CAPÍTULO 13º:
CURA EN LO MÁS ALTO
ME ENVÍAN A LA MONTAÑA
El 31 de agosto fui llamado a "palacio" por mi obispo. Curiosamente esta fecha se convertiría para mí en emblemática ya que otro 31 de agosto tres años más tarde también fui convocado al mismo sitio para comunicarme un cambio importante para mi situación como cura. En esta ocasión el prelado me trasladó su decisión de nombrarme párroco de varios pueblos del Pirineo oscense. La noticia de mi nuevo destino rural me cogió de alguna forma con el pie cambiado, como se suele decir, ya que estaba plenamente sumergido en el estudio de un medio "urbano". Aunque parezca mentira, no me había planteado la hipótesis de poder ir a trabajar a pueblos; pero tampoco había supuesto que me iba a quedar en Barbastro. No había supuesto nada, ni me había hecho ilusiones de nada. Permanecía a la espera pero sin expectativas, ocupado en otras cosas que me absorbían bastante. Ya sé que no es creíble lo que estoy diciendo, pero fue así y no tengo el menor recuerdo que lo contradiga.
Curiosa fue la razón que me dio mi obispo para "desterrarme" a más de 100 Km. de la capital de la Diócesis: le habían presionado para que no me quedara en Barbastro, para que no se me tratara como a un privilegiado. ¿Quién o quiénes? Eso, naturalmente, no me lo dijo, pero todo apuntaba hacia el "alto clero". ¿Empezaba a pagar mi osadía de irme en plan independiente a estudiar al extranjero? ¿Era yo un pardillo y desconocía otros mecanismos para influir en los nombramientos? Uno de esos curas le dijo meses más tarde a mi madre que cómo no le había pedido yo ayuda para que me dejaran en mi "pueblo". Repito: ¿cómo le iba a pedir ayuda a nadie si no me había hecho ningún tipo de planteamiento respecto a dónde me iban a enviar? Me habían ordenado cura y suponía con gran bondad que ya me destinarían a dónde pudiera ser útil.
El obispo, una vez más, adoptó una postura ecléctica: me enviaba a la montaña pero sólo durante un año. Al cabo de ese tiempo me traería a Barbastro y santas pascuas. A mí, que no le había pedido nada, y que hasta el final de mi estancia en la Diócesis no pedí nada en cuanto a mis nombramientos, me resultaba aquello un tanto patético e incomprensible. Ni había solicitado ir de cura a pueblos ni tampoco me había rebelado al saber que me enviaban a ellos. Aceptaba las cosas con la naturalidad o la racionalidad de mis 27 años. ¿Que había que ir a pueblos? Pues iba y se acabó. Como aquello de Job: "El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Bendito sea el Señor mi Dios". Creo que el obispo debió sorprenderse ante mi falta de rebeldía. Sus planes sobre mi regreso a la capital, sin embargo, no llegaron a hacerse realidad porque dos meses después era reemplazado por un nuevo obispo, D. Ambrosio Echebarría, y, aunque me dijo que le había pasado una nota sobre mi situación, el sustituto no le hizo el menor caso y se pasó la nota por el forro. Cada maestrillo tiene su librillo. No lo critico por ello sino que más bien luego agradecí que así fuera. No se me había perdido nada en Barbastro ni llegó a perdérseme. Mi estancia rural iba a resultar mucho más interesante y enriquecedora para mí. Si algunos quisieron hacerme una faena, les salió el tiro por la culata.
Mi madre no lo aceptó tan bien. Ella, viuda desde hacía 3 años, y que vivía sola en nuestro piso del Coso de toda la vida, se había hecho ilusiones de que me quedara a vivir con ella. Sintió, como madre, que no me habían tratado bien, mientras yo me hacía la composición de lugar tratando de aclararme a dónde me enviaban y cómo sería mi vida de ahí en adelante. Lo cierto es que hasta ese momento los nombres de mis nuevos pueblos apenas me sonaban. Tuve que acudir a un mapa y descubrir dónde se encontraba Laspaúles, mi nuevo destino. Estaba lejos, bastante lejos, en una esquina del Valle de Benasque, y a una altura considerable: a 1.430 metros. Casi no habían podido encontrar otro sitio más alejado.
