CAPÍTULO 2º:
EUROPA EN ALEMÁN
VERANO DEL 69
Una vez concluidos mis estudios en el Seminario de Zaragoza me sumergí en el tórrido estío barbastrense y regresé a casa con la expectativa puesta en la nueva etapa que iba a comenzar al final del mismo. Por eso aquellos meses veraniegos se convirtieron inevitablemente en un tiempo de transición.
Tras contemplar a las tantas de la madrugada la llegada de Neil Amstrong a la Luna en aquellos televisores en blanco y negro, hecho histórico que, aunque parezca mentira, todavía hoy es puesto en duda por algunos que siguen ejerciendo en plan absoluto la estrategia de la sospecha, no repetimos en Oviedo (en la elegante y refrescante "Vetusta" descrita por Clarín) la experiencia del Cursillo de Catequesis, puesto que ya habíamos cumplido los dos veranos obligatorios, pero me quedaba por hacer una especie de trabajo final desarrollando un conjunto de catequesis que debía presentar para obtener el título. Dediqué bastante tiempo a esta tarea pero no sé si llegué a enviarlas puesto que no tengo conciencia de disponer del diploma acreditativo, si bien es verdad que poco caso les he hecho yo en mi vida a los certificados que exponen mis supuestos méritos, los cuales duermen en algún cajón sin alcanzar el honor de exhibirse enmarcados en la pared, como sucede en la consulta de mi dentista. Lo importante fue que adquirí soltura en esto de las catequesis y esta destreza pedagógica me ha servido bastante en mi tarea pastoral.
Supongo que seguí practicando el auto-stop. En aquel entonces aún provocábamos la confianza de los automovilistas y nos acogían generosamente en sus vehículos. Eran buenos tiempos para esta práctica, muy diferentes de lo que vino después a causa de los abusos y de la desconfianza hacia los extraños hasta el punto de que hoy en día es una práctica casi desaparecida. En una ocasión llegaron incluso a preguntarme cuánto pesaba ya que el coche iba bastante cargado y cuando se los dije no debió parecerles excesivo porque me dejaron subir. Procurábamos hacerle el viaje lo más agradable posible a quien nos había recogido: si era muy hablador le seguíamos la conversación, pero si permanecía silencioso o nos respondía con monosílabos preferíamos no molestarle con nuestras cuitas. En cualquier caso, nos mostrábamos agradecidos ya que nos había sacado de una difícil encrucijada.
MI CASA DEL COSO
Mis días veraniegos transcurrían sin mayores alicientes en mi casa de siempre, en la que había nacido un frío domingo al alba cuando desde la calle llegaban los rezos del Rosario de la Aurora. Estaba situada en el número 43 de la céntrica calle del Coso, por aquel entonces con rótulo de "Paseo del Generalísimo", aunque nadie la mencionaba por ese nombre en aquellos años del franquismo en el poder. No recuerdo muy bien si en aquel entonces mantenía dicha numeración ya que sucesivamente tuvimos el 41 e incluso el 39, maravillándome de cómo al parecer se iba acortando aquella calle sin que ninguna casa, que yo supiese, desapareciera. Vivíamos en el segundo piso de aquel enorme caserón comunicados directamente y sin salir a la calle con la vivienda de mis tíos Cándido y Elisa, instalados en el número anterior en la elegante Casa Baselga coronada en lo alto de su fachada por una galería con columnas y un alero tallado, seguramente el segundo en importancia de la ciudad tras el de la Casa de los Argensola.
El patio de nuestra casa era estrecho, sin pretensiones, con una puerta que cada noche tenía que bajar a cerrarla ya que mi padre quedó muy escamado del gremio de serenos durante la Guerra del 36 y no quería confiar a nadie la llave. Yo descendía a grandes saltos por aquella escalera amplísima que ocupaba prácticamente el espacio que correspondería a una vivienda. En el primer piso se hallaban las oficinas de la Campsa y el piso donde vivía el director de la misma con su familia, que disponía de unos pasillos amplísimos en donde siempre pensé que podía caber un vehículo grande, casi un camión, y que tenía acceso a un amplio patio o "deslunado" interior con salida al callejón de los "Artetes" a través de un enorme y destartalado portalón. Compartíamos el rellano de la segunda planta con la vivienda de los padres de un antiguo compañero mío de Fornillos, fallecido en lamentable accidente cuando trabajaba con el tractor.
