MEMORIAS DE JOAQUÍN

 

AMBIENTE ESCOLAR

 

Lo único que intento es ser correcto y eso es algo que me quedó grabado de entonces, ¿te acuerdas de las reglas de urbanidad?, quizás aquello era una pasada, pero sin respeto, educación, y añadiría yo, libertad, ¿qué nos queda?

 

Guardo muy buen recuerdo de algunos profesores, la verdad que de muy pocos, y pienso que quizá un tanto por ciento elevado no eran las personas idóneas para enseñar, piensa la época que nos tocó vivirlo: adoctrinamiento político y eclesiástico, acompañado de poca libertad y de información demasiado sesgada, y encima las formas, con eso quiero decir que el marco para una enseñanza con garantías no era el más adecuado y por eso creo que fallaba todo, formas y fondo. Después, afortunadamente, cada uno ha ido adquiriendo su personalidad y, a pesar de aquella forma de enseñar, el que tenia condiciones ha sabido coger puestos basados en los estudios y los que no, hemos tenido que ir por otros caminos.

 

Pienso que la educación habría que entenderla como parte de un todo, me refiero a que estábamos en un sistema de enseñanza nacional/católico, con lo que eso suponía, un régimen de pensamiento único y una institución rígida y sin excesivas libertades, con lo cual acabamos con un largo retraso como nación en relación a otros países, y con un retraso en el desarrollo del individuo. Esto en cuanto al fondo. Las formas pienso que dependían un poco de la personalidad de cada maestro. El problema era que ellos no pasaban ningún examen, el rector pasaba de todo, las denuncias no se admitían, y en la familia había un respeto tan rígido que de ninguna manera podías hablar mal de los curas. La diferencia con la Escuela Nacional básicamente era la siguiente: menos flexibilidad en el aspecto religioso (misas, rezos, ambiente, etc.) y, sobre todo, el consabido temor de Dios, con lo cual pienso que estábamos en desventaja en cuanto a libertad personal, aparte de las cuotas de pago, y pienso que estos detalles son los que llevaban a muchos padres, con buena voluntad, a inclinarse por la enseñanza en los Escolapios como una garantía de que sus hijos salieran personas no conflictivas y grandes eruditos. Craso error, lo digo sin ningún tipo de reproche a nuestros progenitores, pues sabiendo la dureza del trabajo de entonces y el tipo de enseñanza que habían tenido, la única relación padres/alumno que podía ser posible era cuando recibías las notas, sobre todo si eran malas Ésta es mi opinión, que puede ser equivocada.

 

El ambiente en general pienso que era bueno y lo aceptábamos con normalidad, siempre había más rebeldes, pero es normal dentro del número y las edades de las personas que estábamos. Maestros más o menos conflictivos eran tres o cuatro que yo recuerde: Santiago, Conde, Comín, Cirilo y Aniquino con su cuerda de nudos, y más tarde buscando cinturones, alguno de ellos digno de pasar algún examen psicológico o psiquiátrico. Los demás pienso que eran personas correctas y educadas, yo guardo un muy buen recuerdo del P. Fernando, quizás porque es el que mas traté desde la primaria. En las Escuelas Nacionales también había alguno de las características de los anteriores. Recuerdo un maestro que lo llamaban "el calavera", creo que su nombre era Antonino o algo así, otro, don Marcelino, muy correcto, los dos vivían en mi barrio. Bueno, es lo que había, afortunadamente las cosas han cambiado, en mayor o menor medida, dependiendo del tipo de establecimiento que sea.

