MEMORIAS DE JOAQUÍN
AMBIENTE ESCOLAR
Lo
único que intento es ser correcto y eso es algo que me quedó grabado de
entonces, ¿te acuerdas de las reglas de urbanidad?, quizás aquello era una
pasada, pero sin respeto, educación, y añadiría yo, libertad, ¿qué nos queda?
Guardo
muy buen recuerdo de algunos profesores, la verdad que de muy pocos, y pienso
que quizá un tanto por ciento elevado no eran las personas idóneas para enseñar,
piensa la época que nos tocó vivirlo: adoctrinamiento político y eclesiástico,
acompañado de poca libertad y de información demasiado sesgada, y encima las
formas, con eso quiero decir que el marco para una enseñanza con garantías no
era el más adecuado y por eso creo que fallaba todo, formas y fondo. Después,
afortunadamente, cada uno ha ido adquiriendo su personalidad y, a pesar
de aquella forma de enseñar, el que tenia
condiciones ha sabido coger puestos basados en los estudios y los que no, hemos
tenido que ir por otros caminos.
Pienso
que la educación habría que entenderla como parte de un todo, me refiero a que
estábamos en un sistema de enseñanza nacional/católico, con lo que eso suponía,
un régimen de pensamiento único y una institución rígida y sin excesivas
libertades, con lo cual acabamos con un largo retraso como nación en relación a
otros países, y con un retraso en el desarrollo del individuo. Esto en cuanto
al fondo. Las formas pienso que dependían un poco de
la personalidad de cada maestro. El problema era que ellos no pasaban ningún
examen, el rector pasaba de todo, las denuncias no se admitían, y
en la familia había un respeto tan rígido que de ninguna manera
podías hablar mal de los curas. La diferencia con
El
ambiente en general pienso que era bueno y lo aceptábamos con normalidad, siempre
había más rebeldes, pero es normal dentro del número y las edades de
las personas que estábamos. Maestros más o menos conflictivos eran
tres o cuatro que yo recuerde: Santiago, Conde, Comín,
Cirilo y Aniquino con su cuerda de nudos, y más
tarde buscando cinturones, alguno de ellos digno de pasar algún examen
psicológico o psiquiátrico. Los demás pienso que eran personas correctas y
educadas, yo guardo un muy buen recuerdo del P. Fernando, quizás porque es el que
mas traté desde la primaria. En las Escuelas Nacionales
también había alguno de las características de los anteriores. Recuerdo un
maestro que lo llamaban "el calavera", creo que su nombre era
Antonino o algo así, otro, don Marcelino, muy correcto, los dos vivían en mi
barrio. Bueno, es lo que había, afortunadamente las cosas han cambiado, en
mayor o menor medida, dependiendo del tipo de establecimiento que sea.
De la
escuela recuerdo las miradas desde ventana a ventana de las monjas. Pienso
que entonces las chicas eran más lanzadas que nosotros, recuerdo las
dedicatorias de disco solicitado en Radio Juventud de Barbastro, también me
acuerdo de la cuadrilla que más frecuentábamos, Marta, hija de un médico, Luchi, hija de un militar, Nati, hoy la mujer de Pablo, no
recuerdo más nombres. Si notaban que no les prestabas mucha atención te daban
un papel plegado y se iban, al abrirlo leías: “fulanita está por X, menganita
está por Y”, toda una perfecta declaración. También nos hacía gracia el abuelo
que había en la armería Lacau, con todas sus barbas,
parecía Costa, y, cómo no, las largas filas por la calle Mayor cuando nos
íbamos a poner las vacunas al ambulatorio (en casa de Zapatillas,
donde está
Y
ahora, si me permites, te voy a contar tres anécdotas que dan un poco a
entender el ambiente que teníamos.
La
primera ocurrió, no recuerdo bien si era en la cuarta o en primero de Bachillerato,
era con el padre Conde, tampoco recuerdo si era religión o latín, pero es
igual. ¿Te acuerdas que al empezar las clases pasaban lista?, pues se empeñó,
no sé por qué motivo, en que yo tenia que contestar cuando dijera
Sampietro. Le intenté hacer ver que estaba
equivocado, eso me costó pasarme todo el curso expulsado de clase, al cuarto
que estaba al fondo del pasillo, que era el de los abrigos, y en donde desde
luego nunca estaba solo. Un ejemplo de autoridad.