Nuestro piso era muy grande, con unas 13 habitaciones, varias de ellas interiores, dos escalones en su parte central y unos 180 metros cuadrados, y eso que en tiempos fue dividido en dos ya que ocupaba toda la segunda planta. Se trataba, por tanto, de una vivienda con un diseño antiguo que respondió en su tiempo (finales del XIX y primer tercio del XX) a las necesidades de mis abuelos y bisabuelos, y eso que ellos en su tiempo vivieron en el primer piso, que era el más noble, el principal, según su concepción. Mi madre, muy aficionada a las obras, en contraste con la aversión que les tenía mi padre, nos sorprendía periódicamente con planes de remodelación y los tabiques iban y venían, razón por la cual yo acabé cambiando de dormitorio numerosas veces. De crío tenía incluso miedo de ir solo hasta él dada la distancia entre el comedor y mi cama. Entonces habitábamos aquel macropiso suficientes personas como para que alguna se compadeciera de mis traumas infantiles: mis padres, mis tres hermanas y hasta la "criada", la buena de María, natural del cercano pueblo de Lascellas. En el verano del 69 habíamos quedado reducidos a tan sólo tres: mis padres y yo, más los arrullos de la cardelina, si es que todavía quedaba alguna.
El espacio principal era el cuarto de estar, unas veces en la parte "de delante" de la casa, es decir, mirando al norte y con balcón al Coso desde el que se avistaba la gran Catedral y se contemplaba a la gente que caminaba por el paseo, así como los reducidos vehículos que transitaban por la calle y cuyo número fue aumentando al cabo de los años obligando a pensar en la necesidad de construir una "variante"; aquellos balcones eran igualmente un lugar privilegiado para disfrutar de los desfiles, carrozas, procesiones y cuantos eventos extraordinarios sucedían ante nuestra casa, como la salida de la gente de los toros el día grande de la fiesta de septiembre. Pero, como la parte "de atrás" era la soleada, lo más frecuente en los cambios era que el cuarto de estar se ubicara en ella, lo cual tenía la ventaja añadida de situarse al lado de la cocina, quedando la habitación del norte como el "comedor" que se utilizaba en las grandes ocasiones festivas cuando el número de comensales superaba a los seis de costumbre. En el cuarto de estar se hacía todo. No había televisor, que no adquirimos hasta mediados los años sesenta, pero sobre una estantería se apoyaba un enorme aparato de radio, de esos antiguos, que se encendía sobre todo para escuchar el "parte" (las noticias suministradas por el poder franquista), las radionovelas, radio-gaceta de los deportes, el disco solicitado y las zarzuelas que daban por la noche y que mis hermanas dominaban a la perfección, repitiendo sus frases más famosas de vez en cuando; también sintonizábamos Radio Andorra ("Aquí Radio Andorra, la emisora del principado de Andorra") y a principios de los 70 me acostumbré, como mi tío Cándido, a Radio París ("Ici Paris...") a las once de la noche para conocer la contrainformación democrática que nos venía de Europa; en cambio, la "Pirenaica" apenas tenía audiencia entre nosotros. Aquel aparato de radio, con su voltímetro exterior, se estropeaba de tanto en tanto y yo adquirí la habilidad de meterle mano por detrás para tocar alguna bombilla o válvula que se había flojeado, con lo que conseguía que volviera a "chutar" ganándome la admiración de la concurrencia. Estos "pinitos" no fueron, sin embargo, el comienzo de una prometedora carrera como técnico de electrodomésticos ya que no he seguido avanzando y actualmente no voy más allá de saber cambiar una simple bombilla.
