglesia en Zaragoza" de nuestro Foro "Cristianos en Búsqueda" (simplemente informaba de cuándo se iba a celebrar la próxima reunión y de qué se iba a tratar en la misma), y no acabo de comprender cómo el Boletín Oficial de la Diócesis se limita a publicar las homilías del Arzobispo, las actividades, decretos y nombramientos del mismo, documentos del Papa y poca cosa más (incluyendo algún informe de la Oficina de Estadística en la que me encuentro, eso sí), prescindiendo de informar, por ejemplo, y no me voy a ningún extremo, de los trabajos y deliberaciones del Consejo Pastoral, del Consejo Presbiteral, de las actividades y reflexiones de las Vicarías, Arzobispados, Movimientos, etc. En otras Diócesis aragonesas eso es posible, pero en la de Zaragoza ni eso.
Creo sinceramente que el "amor a la Iglesia" no debe agotarse en palabras grandilocuentes. Este amor, a mi entender, pasa necesariamente por el amor a sus miembros concretos, a los hombres y mujeres que tratan de vivir su fe y llevar adelante una pastoral evangelizadora, pasa por escucharlos, por potenciar su corresponsabilidad, por alegrarse de su mayoría de edad, por aceptarlos como colaboradores, por asumir sus decisiones, por fiarse de ellos. Ése, me parece a mí, es un talante democrático que tanto necesitamos en nuestra querida Iglesia.