MANIFIESTO
SOBRE EL FUTURO DE LA DIÓCESIS DE ZARAGOZA
A. El próximo año nuestro Arzobispo tendrá que presentar ante el Papa la renuncia a su cargo por motivos de edad. En febrero de 2002 ha cumplido los 74 años. Ello nos hace suponer que el presente curso va a ser el último en que D. Elías ejercerá su ministerio a tiempo pleno. Esto le da un carácter de final de pontificado, de despedida y de mirada hacia un futuro de la Diócesis que se presenta como inminente.
B. En 2002 se cumplirán igualmente 25 años desde que asumió el ministerio episcopal en Zaragoza. La efemérides, juntamente con la que acabamos de relatar en el primer punto, obliga a pensar que la figura del Arzobispo ocupará un puesto destacado en las celebraciones tanto de homenaje obligado como de preparación de su despedida, y que se hablará mucho sobre el futuro Arzobispo y sobre el futuro de la Diócesis.
C. La jubilación del Prelado, coincide, igualmente por razones de edad, con la de los sacerdotes en quienes él ha confiado durante estos últimos 25 años para encomendarles el gobierno y administración de la Diócesis. No todos ellos llegarán en esas fechas a la edad de jubilación (aunque algún vicario episcopal continúa siendo mantenido en su puesto a pesar de que ha superado con creces esa edad), pero sí en conjunto su generación, la más importante numéricamente en esta etapa que está terminando.
D. Damos gracias a Dios, Padre, Hijo y Espíritu, porque a lo largo de estos años la Diócesis ha podido acogerse a Él en todo momento, recibir su cariño y sus ánimos. Damos gracias a Dios que ha estado presente en todo nuestro camino, gozando y sufriendo con nosotros. Reconocemos los pasos adelante que la Iglesia de Zaragoza ha ido dando presidida por su Arzobispo gracias a la acción de Dios en nosotros. Y queremos pedir perdón, desde la igual responsabilidad general de todos como Iglesia y la diversa responsabilidad que a cada uno le ha competido, de cuantos errores y pecados hemos cometido. En concreto, pedimos perdón, entre otras cosas, por las veces en que hemos distorsionado la figura, vida y mensaje de Jesucristo, por las veces en que no hemos estado junto a los pobres y nos hemos aliado con los poderosos, por las veces en que no hemos sido acogedores o dialogantes y hemos tratado mal a la gente y con actitudes soberbias e impositivas, por las veces en que hemos buscado más nuestro interés egoísta que el bien común del conjunto de la sociedad.
E. Queremos dirigirnos especialmente a todas aquellas personas que a lo largo de estos años se han sentido desencantadas, desanimadas y decepcionadas por la actuación y testimonio de la Iglesia de Zaragoza. Tanto a aquéllas que han decidido, por las razones que sean, seguir otros caminos, como a aquellas otras a las que no hemos sabido acoger o intentar dar respuesta a sus necesidades de todo tipo, como a aquéllas otras que, desde cosmovisiones distintas a las nuestras, hubieran esperado otro tipo de actitudes que hubieran podido favorecer un diálogo fecundo.
F. Nos expresamos hoy a través de este manifiesto porque consideramos que los momentos actuales y próximos son y van a ser cruciales para el futuro de nuestra Iglesia. Queremos, no obstante, emitir un texto no cerrado sino abierto a muchas otras aportaciones, no definitivo sino suscitador de nuevas energías, nuevas palabras, nuevas propuestas. No formamos parte de una nueva generación que intentara sustituir en los cargos de dirección a quienes nos han precedido. No se trata de dirigir a nadie, de aspirar al poder, sino de prestar un servicio a esta Iglesia y a esta sociedad en la que vivimos, contribuir a un debate imprescindible sobre cuestiones vitales tanto para la institución como para cada uno de los católicos.
