CAPÍTULO 11º:
CURA DE A PIE Y CON TÍTULO
CURA
Mi recorrido de órdenes, que había empezado con problemas en 1969 al serme retrasadas las menores, tuvo que superar nuevas dificultades en su tramo final. Había solicitado ser ordenado en Barbastro al finalizar el curso 1972-1973, poco después de haber sido tío por tercera vez ya que mi hermana Isabel-Jesús dio a luz el primero de mayo a mi sobrina Teresa. El rector del Colegio Español se "cobró" mi trabajo "revolucionario" en la Asamblea y me lo hizo pagar escribiendo una carta a mi obispo en la que le indicaba que yo no estaba todavía maduro para ser ordenado sacerdote. Como he comprobado a lo largo de mi vida, suele suceder que para el "superior" un contestatario nunca está maduro, ya que sólo lo está el que no levanta la voz o hace simplemente todo y sólo lo que le mandan. Mi obispo, entonces, más comprensivo y, a la vez, ecléctico, me envió una carta comunicándome que, a causa de la intervención del rector, no podía ordenarme en las fechas que yo sugería, pero que no me preocupara porque en diciembre, sin más dilación, daría el paso definitivo. Así sucedió: el 27 de diciembre de 1973 fui ordenado sacerdote. La crónica de El Cruzado Aragonés de dos días después comentó lo siguiente:
"En el marco de la capilla del Seminario -de tan entrañables recuerdos para el nuevo sacerdote- se celebró el jueves la ordenación de José Mª. Nerín Baselga, tan íntimamente ligado a nuestra ciudad desde toda su vida. Aquí, en el Colegio de Escolapios primero y en el Seminario después, hizo sus primeros estudios que completó después en Zaragoza y Alemania [en realidad no fue en Alemania sino en Austria], y ahora actualmente en Roma.
El acto, tenso de emoción, fue participado por numerosos fieles, en su mayoría ligados a la respetable y apreciada familia del neopresbítero.
Confirió el Sagrado Orden nuestro Prelado, Rvdmo. Don Damián Iguacen. Juntamente con él impusieron las manos numerosos sacerdotes de nuestra ciudad, compañeros y amigos de José María, venidos de Zaragoza y otros puntos.
Hacía ya tiempo que no éramos testigos de un acto semejante; tal vez por ello y porque el nuevo rito es más inteligible y expresivo, lo cierto es que nuestra fe de creyentes cristianos, nuestro amor a la Iglesia y nuestra admiración por el sacerdocio 'se pusieron a punto' en la celebración del pasado jueves.
Don Damián en su homilía, con acento emocionado y firme, puso de relieve la figura del sacerdote como hombre 'elegido' por Dios, 'consagrado' ónticamente a Él y 'enviado' por Jesucristo a llevar la salvación a los hombres. El sacerdote -dijo- ha de ser ante todo un hombre fiel: esto es lo que hoy se le pide por encima de todo. Fiel al Señor que le envía, fiel a los hombres a quienes es enviado y fiel al mensaje que ha de transmitir. Cualquier fallo o deficiencia en uno de estos extremos podría hacerle perder el equilibrio y llevarle incluso a traicionar su ministerio. El mundo actual -aunque a veces lo rechace- necesita al sacerdote, sencillamente porque necesita el Evangelio del cual el sacerdote no sólo es portador sino palabra viva y testimonial.
Por eso exhortó vivamente al nuevo sacerdote y a todos los demás asistentes a un sacerdocio seguro de sí mismo -con humildad pero con firmeza-, comprometido y eficaz; pero bien entendido que la eficacia nacerá siempre del surco de la fidelidad.
Terminada la celebración, la familia obsequió a los asistentes con un refresco en las galerías del Seminario.
Mañana domingo, día 30, a las doce, el nuevo sacerdote celebrará la Eucaristía en la Catedral a la comunidad cristiana en la que él ha vivido hasta ahora.
A su digna madre, Sra. Vda. de Nerín, a sus hermanos y a nuestro querido amigo José María ¡enhorabuena! Que Dios colme la larga y anhelante espera con un sacerdocio fecundo."

Al día siguiente de mi ordenación fui invitado por las monjas capuchinas a presidir una "hora santa con adoración del Santísimo" en su convento. Nunca, lógicamente, me había visto en tal aprieto y no sabía con exactitud todos los ritos que tenía que realizar. Cuando llegué aumentó mi zozobra ya que me encontré con que también estaban presentes en el acto varios sacerdotes, entre ellos el mismísimo Vicario General, D. Santos Lalueza. Ellos comprendieron mi falta de práctica y el mismo vicario amablemente me hizo de maestro de ceremonias y me fue indicando todos los pasos que yo tenía que seguir.
