CAPÍTULO 15º:

DEL ISÁBENA AL CINCA


JUNTO AL CINCA


Cuando, tras atravesar Escalona y cruzar el río Cinca, empecé a subir por la empinada carretera que me conducía al vecino pueblo de Laspuña, situado a 725 metros de altitud (la mitad de la que tenían mis anteriores pueblos), salvando un desnivel de 100 metros en aproximadamente dos kilómetros, empecé a pensar en que aquel terreno árido y rocoso habría propiciado en tiempos remotos algún apedreamiento de los invasores. Supuse que a mí no me sucedería lo mismo, pero, consciente del cabreo que existía entre los parroquianos por el cambio de cura, no me esperaba un recibimiento cordial. Y eso aumentaba mi nostalgia hacia lo que acababa de dejar atrás más allá del Turbón.

Pero no hubo tragedia ni apedreamiento. En el pueblo me acogieron con naturalidad y curiosidad. Desde el principio me di cuenta de que llegaba a un lugar de fuertes sentimientos, de gentes muy distintas a las que acababa de dejar. La reserva pirenaica se convertía aquí en franqueza, la timidez en palabra directa. Te decían a las claras lo que pensaban, aunque a veces no pensaran si podía sentarte mal. Te querían, también, sin rodeos. Y al que no le caías bien, que también los hubo, no era fácil cambiarle de sentimientos.

Me instalé en la abadía, al final de la calle Mayor. Era un edificio más original que el de Laspaúles y del que te chocaba especialmente que sus tabiques no llegaban al suelo sino que dejaban una abertura más o menos de un dedo. Ello se debía, según me comentaron, a que se construyó con maderas todavía verdes y cuando se secaron se hundieron. Eso daba a los suelos un aire de fragilidad que se sumaba a la endeblez de la madera de las ventanas a través de las cuales penetraba el agua de las tormentas de un modo exagerado pese a tenerlas bien cerradas. Vamos, un edificio mal acabado. Pero alegre, muy alegre, con hermosas vistas a la Peña Montañesa y dos terrazas bien aprovechables. Y frío, muy frío, como si lo hubieran edificado para un terreno más meridional, hasta el punto de que una noche llegué a dormir con cinco mantas dobladas y otra más, como si tuviera encima ¡11 mantas! Al despertarme por la mañana me sentía agotado por haber soportado tanto peso. Pero es que mi dormitorio, situado en la cara norte, era la habitación más heladora de la casa.

En la planta calle estaba el Club. Lo había organizado mi predecesor, Domingo, y decorado y ambientado a su gusto. Tenía un cierto aire a discoteca, lo cual no es extraño pues cumplía en parte esas funciones. Predominaba la madera y los colores fuertes, tal y como luego repitió en un local de Laspaúles que organizó como taberna. En él se expedían bebidas, algunas de cuyas cajas heredé al encontrármelas en el piso de arriba. Recuerdo que alguna botella de ron fue la culpable de que me acostara algún día algo mareadillo tras una reunión prolongada. El Club iba a ser una fuente de problemas en mi primera etapa.

Laspuña estaba situada al borde de un altozano a modo de balcón sobre el río Cinca y frente a Escalona. Desde allí se divisaba una panorámica impresionante del Pirineo, con el Monte Perdido al fondo, el Valle de Añisclo que descendía de él, las tres Sorores así como el Castillo Mayor, una montaña de forma parecida a la de una rana por lo que se la conocía vulgarmente como tal y que dominaba las gargantas de Escuaín. Al sur la mencionada Peña Montañesa, pared lateral de un alargado valle que concluía en el Pico de Cotiella, a la que se accedía por una pista que enlazaba en seguida con el vecino pueblo de Ceresa situado a 900 metros de altitud y que contaba con 66 habitantes y 11 casas distribuidas en dos barrios que no disponían de teléfono automático. Sobre Ceresa se erigía un castillo totalmente derrumbado en donde parece que hubo una iglesia románica y cerca del pueblo, en Santolaria, rastros de un cementerio que decían que provenía de los romanos y que muy bien pudo ser el camposanto del castillo propiedad de algún señor feudal. Los vecinos de este pueblo, como los de los restantes, vivían de la agricultura, ganadería y madera, poseyendo igualmente una zona de abundantes setas. Se comentaba, con cierto aire de tremendismo, que por aquellos montes debía haber alguna alimaña gigantesca ya que varias cabezas de ganado que pastaban por allí se habían despeñado sin un motivo claro.

