CAPÍTULO 18º:

DE TODO UN POCO


EL DIRECTOR DEL PATRONATO


Pero volvamos a mi relación con el presidente del Patronato. Frío y calculador, nunca jovial, de mirada fija y penetrante, creando siempre distancia con sus interlocutores a pesar de sus esfuerzos en contrario en algunos momentos, católico convencido y militante en línea muy conservadora, miembro destacado de Alianza Popular, antiguo alcalde y ex-diputado provincial, no era natural de la zona pero su matrimonio le emparentó con uno de los clanes comerciales de Aínsa. Fue el gran artífice del Instituto, presidente del Patronato desde su fundación y solucionador de sus problemas burocráticos debido a sus influencias en las altas esferas de la Administración, tanto con el Gobernador Civil como con miembros del Ministerio de Educación. Gracias a ellas logró superar los escollos que la Inspección de Huesca ponía en el camino del centro privado que él presidía. De este modo, se convirtió en el dueño y señor del Instituto y pobre del que se le pusiera por delante incluso dentro del mismo Patronato.

El profesorado del colegio se rindió sumiso ante este poder y nadie se atrevió jamás a llevarle la contraria. Infundía temor, y en todo caso al máximo grado de oposición al que se llegaba era al de permanecer en silencio en su presencia. Y si alguno se atrevía, como Javier en ocasiones, a no mantener su misma opinión o a proponer algo que no fuera del agrado del jefe, éste zanjaba rápidamente la cuestión cortando en seco. Era la seguridad en persona. Dejaba que los profesores acudieran a su casa para hablar personalmente con él, mostrándose entonces generosamente paternalista. En otros casos, como ocurrió a causa de la participación de alguno en la Asociación, le repasaba la cartilla al subordinado abroncándole. Era, pues, el mando supremo y no necesitaba venir apenas por el Instituto para controlarlo absolutamente. Bastaba muchas veces un simple toque de teléfono.

Mis relaciones con él durante el primer curso fueron de desacuerdo amistoso. Le preocupaba, al parecer, el ambiente de libertad que yo había promovido respecto a las prácticas sacramentales de los alumnos. Le obsesionaba el número de comuniones y confesiones, y deseaba que organizara grupos de espiritualidad en los que interviniera su hijo. Esto último indica que el grado de desconfianza hacia mí no era durante el primer curso lo que llegaría a ser en el segundo. Yo era religiosamente liberal para él; más tarde intervendría la cuestión política. Ni siquiera el incidente de mi actuación tras la muerte de Franco pareció acusarlo en esta primera época. Nuestros contactos se hicieron más frecuentes durante el verano debido a que los dos frecuentábamos la piscina de Lafortunada. Él me daba consejos pero dentro de una cordialidad. Tal vez me veía recuperable e inexperto debido a mi juventud. Con todo, su aprecio hacia mí era bastante menor que el que sentía por Garanto, cuya sustitución encajó muy mal. Pero mi categoría intelectual no parecía desagradarle al considerarme un interlocutor con el que se podía conversar.

La situación cambiaría radicalmente a finales del verano. Antes de ese momento, la obra de teatro que representamos en el cine de Aínsa debió escocerle y llevarle a pensar que podía resultarle un problema más serio del sospechado. La creación de la Asociación originó que desde entonces nuestras relaciones perdieran el pequeño grado de cordialidad existente entre ambos. Pero no se enfrentó directamente conmigo sino que utilizó intermediarios. Al constatar que el desencuentro empezaba a tener visos de gravedad, decidí ir a entrevistarme con él a su casa aprovechando alguna excusa que ahora no recuerdo. La conversación fue correcta pero nuestras posiciones no eran fácilmente conciliables. Se mantenía tajante respecto al PC. Yo defendía mi independencia. Él hacía de vez en cuando pinitos presentándose ante mí como un ardiente defensor de la promoción de la zona. Hablamos también acerca de cuestiones económicas del personal no docente del Instituto y le sugerí la idea de que presentara al claustro las cuentas claras del colegio, algo que, dicho sea a su favor, realizaría poco después. La reunión se saldó, digamos, con un pacto de no agresión, pero el equilibrio era claramente inestable y acabaría por derrumbarse.

