CAPÍTULO 14º:
INJERTADO Y TRASPLANTADO

CURA DE PUEBLO
Laspaúles fue mi mejor Seminario y allí aprendí lo que es ser cura. Mi predecesor, Adolfo Perna, nueve años mayor que yo, había sido destinado a Benasque como coadjutor de D. José Suárez (alias mosen "Pochas"). Él fue quien me recibió y me traspasó las claves de la parroquia informándome de la labor pastoral que él había venido realizando. Era un apasionado de hacer obras en los templos y había dejado huella en ellos, sintiéndose muy orgulloso de las reformas realizadas. Se esforzaba en cuidar la liturgia y daba la impresión de ser un cura muy apañado. Me acogió muy bien pero me dijo que él seguramente no volvería por allí ya que no era conveniente que un sacerdote diese vueltas por sus antiguas parroquias para no quitar protagonismo a su sucesor. No lo entendí muy bien entonces, aunque ahora comprendo que es una medida prudente, si bien tampoco hay que llevarla al extremo al que él estaba dispuesto. También me informó de su colaboración con los ganaderos del pueblo en orden a conseguir fundar una cooperativa, colaboración que él estimaba que yo debía continuar. No me había metido nunca en berenjenales semejantes y no tenía ni idea de vacas, pero me pareció lógico, como párroco del pueblo, no estar ausente de esas inquietudes de mis nuevos vecinos. De todos modos, por mis escasos conocimientos y por lo poco que duré, apenas pude aportarles algo de utilidad en este punto concreto.
Mis actividades pastorales consistían fundamentalmente en la celebración de misas por los pueblos. En Laspaúles había una buena sacristana, Isabel, muy correcta y trabajadora, que tenía los suelos de la iglesia siempre inmaculados a pesar de que utilizábamos gas-oil para la estufa con cañón de aire. Su hermano ejercía de campanero manejando las cuerdas con la habilidad que caracteriza a estas personas que llevan años practicando los volteos. Sonaban tres veces para anunciar la misa, empezando ésta inmediatamente después del último toque. Por mi parte, procuraba preparar adecuadamente las celebraciones, especialmente las homilías. Me servía para ello sobre todo de la hoja "Eucaristía" que publicaban los curas de la zaragozana parroquia de Sta. Engracia (Pepe Bada y Luis Betés), así como de sus estupendos pósters dominicales. Empecé entonces una costumbre que he continuado ya ininterrumpidamente: escribía el sermón entero y luego lo leía. Lo que ocurría era que lo había repasado tantas veces antes de la misa que casi me lo sabía de memoria, por lo cual la chuleta apenas se notaba y mis ojos constantemente estaban dirigidos no al papel sino a la gente, prestando mayor calor humano a mis palabras. Persistí mucho tiempo, tal vez más de un año, leyéndolas íntegramente hasta que poco a poco fui adquiriendo soltura y el papel se convirtió más en un guión que en un texto cerrado. Las conservaba todas y las sigo conservando en una carpeta dentro del archivador. Aun hoy en día hago uso de estos escritos como material muy útil cuando preparo una homilía.
Salir a celebrar misa desde la sacristía me suponía siempre un cierto acto de valor, de alguna forma podías sentir ese miedo escénico que siente el actor al aparecer delante de la gente. Era un acto de responsabilidad y consideraba que no podía realizarse a la ligera. Ese "respeto" hacia los presentes en la eucaristía me ha acompañado siempre. Aunque hoy día ya no siento ese miedo "escénico", procuro salir adecuadamente y no de cualquier forma, sobre todo cuando celebro misas de chavales ya que éstos son a su manera muy exigentes y sinceros, y si presides la misa a la "mecagoendiez" sin un guión claro te expones a que se aburran y te lo demuestren palpablemente. Bien es verdad que actualmente, en las misas de diario y ante el grupo reducido de personas mayores que acuden a las mismas, muchas veces puedes improvisar una homilía sobre la marcha, si bien se trata de hacer unos comentarios acerca de unos textos sobre los que has reflexionado y meditado en múltiples ocasiones.