Al mismo tiempo que el obispo me comunicaba el nombramiento me transmitía su primer consejo: "Ya puedes sacarte el carnet de conducir y comprarte coche". Porque hasta ese momento tampoco me había pasado por la cabeza preocuparme por esos tecnicismos ni tampoco me atraían. No lo necesitaba y basta. Pero no me quedó más remedio que inscribirme en la academia de Ferrer e iniciarme en aquellas para mí "nuevas tecnologías", ya que hasta ese momento no tenía ni idea del número de marchas de un coche ni de para qué servían, ni para qué disponía el vehículo del "starter", ni de todo eso de las luces de gálibo o cosas por el estilo. El profesor me tenía el suficiente respeto como para no censurarme con gritos mis inevitables fallos al volante, lo cual era de agradecer. A mis otros compañeros sí que les gritaba con furia. La teoría la estudiaba en una sala de la academia mientras esperábamos para concentrarnos un grupo y dirigirnos al antiguo campamento de las Valdorrias en donde nos armábamos de valor y hacíamos nuestros pinitos por la pista.
Aproveché que mi amigo Enrique Calvera estaba de vacaciones en su casa de Villanova para acercarme por allí y, una vez que me inició en la recolección de setas en los prados cercanos a la carretera (en concreto de "muchardinas", que luego en alguna ocasión me regalarían secas en Espés, uno de mis nuevos pueblos, para que me hiciera tortilla con ellas), subimos a la meseta de Laspaúles y visitamos aquello de "incógnito" para que me fuera haciendo una idea, porque no tenía ninguna. El recorrido me sirvió para descubrir las maravillosas vistas sobre el Possets y la Sierra de Chía que ofrecía aquella irregular carretera llena de curvas que superaba nada menos que un desnivel de 600 metros en pocos kilómetros desde Castejón de Sos y en la que apenas te cruzabas con algún coche que se hubiera aventurado por aquella zona tan pintoresca que se iba a convertir en mi nuevo terreno pastoral. Porque no me habían destinado sólo a un pueblo sino a cinco más: Abella, Espés de Arriba, Espés de Abajo, Piedrafita y Villarroé, este último el más alto del Pirineo junto con Cerler. Todos ellos estaban situados en una meseta entre Coll de Fadas (Collado de las Hadas, ya que éstas, según la imaginación popular, se aposentaban en la Casa de Fadas junto al mismo) y Coll d'Espina, meseta por la que discurría perpendicularmente el río Isábena que luego baña Obarra y Roda hasta desembocar en Graus en el río Ésera. Más en dirección al este, hacia Cataluña, quedaba un enjambre de pequeños pueblos también pertenecientes a nuestra Diócesis. Nada que ver con lo que había vivido hasta ese momento. Era un reto y así lo asumí.

A MÁS DE 1.400 METROS DE ALTURA
Desplazarme a Laspaúles no era empresa fácil. Tenía que coger el coche de línea en Barbastro y bajarme sin remedio en Castejón de Sos puesto que los autobuses que unían esta población con Pont de Suert fueron suprimidos a finales de los años sesenta. Una vez allí, caminaba hasta el final del pueblo y me ponía a hacer auto-stop ya que al principio no disponía de vehículo. A la vuelta el orden era el inverso: salía a las afueras de Laspaúles y hacía "dedo" hasta que alguien me cogiera. No era tan fácil ya que en aquellos tiempos a lo largo de una hora podían circular ante tus ojos solamente unos tres coches. En alguna ocasión hube de quedarme a dormir en el hotel que hay a la salida de Castejón, un hotel en el que la recepcionista, poco acostumbrada al parecer a la llegada de clientes, te entregaba la llave de tu habitación y debías encontrarla subiendo por tu cuenta las escaleras y adentrándote por sus solitarios pasillos. Todo un ambiente fantasmagórico iba a acompañar mis sueños.
Laspaúles estaba formado por varios barrios: Suils, Villaplana, el Arrabal y el núcleo central. En total poco más de 130 personas. En la plaza, en la que tantas veces charré con Agustín sobre lo divino y lo humano mientras las vacas discurrían por la misma, se encontraba el Ayuntamiento, la Escuela y el ambulatorio médico en un mismo edificio. También una oficina bancaria en donde en aquel tiempo, en que desconocíamos la existencia de ordenadores, te anotaban a mano en la cartilla los movimientos de entradas y salidas. De allí partía una calle que conducía a la iglesia de estilo románico, el estilo de las iglesias de la zona, a la que se accedía superando unas gradas. Al final de la breve calle girabas a la derecha y subías hacía la placeta que daba acceso a la "abadía" (la casa parroquial en donde reside el cura).