Uno de los motivos que me impulsó a esta entrevista fue el hecho de que el Presidente del Patronato había ido poco antes a conversar con el obispo para manifestarle su preocupación con respecto al "cura comunista" que tenía en el colegio. El obispo, al parecer, se hizo el longuis y me comunicó el resultado de la entrevista pidiéndome prudencia y moderación en mis relaciones con él y en el Instituto. La impresión que le causó fue la de un católico muy conservador. También éste le manifestó su preocupación ante el hecho de la llegada de Aurelio ya que temía que fuera uno de mi misma cuerda. Este temor carecía de fundamento como luego se comprobó, lo cual no significa que Aurelio fuera de otra cuerda. En realidad mi nuevo compañero se mantuvo siempre a la expectativa y sin definirse claramente, ya que, según él, su condición de recién llegado le obligaba a ello.


DE VIAJE POR EUROPA


En el mes de agosto me surgió la posibilidad de darme un "garbeo" por Europa. Junto con mi hermana Pilar y dos amigos de Barbastro, Roberto y Mari, nos trasladamos en mi coche por las carreteras de Centroeuropa y recorrimos varios miles de kilómetros. Me tocó a mí hacer de chófer la mayor parte del tiempo, lo cual me supuso auténticas palizas. El primer día llegamos hasta Taizé temblándome las piernas de cansancio cuando por fin aparecimos por allí a las once de la noche. Al día siguiente participamos en alguna sesión y celebración en la gran carpa a modo de templo con los numerosísimos jóvenes que hasta el lugar se habían desplazado para compartir una espiritualidad y unas vivencias ecuménicas con aquellos monjes dirigidos por el protestante Hno. Roger, al que en 2005 acaban de asesinar en plena sesión de oración a sus 90 años. La verdad es que permanecimos muy poco tiempo para meternos de lleno y aquella misma tarde reanudamos el viaje hasta París.

La capital francesa nos deslumbró, como ya me había sucedido pocos años antes. Nos instalamos en el camping del Bois de Boulogne sobre un terreno durísimo en el que difícilmente penetraban las piquetas de nuestra tienda de campaña. Disfrutamos de París durante cuatro días y nos acercamos también a Versalles en donde coincidimos con algún seminarista de los tiempos de Barbastro. Desde la capital francesa nos desplazamos a Bruselas, Amsterdan, Múnich, Innsbruck (¡de nuevo allí!), Venecia, Milán y Mónaco. Días inolvidables y también agotadores. Casi todas las noches padecía la misma pesadilla: soñaba que la tienda de campaña era un coche y que lo iba conduciendo, pero, al no poder ver nada por estar la puerta cerrada, me incorporaba rápidamente con la intención de subir la cremallera y entonces me despertaba sobresaltado y sobresaltando a mis compañeros de acampada.

Lo peor sucedió en la aduana de La Junquera ya que los guardias nos inspeccionaron el vehículo de arriba abajo y descubrieron que portaba un casette Grundig que había comprado en Múnich y que no había declarado. Me impusieron una multa de 2.628 pts. Era el 1º de septiembre de 1976.


AURELIO


El curso, entre tanto, ya había comenzado. El primer trimestre respondió bastante a las ilusiones puestas en él. Se trabajó más en equipo. Adelaida no tenía muchas ideas pero estaba dispuesta a secundar las que surgieran. Se planificó el trimestre, se repartieron responsabilidades y se culminó con el Festival de Navidad celebrado con bastante brillantez y en un clima aceptable entre los profesores. Había caras nuevas y jóvenes, si bien no acabaron de dar el juego esperado. Con todo, el ambiente era bueno y los que no lo compartían decidieron mantenerse al margen y no crear excesivos problemas.

En ese momento apareció Aurelio. Había hablado con él en verano proponiéndole la idea de trabajar juntos. Él no estaba contento como capellán castrense y me dio carta blanca para que gestionase ante el obispo el asunto de su incorporación.