En aquel cuarto de estar, además de las comidas y las cenas (nunca fuimos gente de comer en la cocina, la cual, por otra parte, tampoco tenía unas dimensiones adecuadas para ello, siendo utilizada para tal menester únicamente en el desayuno), sentados en torno a la mesa camilla con sus faldetas que ocultaban el brasero que nos calentaba en invierno alimentado con herraj que removíamos con una badileta, jugábamos con frecuencia a las cartas en familia (arrastrao, seise, guiñote, etc.) arriesgando algunos céntimos, o bien con la incorporación de amigas de mi madre, como Filo Sahún o María Esteban, introduciendo otros juegos más "avanzados" como la canasta, el pinacle, etc. Mis padres y mis tíos Cándido y Elisa se reunían con frecuencia, tanto en una casa como en otra, y se pasaban muchas tardes jugando a parejas, acompañados en ocasiones por el cura de Cregenzán, D. Juan Villalba. De niño aprendí a jugar a base de pegarme muchos ratos observándoles. Pero en aquella habitación también se leía, se planchaba, se triaban las lentejas separando las piedrecitas que contenían o las cucadas mientras se rezaba el rosario y se daba vuelta por lo que estaba "al fuego"; incluso llegué con los amigos a montar una especie de tablero de ping-pong gracias a los añadidos que se incorporaban a la mesa para hacerla más capaz de acoger comensales cuando era menester.
De las paredes colgaban diversos cuadros, algunos pintados por mi hermana Isabel-Jesús que ya entonces era la artista de la familia y hacía sus progresos en la acuarela, otro de ellos el tradicional vasco que representaba un hogar en la cocina, y la jaula del periquito. Éste llegó por regalo de Paulino, el padre de los hermanos Abarca. En su casa lo habían acostumbrado a salir de la jaula y jugar al escondite por la habitación y a pronunciar algunas palabras. En la nuestra repitió estos hábitos y se te colgaba del hombro haciéndote arrullos en la oreja. Lástima que en una ocasión acabó sumergido en una sopera y desde entonces se volvió más torpe, tocado del ala. Su final fue dramático: lo llevaba en su hombro nuestra amiga Vicenta cuando ésta, reclamada desde la cocina, se levantó de repente, cayó el pájaro al suelo y fue aplastado inconscientemente por su porteadora. Mi hermana Pilar lloró amargamente cuando organicé con ella un digno entierro en el deslunado utilizando para ello una caja fúnebre ad hoc.
Hablando de animales, tuvimos un corral en el que abundaban las gallinas e incluso los patos, y en los años cuarenta hasta las ocas que aterrorizaban a mis hermanas con sus agresivos picotazos. Se calentaba en la cocina la "pastura" para darles de comer y mis ojos de crío contemplaron el nacimiento de muchos polluelos a los que en los primeros días se mantenía calientes en cajas gracias a las bombillas que lucían sin descanso sobre ellos. Su característico olor impregnaba el ambiente. Lo mejor eran los huevos que nuestra pequeña granja nos suministraba. Cuando la evolución de las cosas trajo como consecuencia el abandono de estas instalaciones el mayor lamento era la diferencia que íbamos a encontrar en el sabor de los que compráramos. Y así fue, pero a todo se acostumbra uno. El momento más terrorífico era el de matar al animal, agarrándolo por cabeza y pico con una mano y dándole con la otra un corte profundo en la parte posterior de su cuello hasta desangrarlo. Luego había que pelarlo durante un buen rato para ser trasladado después a la cazuela. Más dramático era el final de la vida de algún pavo que nos regalaban para Navidad: se le ahorcaba colgado desde la "galería" situada en la parte posterior de la cocina mientras el animal profería unos gritos y estertores que movían a compasión.
En la planta calle había una tienda con motos y bicicletas colgadas del techo y en el otro local se instaló durante unos años la Oficina Municipal de Turismo pero en plan triste, nada que ver con el colorido de las actuales, en la que no recuerdo haber visto entrar nunca a ningún turista aunque seguro que lo hicieron. La tercera y última planta de la casa era la "falsa", el desván, un espacio amplísimo, diáfano, de unos 300 metros cuadrados. Sobre ella el tejado, enorme lógicamente, que filtraba numerosas goteras que obligaban a situar justo debajo de ellas numerosos cachivaches para recoger el agua de la lluvia, así como extender abundantes plásticos. A mi padre le provocaba auténtico insomnio esta situación, tanto cuando se desencadenaba una tormenta como cuando se disparaban cohetes en las fiestas ya que sus palos al caer sobre el mismo podían originar desplazamientos de tejas y, por consiguiente, nuevas goteras que añadir a la lista. La falsa era el reino de las numerosas palomas que iban y venían desde la vecina Catedral hasta nuestra casa ya que en muchas ventanas faltaban los cristales. Incluía dos huecos: uno que servía de fuente de luz al piso de al lado y otro que abrimos más tarde y que iluminaba el interior del nuestro sobre la antigua habitación de la criada que había sido sustituida por el acceso a la casa de nuestros tíos a través de unos locales (a los que mi tía llamaba el "puente internacional") que me recordaban una especie de vivienda prehistórica ya que contenían huecos en donde colocar el trigo y aperos agrícolas apoyados en unas paredes desnudas y como de cueva. La falsa también estaba llena de objetos abandonados, inservibles, pero que a mí me parecían cargados de misterio, además de polvo, y que eran la prueba de la evolución técnica y ornamental que iba experimentando nuestra vivienda a lo largo de los años.