En todo caso, me esforzaba, como sigo esforzándome actualmente, en que mi figura como celebrante superara el nivel de "busto parlante" que caracteriza a tantos de mis colegas, sean de donde sean. Cuando era seminarista fue el modo de celebrar de mi amigo Teófilo Cabestrero el que me impactó y me sirvió de referente. Teófilo se dirigía a la gente, expresiones como "El Señor esté con vosotros" parecía personalizarlas, como si las dirigiera a cada uno de los presentes. Era un modo de comunicarte que te hacía conectar con lo que el sacerdote decía y hacía en cada momento. Siguiendo este ejemplo, he tratado siempre de establecer una comunicación directa con los participantes en la misa: les hablo a ellos, les miro, les hago guiños si es necesario, les saludo no de forma mecánica sino poniendo vida en ello, "estoy" con ellos.
Descubrí la importancia de las misas por los difuntos, especialmente las de aniversario. Tenía que ir anotando todas las intenciones: la misa de tal día por tal persona, la de este otro día por... No era cuestión de olvidar ninguna porque hubiera sido una falta grave de cara a los parroquianos. Las misas eran especialmente significativas en las fiestas de los pueblos. No participé en las "grandes", ya que tuvieron lugar en verano, pero sí guardo una homilía de la fiesta "pequeña" de Espés celebrada el 11 de noviembre de 1974. En ella les anunciaba que la Junta Nacional para la Reconstrucción de Templos Parroquiales había acordado la concesión de una subvención de 50.000 pts. con destino a obras de conservación de la iglesia.
Otra que también conservo es la de la misa de "cofradía" del 25 de marzo de 1975 en la que desarrollo ideas sobre la colaboración y responsabilidad de los seglares derivadas de los sacramentos que han recibido, y acabo afirmando: "Esperemos que nuestra cofradía sea eficaz en el sentido de que entre todos podamos descubrir nuestras responsabilidades y ayudarnos mutuamente para el mejor cumplimiento de las mismas". Estas cofradías, presentes en los pueblos desde tiempo inmemorial, entraban especialmente en funcionamiento con motivo de los entierros. Como escribe mi antiguo rector del Seminario, Antonio Plaza, en su libro "El mundo religioso del Alto Ésera", la "misión de la cofradía es prestar ayuda a enfermos, ocuparse de los trabajos de enterramiento y rezar por los difuntos. Pertenecen a ella todos los vecinos y se les llama cofraris o cofrares. Hay una Chunta o Junta de la Cofradía que está compuesta por un Prió 'presidente' y dos bailes 'ayudantes'. La Asamblea General se reúne un domingo y tras el rezo de Vísperas o Completas por los difuntos se tratan los asuntos de trámite y se come algo. En algunos pueblos hay una finca denominada 'el campo de la Cofradía' cuyas rentas se dedican a sufragios y a los fines de la Asociación en general. Es obligación asistir a la Asamblea y a todos los entierros, debiendo pagar una multa quien esté ausente de estos actos". Recuerdo haber participado en una de estas Asambleas Generales.
Para Nochebuena decidí esforzarme a tope y celebrar misa en los seis pueblos a mi cargo. Como estaban bastante cerca unos de otros, proyecté decir la primera a las seis de la tarde (de la noche, más bien, porque ya había oscurecido) y tener sucesivamente una cada hora en los diferentes pueblos. Era un reto ya que el frío apretaba y abundaba la nieve. Imprescindible colocar, como siempre, una pala en el maletero y usarla para abrirme paso si me encontraba la pista cortada. Me puse el listón de las seis celebraciones ya que en algunos pueblos hacía años que no habían disfrutado de la misa de gallo por ausencia de sacerdote. Sabía que lo agradecerían y así fue. En uno de ellos, al no disponer la iglesia de luz y sentirse un frío en ella que no se podía aguantar, opté por celebrar la misa en una de las casas del pueblo. La cocina fue la habitación elegida puesto que era el lugar más caliente y el sitio de reunión. La abuela de la casa preparó la mesa-altar con esmero e incluso se endosó una mantilla. La homilía fue, lógicamente, participada entre todos y di gracias a Dios por haberme permitido tener aquella experiencia religiosa tan genial. En los restantes pueblos cumplí el ritmo que me había marcado pero, tras cenar en Laspaúles, me desaconsejaron subir a Villarroé a causa de la nieve.