Aurelio y yo habíamos sido compañeros de curso en el Seminario, si bien nuestras relaciones no fueron nunca muy profundas. Éramos diferentes y no hicimos entonces demasiados esfuerzos por acercarnos. En Zaragoza me había ido distanciando del grupo de los de Barbastro por considerar que estaban demasiado cerrados en sí mismos; pero Zaragoza quedaba muy lejos y las circunstancias habían cambiado. Al reencontrarnos durante mi estancia en Laspaúles conectamos más, sobre todo a propósito de la revista y de los jóvenes que pululaban en torno a él.

Como he indicado antes, me encontraba en Aínsa bastante aislado del resto de los curas. Pero sentía la necesidad de un compañero con quien trabajar en equipo. Por otra parte, algunas clases del Instituto se me habían atragantado, en concreto las de Básica. Y vi en Aurelio el hombre coyuntural para ello, es decir, el único que en aquel momento podía cumplir este cometido debido a su especial situación. Aurelio se dejó querer y conseguí del obispo su nombramiento.

Puedo decir que me ilusionó sobre manera la posibilidad de trabajar en equipo. Se me hizo eterno el tiempo que él tardó en venir, ya que no se incorporó hasta noviembre. Le di mil vueltas a la cabeza imaginando planes que iban a ser posibles con su presencia. Uno de ellos consistía en la publicación de una hoja parroquial semanal. Pero, sobre todo, me entusiasmaba llegar a planificar juntos el trabajo, revisarlo, emprender nuevos caminos. Aurelio era para mí casi el "deseado", como Fernando VII. Demasiadas esperanzas.

Pronto me demostró que todos esos sueños no iban a ser posibles, al menos tal y como yo los había proyectado. Nuestros métodos de trabajo resultaban excesivamente diferentes y nuestras reuniones mutuas fueron distanciándose cada vez más pese a fijarnos un calendario. No trabajamos en equipo como curas, tampoco lo hicimos como profesores del Instituto y mucho menos quiso saber nada de la Asociación. Estaba a la expectativa. Se dedicaba a observar y evitaba conscientemente tomar parte en las actividades que yo llevaba entre manos, lo cual llegaba incluso a desconcertarme. A duras penas conseguía que colaborara algo en la hoja "Pueblo en Marcha", hasta que al final desistí. Parecía huir de lo que quedaba de mi grupo de jóvenes de Laspuña. Y en el Instituto nunca congenió con Javier y prefirió permanecer al margen de nosotros y casi de los profesores, dedicándose por entero a estar con los chavales. En esto último fue un maestro para mí. Yo, que en Laspaúles había pasado muchísimos ratos con los críos, al llegar a Aínsa me había dedicado más a aspectos estructurales. Aurelio me mostró la importancia de la convivencia con ellos. Como comentamos los dos en más de una ocasión, a mí los chavales me admiraban, a él, en cambio, le querían.

Daba la impresión de que se dedicaba a llenar los huecos que yo dejaba vacíos, en un trabajo callado, y que evitaba a toda costa entrar en mi terreno. A estas alturas creo que puedo comprenderle mejor que entonces: se encontró conmigo cuando yo estaba en la cima de actividad y me había convertido en un personaje polémico. Aquello le debió abrumar un poco y optó por marcar distancias para no sentirse aplastado. Por otra parte, tuvo más relación con el resto de los curas, aunque también me ayudó a captar aspectos de ellos que a mí se me habían escapado. Tenía un sentido crítico bastante agudo.

Éstos recibieron con reticencias nuestro deseo de trabajar juntos en el Instituto. Siempre pensaron que no llegaríamos a entendernos. Y no sólo lo pensaban los curas de la zona. Su actitud se exteriorizó al negarse a cambiar la distribución pastoral de los pueblos pese a que a todas luces era irracional. Su postura era tajante: si nosotros habíamos querido estar juntos teníamos que aguantar todas las cargas coyunturales que ello suponía. Todo un estímulo, como puede apreciarse, a la formación de equipos sacerdotales.

No he dicho nada todavía acerca de la postura de mis colegas sacerdotes respecto a la Asociación pero es fácil deducirla. Mostraron su indiferencia más absoluta y no movieron un dedo para apoyarme cuando fui duramente atacado. Yo me había guisado lo de la Asociación y yo debía comérmela. Además, el comunismo es malo, sentenciaban con rotundidad y sin más matices. Y huían de todo lo que oliera a ella, se tratara de reuniones de maestros que organizamos en alguno de su pueblos, o de cualquier otra cosa. Sin embargo, también hay que aclarar que no todos ellos secundaron esta postura.