Ésta constaba de tres plantas. La baja disponía de dos salas espaciosas y una más pequeña que había servido como sede de un teleclub de los primeros tiempos y guardaba todavía el aparato de televisión aunque ya no se utilizaba; con entrada independiente se había levantado una especie de cobertizo que se utilizaba como garaje del cura. El primer piso se destinaba a vivienda y el último se reducía a una amplia y soleada habitación, la mejor de toda la casa, con vistas hacia el sur sobre el macizo del Turbón, esa montaña en la que se decía que las brujas organizaban sus aquelarres. Cada poco tenía que subir con una escoba y barrer todas las moscas que acudían y morían en la misma, al ser la habitación más apetecible por el sol que concentraba el calor durante el día. Y es que Laspaúles es un pueblo muy frío en invierno ("El que arrendó el invierno no perdió nunca", aseguraba un dicho). Por esta razón yo utilizaba únicamente una habitación de la abadía y la convertía en salón, dormitorio y despacho, todo en uno, intentando calentarla con dos estufas a la vez. En cierta ocasión puse un termómetro en alguna de las otras habitaciones y me estremecí al comprobar que tan sólo marcaba 3 grados. Ni que decir tiene que ducharte en el cuarto de baño en aquel crudo invierno y con agua fría, ya que no tenía calentador, era una prueba de auténtica audacia.
La abadía era, sin duda, una de las casas con menos carácter del pueblo. Las otras, más antiguas, habían sido construidas de piedra y con aire montañés en un estilo de arquitectura popular rural. Las viviendas de Laspaúles se habían ido modernizando pero en los pueblos vecinos podías encontrar alguna casa en condiciones bastante penosas, con sus paredes oscuras por culpa del humo del hogar. La cocina de la abadía la utilizaba poco ya que las comidas e incluso las cenas las realizaba en el bar de Casa Francho, bajando por la carretera hacia el final del barrio. Detrás se encontraba Casa Forestal, cuyo nombre indicaba a qué se dedicaba su inquilino. Frente a la abadía se encontraba Casa L'Aiguat que disponía de una tienda, la tienda de Rosita, ya que así se llamaba la chica que atendía a los clientes. Junto a la abadía estaba Casa Palomera, la casa de Chano que había sido seminarista y tocaba muy bien la guitarra en plan animador de juerguetas. Otras eran casa Betranet, Costa, Miguelet, Fermín, Casalé, Llusia, Padigüerri, etc. De camino hacia el río pasabas por delante de Casa Nerín en donde vivía una viuda joven con sus 6 hijos comprendidos entre los 5 y los 25 años.
Descubrí, por tanto, que lo importante era el nombre de la casa y no el de la calle, de cuyas denominaciones me he olvidado. Como afirma Ballarín Cornel ("El Valle de Benasque"), "la población del valle se divide en casas. Aquí la unidad social no es la familia, ni el individuo, es la Casa, es decir, la familia más su pasado histórico, más la casa-habitación y sus dependencias, más sus establos y ganados, más sus tierras, más el rango social que de todo eso se desprende. La Casa es, además, una acumulación de esfuerzos y un conjunto de afecciones y recuerdos... La Casa tiene su nombre propio, independientemente del que llevan las personas y con predominio sobre éste... La Casa es lo permanente. Las personas pasan; la Casa queda".
Antes de entrar al pueblo, viniendo de Castejón, divisabas cerca de la carretera la ermita de Turbiné, de románico primitivo, convertida durante mucho tiempo en refugio de pastores y ganado, por lo que su estado era lamentable hasta que mi sucesor decidió rehabilitarla. Al subir en dirección a la montaña, te topabas con la ermita de S. Roque desde donde se obtiene una panorámica de todo el conjunto urbano de Laspaúles y junto a la cual, años más tarde, el nuevo párroco construyó su propia vivienda en medio de un jardín salpicado de esculturas muy de su estilo.
Desde allí la carretera se convertía en pista de tierra que ascendía a Villarroé, a más de 1.500 metros de altitud, en donde se mantenían unas 30 personas que, además de una magnífica vista panorámica, lucían con orgullo su iglesia, en estilo románico primitivo. La carretera continuaba hacia las bordas que se encontraban al pie de la montaña de Laspaúles o Montaña de las Casas junto al Pico Basibé (2.603 m.), vecino del Pico Gallinero (2.728 m.), tras los cuales se hallaba el Ampriú y las pistas de esquí de Cerler. Así pues, me cercaba por el norte una enorme barrera montañesa que parecía servir de protección al Macizo de la Maladeta con su tímido Pico de Aneto visible tan sólo desde algún rincón estratégico de la carretera que conducía hacia Pont de Suert.