G. Los años que D. Elías ha venido pasando en nuestra Diócesis han sido para el país los años de la democracia, del reconocimiento de los derechos y libertades, del anhelo de participación ciudadana, del cambio de estilos de vida, del gran despliegue de los medios de comunicación social, del desarrollo económico y social dentro del horizonte de la Unión Europea y enmarcados en un esquema de capitalismo como única posibilidad, del pluralismo, etc. También han sido los años del envejecimiento demográfico, de la inmigración por todos los medios posibles y en muchas ocasiones con resultados dramáticos para estas personas, de la nueva violencia y de la heredada de la época anterior, del desencanto, de los escándalos políticos y financieros, del aumento de las distancias entre ricos y pobres, etc.
H. Nuestra Iglesia Diocesana ha tenido igualmente sus propios avatares dentro del contexto general del que hemos resaltado tan sólo algunos rasgos significativos. No vamos a realizar en estas líneas una revisión exhaustiva de lo positivo y de lo negativo de estos años. Por lo arduo de esa tarea, resultaríamos con toda seguridad injustos al no mencionar todos los méritos acumulados o todas nuestras deficiencias. Preferimos mirar hacia delante que es lo que realmente nos interesa. Por lo cual preferimos enumerar una serie de aspectos que consideramos especialmente relevantes:
1. Necesitamos, como se dice, "agarrar el toro por los cuernos". Atrevernos a reconocer nuestra debilidad y nuestros problemas no resueltos. Acostumbrarnos a reunirnos para debatir sin imposiciones. Acostumbrarnos a escuchar a todos y no sólo a los que se les tiene por "ortodoxos". Dar la palabra a los débiles, a los sencillos, a los pobres, y también a los díscolos, a los desencantados, a los inconformistas, a los que no piensan como nosotros. El Espíritu Santo no es propiedad de nadie y sopla donde quiere.
Todo esto nos tiene que ayudar a ir saliendo del aparente pacífico letargo en el que estamos inmersos. Puede provocar conflictos, qué duda cabe, pero no es lo malo el conflicto sino la manera equivocada de tratar de resolverlo, incluyendo su negación. Y tiene que provocar cambios importantes, lo cual siempre resulta incómodo para aquéllos a los que no les apetece moverse y hacer sitio, aunque ocupen mucho espacio.
2. Necesitamos aclarar y definir el papel de la Iglesia en la sociedad democrática. No podemos ser ni actuar como un grupo de presión. No podemos pretender privilegios que nos sitúen por encima de otras iglesias, organizaciones o personas. No podemos actuar de tal forma que se identifique a la Iglesia con posturas conservadoras y de freno. No podemos tratar de imponer a todos los miembros de la sociedad determinados aspectos éticos identificados y supuestamente válidos para un credo particular.
Nuestra misión es anunciar a Jesucristo y su Evangelio desde nuestro testimonio de vida. Esto nos tiene que llevar a impulsar alternativas de vida que hagan a las personas más humanas y, en nuestro convencimiento, más cercanas al Dios que habita entre los hombres y mujeres de este mundo. Es hora de ser creativos, de arriesgar, de apostar por el arte y la imaginación, de ser fieles, en definitiva, al Espíritu Santo, no de repeticiones rutinarias, de fórmulas estereotipadas, de falsas seguridades, de inmovilismos por mor de abusivas obediencias.
Nuestra postura debe situarse en actitudes de colaboración y de solidaridad, de anuncio y de propuestas humildes y claras. Debemos colocarnos sinceramente en actitud de servicio y no de poder. No podemos, ni es evangélico, pretender volver a ocupar posiciones dominantes: ojalá seamos simplemente un referente válido por nuestra coherencia evangélica.
Necesitamos colaborar sincera y plenamente al desarrollo de la democracia, lo cual es incompatible con el mantenimiento en el interior de la Iglesia de posturas y estructuras no democráticas.
Necesitamos presentarnos no como los que tienen la verdad en depósito sino como los que la buscan y están a su servicio. No como los que "pontifican" sobre todo lo divino y lo humano sin albergar ninguna duda sino como los que asumen la cruz de estar llenos de interrogantes empezando por el gran misterio de Dios que llevamos entre manos como vasijas de barro.