Y es que yo fui testigo del paso de la cocina "económica", que tiraba a base de leña, a la de butano; de frotar a mano en el lavadero de la parte de atrás con jabones "Lagarto" a la lavadora de marca "Otsein" con rodillo exterior para escurrir la ropa; de la nevera alimentada con bloques de hielo traído de Casa Angelín a la eléctrica, al frigorífico; del teléfono número 146 llamando a la operadora para que te pusiera con el 283 (los Abarca) o el 358 (mis tíos) al automático; del gran aparato de radio al pequeño transistor y luego al televisor. Precisamente cuando llegó este último estuvo precedido de la invasión de antenas por los tejados de todo el Coso, las cuales las veíamos desde la atalaya de nuestros balcones acercarse a nuestra casa hasta que también se instalaron en ella. Estos avances técnicos seguramente fueron coincidiendo con la progresiva venta de nuestras "posesiones" (dembas, jardín, pequeña huerta en la carretera de Salas...) reduciendo cada vez más el patrimonio familiar que en tiempos de mis abuelos llegaba hasta el final del Coso y se extendía más allá de él. El caso es que mi familia desde tiempos inmemoriales no era del gremio de los mercaderes sino más bien del de los hidalgos; mi padre contribuyó mucho a la urbanización de Barbastro pero no ganó ni un duro con ello, en unos tiempos en que, por no llegar la población a los 10.000 habitantes, los alcaldes no tenían sueldo; mi abuelo prefería estar con los otros "señores" del pueblo en el Casino La Peña que dedicarse a administrar sus bienes y sacarles rendimiento; y mi madre, más hábil para administrar y manejar las reducidas cuentas, tampoco cobraba por ello ya que en aquella época tuvo que limitarse a ser la mujer del alcalde y participar en las Conferencias de S. Vicente de Paúl, sin ejercer profesión alguna remunerada lo que hubiera sido inconcebible y poco "digno".
En 1969 ya no disponíamos del jardín en el que transcurrieron mis juegos infantiles, solo o acompañado de los amigos. Lo de "solo" lo digo porque, al no disponer de hermanos varones y llevándome unos años con mis restantes hermanas, me las tenía que ingeniar en solitario para inventarme toda clase de juegos, carreras con ciclistas de plástico cuya velocidad la marcaba el número del dado que lanzaba, una competición de Liga a base de botones o de frontón en una pared de la galería atravesada por una cañería de plomo que al ser golpeada desviaba la pelota provocando falta o gol a causa de la dificultad de responderla.
El jardín era bastante amplio y, aunque le llamábamos con ese nombre, en realidad se trataba de un amplio huerto en donde se cultivaban patatas, tomates, judías verdes y otros productos y que estaba plagado de árboles frutales: los dos cerezos, que eran mis preferidos, albaricoqueros con sus temibles cortezas que arañaban tus piernas y brazos, ciruelos, etc. A la entrada del mismo una enorme mata de jazmín perfumaba el aire y alegraba el ambiente con sus florecillas blancas. De niño tardé en descubrir la diferencia entre las palabras jardín y jazmín y pasados los años siempre, como primera reacción, he tendido a buscar la mata de este último en cualquier jardín en que me encontraba.