"PUEBLO EN MARCHA"


Acabo de citar esta hoja parroquial y conviene decir algo sobre una experiencia que me resultó especialmente gratificante. No sólo a mí sino también a Javier Martí que desde el principio y hasta el final colaboró especialmente haciéndose cargo de los dibujos que ilustraban la misma.

Empezamos a publicarla en noviembre de 1976 y la difundíamos por todos los pueblos a los que yo acudía para celebrar misa. Constaba de una sección fija en la primera página consistente en comentar la fiesta litúrgica de ese domingo. Le añadíamos un editorial que a lo largo de sus 33 números versó sobre las más diversas cuestiones: la Biblia, la situación de la mujer, la tolerancia, la Navidad, la paz, nuestra Iglesia, la fe de los pueblos, la unidad de los cristianos, el amor a los enemigos, el sueldo de los curas (que entonces experimentó un aumento que lo elevó a 15.400 pts.), el hambre, la cuaresma, el Concordato, la solidaridad campesina (en apoyo de las manifestaciones de tractores), la Iglesia en Aragón, curas para un mundo nuevo, el arrepentimiento, Cáritas, la muerte, Taizé, musulmanes y cristianos juntos, verdad y justicia, educación, día del mundo rural, la estabilidad del matrimonio, elecciones, más fuertes que el dolor, la libertad, etc. También publiqué por capítulos una pequeña historia de la Iglesia y la vida de S. Úrbez. Incluíamos noticias, poesías, encuestas y selecciones de documentos que nos parecían dignos de interés. Pero tal vez la sección de más éxito la constituyó la titulada "Nuestros Pueblos" en la que fuimos ofreciendo pequeñas reseñas de cada uno de ellos, reseñas que nos solían aportar por lo general los alumnos del Colegio.

En el último número, antes de las vacaciones de verano, escribí que PM "ha querido ser fundamentalmente una hoja religiosa. No una hoja beata, desvinculada de la realidad, sino un papel que nos ayudara a reflexionar sobre la importancia de nuestra fe en el momento en que vivimos. Nuestra función como cura es ésta. Estamos pasando (o tenemos que pasar) de una fe tradicional, folclórica a veces o incluso hipócrita en ocasiones, a una fe aceptada por convencimiento personal, vivida juntamente con otros (por eso nos reunimos en la iglesia) y práctica a la hora de hacernos cambiar muchas actitudes no cristianas que llevamos arrastrando. Una fe que nos haga vivir de modo distinto, que ponga a Dios en el centro de nuestra vida y que nos haga más solidarios de los demás. Una fe, en definitiva, que sea amor y no sólo costumbre, que sea comunidad y no individualismo, que se traduzca en obras de ayuda al prójimo y no sólo en rezos de carretilla".


MÁS PUEBLOS


Aquel invierno cayó enfermo el P. Bielsa, cura de Escalona, y el obispo nos nombró a Aurelio y a mí encargados nada menos que de 16 pueblos y alguna que otra aldea, además del Instituto de Aínsa. Por cierto, en viajar de un extremo a otro tardábamos hora y media en coche: desde Latorrecilla hasta Fanlo. Añadimos entonces a los 6 a nuestro cargo los siguientes pueblos: Escalona, Muro Bellos, Puyarruego, Belsierre, Puértolas, Bestué, Buerba (con su bonita plaza presidida en su centro por un olmo y en el que sobresalen las airosas chimeneas de sus casas), Vió (con su mencionada iglesia románica), Nerín (con su caserío típico muy arracimado en lo alto y su iglesia románica del siglo XII) y Fanlo. Este último, en donde nació mi abuelo paterno, superaba a todos los demás con sus 1.342 metros de altitud; le daban empaque edificios de gran volumen destacando Casa Ruba y Casa del Señor; su iglesia gótica, la Colegiata de los Reyes Magos, era la más importante de la zona y estuvo dotada de retablos, tapices, ornamentos, cuadros y un órgano del siglo XVIII.

