CAPÍTULO 16º:
PROFESOR Y ESPIRITUAL
EL INSTITUTO
En verano tuvo lugar un acontecimiento que iba a marcar decisivamente los dos años siguientes: mi nombramiento como profesor de religión y director espiritual del Instituto de Aínsa.
Yo insistía en las reuniones de curas y ante el obispo en la falta de trabajo del cura rural y en la necesidad de intentar remediarlo. Por ello, en Barbastro decidieron encargarme de todas las clases de religión del Instituto, nombrarme director espiritual del mismo y encomendarme dos pueblos más (Guaso y Latorrecilla) con lo cual me encontré en septiembre con 6 pueblos y un colegio. Ya no podía quejarme. Pero tampoco se me consultó a la hora del nombramiento. Esto provocó mi protesta ante el obispo por la forma y que pensara incluso en renunciar al encargo. Pero no lo hice por sentido práctico ya que la alternativa de "vegetar" en Laspuña no me atraía. Y caí en el Instituto sustituyendo a mi amigo el cura José Mª. Garanto a quien acababan de trasladar a Barbastro.
El nombre técnico del centro era el de "Colegio Libre Adoptado" y desde aquel momento se convirtió en mi lugar de residencia ya que me adjudicaron una habitación donde dormir en el pabellón de los internos y podía quedarme a comer siempre que lo estimara oportuno. En Laspuña pasaba los fines de semana y las vacaciones escolares. Intimé rápidamente con el profesor del centro Javier Martí ya desde el primer día, al ser ambos de Barbastro y de familias bastante relacionadas entre sí sobre todo a través de su hermano Ramón, periodista clave en El Cruzado Aragonés. Javier vivía también en el Colegio junto con su mujer y sus tres hijos. Formamos el equipo de trabajo más importante desde que yo era cura y, mira por dónde, lo formé con un seglar. Su esposa, Conchita, me acogió igualmente de maravilla, así como Pilar Garcés, la profesora de gimnasia que también ocupaba una de las habitaciones del centro y que dirigía el grupo folclórico "Viello Sobrarbe", creado en tiempos de Ánchel Conte. Por las noches nos reuníamos a menudo, ejerciendo Conchita de anfitriona, e incluso llegamos a encargarnos cabezas de cordero a la fonda Sánchez, un restaurante de la localidad que era propiedad de la mujer del barbastrense y viejo conocido José Mª. Pérez, ajenos por entonces a la carga de colesterol malo que inyectábamos en nuestros cuerpos a través de aquellos deliciosos sesos.
El Instituto me atrajo desde el primer momento. Era pequeño, con unos 150 alumnos aproximadamente, y con un plantel de profesores jóvenes. Recuerdo, además de los mencionados, al matrimonio zaragozano formado por Augusto y Enriqueta, a Adelaida, a Elena, al militar retirado que se encargaba de la gimnasia y al director, del tipo de los profesores de F.E.N. que yo había tenido en los Escolapios durante el bachillerato. También trabajaba en el comedor Trini, quien años más tarde se convertiría en directora de la Residencia de Ancianos. Las clases de religión, especialmente con los de B.U.P. y C.O.U., me obligaron a realizar un esfuerzo de aclaración teológica y pedagógica para llevarlas a cabo de una manera diferente a como las había sufrido en mis tiempos de bachiller. Era necesario crear un ambiente de libertad y una coherencia en mis actitudes religiosas, además de una seriedad científica que las dignificara. Uno de mis fallos fue hacer tabla rasa de la actuación de mi predecesor, con el cual mis relaciones se enfriaron algo en un primer momento (si bien luego se recompusieron) aunque en esto influyeron otros factores de los que más adelante hablaré.
Respecto a los curas que me rodeaban, me encontré aislado debido a que no conectaba con sus intereses. Por otra parte, mi trabajo me absorbía y las posibilidades de relacionarnos eran menores. Jesús ya estaba en Boltaña, pero las circunstancias habían cambiado y nuestros contactos dejaron de ser lo que habían sido. Ya no nos necesitábamos como antes y apenas había otros lazos que pudieran unirnos. Hoy lo recuerdo con cariño y sentí mucho su repentino fallecimiento hace pocos años tras una delicada operación.