Partiendo de Laspaúles hacia el sur serpenteaba una pista de tierra que atravesaba unos cerros en los que abundaban las setas, especialmente los codiciados "robellones" de otoño. Recuerdo que los domingos, cuando muy de mañana emprendía viaje para celebrar misa en los pueblos, me topaba con numerosos coches catalanes aparcados en las orillas cuyos dueños se habían desplazado hasta allí con sus cestos para recolectar un producto que la naturaleza les ofrecía gratis. Hasta que los del pueblo, sus legítimos propietarios, se hartaron y decidieron establecerlo como terreno acotado. Esa pista te acercaba a Abella (en donde una abuela me enseñó que no es lo mismo estar a la sombra de un árbol que a la de otro o bajo una refrescante parra, por ejemplo) y Espés Alto, con unos 30 y 20 habitantes respectivamente, y más allá a Espés Bajo, dominado por la esbelta torre de su iglesia, con sus cerca de 50. Quedaba únicamente, hacia Castejón, el pequeño poblado de Piedrafita con sólo dos casas habitadas así como el caserío y ermita de S. Valeri en donde "veraneaba" el Forestal y su familia en los meses más cálidos. A esta especie de minifundio demográfico se había visto reducida una zona que a principios del siglo XX disponía de una población en torno a los 900 habitantes experimentando a partir de entonces la mayor emigración del Valle de Benasque. El minifundio iba acompañado del envejecimiento de la población y las perspectivas de todo tipo no eran precisamente optimistas.
Por sus calles, además de sus escasos habitantes, discurrían las vacas, de la raza llamada "parda alpina", grandes y con sus establos junto a las casas del pueblo. Para alimentarlas se cortaba la hierba de los prados vecinos en el mes de julio fundamentalmente, amontonándose en"pacas" que eran almacenadas en las bordas. Se iba introduciendo el ordeño mecánico, lo que provocaba que, a determinadas horas y a causa de la baja tensión con que la compañía eléctrica "castigaba" a la zona, se originaran cortes de luz debido a que coincidían en la misma operación los diferentes ganaderos. Como afirmaba uno: "Lo malo del asunto ye que si t'encuentras a mitá del ordeño a poco de quedate a oscuras ya no sabes si tiras del rabo o de aonde tiras".
Y es que por aquellas tierras se hablaba "patués" ("la llengua en la que tots ragonam y mos entenem, la vos de nostra montaña"), lengua local que presentaba ligeras variaciones entre unos pueblos y otros, más parecida al catalán a medida que te aproximabas a las tierras del este. Pero, como decía un amigo, "¿Qué mes tien que uns digan 'vacas' y otros 'vaques', que digan 'mesa' en vé de 'taula'? Allá adintro yei allgo que fá que mos entengam". Se dirigían a mí con el apelativo tradicional de "mosen" y se retraían de hablarme en su lengua propia como si de algo atrasado se tratara. Un estudiante confesaba que "nusatros, sobre tot els qu'estudiam fora, cuan tornam yei vegadas que mos parese ridiculo el ragoná el patués". Por esa razón me quedé sin captar muchos de sus valores ya que, como dice Ballarín Cornel en su libro Civilización Pirenaica, "el más humilde dialecto es un entresijo de valores de toda especie que nos ilustran sobre los más variados temas: la vida del grupo humano que lo habla, el medio en que vive, su pasado, su modo de ser, etc.".

CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN
Como puede apreciarse, mi nueva realidad nada tenía que ver con la de mi etapa anterior. Había dado el salto desde Roma, con sus tres millones de habitantes, a Laspaúles, con sus pocos más de 100. De una capital de primera importancia mundial a unos pueblos casi perdidos por el Pirineo. Del nivel del mar a estar a más de 1.400 metros y rodeado de montañas. Demasiado para el cuerpo. Pero, como siempre he tenido una gran capacidad de adaptación (que no de acomodación) que me ha llevado a sobrevivir en cualquier medio, me hice desde el primer día la siguiente composición de lugar: "Aquí me han enviado, aquí estoy y aquí tengo que espabilarme y ser cura". Dicho y hecho. Empezaba así un modo de vivir para mí inédito ya que, a diferencia de mis compañeros del Seminario, nunca había residido en un pueblo ni me lo había planteado.