El P. Bielsa había organizado un sistema de comunicaciones mediante una emisora a través de la que transmitía a unas horas determinadas, tres veces al día. De este modo podía recibir directamente informaciones de los diversos pueblos, especialmente útiles en caso de enfermedad de alguno de los vecinos. Hay que tener en cuenta que la zona que se nos encomendó durante todo un invierno estaba bastante mal comunicada por medio de pistas de tierra que discurrían por el Cañón de Añisclo sin ningún tipo de protección o por el valle de Escuaín. A cada curva te jugabas encontrarte con algún camión de los madereros o con cualquier vehículo privado a más velocidad de la prudente. No era seguro conducir por allí pero, en cambio, el paisaje era maravilloso.

En pueblos como Nerín el agua la tomaban de la fuente de la plaza, mientras que en Buerba y Vió la iban a buscar a media hora de camino. La luz la obtenían mediante motores de gas-oil que consumían a razón de siete pesetas y media a la hora. Fueron pueblos, éstos y los de la zona de Escuaín, muy castigados durante la Guerra y que habían sido testigos de la penosa retirada de los republicanos y de la Bolsa de Bielsa. El que mejor situado se encontraba era Escalona, al pie de la carretera general, por lo cual recibía mucha vida del turismo, sobre todo en verano: bastantes casas se reciclaron como fondas o arrendaban habitaciones para los turistas. Una de las atracciones era la fuente medicinal que se encontraba a la entrada del Cañón, conocida como "Fuente de los Suspiros", muy adecuada para los que padecen dificultades urinarias. Este pueblo llevaba fama de buena carne y excelentes chiretas (por eso la llamaban "La costa de la chireta"), que se hacen de tripa de cordero o de oveja, bien lavada, escaldada y cortada a trozos pequeños y largos que se rellenan con arroz apañado con sal, perejil, ajo, cebolla, jamón, tocino, pulmón, corazón, entrevivo, degollador, todo ello bien menudo, tras lo cual se cose la tripa y luego se cuecen.

Los pueblos de Valle Vió acudían 4 veces al año en romería a la ermita de San Úrbez en la Cueva del Sastral, en la confluencia de los ríos Bellos y Aso (el primero de mayo, el martes de Pentecostés, el 14 de septiembre y el 15 de diciembre, festividad del santo). Los curas participábamos en las mismas celebrando misa al aire libre y compartiendo con la gente la posterior comida. El momento culminante lo constituía la proclamación de los "Gozos" del santo que, tras relatar su vida y milagros, acaban con esta petición: "En cualquier tribulación / que hace al hombre desgraciado / sírvanos Úrbez amado / ante Dios tu protección". Nos contaban que antes acudían allí de rogativa cuando no llovía: iban tres veces y, si seguía sin llover, venían entonces dos hombres descalzos desde Albella a pedir agua al santo siguiendo el consejo que éste dio al despedirse de ese pueblo: "Si vuestra tierra se hace infecunda y estéril por falta de agua, procurad limpiar vuestras almas de toda culpa y dirigíos en romería a la cueva de Sastral. Debéis ir allí a pies descalzos, con hábito pobre y penitente y sin distraer vuestra piedad y devoción". Una vez obtenida la gracia del agua acudían de todos los pueblos a "levantar la novena".


LAS FIESTAS DE LOS PUEBLOS


En verano proliferaban las fiestas en los pueblos, especialmente en el espacio de tiempo comprendido entre el día de Santiago (25 de julio) y la fiesta de la Asunción (15 de agosto). Como cura mi papel consistía en celebrar la misa y luego presidir el banquete en la casa en que me invitaban. Esto último fue lo que me ocasionó algunos problemas. Acudí a uno de ellos casi en ayunas y luego resultó que no llegaba nunca la hora del ágape. Me situaron junto a otros invitados en el comedor, frente a una mesa llena de alimentos que iban siendo devorados por un asqueroso enjambre de moscas. Serían las cuatro y media de la tarde cuando por fin nos sentamos a la mesa y entonces empezó el acoso: todos miraban al cura y me animaban a comer. Debido al hambre que arrastraba me lancé con deleite a saborear ampliamente el primer plato quedándome casi saciado. Inmenso error. Al primero le siguió un segundo y luego un tercero y luego un cuarto y más y más, que parecía que no acaban nunca de sacar nuevas viandas. Comenzaban por servir al cura y ya no sabía qué hacer para darles a entender que no podía más y que no se lo tomaran a mal. Normalmente acababa esta quincena con el estómago destrozado.