En medio estaba la "piscina", un depósito de agua para regar que te llegaba a la altura del vientre, con constantes escapes de agua por sus paredes a los que acudían ávidas las peligrosas avispas, ésas que cuando te picaban debías hacer barro y aplicártelo o incluso mearte encima del picotazo. A este humilde depósito acudían algunos de mis amigos, como Josemari Añaños, y también era usada por mis hermanas las cuales, muy discretas, la ocultaban con mantas para evitar las miradas de los moradores de las casas vecinas. Con todo, no era ni comparable con la piscina, ésta sí, que disfrutaban en la vecina casa de Puig, visible desde el "palco" de nuestra casa, y que teníamos entendido que "cubría", digo esto porque nunca llegué a utilizarla. Debido a las reducidas dimensiones de nuestra peculiar "bañera" no aprendí a nadar hasta bien entrada la adolescencia cuando empecé a hacer mis pinitos en la piscina de casa Curto y más tarde en las badinas del río Vero en donde me atrevía a lanzarme de cabeza juntamente con mis amigos Paco Jiménez, Joaquín Villar , Emilio Lalana y compañía. Y es que de crío mi padres me acotaron severamente mis terrenos de juego fuera de la casa limitándolos al paseo del Coso, sin salir de la frontera marcada por las barandillas, y a los llamados "jardinetes" que entonces eran las ruinas del antiguo Seminario quemado y derruido durante los tiempos convulsos de los años 30, tras los litigios sobre su propiedad entre el Ayuntamiento y el Obispado. Sus piedras volaban sobre nuestras cabezas en las "guerretas" que nos montábamos y alguna impactó en la mía provocándome una verdadera "gusanera" tras salir de las manos de mi vecino Margalejo que vivía enfrente, en la subida a la Catedral. Viví de crío con las limitaciones de movimiento de los niños de familia "bien", de casa al colegio de los Escolapios y del colegio a casa, sin poder irme a bañar al río con mis amigos, a coger litones o a mangar fruta de los árboles: ya la tenía en mi propio huerto y eran otros los que nos la "sustraían" aprovechando las ramas cargadas de fruta que sobresalían y caían por encima de aquellos muros rematados con cristales de botella para impedir que nadie trepara por ellos. Pero llegó la adolescencia y gané libertad de movimientos, si bien el encierro anterior me sirvió, cual Robinson Crusoe, para agudizar mi ingenio y sacar gran partido a la situación inventándome todo tipo de posibilidades.
Desde la barandilla del jardín hacíamos representaciones de teatro guiñol para todos los chavales que desde sus vecinas galerías, cual sobrios palcos de teatro, nos observaban a distancia. Se trataba de los hermanos de Josemari Poza, al que en realidad en mi casa conocíamos por Josemari Portella, el apellido de su madre, y de los hermanos Bailo. Y en el deslunado organizábamos corridas de toros con paseíllo incluido, recibiendo los olés de la concurrencia balconera. Josemari venía muy a menudo por casa ya que en cuanto yo aparecía por el jardín y él me divisaba desde su vivienda nos hacíamos rápidamente señas para juntarnos a continuación; los juegos terminaban en cuanto oíamos que su madre le llamaba desde la ventana de su casa con grandes voces.
También los hermanos Abarca acudían con frecuencia y nos montábamos unas tremendas batallas de indios y "americanetes" en la tierra del jardín; ya de adolescentes, con catorce años, montamos un club ciclista, la "A. C. (Asociación Ciclista) Kas", adecentando adecuadamente uno de los cuartos que antes habían servido de gallineros. Para llegar a él era preciso llamar a la puerta de nuestro piso y recorrerlo entero, y mi familia empezó a estar un poco harta de tener que hacer constantemente de porteros. De ciclistas teníamos poco ya que fundamentalmente nos encerrábamos en aquella reducida habitación a jugar a las cartas. Pero levantamos incluso una infraestructura de cargos, con Toñín de presidente (jugaba con ventaja porque siempre tenía el voto incondicional de su hermano Nané) y yo de secretario. Por cierto que escribí, aunque sólo durante un mes del verano, un diario del club (que todavía conservo), y tras enviar una carta nada menos que a Bahamontes conseguimos que nos respondiera dedicándonos dos fotografías, una de ellas con su mujer Fermina, que exhibíamos con orgullo en las paredes de nuestro club. Nos inventamos incluso unos "rivales", que eran los de otro "club" formado por Marianito Esteban, Manolo Montaner, Luisito Lacau y compañía, contra quienes nunca llegamos a competir ni creo que ellos se enteraran de nuestra existencia asociativa. Pero siempre da juego eso de inventarte rivales o enemigos.