Tomé también desde el principio una decisión importante: no podía romper amarras con todo lo que había formado parte de mi existencia hasta entonces. Eso se tradujo en tres resoluciones también claves: 1) todas las semanas bajaría a Barbastro o me trasladaría a Zaragoza, 2) seguiría tratando a mis amigos no curas, como lo había hecho desde que entré en el Seminario, 3) no podía abandonar mis hábitos de lectura y estudio, por lo cual debía mantenerme al día sobre lo que se iba publicando. Las tres resoluciones las llevé a la práctica sin fallar en ninguna de ellas durante los años de cura rural en mi Diócesis de Barbastro.
Me había convertido, por tanto, en párroco de aquellos pueblos, algo nuevo para mí. Y ¿qué tenía que hacer para ejercer como tal? Aunque parezca mentira, llegué a Laspaúles sin tener ni idea de cómo se organiza un trabajo así. Desde hacía tiempo tenía muy claro que no iba a ser un cura a la manera tradicional. Sabía lo que no quería, pero no tenía muy claro cómo se hacía en la práctica lo que deseaba. Traté de ser un cura que transmitiera la vida y mensaje de Jesucristo, y no un funcionario que se limitara a cumplir unos horarios, realizar unos ritos y administrar sacramentos. No iba a ser un cura conservador, encerrado en el templo, vistiendo como un clérigo y repartiendo bendiciones. No iba a limitarme al círculo de sacerdotes, hablar como un clérigo, tener maneras de cura al modo tradicional. Quería vivir mi sacerdocio desde la libertad, que no es lo mismo que desde la desobediencia a mi obispo; libertad a la hora de hablar, de tratar con todo el mundo, de acudir a donde va la gente; libertad de mezclarme con buenos y malos, creyentes y ateos; y quería, al mismo tiempo, rodearme de personas libres, no de personas beatas, de personas con las que organizarnos en plan democrático, participativo. Quería vivir mi sacerdocio desde la preocupación social, desde la preocupación por los marginados. Quería, en definitiva, sentirme y vivir como Jesucristo, en la medida en que pudiera hacerse al comenzar el último cuarto del siglo XX.
De acuerdo. Pero, de nuevo: ¿cómo empezar a hacerlo en unos pueblos del Pirineo oscense? Porque hay que resolver el día a día, la gente que te pide un expediente, las misas que tienes que celebrar, la catequesis de primera comunión, los entierros, las goteras en la iglesia, las reuniones de curas, etc. La verdad es que no sabía ni cómo se rellenaba una partida de bautismo, sobre todo si había que "rehacerla" porque el libro donde debía estar anotada ya no existía. Nadie me lo había explicado en mis años de formación. Desconocía la técnica de cumplimentar un expediente matrimonial así como la de confesar o celebrar un entierro. Tuve la suerte de que a un lado y a otro de mi demarcación parroquial residían dos curas compañeros de los tiempos del Seminario: Aurelio Ricou en Bisaurri y Jesús Salinas en Noales. Cuando tenía cualquier problema que no sabía resolver, cogía el coche y les hacía una visita. Así empecé.
AL VOLANTE DE UN 127
Al principio, como ya he indicado, no disponía de vehículo, ni siquiera de carnet de conducir ya que me faltaba aprobar los exámenes correspondientes. Gracias a Francho, el de la fonda, que con su enorme paciencia a cuestas me transportaba con su vehículo desde Laspaúles, podía celebrar misa en los pueblos vecinos. Pero la situación era incómoda ya que me tenía que esperar hasta la conclusión de la misa, o más bien las misas, ya que los domingos no me limitaba a ir a uno solo de ellos. Los días que pasaba en Barbastro, seguía acudiendo a las clases de la Academia y rezaba a Dios para aprobar a la primera ya que, de otro modo, la gente pensaría que les habían enviado un cura bastante inútil. Por desgracia me suspendieron en la prueba de carretera, tras superar aquella fría mañana el examen teórico y el de pista (arrancando en cuesta, aparcando...); a las diez de la mañana ya nos quedaba solamente el último examen y permanecimos hasta la una y media calentándonos en torno a una hoguera a la intemperie de aquel frío noviembre en una explanada a las afueras de Huesca (teníamos que acudir allí a examinarnos ya que no era posible hacerlo en Barbastro). Cuando me tocó mi turno ya no podía más y creo que el examinador debió decidir suspenderme desde el principio porque yo no acertaba a encontrar dónde estaba la llave de contacto, así que a la mínima pifia que cometí me dijo que parara y ahí se acabó todo. Dos semanas más tarde, en cambio, y, a pesar de que mi profesor Monclús me desanimaba diciendo que iba en esta ocasión peor preparado, demostré una seguridad y serenidad increíble al volante del coche.
