MIS AÑOS SETENTA

"DE MONTAÑA A MONTAÑA"


CAPÍTULO 1º:

INTRODUCCIÓN


Escribir memorias crea, de alguna forma, una especie de adicción. La primera parte produjo en mí una sensación agradable y reconfortante: los amigos las recibieron con afecto y disfrutaron de las mismas animándome a continuar con una segunda que reflejara lo acaecido en años posteriores. Hubo quien me escribió incitándome a ello porque estaba muy interesado en conocer la experiencia de un cura recién ordenado cuando tiene que poner en práctica lo aprendido en sus años de estudio, cuando es destinado a una parroquia rural, como había sido mi caso. Quería ver reflejado el paso de la teórica a la práctica, de las ilusiones y proyectos a la ineludible realidad.

Por mi parte, comprendí muy pronto que no podía limitarme a mis años de seminarista en la España de los tiempos de Franco.

Pero en esta ocasión el reto tenía matices diferenciales: ya no se trataba de transcribir simplemente mis diarios de adolescente-joven y coordinarlos con las cartas de mis amigos, añadiendo algunas notas que ayudaran a la comprensión y contextualización de los escritos; ahora la empresa resultaba más complicada. Disponía de documentación sobre temas puntuales pero carecía de un diario que abarcara toda la década y que aportara la frescura del directo. Por ello he tenido que redactar la historia aferrándome en gran medida a mis recuerdos. He trabajado componiendo en primer lugar todo un listado de vivencias y anécdotas, para, a continuación, ordenarlas y desarrollarlas. Mi memoria no ha sido, sin embargo, mi única fuente de datos ya que guardaba en mis cajones un diario si bien limitado a los últimos meses del período que he decidido abarcar. Un diario o semanario o como se le quiera llamar. Digamos que una crónica elaborada en días salteados pero escrita a caballo de los acontecimientos y que venía precedida por una síntesis de mi recorrido por todos los pueblos a los que yo había sido destinado, incluida una amplia exposición sobre mis avatares en el Instituto de Aínsa. Doy gracias a Dios que me ha hecho conservador de tantos papeles, muchas veces inútiles pero otras aprovechables en gran medida.

Escribir memorias es confrontarte con tu vida, no sólo con la ya transcurrida sino también con la actual e incluso con la futura. Inevitablemente observas tu devenir con la óptica del final, algo que no sucede en el caso de los escritos del día a día. Pero, por eso mismo, te obligas a analizar tu vida en perspectiva, en proceso de cambio, como historia, no como foto fija o mera anécdota. Buscas una lógica y acabas encontrándola. Al mismo tiempo te juzgas, te resitúas en unos acontecimientos de tu pasado y no te queda más remedio que tomar partido y considerar si lo realizado era lo más correcto, si no presté atención a otras alternativas; más aún: si fui justo o injusto con mis semejantes, si reaccioné con altivez, si herí a alguno, si no respeté los ritmos de los que no podían hacer otra cosa que caminar con lentitud. Por otra parte, acabas por entenderte algo mejor en lo que has llegado a ser con el paso del tiempo, ya que tu historia personal te ha marcado y definido. Te vuelve más comprensivo con las debilidades ajenas y propias e incluso te impulsa a retomar ideas y vivencias, a traducirlas a un hoy con sus propios problemas y a un inmediato futuro no exento de oscuridades y dudas. De todos modos, la historia de una vida no puede encerrarse en un esquema y siempre queda abierta a múltiples interpretaciones.

En mi relato aparecen hitos que marcan los diferentes momentos e incluso el conjunto. Al lector le resultará sencillo individualizarlos. En determinadas circunstancias mi proceso da un salto, se acelera, de alguna forma gira. Pero, ¿cuál ha sido el hilo conductor, si es que lo ha habido, que de manera más o menos visible entrelaza todos estos años de mi vida? Es indudable que parto como seminarista hacia Centro Europa y finalizo como cura en plena crisis estructural y de futuro. Estas memorias reflejan la evolución de mi vocación y de mi proyecto vital y eclesial. Pasar de la teoría a la práctica se revela problemático, pero no en relación con la gente, no en el desarrollo de la pastoral que yo ejercía, sino en mi encaje institucional, en mi relación con curas y obispo.