Los Abarca trajeron a mi casa una máquina de cine de juguete, distinta a las que solía ofrecer por aquel tiempo el elemental mercado juguetero español y barbastrense, que mediante un inteligente sistema organizaba el movimiento de los personajes que iban apareciendo por la pantalla. Permitía igualmente la proyección de fotos o imágenes. Aquella máquina se quedó aparcada en una de las innumerables habitaciones de nuestro piso y suscitó nuestro afán investigador hasta que conseguimos elaborar nuestras propias películas (ahora las hago con ordenador, pero ya no es lo mismo que cuando fuimos pioneros) pasando ratos y ratos en aquellos menesteres con la compañía entre otros de Emilio Lalana. Pasados los meses, mis padres, defensores de la legalidad de la propiedad privada, me obligaron a devolver el aparato a sus legítimos propietarios, aunque yo me hice el remolón todo lo que pude.
EXCURSIONES AL PIRINEO
Barbastro se nos quedó pronto pequeño y agotaba sus paseos con los amigos en cuatro o seis zancadas, mientras las tardes se desmayaban solas carentes de aventuras. Por esta razón, inicié con mi amigo Manolo G. Guatas una serie de excusiones "de bajo coste" en dirección a la montaña, salidas que prolongaríamos en años posteriores. Con nuestros macutos al hombro y una elemental tienda de campaña obtenida de no recuerdo dónde, ya que nunca he dispuesto de una en propiedad, nos dirigimos a visitar Jaca para disfrutar de su Festival Folclórico del Pirineo que estallaba en mil colores, sonidos y bailes. Entre el tropel de gentes que iban y venían coincidimos con José Manuel Pérez y Antonio Abarca, aunque previamente hicimos escala en Arguis para saludar al querido compañero José María Nasarre que trabajaba en aquel verano en la Residencia de Educación y Descanso junto al pantano. No dejamos aparcadas nuestras gayatas montañeras y ese mismo mes de agosto nos encaminamos los dos por los pueblos del Valle de Vió durmiendo en el puro suelo por el que merodeaban unas inquietas e inquietantes ratas en la preciosa iglesia de Vió, el templo románico más antiguo del Valle, con sus arquillos al modo lombardo y una pintura mural (el Pantocrátor) que fue trasladada dos años después al Museo Diocesano de Barbastro donde puede visitarse actualmente. Manolo me servía de guía artístico aplicando sus conocimientos adquiridos en la Universidad de Zaragoza.

En otra excursión ese mismo mes, y junto con Luis Manuel García (amigo Luis, que tan pronto te nos fuiste), nos atrevimos a subir al Monte Perdido utilizando como únicos "medios técnicos" un piolet que portaba Manolo y dos gayatas que llevábamos sus acompañantes, además del gorro negro con pompón rojo del primero y mi sombrero de paja. Especialmente indicadora de nuestra pobreza de medios era la rudimentaria manta que, como sucedáneo de anorak, me envolvía en la cima del pico, como revela una fotografía, mientras Luis Manuel renunciaba a las cumbres aguardándonos "estricallado" unos cien metros más abajo protegido por las rocas entre los sudores de la ascensión, que enjugaba con una humilde toalla, y los fríos de los neveros que nos rodeaban.
PREPARATIVOS
Septiembre estuvo repleto de los preparativos de mi viaje a Innsbruck para continuar mis estudios de teología y obtener la licenciatura. A final de curso me enteré de que Javier Calvo, sacerdote de Zaragoza que había cursado en tiempos sus estudios en aquella ciudad austríaca, estaba facilitando el envío a esas tierras de seminaristas de su Diócesis, entre ellos Teodoro Félix, compañero mío de curso. La idea me atrajo desde el principio. Con mis 22 años yo era aún joven para ordenarme de cura y, por otra parte, quería continuar estudiando. Javier Calvo me aceptó y a mis padres les pareció una buena idea. No recuerdo cuál fue la reacción en el Obispado de mi Diócesis, pero seguro que provocaría comentarios diversos ya que hasta entonces los seminaristas que habían salido para cursar estudios de licenciatura lo habían hecho siendo seleccionados y enviados por la misma Diócesis, la cual les apoyaba económicamente. Ni sé cómo lo planteé, pero lo tenía muy claro y me lancé a preparar la aventura. El Vicario Episcopal de Pastoral, D. Raimundo Martín, me expidió el 18 de septiembre un certificado en el que declaraba que yo era seminarista de la Diócesis de Barbastro y que "tiene permiso de S.E.R. -Su Excelencia Reverendísima, es decir, el obispo- para ir a hacer Estudios Superiores a Innsbruck". Permiso sí, pero de apoyo económico nada, ni tampoco lo solicité.