Otra
anécdota ocurrió en otra expulsión. Parece que estaba ese castigo a la orden
del día. En clase de dibujo de segundo de Bachillerato, creo que era, estábamos
en el pasillo, en las ventanas que daban a la luneta, digo estábamos porque por
supuesto no estaba solo. Hacíamos ejercicios de dibujo en aquellos blocs
tan grandes y con tan mala suerte que a alguien se le derramó el tintero de
tinta china. Al momento acertó a pasar por allí el padre Santiago y, no veas,
empezó a golpes con todo el mundo y a patadas, sin preguntar absolutamente
nada, y acabaron los tinteros, las plumas y demás utensilios por la ventana en dirección
al tejado. Un ejemplo de justicia y respeto.
Y
ya por ultimo, otra de los comienzos del Bachillerato. En ésta no hay
tragedia, simplemente una pequeña mentira para evitar algo que no queríamos
hacer. Recuerda que lo primero que se hacía cada día era ir a misa. Con Piedrafita
íbamos como monaguillos a las monjas de las Siervas, en la calle Las Fuentes,
pero, en momentos puntuales de alguna solemnidad, alegábamos en la escuela que
ya habíamos estado en misa, en las monjas o en S, Francisco, y con eso
nos evitábamos la misa diaria, la de los domingos no, quedándonos en la clase
jugando con otros que habían hecho de monaguillos en la escuela. A veces se
armaba algún jaleo porque pasaba algún cura y nos pillaba en plan de juerga,
porque se suponía que teníamos que estar estudiando, pero bueno, no llegaba la
sangre al río. Un ejemplo de libertad.
AMBIENTE FAMILIAR Y UN POCO DE AMIGOS
Mi
barrio era
Los
tiempos aquellos los recuerdo con nostalgia y con mucho cariño. Pienso que eran
más familiares y más solidarios, por lo menos entre vecinos. Las casas,
normalmente, se componían de mucha gente, antes quiero decir que mi casa era de
labradores, allí nos juntábamos hasta cuatro generaciones y los recuerdo
perfectamente a todos, sus caras y sus nombres, mis bisabuelos, mis abuelos (todos
por parte de mi padre), mis padres, un tío soltero, hermano de mi padre, y yo,
único hijo (todas las atenciones para mi). Recuerdo a mi abuelo,
Perico, que salía con el rebaño a pastar al campo y lo acompañaba una
perra (Pastora era su nombre). Muchas veces les acompañaba en fiestas y
vacaciones a mis bisabuelos, Cándido y Eulalia (ya eran muy mayores). Los
recuerdo sentados en la cadiera, al lado del hogaril,
aún ayudaban en la casa lo que podían. Cuando murió mi bisabuela, entonces los
difuntos se dejaban en la casa hasta el entierro. Por casualidad la vi tumbada en la cama y con dos velas a los lados, era el
primer cadáver que veía, me produjo una impresión que la recuerdo como si fuera
hoy. A mi padre, Pedro, lo recuerdo salir todos los días al monte,
con el carro y las caballerías, trabajo duro entonces, y en tiempo de siega
estaba todo el día en el campo, de sol a sol. Entonces mi madre,
Manuela, tenía que darse una gran caminata, pues estaban lejos los campos,
a llevarle en una cesta la comida, y después vuelta otra vez a casa para
hacer las tareas. Alguna vez llevaba yo la comida. Mi tío Nicolás se
ocupaba de las vacas que teníamos, las ordeñaba y vendíamos la leche. Se
formaban tertulias cuando los vecinos venían a comprar. Mi abuela Eugenia se
dedicaba a la casa, ayudándole a mi madre en aquella casa enorme y con
ocho personas. Imagínate si había trabajo para hacer, además de los
animales (palomas, conejos, gallinas, patos, cerdos, etc.). Los pollos se
comían los domingos y en grandes celebraciones como algo especial.
Los
domingos mi padre se dedicaba a trabajar la huerta, ya que entre semana se
tenia que dedicar a otras labores del campo (labrar, sembrar, podar, etc.). Con
el tiempo sacaron una orden, sería cosa de
Los
bisabuelos eran mayores y ya no tenían tantas ganas de jugar, aunque el bisabuelo
aún me hacia rabiar con la perra del abuelo. Mis padres estaban cansados,
imagínate el trabajo pesado que tenían cada día y de muchas horas. Mi tío era
el que me daba propinas los domingos y se me llevaba los sábados por la noche a
ver cine a
Por lo
general todas las personas mayores de entonces eran parecidas, cómo no los íbamos
a querer si eran entrañables. A ellos les tocó padecer el drama de la guerra y,
a pesar de la rigidez en las normas y a su aspecto de duros, en mi caso
nunca, hablando en términos de ahora, hubiera sido capaz de encontrar
motivos de denuncia por malos tratos.
Por las
noches de verano salía a la calle casi toda la gente del barrio. Los mayores
hacían sus tertulias y los jóvenes, junto con las chicas, nos dedicábamos a
jugar (pañolé, marro, las cuatro esquinas, etc.),
hasta que llamaban para ir a dormir.