En el Instituto me encontré desde el primer momento con varios problemas. Uno era el director, criticadísimo por todos los profesores, con unos comportamientos digamos que sorprendentes y con unas ideas bastante ultras aunque expresadas con moderación. Otro era el presidente del Patronato, auténtico artífice del centro dadas sus influencias, pero convertido en dueño y señor del mismo. Otro era el profesorado, fuertemente dividido a pesar de las apariencias. El primer problema fue el determinante el primer año. El segundo condicionó el curso siguiente y acabó con mi estancia en el Colegio. El tercero fue un Guadiana que esterilizó mejores frutos.
El director del colegio no contaba precisamente desde hacía años con las simpatías de los profesores. Sus aires y, sobre todo, sus relaciones con una alumna, con la que acabaría contrayendo matrimonio, le enajenaron las simpatías de alumnos y, principalmente de profesores. Estaba claro que éstos no colaborarían con él pese a que lo que propusiera en algunas ocasiones fuese válido. Desde el principio los profesores me pusieron al tanto. Ya mi predecesor había tenido fuertes agarradas con él y el presidente del Patronato no lo tragaba. Mala suerte iba teniendo con los últimos directores, pues el anterior, Ánchel Conte, le había salido "rojo" y al final hubo que expulsarlo bajo la presión del Gobernador Civil de Huesca.
No quise enfrentarme con él al principio, pese a lo que me dijeran y a que el choque tenía que resultar, como así fue, inevitable. Esperé a tener motivos para hacerlo. Y el primero de ellos fue la durísima intervención que tuvo con unos alumnos (uno de los cuales era de Laspuña). Le convoqué a mi despacho y le exterioricé mis quejas proponiéndole un claustro para hablar del asunto, ante la expectación de algún profesor. El claustro tal vez hubiera llegado a realizarse si no hubiese sido por un acontecimiento que más tarde iba a ser utilizado en contra mía. En aquellas días murió por fin el dictador Franco. Pero no fue su muerte sino lo que ocurrió aquella mañana en el Instituto lo que iba a provocar que el búnker, en concreto el Patronato, empezara a levantar su guardia frente a mí. Desde aquel momento me convertí en sospechoso y tal vez en el enemigo público número uno de su tranquilidad oligárquica.
MUERE FRANCO
Nada hubiera pasado aquella mañana, poco antes de dar vacaciones fúnebres a los alumnos, si el profesor de gimnasia no se hubiera puesto nervioso y, delante de sus colegas, no me hubiera exigido llevar a todos los chavales a la capilla para rezar por el muerto y anunciarles yo oficialmente la noticia y las vacaciones. Le secundó el director ante el silencio del resto del claustro. Entonces estalló la bomba: me negué, dije que no procedía. Y se hizo el silencio. Un silencio cargado de cabreo patriótico en los dos mencionados (exteriorizado sobre todo en el profesor de gimnasia) y expectante en el resto de profesores. Aquello iba a traer cola. Y la trajo, aunque a mis espaldas. Fue simplemente el principio del fin. Pero éste tardaría aún casi dos años en llegar.
¿Por qué me negué? Fueron tres las razones que me impulsaron a tomar esta decisión en breves momentos. La primera es que estábamos hartos de la propaganda que en favor del Régimen estaban impulsando muchos eclesiásticos y religiosos desde hacía un mes elevando oraciones para que Franco no muriera; no estaba dispuesto a que a mí se me manipulara del mismo modo; todo ese movimiento de rezos no se había producido, ni tampoco lo hubieran permitido, con los cinco condenados a muerte poco antes, el 27 de septiembre. La segunda razón es que no consideraba lugar idóneo la capilla para anunciar oficialmente en el Colegio la muerte del Caudillo. Y la tercera era que ni uno solo de los profesores se sumó a la demanda del de gimnasia, y esto era lógico ya que en los días anteriores muchos de ellos habían manifestado sus ganas de que muriera de una vez el Dictador.