En las fiestas, por otra parte, el papel del cura desbordaba su tarea como celebrante en la iglesia. Muchas veces me tocó organizar y dirigir los juegos de los críos y en una ocasión en Guaso descubrí al final horrorizado que había llevado la bragueta abierta durante todo el espectáculo. Al final unas risueñas mujeres vinieron a comentarme: "¡Cuánto nos ha hecho reir usted!". Nunca supe si había sido por mi actuación o por lo otro.

En Laspuña la fiesta mayor se retrasaba hasta San Mateo, el 21 de septiembre. Ese día me tocaba presidir la eucaristía a las doce del mediodía en honor al Patrono. Al día siguiente, a la una, celebraba la llamada "Misa de la juventud", con ofrenda de frutos incluida. El tercero, a las diez de la mañana, la misa era en sufragio de todos los difuntos de la parroquia. Todo ello aparecía anunciado en el Programa de Fiestas bajo el epígrafe "actos religiosos". Pero también me tocaba animar las competiciones infantiles que tenían lugar en la plaza de la iglesia el día 22. Otros actos de la Fiesta consistían en campeonatos de guiñote, partido de fútbol, sesiones de baile, pasacalles, tiro de cuerda entre casados y solteros, carrera de cintas, etc., acabando con la ineludible traca final a las dos de la madrugada.

Un santo al que profesaban gran devoción en muchos pueblos era San Sebastián, el 20 de enero. En Laspuña se convertía en la fiesta de los casados. Con tal motivo éstos llevaban la iniciativa organizando una suculenta cena sólo para ellos (ni a mí como cura me invitaban) precedida de una procesión "laica" en la que solían llevar a uno de su más divertidos vecinos en una peana por todo el pueblo como si fuera un santo. También era costumbre celebrar Santa Águeda como fiesta de las mujeres. Ese día convenía no acudir por el pueblo porque te exponías a que algunas descontroladas te asaltaran e incluso te bajaran los pantalones. Así que me quedaba prudentemente en el instituto de Aínsa.

Entre las manifestaciones religiosas destacaba también la romería que efectuábamos a la ermita de la Fuensanta situada cerca de San Lorién. Esta ermita, construida en el siglo XVII, es de nave rectangular cubierta con bóveda de medio cañón y puerta en arco de medio punto con un balcón en su fachada que da al coro. A su derecha está una famosa fuente de tres chorros. Allí se ha acudido siempre para solicitar agua a San Victorián en tiempos de sequía. Según era costumbre, cuenta Antonio Solanilla en la Revista del Centro de Estudios de Sobrarbe, nº 7, "en esas peticiones de agua se conducía el arca de plata que contenía los restos del santo desde el Monasterio de San Victorián hasta la Fuensanta, donde era sumergida en una balsa. Esta ceremonia fue prohibida en 1619 por ser considerada poco reverente". A la izquierda de la ermita se encuentra la casa del ermitaño en mal estado. Caminábamos hasta el lugar, celebrábamos misa y comíamos todos juntos pasando un día muy agradable y divertido. Al regreso muchas personas aprovechaban para ir recogiendo matas de saludables hierbas con las que se preparaban infusiones.

El baile típico que más caracterizaba a esta zona era "O Cascabillo". Lo promocionaban los componentes del grupo "Viello Sobrarbe" con una introducción que leían antes de iniciarlo en la que, entre otras cosas, afirmaban que se trataba de "una danza de Buerba, bailada hasta hace unos años con motivo de las Fiestas Mayores. Es de carácter colectivo y todo el pueblo la bailaba con el Alcalde a la cabeza. Se acompañaba de gaita o acordeón. A la salida de misa el día de la Fiesta se formaba una larga hilera encabezada por el Alcalde y éste comenzaba a bailar seguido de todo el pueblo e incluso de los forasteros. Se formaba un corro alrededor de un fresno, círculo que no se deshacía hasta el final de la danza. Tenía 3 partes claramente definidas: primero un círculo bailando a gran velocidad con dos tipos de pasos; a continuación de uno en uno todos los danzantes pretendían entrar al centro del corro, pero eran expulsados de allí puesto que ese lugar estaba reservado al Alcalde que es el último que entraba y cuando lo hacía era levantado en hombros gritándose un '¡viva!'; al final se deshacía el corro".