Cuando
se mataba el tocino, aquello era una fiesta. Todos los vecinos más próximos ayudaban
a hacer el mondongo y los chavales a coger tortetas recién
sacadas del caldero.
Recuerdo
nuestras guerras con los del barrio del Entremuro, a pedradas.
Cuando era en su terreno, nos esperaban en
En grupos
con las chicas se iba a
Los
domingos quedabas con los amigos para ir al cine, sesión continua con dos
películas, en el Principal, a veces a los Escolapios. Después a jugar al
futbolín en los porches y tiempos más tarde al ping pong y al futbolín, en
el bar de Auxini, en el Coso. La semana que había
futbol íbamos a verlo. Era en la calle San Gaudens. No
había vestuarios y salían cambiados los jugadores desde el matadero que estaba
al lado y entraban por una puerta pequeña que había al fondo del campo. También
recuerdo que estaba la tapia de un lado con todas las banderas de los equipos
que estaban en la categoría y colocadas por orden de clasificación. Vaya afición que había entonces.
En
algunas ocasiones se iba a la estación a ver el tren, y sobre todo a ver qué
chicas se movían por allí. Era un espectáculo, sobre todo cuando le daban la
vuelta a la máquina, al fondo de la estación, sola la maquina encima de unos raíles
la hacían girar. Al ser estación terminal, había que hacerlo para ponerla al
frente.
A bañarnos,
más que al Puente de las Pilas, íbamos a
Cuando
ya teníamos edad de ir al baile, se iba a
En
fiestas, el pasacalles y las ferietas, sobre todo los
autos de choque. No éramos mucho de peñas, más de cuadrillas de chicos y
chicas, y cuando ya podíamos, al baile. Cuando ya nos quedábamos solos los
chicos, se acababa de pasar la noche en los puestos de melones de la plaza, o
nos uníamos a
En Agosto era
la feria de las mulas. Todo mi barrio estaba lleno de caballerías y no veas qué
ambiente había. En mi casa teníamos cuadras para encerrar mulas y muchos
tratantes se quedaban en casa a comer y dormir. Como no había camas para todos,
a los abuelos no, pero a los demás nos tocaba dormir en el suelo, lo tomaba con
gracia, como una novedad, era verano y no había ningún problema. En diciembre
también había feria de mulas.
Frente
a S. Francisco vivían familias de gitanos y su patriarca, el Ferruchón, organizaba en la calle buenos partidos de fútbol
con ellos. Había muy buena convivencia, a pesar de que tenían sus propias
leyes, eran unos vecinos más. Para jugar al frontón estaba la fachada de la
iglesia, un trozo que estaba con el suelo de cemento, al lado de la lista con
los caídos, que había por todas las iglesias.
Recuerdo
los serenos. Cuando ibas tarde para casa los encontrabas por la calle con una
especie de bastón y un manojo grande de llaves. Al principio cantaban las horas
y el tiempo, (las tres y sereno, etc.).
Para S.
Ramón se recogía leña para las hogueras y eran muy habituales los robos de un
barrio a otro. Nosotros la guardábamos debajo del puente S. Francisco, en unos
huecos que hay en la parte alta de los arcos. Estos huecos a lo largo de todo
el puente creo que son por si hay una gran riada
y se tapona el puente con maderas, troncos, etc., que arrastre el agua, para
así poder poner dinamita para volarlo.
Para Navidades
eran habituales los belenes en las casas, es posible que más que los árboles. Imagínate
con la cantidad de gente que formaba cualquier familia, y alguno que se
agregaba, el ambiente no podía ser mejor. Para las mujeres sería un suplicio
preparar pastillos, turrón, rosquillas, almendras garrapiñadas, galletas, etc.,
todo casero, además de preparar comidas y después a fregarlo todo. En aquellos
tiempos cada uno tenía su papel: los hombres el trabajo fuera de casa y las
mujeres las tareas propias de la casa, la compra y los críos. Por esas fechas
pasaban las monjas de las Siervas con un niño Jesús en la cuna,
normalmente a la hora de cenar, lo daban a besar a todos y había que poner
alguna limosna. Con la gente de la casa y algún tratante que se había quedado
de la feria sacaban para su subsistencia, se lo merecían. Para Nochebuena sólo
se salía para ir a la misa de gallo, no había nada más abierto. Para Nochevieja
a cenar en casa y después de las uvas la fiesta estaba en la calle. Y, sobre
todo, cuando mas críos, la noche de Reyes. Cada uno tenia su estrategia para
recibir los regalos: los zapatos en la ventana, un poco de trigo y un vaso de
agua, una caña verde, etc. Yo nunca saqué nada a la ventana, me los dejaban al
pie de la cama, aunque la verdad es que nunca me enteré cuándo lo hacían, y mucho
o poco siempre llegaba algo (un camión grande, o el cine Exín,
una bicicleta, una pelota, los juegos reunidos, etc.).