 

De la escuela recuerdo las miradas desde ventana a ventana de las monjas. Pienso que entonces las chicas eran más lanzadas que nosotros, recuerdo las dedicatorias de disco solicitado en Radio Juventud de Barbastro, también me acuerdo de la cuadrilla que más frecuentábamos, Marta, hija de un médico, Luchi, hija de un militar, Nati, hoy la mujer de Pablo, no recuerdo más nombres. Si notaban que no les prestabas mucha atención te daban un papel plegado y se iban, al abrirlo leías: “fulanita está por X, menganita está por Y”, toda una perfecta declaración. También nos hacía gracia el abuelo que había en la armería Lacau, con todas sus barbas, parecía Costa, y, cómo no, las largas filas por la calle Mayor cuando nos íbamos a poner las vacunas  al ambulatorio (en casa de Zapatillas, donde está la UNED). Al subir al colegio por la tarde, la parada obligada (sobre todo ya en tercero y cuarto) era en el carré del señor Trueba a comprar cigarros de la marca Bisonte, los vendía sueltos y nos daba tres, por dos reales, los fumábamos en la puerta por donde entraban a la academia Cerbuna, subiendo por donde antes llamábamos el Rollo. 

 

Y ahora, si me permites, te voy a contar tres anécdotas que dan un poco a entender el ambiente que teníamos.

 

La primera ocurrió, no recuerdo bien si era en la cuarta o en primero de Bachillerato, era con el padre Conde, tampoco recuerdo si era religión o latín, pero es igual. ¿Te acuerdas que al empezar las clases pasaban lista?, pues se empeñó, no sé por qué motivo, en que yo tenia que contestar cuando dijera  Sampietro. Le intenté hacer ver que estaba equivocado, eso me costó pasarme todo el curso expulsado de clase, al cuarto que estaba al fondo del pasillo, que era el de los abrigos, y en donde desde luego nunca estaba solo. Un ejemplo de autoridad.

 

Otra anécdota ocurrió en otra expulsión. Parece que estaba ese castigo a la orden del día. En clase de dibujo de segundo de Bachillerato, creo que era, estábamos en el pasillo, en las ventanas que daban a la luneta, digo estábamos porque por supuesto no estaba solo. Hacíamos ejercicios de dibujo en aquellos blocs tan grandes y con tan mala suerte que a alguien se le derramó el tintero de tinta china. Al momento acertó a pasar por allí el padre Santiago y, no veas, empezó a golpes con todo el mundo y a patadas, sin preguntar absolutamente nada, y acabaron los tinteros, las plumas y demás utensilios por la ventana en dirección al tejado. Un ejemplo de justicia y respeto.

 

 Y ya por ultimo, otra de los comienzos del Bachillerato. En ésta no hay tragedia, simplemente una pequeña mentira para evitar algo que no queríamos hacer. Recuerda que lo primero que se hacía cada día era ir a misa. Con Piedrafita íbamos como monaguillos a las monjas de las Siervas, en la calle Las Fuentes, pero, en momentos puntuales de alguna solemnidad, alegábamos en la escuela que ya habíamos estado en misa, en las monjas o en S, Francisco, y con eso nos evitábamos la misa diaria, la de los domingos no, quedándonos en la clase jugando con otros que habían hecho de monaguillos en la escuela. A veces se armaba algún jaleo porque pasaba algún cura y nos pillaba en plan de juerga, porque se suponía que teníamos que estar estudiando, pero bueno, no llegaba la sangre al río. Un ejemplo de libertad.

                                                                                                                             

AMBIENTE FAMILIAR Y UN POCO DE AMIGOS

 

Mi barrio era la Rabal (así le decíamos). Comprendía los alrededores de S. Francisco y mi calle era la calle de Graus.