No obstante, me sigo preguntando: ¿por qué esta disfunción?, ¿qué había en mí o en mi contexto que impedía un desarrollo normal y sin sobresaltos? Ahí es donde encuentro una clave que no puede obviarse: mi evolución me lleva de un esquema con anclaje en una dictadura a un intento de vivir la democracia en unas estructuras oficiales que no habían evolucionado lo suficiente en esa dirección. Hay que tener en cuenta que el relato abarca la agonía del franquismo y el comienzo del nuevo régimen constitucional. Son años de un gran cambio institucional que afecta básicamente a la estructura del Estado y que repercute igualmente sobre las restantes instituciones, incluida la Iglesia. Descubro un estilo democrático en el orden civil y opto por él, pero también en el eclesial: siento la Iglesia como el nuevo Pueblo de Dios, pueblo de creyentes iguales en dignidad por el bautismo e iguales en nuestro compromiso de anunciar el Evangelio gracias al don del Espíritu que habita en todos y actúa donde quiere, dentro y fuera de las estructuras eclesiales. Trato de hacerlo realidad como seminarista en dos colegios-seminarios mayores y, más tarde, intento vivirlo como cura en mis relaciones diocesanas. Curiosamente lo que resultó problemático en el mundo clerical no encontró ninguna reticencia entre los laicos, a excepción de la reacción descalificante entre quienes detentaban el poder o pretendían conservarlo. Mi apertura a las ideas y personas de izquierda no fue comprendida por bastantes que deberían sentirse enviados a evangelizar a todos sin distinción de razas ni ideologías. Al final, la sensación de ahogo, producto entre otras cosas de la pequeñez de los planteamientos de aquéllos que más deberían haberme ayudado en mi proceso, me llevó a una crisis presbiteral-estructural profunda que, gracias a Dios, pude superar sin mayores problemas en mi nueva realidad zaragozana.

El conjunto de esta 2ª parte de memorias consta de un total de 28 capítulos, aunque no todos ellos tienen la misma extensión. He procurado que fueran apartados cortos ya que leer en una pantalla de ordenador supone un ejercicio fatigante. Siguen las grandes etapas de mi itinerario: Innsbruck - Roma - Laspaúles - Laspuña - Eriste. Es decir, comienzo en Austria rodeado de cimas alpinas y acabo en Eriste, en el Valle de Benasque, igualmente en medio de otro gran macizo montañoso: el de los Pirineos aragoneses. De montaña a montaña, de ciudades e incluso capitales europeas a pequeños pueblos de no más de 200 habitantes. Del alemán e italiano al español pasando por el patués.

Agradezco la colaboración que me han prestado queridos compañeros de Innsbruck y Roma al avivarme recuerdos que dormían en mi mente. Entre cenas y nostalgias me han ayudado a componer un cuadro más completo y vivo de aquellos años cargados de promesas.

Y repito lo que apunté al final de la primera parte: he redactado el texto sintiendo un gran cariño a los protagonistas de mi historia aunque en su momento nuestras relaciones pasaran por fases conflictivas. He limado asperezas del diario producto de la intensidad emotiva de determinados instantes vividos. Llegados a este punto en que avizoro los sesenta, me siento compañero de cuantos por mi vida han transcurrido. Agradezco cariños y amistades, pero también los muchos desencuentros que me han forzado a precisar mis puntos de vista y a aprender a fuerza de los golpes. No guardo ni un rencor, ni una brizna de enojo. Todo me ha servido y a todos agradezco. Un recuerdo especial para aquéllos (y son varios) que ya han concluido su peregrinar por este mundo de nuestros gozos y tristezas.

La vida continúa pero en nuevos estadios. Mi etapa en Zaragoza alcanza ya sus 27 años transcurridos cuando escribo estas líneas. Hay materia de sobra para una tercera parte de mis memorias, pero hacen falta años de reposo y de distancia para emprenderlas y renuncio de momento y por bastante tiempo a esa tarea. Por de pronto una nueva fase se inicia en la Diócesis con la llegada de un nuevo Arzobispo y otra se abrió en Barbastro hace apenas un año con mi querido Alfonso en su sede episcopal. Pretendo vivirla a tope como lo he hecho hasta ahora, aunque a mi edad ya no se puedan hacer proyectos a largo plazo.

¿Será posible de aquí en adelante una Iglesia abierta a todos, acogedora y estimulante? ¿Seguirá siendo la democracia (fraternidad, corresponsabilidad, comunión en múltiples direcciones...) una utopía imposible en el seno de nuestra Iglesia? ¿Podrá sentirse en ella a gusto quien se incline por planteamientos de izquierda? ¿Seguirán nuestros obispos en conjunto atrapados por las causas más conservadoras, no por ello, justamente, más evangélicas? Espero y confío en que Dios nos ayude a descubrirle en su amor generoso y sublime que le conduce a identificarse con los más pobres, con los últimos. Ésa es la orientación y la opción que yo deseo para mi Iglesia. Es la que he intentado, con más o menos acierto, a lo largo de mi vida. Es la que me ha ocasionado, igualmente, los mayores palos.