Peor fueron las cosas en mi primera misa en la catedral ya que cometí el error de rezar el credo de memoria sin irlo siguiendo con la vista en el libro; en un momento dado me equivoqué adelantándome y luego retrocedí provocando tal desconcierto entre los asistentes que no me quedó más remedio que cortarlo y decir a los presentes que pasábamos sin más al ofertorio. Todavía conservo escrita la homilía de esta mi "primera misa" que comencé de la siguiente forma: "Me presento hoy por primera vez ante vosotros para comentar la Palabra de Dios y me entra miedo por la responsabilidad que esto supone, miedo porque puedo adulterarla y daros más bien mis ideas y miedo porque se le ha dado propaganda a esta misa y no quisiera convertirme en protagonista ya que en la misa todos somos protagonistas junto a Jesucristo. Pero tengo que hablar y dejar aparte el miedo. Confío en que Dios me eche una mano, pues no en vano Él se ha fiado de los hombres para que proclamemos su Mensaje, pese a todas las imperfecciones que arrastramos. Y me fío de vosotros, pues de sobra sabéis que mi palabra no es Palabra de Dios, y si el Espíritu Santo puede actuar sobre mí también actúa sobre vosotros y os ayudará a comprender lo que yo no sea capaz de expresaros. Recordemos que la Iglesia la formamos todos y que, si bien nos distinguimos por la función que tenemos que cumplir dentro de la misma, todos tenemos la grave responsabilidad de proclamar con nuestra vida la fe que poseemos". A continuación comenté las lecturas de la fiesta de la Sagrada Familia que se celebraba aquel domingo. Al terminar la misa tuve que dar la bendición y observé cómo mi hermana Pilar que seguía la ceremonia desde el primer banco, nerviosa por lo que había acaecido en el credo, hacía ella misma también el gesto de dar la bendición, tal vez como para ayudarme en ese momento y que no me olvidara de cómo se realizaba.
Lo cierto es que en el Seminario, o en mi caso en el Colegio Español, no hacías prácticas para ejercitar tu papel de presidente de una eucaristía. Suponían, imagino, que después de acudir a tantas misas sabíamos de carrerilla cada uno de los pasos a dar. Pero una cosa es asistir de fiel y otra de celebrante. No nos quedaba más remedio a cada uno que leer detenidamente las rúbricas en rojo del misal para seguir correctamente todos los movimientos.
EN UN PISO EN VIA POMPEI
Al comenzar un nuevo curso tenía muy claro que mis días en el Colegio Español estaban contados. Habíamos "perdido" en nuestros intentos de cambio y ya no me quedaba nada más por hacer en aquel centro. Por eso, desde el principio comenzamos a dar pasos para irnos a vivir fuera del mismo, a un piso normal. Conectamos con Alfredo Hernández, un soriano que se quedaba solo en uno situado cerca de la basílica de Sta. María la Mayor que hasta ese momento había compartido con una argentina, Ester, de más edad que él, y decidimos irnos allí Bernardo, Pepe García y yo mismo. Por razones de mi ordenación, no me trasladé a él hasta enero, pero participé activamente en su acondicionamiento. Los jesuítas de la Gregoriana se portaron muy bien con nosotros y nos lo amueblaron, cediéndonos gratuitamente camas, mesas, sillas y hasta flexos.
El piso era un semisótano. Nuestra amplia habitación, la que ocupábamos Bernardo y yo, disponía de una ventana casi en el techo a través de la cual podíamos contemplar las piernas de los viandantes. Como en la obra "El Tragaluz" de Buero Vallejo. La de Alfredo y Pepe García, en cambio, daba a un enorme patio interior de la comunidad, con mucho sol, espacio que utilicé en numerosas ocasiones para estudiar o leer paseando, costumbre que he conservado hasta ahora en mi domicilio de Zaragoza. Tuve que tener cuidado de no hacerlo por delante de una de las ventanas de nuestros vecinos de al lado, ya que a las primeras de cambio recibimos su protesta por esta intromisión en su "intimidad". A la entrada, en el vestíbulo, reposaba un viejo sofá que se convirtió en el diván del psicoanalista ya que sobre él solíamos tener las conversaciones más profundas entre nosotros o con los que nos visitaban, a falta de una sala de estar en condiciones. El comedor era interior, oscuro, y formaba una encrucijada en el pasillo a continuación del vestíbulo, junto a la cocina, por una parte, y al baño, por otra. Las habitaciones más grandes, por tanto, y las únicas que merecían la pena, eran los dormitorios, situados a ambos lados del pasillo. En aquella cocina hice mis primeros pinitos culinarios aprendiendo a preparar, por ejemplo, spaghetti, arroz y cosas por el estilo. Los sábados nos enfrascábamos en una limpieza general y poníamos la casa patas arriba para ello. Durante la semana nos organizábamos los turnos.