Pero, claro está, estos matices eran demasiado sutiles para la rotundidad de los que estaban acostumbrados a considerar a Franco como el Salvador de la Patria y a los disidentes como enemigos y traidores. "Hasta a un perro le dedican oraciones cuando muere -decía el profesor de gimnasia-; en cambio al Caudillo nada". Desde aquel momento sentí que se me había declarado reo de un terrible delito y que se trataba de incomodarme con el Patronato difundiendo la noticia de mi "inhumano" comportamiento.
NUEVOS PUEBLOS
La adjudicación del Instituto vino aparejada con mi nombramiento para dos nuevos pueblos, Guaso y Latorrecilla, a los que se accedía por una pista que transcurría precisamente por delante de mi nuevo Colegio.
De Guaso se decía que era tan grande como París debido a la enorme distancia entre sus casas más alejadas. Distaba 6 kilómetros de Aínsa y vivían entonces 105 personas distribuidas en 26 casas, mientras otras 20 permanecían cerradas. Disfrutaban desde finales de 1976 de luz eléctrica y de puente sobre el Ena. No contaban con agua corriente (las necesidades se hacían en pozos ciegos), ni alumbrado público, ni carretera asfaltada. Tampoco disponían de centro de reunión, ni de tiendas. Su economía se apoyaba en la agricultura (trigo, pastos) y en la ganadería (cerdos, vacas) principalmente. La iglesia se alzaba en la parte más alta del pueblo y era de estilo románico. Junto a ella había un exconjuradero al lado de la esbelta torre, la cual se divisaba desde kilómetros de distancia. Recuerdo un entierro en verano en que casi me deshidraté ya que la casa del difunto estaba muy alejada y había que acudir en procesión a la misma, subir al difunto a la iglesia y volver a bajarlo para llevarlo hasta el lejano cementerio. Todo ello a las doce del mediodía y yo revestido con diversas capas y ornamentos litúrgicos.
Los domingos no celebraba misa en lo alto sino que utilizábamos una pequeña ermita junto a la pista. Allí utilicé muchas veces mi cassette para enseñar canciones que previamente había grabado en cintas y que ensayábamos después de la celebración. A lo largo del pueblo podían observarse casas muy antiguas, identificables por sus escudos, fachadas, portales, etc. La fiesta mayor, organizada por los vecinos, era el día 6 de agosto, pero a lo largo del año tenían lugar 3 romerías en las que se repartía a todos torta y vino (la llamada "caridad").
Pocos kilómetros más adelante, a 9 de Aínsa, te topabas con Latorrecilla y sus 40 habitantes distribuidos en 7 familias. En el pasado la situación había sido más boyante puesto que llegó a tener 15 casas abiertas. La población se dedicaba únicamente a la agricultura y ganadería. Tampoco tenían agua corriente pero sí un pozo en cada casa, así como luz instalada al mismo tiempo que en Guaso. En Casa Senz te llevabas la sorpresa al descubrir que conservaban una colección de cerámica de indudable valor artístico. La fiesta mayor la celebraban el 1º de septiembre y la menor el 17 de enero. El 8 de septiembre organizaban una romería y nos tocaba subir a pie hasta el lugar de la ermita. Recuerdo mi última ascensión a toda pastilla, a causa de que llegábamos tarde, con Benito, uno de los jóvenes que era hermano de Pili Sampietro, la que años más tarde trabajaría en Radio Sobrarbe. Bajo el potente sol del mediodía alcanzamos la ermita empapados de sudor y eso que nos fuimos aligerando de ropa durante la ascensión. Merecía la pena, sin embargo, compartir ratos con la gente de este pueblo, una gente encantadora como pocas.
CAMBIO DE DIRECTOR
El curso de mi estreno en el Colegio siguió adelante así como la tensión soterrada o explícita entre el director y los profesores. Javier y yo fuimos poco a poco convirtiéndonos en motores culturales del Instituto y logramos dos éxitos importantes que contribuyeron a ello: la revitalización de la fiesta de Sto. Tomás y la representación de la obra de teatro "Mi guerra", que debió sentar como un tiro por su carga democrática a los bien-pensantes del búnker. Se trataba de una pieza de Carlos Pérez Dann, premio Arniches 1966, y la escenificamos en el Cine Avenida el 27 de marzo de 1976 a las siete de la tarde. Nos ayudaron las profesoras Elena y Adelaida, y contamos con 23 intérpretes entre los alumnos (J. J. Berdún, P. Pocino, A. Solanilla, J. M. Arcas, J. M. Chéliz, F. Puyalto, A. Buetas, C. Lanau, etc.).