 

Los tiempos aquellos los recuerdo con nostalgia y con mucho cariño. Pienso que eran más familiares y más solidarios, por lo menos entre vecinos. Las casas, normalmente, se componían de mucha gente, antes quiero decir que mi casa era de labradores, allí nos juntábamos hasta cuatro generaciones y los recuerdo perfectamente a todos, sus caras y sus nombres, mis bisabuelos, mis abuelos (todos por parte de mi padre), mis padres, un tío soltero, hermano de mi padre, y yo, único hijo (todas las atenciones para mi). Recuerdo a mi abuelo, Perico, que salía con el rebaño a pastar al campo y lo acompañaba una perra (Pastora era su nombre). Muchas veces les acompañaba en fiestas y vacaciones a mis bisabuelos, Cándido y Eulalia (ya eran muy mayores). Los recuerdo sentados en la cadiera, al lado del hogaril, aún ayudaban en la casa lo que podían. Cuando murió mi bisabuela, entonces los difuntos se dejaban en la casa hasta el entierro. Por casualidad la vi tumbada en la cama y con dos velas a los lados, era el primer cadáver que veía, me produjo una impresión que la recuerdo como si fuera hoy. A mi padre, Pedro, lo recuerdo salir todos los días al monte, con el carro y las caballerías, trabajo duro entonces, y en tiempo de siega estaba todo el día en el campo, de sol a sol. Entonces mi madre, Manuela, tenía que darse una gran caminata, pues estaban lejos los campos, a llevarle en una cesta la comida, y después vuelta otra vez a casa para hacer las tareas. Alguna vez llevaba yo la comida. Mi tío Nicolás se ocupaba de las vacas que teníamos, las ordeñaba y vendíamos la leche. Se formaban tertulias cuando los vecinos venían a comprar. Mi abuela Eugenia se dedicaba a la casa, ayudándole a mi madre en aquella casa enorme y con ocho personas. Imagínate si había trabajo para hacer, además de los animales (palomas, conejos, gallinas, patos, cerdos, etc.). Los pollos se comían los domingos y en grandes celebraciones como algo especial.

 

Los domingos mi padre se dedicaba a trabajar la huerta, ya que entre semana se tenia que dedicar a otras labores del campo (labrar, sembrar, podar, etc.). Con el tiempo sacaron una orden, sería cosa de la Iglesia, de que estaba prohibido trabajar los domingos. Era para que la gente se dedicara más a ir a misa pues se estaban perdiendo los feligreses, pero no consiguieron nada, sólo el malestar de la gente.

 

Los bisabuelos eran mayores y ya no tenían tantas ganas de jugar, aunque el bisabuelo aún me hacia rabiar con la perra del abuelo. Mis padres estaban cansados, imagínate el trabajo pesado que tenían cada día y de muchas horas. Mi tío era el que me daba propinas los domingos y se me llevaba los sábados por la noche a ver cine a la S.M.A., cuando estaba en la calle Monzón. Pero sobre todo los que más se ocupaban de mí eran los abuelos. La abuela, cuando llegaba de la escuela, siempre me vaciaba la cartera y me decía: ahora vamos a ordenarla, y yo venga a poner las cosas y ella venga a sacarlas, hasta que me di cuenta de que la muy pilla lo hacía para ir ojeando lo que había hecho, nunca le dije nada de que me había dado cuenta, era una especie de juego. A mí en las fiestas, ya de crío, me gustaba ir a los toros. Mi abuelo era muy aficionado. Cuando llegaba el día 8, después de comer, ya le estaba dando la tabarra: “abuelo, ¿me llevarás a los toros?”. Todos los años me contestaba lo mismo: “estoy cansado y no tengo ganas de ir, y además los toros no me han gustado nada, (él ya los había visto por la mañana, cuando los iban a encerrar en los corrales los dejaban ver), vámonos a dormir la siesta” (siempre había siesta, sobre todo en verano). Yo insistía pero no había manera. Al final a dormir la siesta. Yo estaba todo apenado, sin dormir y atento a cualquier movimiento que oía. Tengo que decir que no eran cuartos individuales, le llamábamos la “alcoba”, y era una sala grande con dos cuartos pero sin puerta, sólo estaban cerrados por una cortina. En uno dormían mis abuelos, en el otro dormía mi tío, y a un lado de la alcoba dormía yo, sin cuarto y sin cortina. Era fácil vigilar cualquier movimiento que había, pasaba el rato y no se oía nada, venga a mirar la hora, y ya cuando lo daba todo por perdido aparecía el abuelo gritando, “venga, vístete rápido que vamos a llegar tarde”. No veas cómo se me iluminaba la cara, yo a todo correr y la abuela venga a hacerme bromas. No sé cómo se las arreglaba pero aunque íbamos con el tiempo justo, siempre al primer toro, ya nos tocaba la sombra. Él, por la mañana, ya había sacado las entradas en la puerta que había al lado del bar Victoria. Las sacaba de sol, pero estábamos enseguida en la sombra, conocía la plaza como la palma de su mano.