No quiero terminar este apartado sin mencionar la Semana Santa con sus procesiones. Destacaba especialmente la del Viernes con sus banderas, pendones y pasos. Los jóvenes eran los encargados de hacer de porteadores y constituía para ellos un gran honor demostrar su fuerza y virilidad cargando con lo que fuera. En una ocasión, en que llovía a mares, me acerqué a la puerta de la iglesia a la hora en que debía salir el cortejo convencido de que había que suspenderlo y allí me encontré a un concurrido grupo de jóvenes, precisamente de los que no solían frecuentar el templo, con sus ojos fijos en las nubes intentando autoconvencerse de que iba a escampar y podrían salir con las imágenes por las calles del pueblo. Su desilusión fue tremenda al no poder satisfacer sus aspiraciones.


CURA PARA TODO


Las ocupaciones de un cura en una parroquia rural solían ser de lo más variopintas. La principal era, lógicamente, mi labor directamente pastoral, pero junto a ella tenía que desempeñar otras tareas más o menos relacionadas con el cargo. Ya he comentado mis intervenciones en las fiestas: lo mismo celebrabas misa que organizabas las actividades de los chavales.

Una de las tareas de despacho más habituales era la de rehacer partidas de bautismo. A causa de la guerra se habían quemado en esta zona abundantes libros de registro sacramentales y era frecuente que te solicitaran una partida inscrita en alguno de los desaparecidos. Por ello era necesario que el solicitante acudiera al despacho con dos testigos, personas mayores que él, que dieran testimonio de que efectivamente había recibido el bautismo. También solía ocurrir que me pidieran ayuda para tramitar papeles de jubilación.

Otra de las actividades más corrientes era la de llevar la comunión a los enfermos. Me solía acompañar Modesto cuando esto tenía lugar en Laspuña. Al entrar en el patio de la casa del enfermo empezaba a pegar grandes gritos para avisar a sus moradores que el cura llegaba para realizar esta función. Algún caso se presentó bastante problemático debido a las condiciones del encamado e incluso tuve que solucionar sobre la marcha determinada situación más bien surrealista.

En el mes de marzo había costumbre de que los curas nos solicitáramos unos a otros nuestros servicios para pronunciar charlas cuaresmales. Guardo una que di en Lafortunada ante una abundante concurrencia y en la que diserté sobre "La Iglesia del futuro". A ella acudió, naturalmente, el presidente del Patronato con su mujer.

Capítulo especial merecen las bodas. Mi antiguo compañero del Seminario, Toné Cazcarra, que era natural de Laspuña, me encargó celebrar la suya. También tuve que preparar chavales para recibir el sacramento de la Confirmación. Por cierto que el día de su administración se murió la madre del obispo y la Guardia Civil me estuvo telefoneando a Laspuña porque no había manera de conectar con el prelado para comunicarle la noticia. Lo que había ocurrido era que éste, en su viaje a mi pueblo, se había detenido a rezar en un paraje solitario haciendo un alto en el camino y por ello no conseguían localizarlo. Por fin miembros del cuerpo se apostaron en las diversas entradas de Aínsa hasta que lo detectaron y le informaron de la mala nueva. Yo temía que hubiera que suspender las confirmaciones pero el obispo se presentó en Laspuña y decidió celebrarlas, aunque se emocionó en el memento de difuntos. Luego nos acercamos al bar para que tomara algo y tuvimos que aguantar algún reniego bastante inoportuno.

Finalmente, cuando llegó el primer aniversario de la muerte de Franco se me presentó el mismo alcalde del pueblo para pedirme por favor que celebrara una misa por el Caudillo ya que la Guardia Civil le había presionado para ello. Aunque parezca increíble, en aquellos tiempos ocurrían estas cosas. Para no poner en aprietos al alcalde accedí a su petición pero no quise predicar pues ya me parecía demasiado.