También promovimos una audición de música de cantautores aragoneses en la cual se comentaron e ilustraron sus textos. Las clases, por otra parte, seguían adelante y, mientras me iba afianzando en los cursos superiores, perdía comba, en cambio, con los pequeños, hasta el punto de que se puede decir que fracasé con uno de los cursos (7º de EGB). Tenía que dar clase a todos los grados, desde 1º de EGB en la escuela de Laspuña hasta COU, y concentré la mayoría de mis esfuerzos con los mayores. Ésta fue una de las razones fundamentales que me impulsaron a pedir a Aurelio Ricou, entonces todavía capellán castrense, que se viniera conmigo a Aínsa una vez terminada su estancia en el Ejército.

Pero lo más dramático fue, sin duda, el final. Las relaciones con el director se tornaban cada vez más tirantes. Los profesores no lo soportaban. Fue entonces cuando pensé que no había más remedio que lograr que fuera sustituido en la dirección del centro. La excusa para comenzar la operación me la dio él mismo una tarde en la sala de profesores cuando nos "lloró" a Javier y a mí lamentándose de la falta de colaboración que encontraba en el profesorado. Rápidamente le sugerí que presentara su dimisión para solucionar la situación de deterioro.
Desde aquel momento comenzaron las conversaciones "secretas" entre los profesores para lograr el objetivo. Nos fueron llegando rumores de que iba a haber elecciones y logramos convencer a medias a nuestro compañero Augusto para que aceptara la candidatura. A éste no le apetecía lo más mínimo y no se consideraba apto para ese puesto, pero no veíamos otro candidato posible y cada noche manteníamos una tertulia en su casa presionándole para que aceptara: daba su brazo a torcer a regañadientes pero a la mañana siguiente nos comunicaba que tras darle muchas vueltas en la cama volvía a su negativa anterior. Fueron días intensos en los que casi todo el claustro de profesores (menos tres) logramos formar una piña, algo nunca conseguido hasta entonces. Era una unidad de circunstancias como al curso siguiente se demostró.
Pero el rumor de las elecciones era falso. El director podía estar tranquilo. Sin embargo, habíamos gastado muchas energías y elaborados muchos planes para el curso siguiente y no podíamos abandonar fácilmente. Si no se le podía quitar legalmente, era preciso que él renunciara. Y entonces empezaron los claustros en los que nos dedicamos a poner las cartas sobre la mesa, hablando con toda claridad y crudeza de la necesidad de un cambio. Fue penoso pero inevitable. El director rugió, se humilló, contraatacó agarrando individualmente a los profesores más débiles. Al final elevamos el caso al presidente del Patronato, al "padrino" como le llamábamos. Lo cierto es que le entregamos la cabeza del director en bandeja de plata y el presidente, que no deseaba otra cosa, hizo su aparición estelar en el siguiente claustro para comunicarle que lo más conveniente era que presentara su dimisión para ser sustituido por la secretaria, nuestra compañera Adelaida. El director, acorralado por todos, lanzó la toalla. Adelaida, por quien nadie apostaba, se vio sorprendentemente encaramada a las alturas. Y nosotros contentos con el triunfo, haciendo planes para el futuro y aceptando a la nueva directora a la que otorgamos carta blanca y colaboración, pese a que no habíamos pensado en ella como candidata. Juntos lo habíamos conseguido y era preciso que juntos continuáramos al curso siguiente. Pero no fue así ya que la unidad duró apenas medio curso. Iban a resurgir los tiquismiquis que acabarían minándolo todo.
EL VERANO
Laspuña era un enclave agradable en verano. Ya he indicado que mi familia me acompañaba durante esos meses huyendo del calor de Barbastro. Aunque arriba en el pueblo no había piscina podía bañarme abajo en el río Cinca junto al puente. Prefería, sin embargo, escaparme hasta la vecina Lafortunada y disfrutar de la piscina propiedad de la compañía hidroeléctrica. Precisamente coincidía en ella en bastantes ocasiones con el presidente del Patronato.