Otra actividad pastoral importante era el sacramento de la penitencia. A un cura joven como yo le tenía que imponer recibir las confesiones de personas adultas que podrían ser sus padres o incluso abuelos suyos. De todos modos, quedaban lejos los tiempos en que la gente se confesaba todas las semanas, por lo cual me limitaba a encerrarme en el confesionario unos diez minutos antes de la celebración de la misa. Acudí también a los pueblos de mis vecinos curas para confesar a las personas que en Cuaresma trataban de cumplir con Pascua: era costumbre que nos invitáramos unos a otros para este menester. Supongo que no debí bautizar muchos críos, aunque al menos sí a una niña de Suils el domingo de Cristo Rey a finales del mes de noviembre, ya que conservo la homilía de aquel día y lo menciono. Recuerdo, en cambio, muy bien mi primer entierro, el cual tuvo lugar pocos días antes de que me trasladaran. También me dedicaba a visitar enfermos y guardo grabada en la memoria, como si la estuviera viendo, a una abuela en Casa Peró que llevaba varios años tumbada en la cama prácticamente como un vegetal. Por primera vez entraba yo en contacto con una realidad tan terrible y que hoy en día provoca polémicas discusiones.
En mis paseos y recorridos por pueblos, caminos y carreteras, observé que abundaban las imágenes de San Sebastián, especialmente en capilletas por los caminos siempre adornadas con flores silvestres. Una de ellas se erigía en Coll d'Espina, al final de la meseta y frente al Valle del río Baliera. Junto a la misma reposaba "la piedra de los tres obispos" indicando el lugar en donde confluían antiguamente tres diócesis vecinas (Barbastro, Lérida y Seo de Urgel). Siempre que me acercaba a estos parajes caminando por la carretera me fijaba en los pastores con los que me cruzaba. Me habían dicho que algunos conducían el ganado con los ojos cerrados, incluso durmiendo, ya que se sabían el camino de memoria por haberlo recorrido infinidad de veces. A decir verdad, nunca comprobé que el dicho fuera cierto.
RODEADO DE CRÍOS
Lo que caracterizó, sin embargo, mi trabajo pastoral en el pueblo fue mi dedicación a los chavales. No me costó demasiado entrar en contacto con ellos y hacernos amigos. De rebote, los padres estaban encantados con la atención que dispensaba a sus hijos y eso me hizo ganar muchos puntos. Se trataba de un grupo no muy numeroso de críos, más o menos entre ocho y diez años, al que se añadía algún hermano de unos cinco. Estaban en la edad de asistir a la catequesis de primera comunión, pero nuestra amistad desbordó los límites de una preparación convencional de la misma. Todos los días, al salir de la escuela, acudían raudos a la abadía en donde se encontraban a sus anchas ya que, carente de muebles, les dejaba que se movieran libremente puesto que no había miedo de que se cargasen nada.
Salíamos a dar vueltas por las calles e incluso nos aventurábamos fuera del pueblo por los prados comunales, en donde en las fiestas se practicaba el tiro al plato, y por las colinas cercanas. En una ocasión nos aproximamos a un paraje en donde se alineaban unas cuantas colmenas. "Vamos a acercarnos para verlas", me insistieron. A mí me pareció una temeridad, recordando las picaduras que de crío había recibido en el jardín de mi casa. Pero ellos me presentaron un argumento técnico que acabó de doblegar mi resistencia: estábamos en enero y las abejas invernaban aletargadas. Así que nos acercamos y los críos empezaron a manipular las colmenas. De repente descubrí con horror que empezaban a surgir sus moradoras y que se nos pegaban a la ropa, aunque más bien algo atontadas. Di el grito de alarma y nos pusimos a correr como locos hasta llegar al pueblo. Temí que se corriera la voz y los adultos pusieran verde al cura pardillo de la capital que había puesto en peligro a sus hijos. Nunca escuché, sin embargo, ningún comentario al respecto, lo cual no quiere decir que no los hubiera.