3. Nuestra Iglesia Diocesana está profundamente envejecida. Los cargos directivos son lo más parecido a una gerontocracia. Los sacerdotes, religiosos y religiosas conforman un colectivo cuya media de edad está en los límites de la jubilación civil, cuando no la supera ampliamente. Los asistentes a las celebraciones religiosas, especialmente a las eucarísticas, son en su inmensa mayoría personas de edad avanzada. La mayoría de los conventos de religiosas están muy cercanos a su desaparición por causas demográficas. La Pastoral Juvenil se encuentra en progresiva y fuerte disminución desde hace ya unos cuantos años.
4. El clero no se renueva en sus efectivos sino que su número disminuye año tras año al tiempo que avanza sin parar su envejecimiento. Las vocaciones al sacerdocio (así como las relativas a los institutos de vida consagrada) son cada vez más escasas y no suplen ni de lejos las necesidades de sustitución. Ya están empezando a jubilarse por alcanzar los 75 años los grupos de edad de los sacerdotes con mayor número de efectivos. En los próximos años la reducción de sacerdotes "activos" va a ser drástica, lo cual plantea a los restantes graves problemas de saturación de tareas.
Da la impresión, y así suele ser sentida por no pocos curas, de que el actual sacerdocio ha entrado en una vía muerta, sin salida. Se puede incluso pensar, además, que, dada su situación, está ya demasiado mayor para intentar generar o colaborar a los cambios que nuestra Iglesia necesita. Puede que le haya pasado la hora de ser un factor regenerador.
Por todo ello, habrá que caminar y sin más dilaciones hacia una redefinición de su ministerio, analizando con valentía todas las posibilidades para discernir la mayor coherencia con la misión evangélica, así como hacia un nuevo esquema de organización eclesial.
5. Los seglares tienen que asumir plenamente su papel y responsabilidades como bautizados: los de sacerdote, profeta y rey para los que fueron consagrados al recibir este sacramento. Es decir, tienen que asumir y serles reconocida su función protagonista en la celebración, en el ejercicio de la palabra y en la labor directiva. Y esto tanto los hombres como las mujeres, puesto que en ningún momento el sacramento del bautismo discrimina por sexos; tanto los casados como los solteros; tanto los jóvenes como los adultos.
La actual carencia de vocaciones al sacerdocio puede ser interpretada como una ocasión que nos regala el Espíritu para reconocer eficazmente este derecho de los seglares, que no se apoya en el oportunismo de la suplencia sino en su condición de bautizados y miembros con plenos derechos en la Iglesia.
A este respecto, debería procederse ya al nombramiento de seglares como párrocos, reservando para los sacerdotes otras misiones de animación de comunidades. No podemos seguir con una política de nombramientos entendida como de "retirada": cada vez menos curas en cada parroquia, a continuación un solo cura, más adelante un cura para varias, aplicando a toda la Diócesis el modelo seguido en el medio rural. Y, al mismo tiempo, habría que favorecer la rotación de las tareas eclesiales, desde las más complicadas a las más sencillas, para así evitar los inmovilismos que tanto nos caracterizan.
6. No podemos mantener por más tiempo una pastoral de conservación, limitándonos fundamentalmente a esperar a que vengan para ofrecerles unos servicios sacramentales. No es coherente con la práctica de Jesús ni con la actitud manifestada en la parábola de la oveja perdida. Es fundamental emprender de forma eficaz una pastoral misionera acorde con las circunstancias de comienzo de milenio y con la manera de ser y las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Tenemos que salir al encuentro, asumiendo el vivir a la intemperie con todos los riesgos que ello conlleva. Pero son, precisamente, los riesgos y la situación de los pobres. A ellos debemos dirigirnos en primer lugar, no para darles algo, manteniendo así la relación de dependencia entre el que da y el que pide, sino para estar con ellos, no en una realidad bucólica falsamente espiritualizada sino en la cruda realidad del pobre.