Era también un tiempo adecuado para salir de excursión. No obstante, yo que siempre me había distinguido por mi fortaleza al subir a los picos, especialmente en los campamentos, fracasé al intentar el ascenso a la vecina Peña Montañesa. Organizamos una subida con unos cuantos jóvenes pero nada más empezar la carretera a la salida del pueblo comencé a notar molestias en mi estómago. Me trasladaron en Land-Rover un buen trecho para ver si se me iba pasando, pero aquello empeoraba por lo cual no me quedó más remedio que renunciar a la ascensión a la montaña que orgullosa dominaba mis pueblos desde lo alto. Era la primera vez que me sucedía. Regresé solo, caminando, mientras los demás continuaban la ascensión. Aquello dio motivo a algún bien intencionado que se enteró de la noticia para criticar al "cura tan flojo que nos ha tocado".
EL CAMPAMENTO
El punto fuerte de cada verano lo constituía, sin embargo, el campamento ASER. Mi traslado a Laspuña me impidió tomar parte durante el verano de 1975 en el primero que se montó en Laspaúles. Tan sólo les giré una visita. Pero a partir de 1976 participé plenamente tanto en su preparación como en su desarrollo. Meses antes nos reuníamos varias veces los monitores para ir organizándolo y formar entre nosotros un espíritu y trabajo de equipo. Permanecimos en Laspaúles de 1975 a 1980. Al año siguiente nos trasladamos a Espuy, en la provincia de Lérida, ya que el cura Domingo instaló en las dependencias de la abadía un taller diocesano de restauración de obras de arte, tarea en la que se había especializado a lo largo de unos cursos en Madrid. Durante aquellos seis estupendos años el campamento convivió en la abadía primero con Domingo y más tarde con su sucesor, los cuales, aunque no se implicaron en el mismo, no nos pusieron mayores pegas, a pesar de que, evidentemente, distorsionábamos su vida diaria en la casa.
La experiencia fue apasionante. En primer lugar la de convivir los monitores juntos durante todos aquellos días. De ahí nació mi profunda y fructífera amistad con José Antonio Montull al que conocí cuando él tenía apenas 16 años y ya apuntaba maneras de monitor entregado plenamente a los chavales. Mi primer recuerdo de él es verle ensayando con los críos la obra Godspel contorsionándose más que todos los actores juntos. Más tarde entraría en el Seminario de Huesca y después ingresaría en los salesianos, trabajando unos años en la Residencia Provincial de Niños de Huesca. Hoy es cura salesiano y mantenemos con intensidad la misma amistad que entonces. José Antonio y yo nos convertimos en los motores de aquel campamento, tanto en la elaboración del plan de cada año como en su animación. Pero había más monitores, además de las del Grupo ASER (Amistad y Servicio), las inefables Vicenta, Mª. Pilar, Leonor, Inés, Mª. Teresa y mi hermana Marité. A lo largo de estos años se implicaron también José María, David, Lina, Rosita, Benito, José Ignacio, Juan Carlos, Pepa, Enrique, Mª Jesús y la cocinera, la Sra. Antonia. En años posteriores contaríamos con la presencia de Gele, Conchita, Paco, Santallusia, Jordi, Miquel, Rufino (cura ya fallecido) y la cocinera, la Sra. Pilar, además de otros muchos que se fueron incorporando.

Los chavales, de 8 a 14 años (aunque los primeros campamentos tenían también un turno posterior de menores de 8 años al que yo no me quedaba) procedían de Alfarrás, San Esteban de Litera y pueblos de alrededor. Había, pues, una mezcla catalano-aragonesa, tanto entre los monitores como entre los críos. Hubo años en que llegamos a concentrarnos unas 100 personas. Más que de campamento se trataba propiamente de colonias ya que dormíamos en edificios (la abadía y la escuela), si bien por turno se aventuraba un grupo con su monitor a pasar la noche en dos tiendas de campaña que teníamos instaladas junto al pueblo. Se hablaba castellano y catalán, dada la mezcla existente, si bien predominaba el primero.