A los críos (Roberto, Carlos, José Manuel y los restantes) los fui preparando para recibir la primera comunión pero no pude disfrutar de la fiesta ya que antes de que eso ocurriera recibí la orden de traslado. Lo sentí mucho y los padres también, pero Domingo, mi sucesor, les administró el sacramento y todo arreglado.
MOVIDA JUVENIL
A los jóvenes, en cambio, no les dediqué la misma atención, pero las circunstancias eran diferentes. Ellos trabajaban y no era tan fácil que nos viéramos por culpa de sus horarios y, mucho menos, que organizáramos algo con los de un solo pueblo. Por eso, desde el principio, me uní a la movida juvenil que comarcalmente habían organizado Aurelio y Jesús con un buen número de chicos y chicas desde Bisaurri a Montanuy. Nos reuníamos cada vez en un pueblo diferente y llegamos a editar una revista que llevaba por título "La Voz de la Montaña". Publicamos dos números, con gran cantidad de páginas cada uno de ellos, en especial el segundo. En el primer editorial los "jóvenes de la montaña" que lo firmaban hacían públicos sus objetivos:
"Pretendemos ser un medio para infundir vida, ilusión y esperanza a las gentes de nuestra montaña, desesperadas ante los problemas del trabajo, de la economía, de la cultura y de la emigración.
Estas páginas han nacido de una juventud que, un buen día, pensando, sintió la necesidad de comunicarse con los demás y que, por razón de distancia, tiempo, ausencia o falta de medios, no puede hacerlo de otra forma y a nivel personal.
Nuestra publicación, en principio, no puede solucionar problemas; se justificaría con que todos, vosotros, nosotros y ellos, tomáramos conciencia colectiva de la realidad en que vivimos. Una voz que no sólo llene unos minutos de nuestro tiempo muerto, sino que nos ayude a descubrir que integrarse en el trabajo de grupo es necesario y cuestión de vida o muerte para nuestros pueblos".
Este primer número lo dirigieron mi predecesor Adolfo Perna e Ignacio Campo. Como redactores, coordinadores y dibujantes aparecen además los nombres de Aurelio Ricou, Jesús Salinas, Mª. Teresa Lascorz, Ramona Alíns, Marisa Doz, Maite Solana, Trini Túnica, José A. Ballarín, José A. Doz, Manolo Mora, José A. Mora e Irene Mora. Entre sus artículos destaca el primero de ellos en el que se recogen textos de la Carta Pastoral del obispo D. Damián Iguacén titulada "Una comarca rica en proceso de despoblación" en la que clama porque se valore y se atienda mejor a las gentes de esta tierra. Hay igualmente una entrevista a varios alcaldes, en la cual el de Laspaúles destacaba como causas de la despoblación la falta de centros de enseñanza, la deficiente organización del trabajo en las explotaciones ganaderas, el aislamiento de los pueblos por sus malas comunicaciones y el choque de generaciones; preguntado sobre si una solución podría ser la agrupación en el trabajo y los Grupos Sindicales, el alcalde reconoce que ésa es la única medida eficaz para que los pueblos subsistan pero "nuestra generación no está preparada para ello", por lo cual cree que "eso está en manos de la juventud, pero nosotros debemos ayudaros y no significar una traba para vosotros". La insistencia en las agrupaciones aparece de nuevo en la "página agrícola" en un artículo que finalizaba de esta forma: "Tal como se trabaja, de la manera que se llevan las explotaciones familiares, cómo se venden los productos de la leche y de la carne, cómo están los precios de abonos y piensos, el buen trato que se da al intermediario, la inversión en maquinaria no rentable, el futuro de muchos no está claro. Se necesita un planteamiento nuevo, primero a nivel de personas y después de estructuras. Hacen falta hombres que las hagan funcionar. ¿Quiénes serán los primeros?"