A poco de comenzar a residir allí, recibí una comunicación oficial de Pedro Escartín, por entonces Secretario General de la Diócesis de Barbastro, en la que, cumpliendo el encargo del Tte. Coronel Presidente de la Caja de Reclutas, nº 541, de Huesca, en su escrito de 24 de enero de 1974, me comunicaba que me habían concedido la exención del Servicio Militar en virtud del Concordato entre la Santa Sede y el Gobierno Español. Todos los años, hasta ese momento, había tenido que solicitar prórrogas, pero a partir de ese instante ya quedé liberado de esa obligación. Años más tarde, al cumplir mis 30, conforme a lo establecido, tuve que jurar bandera en el Cuartel de Barbastro junto a un salesiano con melena y un recluta que no había podido hacerlo en su momento por encontrarse enfermo. Para la ocasión me había endosado la vieja sotana del Seminario, encogida casi hasta media pierna a causa de los años y de mi crecimiento. La ceremonia tuvo lugar en un cuarto de banderas en presencia del Coronel del Regimiento, quien destacó en su "homilía" que éramos los primeros soldados españoles en prestar juramento ante un capellán con bigote. Todo iba resultando un tanto surrealista. Finalmente el mismo Coronel nos invitó a un aperitivo en el bar de oficiales y allí, departiendo amigablemente con los mandos, concluimos un acto tan solemne y patriótico.
En Via Pompei 21, interno 1, pasamos unos meses la mar de bien, como se suele decir. Entonces se produjo nuestra inmersión de verdad en el ambiente italiano y en su idioma. Hasta ese momento habíamos vivido en gran medida en la burbuja del Colegio Español, saliendo a la ciudad pero regresando a continuación a nuestro refugio. Vivíamos en España, por así decirlo, y nos dábamos vueltas por el exterior. Pero, una vez en el piso, nuestro ambiente se hizo romano, acudíamos al comedor universitario (la "Mensa"), en donde nos alimentábamos a muy bajo precio (todos los días pasta de primer plato, obligatoriamente), comprábamos el resto de la comida en las tiendas, visitábamos frecuentemente a nuestras amistades italianas. El idioma, que hasta entonces nos habíamos limitado fundamentalmente a entenderlo, recibiendo alguna clase colectiva en el Colegio, es cierto, por parte de un compañero italiano que vivía con nosotros, pero sin hacer mayores esfuerzos ya que, como españoles, desde el principio comprendíamos un 60 % de lo que oíamos, el italiano, como digo, se convirtió en nuestro lenguaje hablado por necesidad cotidiana y empezamos a desenvolvernos en él como peces en el agua. No obstante, aprendimos en italiano aquello de que "La libertà non è stare sopra un albero; non è neanche il volo di un moscone; la libertà non è uno spazio libero: libertà è partecipazione" (la libertad no es estar subido a un árbol, ni es tampoco el vuelo de un moscardón; la libertad no es disponer de un espacio libre: libertad es participación).
Vivíamos muy cerca de la basílica de S. Juan de Letrán y de las Termas de Caracalla, al lado de la Via Iberia nada menos y pegados a la Via Gallia, en cuyo número 86 tenían su piso nuestras amigas Inmaculada y Rosina, mientras que en el 13 residían las hermanas Gianpaoli, Teresa y Simonetta, cuyo padre diseñaba las efigies de las monedas del Estado italiano. Pero en un momento dado se complicaron las cosas: de 4 pasamos a ser 5, ya que uno de nosotros se trajo a su chica y ésta se quedó allí. Las situaciones incómodas empezaron a formar parte de nuestra rutina. Hasta ese momento no había barreras y todo era, de alguna forma, de todos. Pero, a partir de aquel momento, si, siguiendo la costumbre, entrabas sin llamar en cualquier dormitorio para salir, por ejemplo, al patio interior, podías ser testigo de escenas calientes. Ella, alemana, estaba coladita por él, no tenía más ojos que para él y no se esforzaba por comprender que había otras tres personas más con las que poco o casi nada se relacionaba. Hasta que no hubo más remedio que hablar con ellos. Me tocó hacerlo a mí, como me ha solido ocurrir tantas veces. Tras esta conversación optaron por la solución más razonable: abandonar el piso y buscarse otro. No obstante, el incidente no influyó en nuestra amistad y seguimos viéndonos hasta el final de mi estancia romana e incluso nos escribimos durante varios años hasta que perdimos el contacto. Su amor, por tanto, no fue pasajero sino que se consolidó y duró.