Con aquellos críos reviví mi convivencia con chavales tal como la había disfrutado en mi primera estancia en Laspaúles. Pero se trató de una convivencia mucho más estructurada y polivalente ya que un campamento tiene múltiples facetas. Aprendimos y practicamos muchos juegos y canciones, trabajamos en grupo con ellos, hicimos muchas excursiones por la montañas de alrededor (Gallinero, Basibé, Turbón) y largas caminatas como la que nos llevó hasta Castanesa a través de la montaña y lloviendo sin parar. Fue ésta una excursión épica, en la que dormimos en el suelo lleno de polvo de la escuela de este pueblo, mientras nuestros calcetines y botas permanecían expuestos en la plaza con la vana pretensión de que se secaran. Al día siguiente regresamos a Laspaúles con unos pies humedecidos que tardaron bastantes días en normalizarse. Pero tal vez lo más interesante de mi trabajo fue el montaje de unas "liturgias" (así las llamábamos) con chavales intentando unir su vida y su fe. En su preparación participaban los mismos críos y solíamos tenerlas al final de la tarde, como resumen de lo que habíamos experimentado durante la jornada.
Nuestro campamento era algo atípico. Los monitores no teníamos nada de expertos en técnicas de aire libre. Lo nuestro era más expresión corporal, teatro, representación, convivencia, música y baile que otra cosa. En una ocasión incluso nos perdimos todos porque nos guiábamos por unos mapas atrasados. Organizábamos "peleas" después de comer entre el periódico mural que yo dirigía ("El Noticiero refrescado") y una a modo de emisora de radio que gestionaba José Antonio ("La radio-cadenASER") desde una ventana de la abadía. Tenían mucha importancia los fuegos de campamento, pero superaban este concepto. Nos gustaba disfrazarnos y hacer "comedias". Lo que preparábamos para el día de los padres (el 25 de julio) resumía nuestro espíritu: celebración litúrgica con ellos al aire libre por la mañana y espectáculo por la tarde en la que el número más esperado era el de los monitores. Para ello nos preparábamos la semana anterior: de día con los chavales y, tras dejarlos dormidos en sus literas, por las noches los monitores nos corríamos las grandes juergas en unos ensayos llenos de improvisaciones creativas que iban mejorando el humor y calidad del espectáculo que íbamos montando.
Funcionó muy bien la inserción del campamento en la vida del pueblo. Los críos del mismo conectaron perfectamente con los de fuera y convivían con ellos todo el día, regresando por la noche a dormir a sus propias casas. Hubo alguna chica que se incorporó como monitora. La gente nos prestaba lo que necesitábamos, incluídos los dos enormes prados comunales a los que nos dirigíamos de paseo y en donde jugábamos a tope. Acudían a la plaza de la abadía para disfrutar de nuestros fuegos de campamento y nosotros organizábamos espectáculos en la plaza del pueblo sirviendo de distracción a toda la gente. Ayudábamos a recoger las pacas de hierba como una actividad más dentro del horario de nuestra jornada. Animábamos las celebraciones en la iglesia. En una palabra: el pueblo se transformaba durante 15 días gracias a nuestra presencia y ganas de vivir.
Organizar el campamento fue para mí una auténtica escuela de planificación. Pasamos de un yuxtaponer actividades con las que íbamos rellenando los diferentes días, a un reflexionar en serio sobre los objetivos a conseguir, a profundizar en el papel del monitor, a evaluar cada noche y especialmente al final con intervención de los mismos chavales (hicimos varias encuestas), a organizar asambleas muy participativas tomando como base el mural de Freinet (felicito, critico...), etc. Pasados los años fuimos estructurando campamentos en torno a un tema (construir un pueblo, el túnel del tiempo, el cine, un gran viaje) e incluso dirigí durante un campamento una escuela de pre-monitores con un grupo de adolescentes que llevaban varias temporadas subiendo de acampados y que no querían desligarse de nosotros, a pesar de que ya habían cumplido 16 años. Hace no mucho, y con motivo de la jubilación de las ASER de su trabajo en la guardería de Alfarrás, recopilé todos los materiales de que disponía en una revista que abarcaba los campamentos que realizamos desde 1976 a 1985.