Había solicitado un R-5, pero el incendio de la factoría en donde se fabricaba, me hizo cambiar al Seat 127. Me costó 170.000 pts. que pagué por medio de un préstamo sin intereses del Obispado que fui devolviendo mes a mes ya que me lo descontaban de mi nómina. En esos momentos hubiera podido pagarlo de mi bolsillo de una sola tacada, pues mi cartilla daba justo para ello aunque para nada más, mientras que diez años después, cuando adquirí el segundo, sólo disponía de dinero para financiar una sexta parte de su importe. El oficio de cura, por tanto, no había sido precisamente un negocio para mis arcas.
Aunque era un humilde utilitario, cuando me introduje en él y puse manos al volante, me pareció que tenía que habérmelas con un monstruo de dimensiones considerables, que podía dominarme y acabar conmigo si yo no espabilaba. En mi primer viaje desde Barbastro, con mi flamante "autorización temporal para conducir automóviles" expedida el 11 de octubre y mi letra L en el cristal de atrás proclamando mi bisoñez, se prestó a acompañarme Jesús Salinas por lo que pudiera suceder. Y lo que sucedió fue que en Campo nos dio el alto una pareja de la Guardia Civil. ¿Qué infracción habíamos cometido? Ninguna. Simplemente nos "pidieron" que les llevásemos hasta Castejón de Sos. Así que no nos quedó más remedio que hacerles hueco y tuve que conducir acompañado por un subfusil y su portador en el asiento de al lado. Desconocían ellos que iban con un novato y se dejaron transportar confiadamente. Una vez solos, conduje a Jesús hasta Noales y regresé a Laspaúles como si lo hubiera hecho toda la vida. Pero al entrar en aquel estrecho garage rocé ligeramente el piloto izquierdo con la puerta de madera. Sentí un estremecimiento, novato conductor en primer viaje, como si de un accidente terrible se tratara y por la noche, en mi cama, imaginé escenarios macabros como si hubiera estado a punto de una gran tragedia .
Aprendí a conducir sobre los hielos de aquella carretera enrevesada que une Castejón con Pont de Suert. Me dieron un consejo inolvidable: que no pisara nunca con violencia los frenos sino que lo hiciera suavemente cuando me encontrara con alguna placa ya que, de lo contrario, perdería el control del vehículo. Al cabo del tiempo, y tras múltiples viajes de ida y vuelta a Barbastro, llegué a dominar de tal modo la ruta que no es ya que no pisara sobre el hielo sino que casi no pisaba nunca el freno puesto que al divisar a distancia una curva sabía cuándo reducir la velocidad con las marchas. En una ocasión, un amigo que conducía su coche tras el mío me dijo que revisara las luces de mis frenos ya que no se encendían; tuve que aclararle mi pericia. En noviembre, al principio, me adelantaban todos los coches, pero transcurridos pocos meses mi conducción fue mejorando notablemente de modo que me acostumbré a la velocidad y a adelantar vehículos como un medio de hacer más entretenido un trayecto que se había convertido en rutinario. Conseguí incluso no perder la estela de mis compañeros Aurelio y Jesús cuando les seguía con mi coche y eso que ellos dominaban las curvas a la perfección y conocían la carretera hasta con los ojos cerrados.
Recuerdo el lugar en que tuve mi primer pinchazo, del que fui consciente porque mis compañeros del coche que venía tras de mí me alertaron de ello. Fue en una recta poco después de Bisaurri en dirección a Castejón. Poco a poco fui adquiriendo experiencia y habilidad en el cambio de ruedas así como en poner las cadenas cuando la nieve lo requería. Eran otros tiempos, precisamente cuando la gasolina súper costaba 20 pts. el litro y, una vez rellenado el tanque en la gasolinera, el precio a pagar se elevaba tan sólo a 400 pts. debido a su reducida capacidad.