Mucho antes, nada más salir de Laspuña, otra pista desastrosa, pedregosa pero llana, torcía a la derecha en dirección a Araguás y Torrelisa, mis otros dos pueblos. En el primero, al que accedía tras recorrer casi 5 kilómetros, vivían 25 personas distribuidas en ocho casas, más otras dos casas y 7 personas que residían en el poblado de San Lorién a kilómetro y medio. Les instalaron la luz en 1977, acontecimiento que provocó la compra de los primeros aparatos de televisión. En cambio carecían de agua corriente en las casas y tenían que ir a buscarla a las fuentes. Cada uno de estos dos núcleos disponía de su propia iglesia románica, lo que lleva a pensar en la existencia en tiempos de dos señores feudales, cada cual con su iglesia y sus propiedades.

En Araguás me ocurrió algo que me resisto a dejar de narrar. El primer domingo que me acerqué por la mañana al pueblo para celebrar misa llegué con tiempo suficiente como para hacer sonar el primer toque, preparar los libros litúrgicos y las vinajeras, y sentarme a la puerta de la iglesia esperando a los vecinos cuyas casas tenía enfrente al otro lado del barranco. Como no tenía nada más que hacer sino esperar, me dediqué a inspeccionar la iglesia y me chocó la colocación de los bancos. No estaban mirando al altar sino perpendiculares a él en dos filas, una frente a otra. Me pareció que era mejor situarlos en paralelo, y dicho y hecho. Tras el segundo toque seguía sin acudir nadie. Con el tercero se empezó a ver salir humo por las chimeneas de las casas, señal evidente de que al menos se habían levantado de la cama sus moradores. Hasta el cuarto toque no empezaron a llegar a la iglesia. Observaron con cierto asombro la reubicación de los bancos que el nuevo cura acababa de realizar y, ni cortos ni perezosos, los agarraron y sin decir nada los devolvieron a su colocación primitiva. Aprendí rápidamente la lección y evité en lo sucesivo introducir reformas por mi cuenta sin comentarlas previamente con los afectados.

En este pueblo me informaron que el cura disponía de un huerto en el que se alineaban unos cerezos estupendos. El terreno lo trabajaban unos vecinos que disponían igualmente de sus frutos. Un domingo me comunicaron como importante novedad que al próximo me podría llevar un cesto de cerezas. Y así fue. Lo que yo no había previsto era que me entregaran un canastillo y una escalera y me dijeran que cogiera todas las que quisiera. No me quedó más remedio que, mudado como iba y con los zapatos de domingo, subirme a un árbol y empezar a recoger yo mismo el regalo que me daban. No recuerdo que se volviera a repetir la invitación ni yo volví a hacer mención de ello.

Torrelisa, el cuarto de mis pueblos, estaba situado a 924 metros de altitud y cerca del Monasterio de San Victorián, al pie de la Peña Montañesa. Tan sólo lo habitaban 4 personas en una única vivienda (Casa Lamula) porque los miembros de las 13 restantes habían emigrado a Barcelona dedicándose diez de ellos a trabajar de taxistas. Por esta razón, en verano, especialmente para la fiesta, te sorprendías al contemplar el pueblo invadido por taxis amarillos y negros. A finales de 1976 les habían instalado la luz eléctrica con la cual habían quedado relegados los habituales candiles de carburo. El agua la tomaban de la fuente de la plaza, fría en invierno y caliente en verano.