En el segundo número de "La Voz de la Montaña" participé ya plenamente. Tras recoger unas palabras del nuevo obispo, dedica el grueso de la revista (7 páginas) a dos entrevistas, una de ellas a un responsable de la Cooperativa de Pobla de Segur (Copirineo) y otra a uno de la empresa Paido, ambas encargadas de recoger la leche de toda la zona. Se incluye igualmente la crónica de una reunión entre padres e hijos que se organizó en Laspaúles el día 21 de septiembre para fomentar el diálogo mutuo, así como el anuncio de la próxima creación por parte de los jóvenes de una especie de centro cultural o biblioteca. Termina con una llamada a superar la desconfianza de la gente del Valle: "nuestras explotaciones serían más rentables si nos agrupáramos".
El tercer número no pudo ver la luz. Las entrevistas sobre la leche levantaron polémica y ampollas. Entre las leyes franquistas, la Guardia Civil, la Inspección de Información de Huesca y la inhibición del obispo se frustró el empeño. Se nos comunicó que para editar una revista necesitábamos cumplir una serie de requisitos, entre ellos que el director de la misma fuera periodista con título. Era una exigencia que nos desbordaba, pero nos enteramos de una fórmula que podía burlar esa disposición: que la revista fuera una especie de separata del Boletín Oficial de la Diócesis. Nos reunimos con el obispo pero éste no quiso comprometerse y nos quedamos frustrados, con la revista ya montada pero sin poder publicarla ya que la Guardia Civil nos lo dejó muy claro. Era evidente que habían recibido presiones por parte de los que dominaban el mercado de la leche.
ENTRE MENOS DE 300 PERSONAS
Laspaúles resultó para mí un sitio ilusionante, pero también con abundantes ratos de aburrimiento. Durante el día, nada más salir de la abadía, te encontrabas en seguida con la gente y te ponías a hablar con ellos. Es la ventaja que tienen los pueblos: las relaciones vecinales son abundantes y no te sientes como un ser anónimo, aunque tiene su reverso de falta de intimidad ya que se conoce todo de todos. A mí, sin embargo, esto último no me afectaba. Aquellas personas eran encantadoras y me trataban con mucho cariño aunque sin pasarse, con esa reserva que muestran los montañeses mezcla de timidez, tacto y prudencia ante el "forastero". Necesitábamos tiempo para conocernos pero avanzábamos por buen camino.
Más preocupantes resultaban los ratos en que la jornada finalizaba y cada cual se encerraba en su casa. En aquellas largas noches del invierno del 74, una vez consumida la cena en el bar de Francho y tras conversar con alguno de los presentes sin incorporarme a las mesas en que los hombres jugaban a las cartas por parejas (a la "manilla", de la familia del guiñote), abandonaba aquel calor humano, iniciaba mis pasos por la carretera llena de nieve y subía casi a oscuras, porque no había prácticamente farolas, el camino que me llevaba de vuelta a casa, a una abadía solitaria y fría. Eran, sin duda, los peores momentos del día. Pensaba en mis amigos que lo estarían pasando tan ricamente allá lejos y, al no disturbarme ningún ruido de la calle ni de los vecinos, mis pensamientos se transformaban en sentimientos que te envolvían en la melancolía. Momentos de prueba, tras el salto desde Roma al Pirineo. Momentos que ningún teléfono podía solucionar ya que la abadía no disponía de él ni se estilaban las cabinas por las calles.
La vida cotidiana en estos pueblos la reflejé en mi libro "Hacerse viejo en el Valle de Benasque", que publiqué en 1980, reproduciendo una grabación que efectué a uno de los abuelos:
"Se trabaja, pero hay muchos gastos. A medida que se va ganando más dinero, los gastos van por detrás siempre, también un poco elevados. Porque ahora se compra cuasi todo y eso obedece a que se está llevando un gasto algo fuerte.