LICENCIADO
En marzo de 1974 concluí la tesina que debía presentar para obtener el título. Elegí como tema de la misma "El espacio social en Chombart de Lauwe". En el prólogo justificaba esta elección indicando que "se encuadra dentro del tema de la cuestión urbana, problemática que tanto interés ha venido suscitando en los últimos decenios en el campo sociológico. Mi dedicación a los problemas urbanos se fortaleció precisamente el verano pasado cuando, en colaboración con un amigo mío, estudiante de arquitectura, decidimos iniciar sobre el terreno un estudio socio-urbanístico sobre la ciudad en que normalmente residimos. Convencidos de que la ciencia no es algo puramente abstracto, apartado de la realidad, y de que toda teoría tiene que estar en constante relación con la investigación práctica para complementarse mutuamente, tal como afirma R. K. Merton y como a mí me han enseñado en esta Facultad, iniciamos la investigación con gran ilusión y esperamos poder continuarla". El amigo en cuestión era Antonio Abarca con quien decidí realizar un estudio de los barrios de Barbastro, cuyo trabajo de campo emprendimos el verano siguiente.
La tesina me la dirigió el profesor Schasching que fue quien me sugirió el estudio del concepto de "espacio social" en el sociólogo francés Paul-Henry Chombart de Lauwe, adoptando como libro de base el titulado "Des hommes et des villes" publicado en 1963 por el referido autor. En el prólogo daba las gracias a mi tutor por "la ayuda que me ha prestado tanto al orientarme en la tesina como en sus indicaciones cara al futuro trabajo de investigación. Manifiesto igualmente mi agradecimiento a los profesores Tufari y Salvadó que en sus cursos y en la investigación que realizamos en el segundo curso me han aportado conocimientos muy valiosos y me han servido de estímulo para seguir adelante en la profundización sociológica".
Además de Chombart, para desarrollar la tesina utilicé bibliografía de autores como Manuel Castells, Franco Ferrarotti, H. J. Gans, R. Ledrut, A. Toynbee, G. Della Pergola y A. Mitscherlich. La mayoría de ellos me sirvieron para criticar desde la izquierda las posiciones del francés y me ayudaron a caer en la cuenta de la importancia de la macroestructura capitalista en la formación de las morfologías urbanas. La tesina finalizaba con el siguiente párrafo: "Pienso que es un deber comprometernos en la formación de esa democracia en la ciudad, en la obtención de esa libertad necesaria para el hombre de la ciudad, ideas que dirigen el trabajo de Chombart de Lauwe. Pero, además de proporcionar y garantizar la libertad individual, la ciudad tiene que ser un contorno que fuerce a la vida comunitaria, pues el individuo no podrá preservar su libertad e identidad si no aumentan las posibilidades de que cultive unas relaciones interhumanas continuas. La cuestión no es, por consiguiente, organizar exclusivamente la masa de edificios sino las relaciones humanas en el espacio urbano. La planificación urbana tiene que preparar un nivel de conciencia en el cual se pueda formar una mentalidad urbanística y, sobre todo, reflexionar sobre ella, para que de esta reflexión sobre la ciudad surjan auténticas ideas innovadoras que permitan ir creando la ciudad que responda a las múltiples necesidades y aspiraciones de los hombres que la habitan".
Tras obtener, al término del segundo curso, el bachillerato en Ciencias Sociales, una vez completado el tercero y último obtuve el grado de licenciado. Había concluido mi período de estudio y residencia en el extranjero, recibido la ordenación sacerdotal y a mis 27 años me disponía a regresar a mi Diócesis de Barbastro para ponerme a disposición de mi obispo y desarrollar en ella todo lo que había aprendido y vivido, con mis dos licenciaturas a cuestas, mis idiomas y toda la experiencia acumulada hasta ese momento. No imaginaba ni de lejos la de vicisitudes que iban a sucederme en los años siguientes. Pero de eso comenzaré a hablar a partir del próximo capítulo.