 

Por lo general todas las personas mayores de entonces eran parecidas, cómo no los íbamos a querer si eran entrañables. A ellos les tocó padecer el drama de la guerra y, a pesar de la rigidez en las normas y a su aspecto de duros, en mi caso nunca, hablando en términos de ahora, hubiera sido capaz de encontrar motivos de denuncia por malos tratos. 

 

Por las noches de verano salía a la calle casi toda la gente del barrio. Los mayores hacían sus tertulias y los jóvenes, junto con las chicas, nos dedicábamos a jugar (pañolé, marro, las cuatro esquinas, etc.), hasta que llamaban para ir a dormir.

 

Cuando se mataba el tocino, aquello era una fiesta. Todos los vecinos más próximos ayudaban a hacer el mondongo y los chavales a coger tortetas recién sacadas del caldero.

 

Recuerdo nuestras guerras con los del barrio del Entremuro, a pedradas. Cuando era en su terreno, nos esperaban en la Peñeta, y nosotros desde el río, ¡qué talento!, y cuando era en nuestra zona, estábamos en la era de Castán, que estaba en alto, y ellos en la era Pelegrín, que estaba debajo.

 

En grupos con las chicas se iba a la Virgen del Plano, a merendar a la ermita, subiendo por la pasarela de madera, pero antes pasábamos la tarde por el río. Para el lunes de Pascua se subía al Pueyo, como todo el mundo, andando, y al bajar, ya cuando teníamos edad, íbamos al baile de la sociedad, pues ese día empezaban los bailes en la pista de verano.

 

Los domingos quedabas con los amigos para ir al cine, sesión continua con dos películas, en el Principal, a veces a los Escolapios. Después a jugar al futbolín en los porches y tiempos más tarde al ping pong y al futbolín, en el bar de Auxini, en el Coso. La semana que había futbol íbamos a verlo. Era en la calle San Gaudens. No había vestuarios y salían cambiados los jugadores desde el matadero que estaba al lado y entraban por una puerta pequeña que había al fondo del campo. También recuerdo que estaba la tapia de un lado con todas las banderas de los equipos que estaban en la categoría y colocadas por orden de  clasificación. Vaya  afición que había entonces.

 

En algunas ocasiones se iba a la estación a ver el tren, y sobre todo a ver qué chicas se movían por allí. Era un espectáculo, sobre todo cuando le daban la vuelta a la máquina, al fondo de la estación, sola la maquina encima de unos raíles la hacían girar. Al ser estación terminal, había que hacerlo para ponerla al frente.

 

A bañarnos, más que al Puente de las Pilas, íbamos a la Boquera en cuadrilla con las chicas y allí merendábamos. En ese puente todos los años, al inicio del verano, había algún ahogado, normalmente gente joven. Ya lo decía el refrán: “Cinca traidora, las piedras se ven y la gente se ahoga.

 

Cuando ya teníamos edad de ir al baile, se iba a la S.M.A. Yo creo que allí  se notaban más las diferencias entre los estudiantes de los Escolapios y los de las Nacionales. Sería cuestión de un respeto mal entendido. Los de las Nacionales ligaban más, o es que quizás pesaba el recuerdo del temor de Dios, no lo sé.