Un obstáculo se interponía en mi camino: el aprendizaje del alemán. Teodoro y Ernesto Martín se trasladaron ya en verano al Tirol para ir aprendiendo el idioma y participaron en un cursillo ad hoc en el mes de agosto en Pullach, al lado de Múnich. Para no quedar muy retrasado, no me quedó más remedio que agenciarme un método (el Kucera), que me resultó bastante aburrido y poco práctico, y dedicarle algo de tiempo durante aquel verano. Lo cierto es que, sin profesor y con mal libro, no aprendí gran cosa y me expuse a iniciar mis estudios sin tener casi ni idea de aquel laberinto idiomático.
EL VIAJE
Por fin llegó el día. Agarré mis pesadas y rústicas maletas que utilizábamos en aquellos años y en el coche de línea me dirigí a Barcelona en donde contacté con mis dos compañeros de viaje: Jesús Lorente, que regresaba a Innsbruck para traerse todos sus enseres a Zaragoza ya que había terminado sus estudios allí, y José Vicente Casanova, cuatro años más joven que yo, con el que había coincidido en el Seminario de Zaragoza, aunque no sé si habíamos cruzado palabra, y que con los años llegaría a convertirse en un afamado sociólogo de la religión afincado en los Estados Unidos. Tenía que acompañarnos, igualmente, Lucio Arauzo, años más tarde amigo y compañero de batallas en Zaragoza, pero la enfermedad y posterior muerte de su madre le hicieron cambiar de planes.
En Barcelona tomamos el tren rumbo a Ginebra, primera etapa de nuestro itinerario. El trayecto era largo y con una noche por medio, por lo cual era muy aconsejable instalarse en los departamentos que estuvieran vacíos para poder tumbarte en los tres asientos de cada lado. Esto no siempre era posible, con lo cual debías intentar dormirte sentado simplemente en tu sitio y no siempre lo lograbas. El billete de Barcelona hasta Innsbruck costaba por aquel entonces unas 2.000 pts. (1.996 para ser más exactos, más 300 si utilizabas litera, "couchette"), a las que había que añadir 170 de Barbastro a la Ciudad Condal. No siempre, sin embargo, utilicé el tren siguiendo este recorrido ya que en alguna ocasión tomé el barco en Barcelona (el Canguro Bianco). De esta manera lo describo en una postal del 5 de abril de 1970: "Travesía feliz, sin mareos. Salida de Barcelona a las seis (una hora de retraso) y llegada a Génova a las tres. El barco pequeño pero agradable: cine, televisión, etc. A las seis menos veinte salimos hacia Milán. El recorrido del viaje ha sido precioso, sobre todo en la Costa Azul: Niza, Mónaco, etc.". A mi familia les debía parecer fascinante un periplo así en aquellos tiempos en que bien poco se salía de Barbastro y no existían las numerosas agencias de viaje actuales. En realidad ni siquiera teníamos camarote y pasábamos la noche en tumbonas en cubierta intentando conciliar el sueño tras los bamboleos con que nos castigaba el mar al atravesar el Golfo de León y que provocaban numerosas vomitinas entre los pasajeros.
Pero volvamos al viaje inicial. Con nuestro aspecto de "métèque" y los pelos al viento, tal como cantaba entonces el griego Georges Moustaki, nos presentamos en Ginebra, ciudad en donde había que realizar el primer trasbordo. Lo primero que te chocaba era comprobar que en los diversos establecimientos de la estación (bares y restaurantes) los empleados que te servían eran en su gran mayoría trabajadores españoles. No hay que olvidar que la emigración española se había dirigido a Suiza como a uno de sus principales destinos. El "ambiente" español hacía más fácil tu ingreso en tierras europeas y el tener que acarrear con las pesadas y rústicas maletas cruzando la estación de un extremo a otro (tortura que realicé en cada viaje ya que no se habían inventado todavía las ruedas para las maletas) te convertía en un elemento más del fenómeno migratorio al que tan acostumbrados estaban ya entonces los acomodados suizos. El tiempo que quedaba libre lo aprovechábamos para contemplar boquiabiertos las fantásticas tiendas ginebrinas de un lujo al que no estábamos acostumbrados nosotros, pequeños provincianitos, y para admirar el enorme surtidor de agua (el "Jet d'Eau") que emergía desde dentro del lago al que se asoma la ciudad y del que surge el Ródano que se dispone a descender camino del Mediterráneo.