Aquí en pocos años hay cosas que han subido mucho, mucho; y eso mira... porque en una casa, en un pueblo, hay que tocar a muchos tinglaos. Una cosa, por ejemplo, un género, ¿qué puede ser, que sean 50 pts. más o menos? Pero que hay que son tantas las cosas que hay que tocar... y pagar... y, en fin, que la vida se está poniendo un poco elevada, y a los que luchamos con sangre, que son las vacas, que es un género de sangre, no es una máquina de acero que no se rompe: son vacas que a lo mejor hay una desgracia, o dos o tres o cuatro, y eso pues es una... un disgusto fuerte para todos: para la cartera, para la economía y para todo. Nosotros este año en poco tiempo nos falló cuatro bestias, que valían muchos miles de pesetas, pues nos tenemos que aguantar. Ahora tenemos unas cuantas vacas grandes. Luego hay terneras que están para criar, luego hay unas novillas de éstas de un año, majas, que también las dejamos para recrío, y luego pues novilletes pequeños de un par de meses o por ahí, sí. Si todo va bien todo va bien, pero cuando llega una contrariedad es algo serio, sí.
Con las vacas mucha ocupación. Muchas veces quisiéramos ir a misa pero no podemos por eso. Quiero decir que somos amantes de la Iglesia y de la religión, sí.
Críos no hay muchos, no. Lo peor es que en las casas que se termine el personal. Porque hay casas en que el hombre tiene 70 años y no tiene familia, o tiene una hermana también mayor, o algún cuñado...Y en esas casas, si alguien no se quiere implantar ahí, pues eso se acaba, eso llega a la punta, sí, eso es lo peor. Cuando en una casa se termina el personal se termina todo, y eso es malo, malo.
Aquí pues vamos arreglando todo, la escalera y otras habitaciones que faltan, verdad, y si pudiera ser apañar una vivienda para un matrimonio, con unas habitaciones. Pero no sé cuándo será, no lo sé. Frío en las casas, pues no, si están bien cerradas las puertas, que todo está bien ajustado, pues no. Claro que no es como tener calefacción. En Francia pues todo lo tienen con calefacción.
La Navidad bien. Se celebra la noche ésa con un poco de turrón y por allí comer algo, esperando que venga el día siguiente con buenas noticias de todo. Y aquí lo que más parece que halaga o se tiene en cuenta es el Día de Año Nuevo, de Nochevieja, eso: se está velando hasta que viene el día nuevo, sí. El Día de Reyes también, para los niños..., también es algo... Salen por ahí con unas monturas gritando que vienen los Reyes, y los nenes los van a ver y les traen cosas, je, sí, sí.
Que tengamos un invierno bueno. Aquí teniendo carretera general a escape pasan las palas, quitan la nieve y queda ya siempre limpio, y ya es una ventaja. Que estar sitiaos, que se dice que no hay paso, mala cosa, ¿eh? De esta otra forma es más agradable, más ventajoso.
Aquí para el invierno estamos un poco bien soleados. Todos vamos bastante unidos y bastante bien, y, mira, nos aconformamos a lo que nos ha dado la naturaleza".
PROHIBIDO BARBASTREAR
Ahora pienso que podía haberme dedicado con más claridad a elaborar y llevar a la práctica actuaciones pastorales más organizadas con la gente de los pueblos, visitar todas y cada una de las casas, tener reuniones y trabajo con adultos, elaborar materiales teológicos en plan divulgativo, etc. Pero tampoco me habían preparado para ello. Disponía de todo el tiempo del mundo para haberme dedicado a aprender a tocar un instrumento musical, para pintar, para escribir, incluso para haber hecho alguna investigación sociológica o histórica sobre la zona, etc. Dedicaba, eso sí, muchas horas a leer, si bien llegó un momento en que empecé a cuestionarme la utilidad de mis lecturas si no les daba una salida práctica.