LA GENTE


Laspuña estaba habitada por unas 250 personas. Pared con pared a la abadía vivía la familia del "santero" compuesta por el matrimonio y numerosos hijos, casi todos ellos varones. Habían estado al cargo de la ermita de la Fuensanta, de ahí el apodo. Más allá los de Casa Peguntero en donde residía Merche con sus padres y su hermano Mariano, un adolescente cuya temprana muerte a causa de una enfermedad incurable conmocionó a todo el pueblo. Enfrente una pequeña plaza dominada por una herrería con sabor a viejo. Al fondo se erigía Casa Barón, con su teléfono público, en donde vivía otra Merche (cantidad de ellas había en el pueblo) y su hermano Toñín, hoy médico en Zaragoza y con quien me veo de vez en cuando. En la plaza y enfrente de la iglesia, destacaba el bar, punto de reunión de los hombres del pueblo, en donde Toño echaba una mano a sus padres y hermano cuando se lo permitían sus estudios. Su madre era una de las innumerables hermanas que componían el tejido parentesco más fuerte de la localidad y que coronaba en la cúspide la dueña de la Fonda Sidora, situada ésta al final de una larga calle en pendiente y con amplias vistas sobre la zona. Allí acudía yo para comer, no sin antes dar una vuelta por la cocina, siempre en animada tertulia, para saludar a la dueña, hija, yerno y nietas e incluso a un hijo que tenía en el Chile de Pinochet y que llegué a conocer y tratar porque viajó al pueblo durante mi estancia, además de a la concurrencia, entre la que destacaba Teresa. Ésta vivía en la misma calle y nos traía la leche a casa en las temporadas en que mi madre me acompañaba en la abadía. Junto a su vivienda estaba la de Chonín, la que se casó con Antonio, el maestro, en una boda que celebramos en Jaca, de donde era el novio. Y frente a ellos estaba la casa natal de D. Ambrosio Sanz, ocupada en aquel tiempo por su hermana. Fue D. Ambrosio un erudito doctor en Teología, en Filosofía y Derecho Canónico, además de licenciado en Letras, que vivió durante muchos años en el primer piso de la casa de mi tío Cándido Baselga, junto a la nuestra, ejerciendo de canónigo de la catedral de Barbastro. Conservo su libro "Historia de la Cruz y Crucifijo", editado en Palencia en 1951.

Tenía yo bastante relación con Ricardo, el médico del pueblo, y con su mujer. Se trataba de un salvadoreño que había contraído matrimonio con una chica de Lafortunada. Con ellos disfruté muy buenos ratos y me invitaban de vez en cuando a cenar a su casa. Seguimos incluso carteándonos durante algunos años cuando ninguno de los dos teníamos ya nada que ver con Laspuña. Le pinchaba a menudo para que ampliara su trabajo dedicándose voluntariamente a elevar el nivel de la cultura sanitaria del pueblo proponiéndole organizar charlas y debates. Como médico recibía muchos regalos de la gente que ya entonces rodeaba a las personas que cuidaban de su salud de un cierto halo sagrado que en el pasado había sido exclusivo del cura. A mí, eso sí, el carnicero me regalaba para Navidad una pierna de cordero manteniendo la costumbre que se remontaba a mucho tiempo atrás. Y la gente me invitaba a comer a sus casas, algo que no me sucedió en Laspaúles. La invitación era obligada sobre todo cuando mis vecinos mataban el cerdo, ocupando con tal menester la calle y llevando a cabo solidariamente este complicado rito: hervir el agua, matar al tocino (acompañado con los terribles chillidos de la víctima), batir la sangre, estripar el cerdo, lavar las tripas, hacer morcillas y tortetas con la sangre, preparar las longanizas, los chorizos, los salchichones y la duánica (de la carne más gorda del animal), hacer las conservas de costillas, lomo, etc., todo ello a lo largo de varios días.