 

En fiestas, el pasacalles y las ferietas, sobre todo los autos de choque. No éramos mucho de peñas, más de cuadrillas de chicos y chicas, y cuando ya podíamos, al baile. Cuando ya nos quedábamos solos los chicos, se acababa de pasar la noche en los puestos de melones de la plaza, o nos uníamos a la Peña Ferranca. Recuerdo que algún año salí en la cabalgata del día cuatro, vestido de baturro, en una mula, con la hija de unos amigos de mis padres.

 

En Agosto era la feria de las mulas. Todo mi barrio estaba lleno de caballerías y no veas qué ambiente había. En mi casa teníamos cuadras para encerrar mulas y muchos tratantes se quedaban en casa a comer y dormir. Como no había camas para todos, a los abuelos no, pero a los demás nos tocaba dormir en el suelo, lo tomaba con gracia, como una novedad, era verano y no había ningún problema. En diciembre también había feria de mulas.

 

Frente a S. Francisco vivían familias de gitanos y su patriarca, el Ferruchón, organizaba en la calle buenos partidos de fútbol con ellos. Había muy buena convivencia, a pesar de que tenían sus propias leyes, eran unos vecinos más. Para jugar al frontón estaba la fachada de la iglesia, un trozo que estaba con el suelo de cemento, al lado de la lista con los caídos, que había por todas las iglesias.

 

Recuerdo los serenos. Cuando ibas tarde para casa los encontrabas por la calle con una especie de bastón y un manojo grande de llaves. Al principio cantaban las horas y el tiempo, (las tres y sereno, etc.).

 

Para S. Ramón se recogía leña para las hogueras y eran muy habituales los robos de un barrio a otro. Nosotros la guardábamos debajo del puente S. Francisco, en unos huecos que hay en la parte alta de los arcos. Estos huecos a lo largo de todo el puente creo que son por si hay una gran riada y se tapona el puente con maderas, troncos, etc., que arrastre el agua, para así poder poner dinamita para volarlo. 

 

Para Navidades eran habituales los belenes en las casas, es posible que más que los árboles. Imagínate con la cantidad de gente que formaba cualquier familia, y alguno que se agregaba, el ambiente no podía ser mejor. Para las mujeres sería un suplicio preparar pastillos, turrón, rosquillas, almendras garrapiñadas, galletas, etc., todo casero, además de preparar comidas y después a fregarlo todo. En aquellos tiempos cada uno tenía su papel: los hombres el trabajo fuera de casa y las mujeres las tareas propias de la casa, la compra y los críos. Por esas fechas pasaban las monjas de las Siervas con un niño Jesús en la cuna, normalmente a la hora de cenar, lo daban a besar a todos y había que poner alguna limosna. Con la gente de la casa y algún tratante que se había quedado de la feria sacaban para su subsistencia, se lo merecían. Para Nochebuena sólo se salía para ir a la misa de gallo, no había nada más abierto. Para Nochevieja a cenar en casa y después de las uvas la fiesta estaba en la calle. Y, sobre todo, cuando mas críos, la noche de Reyes. Cada uno tenia su estrategia para recibir los regalos: los zapatos en la ventana, un poco de trigo y un vaso de agua, una caña verde, etc. Yo nunca saqué nada a la ventana, me los dejaban al pie de la cama, aunque la verdad es que nunca me enteré cuándo lo hacían, y mucho o poco siempre llegaba algo (un camión grande, o el cine Exín, una bicicleta, una pelota, los juegos reunidos, etc.).