En
Semana Santa, sobre todo el Jueves Santo, íbamos a visitar los monumentos, de
más pequeños con los padres, y ya más mayores en cuadrillas de zagales y
zagalas a coger estampas. Cada cofradía tenía diversos modelos, y si teníamos
repetidas las cambiábamos. La procesión del Viernes Santo se veía
pasar con mucha devoción, cuando aparecía el paso del Santo Sepulcro
custodiado por los gastadores, todo el mundo se descubría, si iba
cubierto con la boina, y todos de rodillas. Los más graciosos
eran los romanos, que eran soldados, con las lanzas pegando al suelo, marcando el
paso, con bigotes, barbas postizas y casco. La apariencia no era de un
ejército muy marcial.
UN POCO DE TRABAJO
Recuerdo
que empecé a trabajar como aprendiz en un taller mecánico, sólo para aprender,
y lo único que hacías era limpiar piezas e ir a por encargos, así durante
un año sin cobrar nada, sólo si te querían dar propina, que no era nunca el
caso, se cobraba los sábados y lo daban
en sobre, todavía no intervenían los bancos.
En esa época
recuerdo que después de trabajar salíamos todos los días con los amigos
por los bares, desde el Coso hasta el Argensola. Cada uno pagaba una
ronda, vino o cerveza. Y ahora un par de
gracias que se nos ocurrían cuando salíamos toda la banda (imaginación no nos
faltaba). Éramos una cuadrilla de ocho o diez cada día (de lunes a viernes). Intentábamos
conseguir para algún día monedas de diez céntimos, y entonces hacíamos todos
los pagos con esas monedas. Si eran diez o quince pesetas cada ronda, menuda cara nos ponían los dueños de los bares.
Otras veces nos daba por pagar con billetes de cien pesetas, y el problema era
para el bar conseguir cambio. También nos ocurría bajar desde el Coso hasta el
Argensola todos en fila de a uno, con un pie encima de la acera y otro por
abajo. Daba una sensación extraña para cualquiera que nos veía. Entonces había
mas ambiente por la calle al salir de los trabajos Parecíamos una pandilla todos
cojos, arriba, abajo, arriba, abajo.
Para acabar,
unas pinceladas agrícolas. Yo no tenía la agricultura como trabajo
principal. En ocasiones ayudaba a mi padre cuando mis trabajos me lo permitían.
Al caer mi padre enfermo ya me tuve que dedicar más a fondo, aunque
siempre alternándolo con mis otros trabajos. Por ejemplo cuando el domingo y
medio sábado (se hacían 44 horas a la semana) hacía fiesta, o cuando
trabajaba a turnos, los días que tenia de fiesta. De esta época recuerdo dos
cosas curiosas políticas. Una fue en tiempos de mi padre. No había
subvenciones y el Gobierno sacó en una época una especie de crédito (no
recuerdo la cantidad máxima que se podía coger) y no era para nada en
concreto, había que devolverlo (tampoco recuerdo el tiempo de devolución), con
un interés del dos por ciento. No hacían más que sacarlo de un banco y
acto seguido ingresarlo en otro con un interés de un 10 o 12 por ciento,
un tipo de subvención. Esta otra ya me tocó a mi: en un tiempo había quejas con
el precio del gasoil y entonces a los labradores nos dieron unos vales para
entregar en la gasolinera cada vez que ibas a repostar, pues el
agrícola estaba subvencionado, siempre nos daban vales por más cantidad de
litros de gas oil de lo que podías gastar en el año con el tractor, al acabar
el año los vales que sobraban los entregabas en la gasolinera y los pagaban al
precio que costaba con la subvención, con lo cual los dos ganábamos, el de la
gasolinera y el agricultor, él ganaba la diferencia de la subvención, puesto
que ese gasoil que no empleábamos lo vendía a precio normal, y nosotros cobrábamos
el gas oil que no habíamos usado, cosas curiosas.
Estos
son, a grandes rasgos, los recuerdos de un chaval, en una ciudad de los años
sesenta, en su ambiente familiar y en etapa escolar. Unas pocas cosas de las
muchas que vivimos y que me ha valido
para volver, aunque sea en sueños, a
recordar, unas gentes, unos compañeros, un tiempo y una juventud siempre nostálgica.
Joaquín Peropadre
14.6.2011