Entre ellos habrá que prestar una atención especial a los inmigrantes del tercer mundo que desde hace unos años malviven entre nosotros. Son necesarias no sólo las actitudes individuales de acogida y cercanía sino la actitud general como Diócesis de acogerlos como hermanos iguales a nosotros, solidarizándonos como Iglesia con sus múltiples problemas.
Muchos de los actuales inmigrantes que nos llegan confiesan la misma fe que nosotros. Estamos ante una gran oportunidad que nos regala el Espíritu de integrar en nuestras comunidades a quienes nos van a aportar aires de juventud y de renovación, actitudes de desinstalación y de búsqueda de nuevos caminos, espíritu universal y mentalidad emprendedora.
7. Necesitamos plasmar en proyectos concretos la misión a la que Jesucristo nos ha enviado. Tenemos que impulsar como Iglesia la realización de vivencias de seguimiento de Jesús: no sólo constituirá el mejor método pedagógico de iniciación y catequesis de la vida cristiana, sino que constituye la condición imprescindible de un testimonio de cristianismo que suscite preguntas e interés por el Dios al que queremos anunciar. La catequesis tiene que ser vivencial para no degenerar en otra clase escolar de corte más o menos intelectual. La celebración, la oración, la espiritualidad, no pueden desentenderse de la vida de los creyentes y de la del resto de los ciudadanos. Nuestra palabra tiene que ser de ánimo, de comprensión, de denuncia de las situaciones concretas de la vida de la gente.
La dimensión vivencial y su plasmación práctica son especialmente necesarias en la Pastoral con las nuevas generaciones de jóvenes, adolescentes y chavales. Ellos son capaces de interesarse e incluso entusiasmarse con proyectos concretos relacionados con la vida y que respondan a las necesidades y problemas reales. No podemos caer en la tentación de limitarnos a mantener grupos estufa encerrados en sí mismos.
En esta línea, no podemos reducirnos a insistir, como se hace tanto en nuestra Iglesia, en la necesidad de la enseñanza y formación, entendidas normalmente como impartidas desde arriba, por los que "saben". Es necesario, sí, formarnos, pero para analizar, profundizar y dar respuesta a los grandes problemas que tanto la Iglesia como la sociedad, y especialmente los pobres, tienen ante sí. Es necesario formarnos para aprender a discernir los signos de los tiempos. Es necesario, sobre todo, para tratar de descubrir al Dios que habita entre nosotros y que nos espera en medio de la gente.
8. Necesitamos afrontar toda una serie de cuestiones que nos vienen rondando desde hace años y que muchas veces suponen un fuerte motivo de escándalo o de polémica en nuestra sociedad: la financiación o autofinanciación de la Diócesis, la enseñanza de la religión en los centros escolares, la moral sexual, el papel de la mujer en la Iglesia (incluido su acceso al sacerdocio ministerial), los medios de comunicación de la Iglesia, la relación con otros medios de comunicación social, el patrimonio cultural, la religiosidad popular, la autonomía de la Iglesia Diocesana dentro de la Iglesia universal, el ecumenismo, etc.
9. Es momento, por fin, para que en la Diócesis se abra una amplia consulta sobre las características y cualidades que desearíamos tuviese nuestro próximo Pastor. Una consulta que respondería, en la práctica, a los deseos de corresponsabilidad recogidos por nuestro Sínodo Diocesano, y en línea con las experiencias positivas alcanzadas en ese campo. Y para superar las negativas, que también las hay.
Creemos llegado el tiempo de recuperar la contrastada tradición eclesial de la participación activa del pueblo creyente en la elección de sus Pastores. No será difícil encontrar cauces diocesanos a través de los cuales el pueblo de Dios pueda ejercer este derecho y expresar su parecer en esta cuestión que tanto influye en la vida de las comunidades cristianas. Se cumpliría así aquel principio de la vida eclesial: "Lo que a todos atañe, por todos debe ser tratado y aprobado".
Que nos dejemos ayudar por Dios en las múltiples tareas y retos que tenemos planteados como Iglesia Diocesana. Que acertemos a descifrar las inspiraciones de su Espíritu. Que sigamos los pasos de Jesucristo que vino para que tengamos vida abundante.