La solución la busqué en Barbastro. Como ya he dicho antes, bajaba todas las semanas allí tras finalizar el domingo la última de las misas. Prácticamente me quedaba media semana acompañando a mi madre y trabajando en la investigación sociourbanística de los barrios. Algunas veces me escapaba a Zaragoza a visitar a viejos conocidos o simplemente al cine, además de recorrer las librerías para adquirir las novedades. En otra ocasión se me presentó en Laspaúles el mismo Bernardo con una hermana suya y otras amigas. Los invité para compartir unos días todos juntos. Pudieron disfrutar de abundante nieve pese a encontrarnos ya en pleno mes de marzo.

En Barbastro recibí un buen día por parte de José Mari Añaños la oferta de dar clases de idiomas en la Academia que él dirigía. Con José Mari nos tratábamos desde que éramos críos al ser muy amigas nuestras respectivas familias y él venía en verano a bañarse a la "piscina-depósito" de nuestra casa. Ni corto ni perezoso, al ver que yo no hacía ascos al asunto, se dirigió a mi obispo para que me concediera el oportuno permiso. Éste, que desconocía mis estancias barbastrinas, se opuso radicalmente al proyecto y con su mentalidad castrense, que es a lo que hasta llegar a obispo se había dedicado alcanzando el grado de coronel, decretó que yo tenía que estar en el pueblo, en mi parroquia, en mi puesto, aunque no tuviera nada que hacer. No sólo me quedé sin las clases sino que se vino abajo la investigación que realizaba con Antonio.
DOS FOCOS DE INTERÉS
Hubo, no obstante, dos importantes focos de interés que me tuvieron bastante ocupado. Aficionado a los libros, como era, empecé a darle vueltas a la idea de montar una biblioteca en Laspaúles. Me hice con varios catálogos y me dediqué a seleccionar todo un conjunto de libros de bolsillo que, por su calidad y bajo precio, podían sernos asequibles. Me salían a una media de 100 pts. cada uno. Me dirigí entonces a la Caja de Ahorros en la que tenía abierta una menguada cartilla y el director me recomendó elevar la solicitud correspondiente a sus altas esferas. Conseguí una subvención de 10.000 pts. y me sentí emocionado al poder llevar la idea a la práctica. En esos mismos momentos, Bill Gates tenía otra bastante más pretenciosa que la mía y fundaba en Estados Unidos la empresa Microsoft. Para poder dar una personalidad jurídica a la biblioteca potencié la creación por los jóvenes de una Asociación Cultural, con sede en el Centro Parroquial, a la que pusimos el nombre de "La Voz de la Montaña" repitiendo una vez más este título. En reunión celebrada en Laspaúles el 12 de abril aprobamos sus estatutos y procedimos a la constitución de su Junta Directiva. Se nombró presidente a José Manuel Bardají, vicepresidente a Juan José Entor, secretaria a Mª. Carmen Porté, tesorera a Concha Forga y vocales a Ignacio Campo y Rosa Ballarín. En los Estatutos se establecía que la Asociación pretendía fomentar todas las manifestaciones de la cultura popular y divulgar los valores históricos, artísticos, turísticos y de todo orden del Pirineo oscense, particularmente de la zona más cercana a la localidad de Laspaúles, organizar actos culturales, etc. Lástima que todo esto no me sobrevivió por falta de continuidad en la línea pastoral de los curas. A mi sucesor le interesaron desde el principio otras cuestiones y los libros se quedaron sin leer y arrinconados en el desván.
El otro foco de interés fueron los campamentos para chavales. Mi hermana Marité y sus compañeras del Grupo ASER (Amistad y Servicio), que llevaban muchos años organizando y dirigiendo campamentos, se habían escindido de la Hermandad de Jesús Maestro y decidieron seguir montándolos. El verano anterior habían conseguido instalarlo en forma precaria en Herrerías de Calvera, cerca de Obarra, lugar en el que habían permanecido varios años. Dado que las instalaciones en ese pueblo no eran las mejores y en vistas de que en la abadía de Laspaúles había abundante espacio, les propuse trasladar su campamento allí. Aceptaron encantadas tras visitar y conocer lo que les ofrecía. A partir de ese momento empezamos a organizarlo. El lugar era muy interesante ya que el pueblo contaba con una gran plaza, además de la de la abadía, así como con unos prados comunales en sus alrededores. Disponía asimismo de espacio para instalar algunas tiendas de campaña y cerca de la abadía se encontraba un abrevadero que podía servirnos perfectamente de lavadero. Las montañas se erigían a un tiro de piedra y prometían multitud de excursiones interesantes. Conseguimos que nos prestaran la escuela para establecer allí el dormitorio de las chicas. Y, sobre todo, la gente del pueblo aceptó de mil amores la idea por lo que suponía de animación y diversión. Los mismos chavales estaban encantados porque también ellos iban a participar en el campamento juntándose con multitud de otros críos y disfrutando de lo lindo. Sin embargo, me iba a correspondes a mí representar el papel de Moisés que ve la tierra prometida a lo lejos pero no llega a entrar en ella.