Pero por encima de todos destacaba Modesto, omnipresente en cualquier lugar del pueblo. Era de Buerba, según me informaban, y vivía con su hermana que cuidaba de él supliendo así sus limitaciones mentales. Mayor que yo, era muy amigo de los curas y a mí me dedicaba cariño y atención por mi condición de tal. Te llamaba a gritos por la calle y te miraba fijamente con su inmenso corpachón que podía dar un sobresalto de cierto temor a quien no le conocía. Pero era más bueno que el pan y pacífico a ultranza. Ayudaba a misa con unción e incluso interrumpió repentinamente una de ellas dando gritos cuando descubrió que en la sacristía había un escape de agua que producía una pequeña inundación. Sus palabras eran pocas pero repetidas e insistentes. Me acompañaba incluso a dar la comunión a los enfermos. Sentías su fidelidad a prueba de bombas. Todo el mundo le quería.

Capítulo aparte merecen los jóvenes. En aquel tiempo yo también lo era, aunque algo menos que ellos, con mis flamantes 28 años. Fueron mi ocupación principal, a diferencia de lo que había ocurrido en Laspaúles en donde me dediqué fundamentalmente a los chavales. Pero no formaban un bloque homogéneo, especialmente en lo que respecta al club, ni adoptaron ante mí la misma actitud. Hubo una parte de ellos que siempre me miraron con reserva ya que no seguí la línea de mi predecesor. Con otros (tres chicas y dos chicos principalmente), en cambio, pudimos ir mucho más allá, reflexionar juntos, plantearnos actuaciones respecto a la parroquia y al pueblo. A los nombres ya mencionados habría que añadir el de Marisol, que muchos años después sería la encargada de hacer las fotografías en la boda de mi sobrina Teresa en Barbastro ya que la de Laspuña contrajo matrimonio con un fotógrafo residente en mi ciudad del Barranqué.

También había chavales. A propósito de ellos, mi primera intervención pública fue reunir a los padres de los niños de primera comunión. Desde el primer momento, y recordemos que yo llego en mayo, me plantearon el problema de la confusión que se había originado a propósito de las fechas de esta ceremonia, por lo cual, ni corto ni perezoso, los convoqué a todos en el club y allí, democráticamente, tomanos una decisión conjunta. Se acabó el problema y el personal salió contento, comprobándose una vez más aquello de que lo que atañe a todos debe ser tratado por todos, también las cuestiones de Iglesia.

Mi relación con los chavales pasaba en buena medida por los maestros y ya he dicho antes que me unía muy buena relación con ellos. Leía yo, además, por aquel tiempo sobre la pedagogía del maestro y cura de Barbiana, cuyo libro, por cierto, se me lo quedó el maestro de Laspuña y aún lo debe tener en su estantería. También pasaba por la sacristía ya que tenía un buen grupo de monaguillos con sus huchas y todo. Al final de curso creo que hacíamos una merendola. E incluso pasó por los campamentos ya que a un chaval lo tuve que trasladar en mi coche a uno playero situado en Cuevas de Alcanar, en Castellón, cuya playa visité, una vez entregado el crío a sus monitores, padeciendo la desagradable experiencia de bañarme en plena zona de erizos, debido a lo cual salí del mar maldiciendo la hora de mi inmersión. Más de tres meses estuve luego extrayendo con pinzas los pinchos incrustados en mis talones.

A diferencia de lo ocurrido en Laspaúles, mi familia sí que se animó a venir a Laspuña. Claro que lo frecuentaban en el buen tiempo. Mi madre permanecía todos los veranos conmigo y casi lo mismo acostumbraba a hacer mi hermana Isabel-Jesús con sus tres hijas. Estas últimas disfrutaban por las calles del pueblo jugando con los críos y pasando ratos con pastores y animales. Recibimos también visitas de parientes y conocidos: mis primos de Zaragoza, miembros de mi familia de Fanlo por parte de mi padre a quienes no conocía, e incluso amigos de Zaragoza como Gonzalo Borrás que estaba realizando una investigación sobre las iglesias de la zona, y Pepe Bada (futuro Consejero de Educación de la DGA) con su mujer, que durmieron una noche en el sofá del cuarto de estar de la abadía por no encontrar acomodo en ninguna fonda del pueblo ni disponer nosotros de más camas ni habitaciones.