 

En Semana Santa, sobre todo el Jueves Santo, íbamos a visitar los monumentos, de más pequeños con los padres, y ya más mayores en cuadrillas de zagales y zagalas a coger estampas. Cada cofradía tenía diversos modelos, y si teníamos repetidas las cambiábamos. La procesión del Viernes Santo se veía pasar con mucha devoción, cuando aparecía el paso del Santo Sepulcro custodiado por los gastadores, todo el mundo se descubría, si iba cubierto con la boina, y todos de rodillas. Los más graciosos eran los romanos, que eran soldados, con las lanzas pegando al suelo, marcando el paso, con bigotes, barbas postizas y casco. La apariencia no era de un ejército muy marcial.

                         

UN POCO DE TRABAJO

 

Recuerdo que empecé a trabajar como aprendiz en un taller mecánico, sólo para aprender, y lo único que hacías era limpiar piezas e ir a por encargos, así durante un año sin cobrar nada, sólo si te querían dar propina, que no era nunca el caso, se cobraba  los sábados y lo daban en sobre, todavía no intervenían los bancos. 

 

En esa época recuerdo que después de trabajar salíamos todos los días con los amigos por los bares, desde el Coso hasta el Argensola. Cada uno pagaba una ronda, vino o cerveza. Y ahora  un par de gracias que se nos ocurrían cuando salíamos toda la banda (imaginación no nos faltaba). Éramos una cuadrilla de ocho o diez cada día (de lunes a viernes). Intentábamos conseguir para algún día monedas de diez céntimos, y entonces hacíamos todos los pagos con esas monedas. Si eran diez o quince pesetas cada ronda,  menuda cara nos ponían los dueños de los bares. Otras veces nos daba por pagar con billetes de cien pesetas, y el problema era para el bar conseguir cambio. También nos ocurría bajar desde el Coso hasta el Argensola todos en fila de a uno, con un pie encima de la acera y otro por abajo. Daba una sensación extraña para cualquiera que nos veía. Entonces había mas ambiente por la calle al salir de los trabajos Parecíamos una pandilla todos cojos, arriba, abajo, arriba, abajo.

 

Para acabar, unas pinceladas agrícolas. Yo no tenía la agricultura como trabajo principal. En ocasiones ayudaba a mi padre cuando mis trabajos me lo permitían. Al caer mi padre enfermo ya me tuve que dedicar más a fondo, aunque siempre alternándolo con mis otros trabajos. Por ejemplo cuando el domingo y medio sábado (se hacían 44 horas a la semana) hacía fiesta, o cuando trabajaba a turnos, los días que tenia de fiesta. De esta época recuerdo dos cosas curiosas políticas. Una fue en tiempos de mi padre. No había subvenciones y el Gobierno sacó en una época una especie de crédito (no recuerdo la cantidad máxima que se podía coger) y no era para nada en concreto, había que devolverlo (tampoco recuerdo el tiempo de devolución), con un interés del dos por ciento. No hacían más que sacarlo de un banco y acto seguido ingresarlo en otro con un interés de un 10 o 12 por ciento, un tipo de subvención. Esta otra ya me tocó a mi: en un tiempo había quejas con el precio del gasoil y entonces a los labradores nos dieron unos vales para entregar en la gasolinera cada vez que ibas a repostar, pues el agrícola estaba subvencionado, siempre nos daban vales por más cantidad de litros de gas oil de lo que podías gastar en el año con el tractor, al acabar el año los vales que sobraban los entregabas en la gasolinera y los pagaban al precio que costaba con la subvención, con lo cual los dos ganábamos, el de la gasolinera y el agricultor, él ganaba la diferencia de la subvención, puesto que ese gasoil que no empleábamos lo vendía a precio normal, y nosotros cobrábamos el gas oil que no habíamos usado, cosas curiosas.

 

Estos son, a grandes rasgos, los recuerdos de un chaval, en una ciudad de los años sesenta, en su ambiente familiar y en etapa escolar. Unas pocas cosas de las muchas que vivimos y que me ha  valido para  volver, aunque sea en sueños, a recordar, unas gentes, unos compañeros, un tiempo y una juventud siempre nostálgica.

 

Joaquín Peropadre

14.6.2011