TRASLADO MILITAR
Las cosas empezaron a torcerse. El primer detonante lo constituyó la arremetida contra la revista. El segundo fue la marcha de Aurelio Ricou destinado como capellán en el ejército al aceptar el obispo la solicitud que le había dirigido la Vicaría General Castrense. En virtud del Concordato de 1953, tras concedernos la prórroga definitiva y hasta el momento en que juráramos bandera en torno a los 30 años, quedaba un espacio de tiempo durante el cual los militares te podían reclamar para que te incorporaras como capellán. Nos encontrábamos algunos en esta situación y al final tuvo que ir Aurelio tras unos días en los que el ambiente entre nosotros se enrareció porque a ninguno nos apetecía nada la idea, interviniendo también algunos curas de la zona para acabarla de arreglar.
Este cambio no sería el último ya que Jesús Salinas fue enviado después a Boltaña con Paco Campo. Pero antes ocurrió lo mío. Tras un retiro de curas en Campo, de ésos que tanto me aburrían, especialmente durante las pláticas en la capilla, el obispo me hizo pasar a la sacristía de la iglesia y allí me comunicó su decisión de trasladarme a Laspuña para apagar el fuego encendido entre los dos sacerdotes que atendían aquella población y pueblos vecinos. Le pregunté si la decisión estaba tomada en firme, si podía alegar razones en contrario para impedir un traslado que me trastocaba todos los planes. Pero no había nada que hacer: mi destino estaba decidido sin consultarme lo más mínimo. Fue una "orden militar" y tuve que aguantarme. A partir de entonces iban a empezar en serio mis problemas. A mí me sentó como un tiro. Estaba entonces metido en la organización del campamento y en la preparación de las primeras comuniones, al tiempo que trataba de consolidar la biblioteca, entre otras cosas.
En Laspaúles sintieron mi marcha, pero los pueblos están acostumbrados a eso y a mucho más. Llevaba residiendo entre ellos tan sólo nueve meses, pero lo suficiente para conocernos, querernos e intentar varias cosas como he venido relatando. Me desgarraba especialmente separarme de los críos, tan próxima ya su primera comunión. Me fastidiaba que, ahora que iba llegando el buen tiempo y podía disfrutar de la naturaleza tras pasar un duro invierno, me arrancaran de allí. Los del campamento se quedaron de piedra y temieron que el nuevo cura no estuviera de acuerdo con la idea o pusiera pegas al respecto ya que lo previsto era ocupar su casa parroquial.
El obispo se mantuvo inflexible en sus nombramientos, pese a que tanto la gente de Bisaurri (por Aurelio) como la de Laspuña (por su cura Domingo Subías) se desplazaron a verle para evitar los cambios. El prelado los toreó y yo tuve que coger mis pocos bártulos, que cabían todos en mi Seat 127 granate sin necesidad de hacer dos viajes, y un día soleado del mes de mayo, el mismo en que pasaba por Laspaúles la Vuelta Ciclista a España, salí triste, muy triste, rumbo a mi nuevo destino que no se me antojaba halagüeño ya que los de Laspuña estaban muy enfadados y yo temía por el recibimiento que me pudieran dispensar. Adornaba el coche colgando, como recuerdo, una "chugueta" de madera hecha a mano que me había regalado un abuelo en Abella.