EL CLUB


Desde el primer instante una cuestión prevaleció sobre las demás: ¿qué iba a pasar con el club situado en la planta baja de la abadía? Algún adulto me sugirió que lo que yo tenía que hacer era continuar con la labor de mi predecesor, es decir, atenderlo y servir las bebidas. Pero mi postura era muy clara y así se la hice saber: "Yo no soy Domingo y no voy a hacer lo mismo que él". Aquello no sentó bien a algunas personas y sufrí las consecuencias durante todo el tiempo de mi estancia en el pueblo.

En realidad el club servía en gran medida para que unos cuantos jóvenes permanecieran en él durante horas y horas por la noche disfrutando a su antojo. En una ocasión tuve que bajar en pijama a las tres de la madrugada porque me despertó mi familia paseando nerviosa por el pasillo de la casa al no poder dormir a causa de la potente música que subía del mismo. Les dije a los jóvenes que no eran horas para armar ese follón y aceptaron marcharse aunque sin entusiasmo. Pero las molestias continuaron.

Guardo un borrador de dos hojas sobre el proyecto de "Salón Parroquial" para ser firmado por el párroco (entonces Domingo) y con fecha de enero de 1975. Se determinaba que se instalaría en él el "Tele-club Navata", patrocinado por la parroquia y con apoyo del Ayuntamiento. Según este borrador, "las actividades culturales serán de tipo formativo religioso y social y también recreativas". Estas actividades se enumeran más adelante: cada mes reuniones de matrimonios y adultos, así como de jóvenes y adolescentes, de tipo religioso y social, como círculos de estudio; catequesis semanal; conferencias; escuchar música; veladas recreativas en las fiestas de San Sebastián y Santa Águeda (con autorización del párroco y de la autoridad civil); podrá haber servicio de bar que no perjudique a los bares de la localidad, etc. Se declara que "en las veladas extraordinarias que se crean convenientes deberá darse la preferencia y aun a ser posible la exclusividad a la orquesta formada de la localidad". Esta última (la "Navata-Club") la formaban una madre y su hijo, que era uno de los jóvenes del pueblo, orquesta que amenizaba igualmente algunas de las fiestas de otras poblaciones. Explícitamente, sin embargo, apuntaba que "nunca podrá constituirse el Salón Parroquial en bar ni en baile público".

Al principio tuvimos bastantes reuniones con los jóvenes para intentar aclarar la finalidad que se podía dar al club. Pero pronto aquello se convirtió en un callejón sin salida ya que no compartía el punto de vista de quienes parecían interesados tan sólo en que se convirtiera en un espacio de baile y ligue, a pesar de que el mencionado borrador parecía excluirlas. No obstante preferí analizar a fondo la propuesta que me presentaban convencido de que era absolutamente inviable. Les propuse girar una visita al club existente en Boltaña y allí me dirigí con un grupo de jóvenes, parte de los cuales pretendían tener baile todos los domingos y con orquesta. La información que nos dieron fue la que había previsto: si en esa localidad el baile tenía serias dificultades para mantenerse en pie, en una población de bastante menos entidad como Laspuña no lo veían viable de ninguna manera. A pesar de que la visita a Boltaña fue definitiva para pisar tierra, no todos los jóvenes asumieron la realidad y continuaron presionando. Al no conseguir sus propósitos fueron apartándose de mí sin que nuestros caminos volvieran ya a juntarse.

El club, sin embargo, no se cerró. Continuó abierto y funcionando el televisor, el ping-pong, los juegos de mesa, etc. Impulsé con los jóvenes una serie de reuniones para hablar de temas de interés: situación de la mujer, escuelas, población, sanidad y, especialmente, la creación de una cooperativa. Recuerdo que trajimos incluso a mi amigo Joaquín Coll que vino de Barbastro para informarnos sobre esta última posibilidad. La gente acudió a las reuniones, jóvenes y adultos, pero fue imposible dar pasos concretos en la cuestión cooperativa, lo cual nos enfrió bastante en nuestros ánimos socioculturales.