De Ginebra, en la Suiza francesa, el convoy nos dirigía en una etapa mucho más corta que la anterior (creo que en tres horas) al ambiente ya plenamente alemán de Zürich. Desde las ventanillas íbamos contemplando montañas y valles, pueblecitos típicos y capitales como Berna, nieves en las cumbres y vacas en los pastos, además de a señoras suizas, todas ellas rechonchas como manda la raza. Descubríamos los Alpes y los relojes suizos, y nos adentrábamos en el mundo de Heidi y de Guillermo Tell.
En Zürich realizamos el último trasbordo, o eso pensábamos, porque, tras bordear su inmenso y alargado lago, cuando alcanzamos Buchs, cerca ya de la frontera austríaca, sucedió algo con lo que no contábamos: la policía no nos dejó entrar. Nos tomaron por emigrantes extranjeros sin permiso de trabajo y nos pidieron de no muy buenas maneras que les mostráramos el dinero que llevábamos. Cual detenido in fraganti tuve que sacar de mis adentros y poner al descubierto la funda que mi madre me había confeccionado con tela casera y que llevaba cosida a la camiseta con un imperdible en la cual se encontraban todos mis dineros. No hubo manera de convencerles de que íbamos a estudiar a la capital del Tirol. Bueno, les intentaba convencer Lorente que era el único que hablaba alemán, mientras Casanova y yo asistíamos callados y preocupadísimos a la espera de un temido desenlace. Nos hicieron bajar del tren y nos quedamos en el andén desconcertados. No podía haber empezado peor nuestra aventura europea.
Menos mal que nuestro amigo conocía a una familia en el vecino principado de Liechtenstein. Logró ponerse en contacto con ellos por teléfono y al poco se presentaron con su coche en la estación, nos llevaron a su casa en Vaduz, nos invitaron a comer y nos introdujeron de nuevo con su vehículo en la estación austríaca más próxima en donde cogimos un nuevo tren y llegamos sin más complicaciones a nuestro destino final. Ni que decir tengo que nuestra situación hubiera sido muy otra de no contar con esta ayuda inesperada gracias al buen hacer en aquellos momentos de un compañero al que tras este viaje y su posterior regreso a Zaragoza no volví a ver ya nunca más.
Sin posteriores contratiempos y, tras cruzar de un extremo a otro la hermosa región austríaca de Voralberg, finalizamos el recorrido en la Hauptbanhof (estación central) de Innsbruck, nos subimos a un taxi y nos presentamos en el Canisianum.
CURSILLO DE ALEMÁN
Apenas pudimos visitar algo de la ciudad ya que el P. Regens (rector) tenía decidido enviarnos a estudiar alemán en plan intensivo a una localidad del sur de Alemania de nombre Walchensee en donde se hallaba ubicado un Instituto de Idiomas dependiente del Colegio S. Pablo y S. Juan de Múnich. Allí permanecimos durante casi un mes instalados en una especie de campamento con bungalows, en pleno contacto con la naturaleza y acompañados de un buen puñado de estudiantes procedentes de todos los continentes, entre los que se encontraba una legión de indonesios. Intimamos especialmente con una italiana muy vitalista, un yanki bastante estiradillo (de nombre Gregory, alumno del Canisianum como nosotros) y un par de congoleños.

El 11 de octubre en una postal enviada a mi madre para felicitarle por su santo le informaba: "Esto es precioso, como puedes apreciar en la foto. El lago es enorme y lo surcamos en barca el otro día. Hace mucho calor por el día, aunque por la noche refresca". Y es que "See" en alemán significa "lago": estábamos junto al Lago Walchen. Al pie de un telesilla, que subía a multitud de personas de todas las edades a las Colinas Walchen, se encontraba el Sprachinstitut (Instituto de Idiomas) en el cual nos adscribieron a un profesor de unos cincuenta y tantos años que en medio de su correcto alemán hacía incursiones en inglés y castellano para aclararnos algunos giros que se nos atragantaban así como para mostrarnos su admiración por Shakespeare, superior en su opinión a Cervantes ya que, mientras éste se había limitado a escribir una obra maestra, el inglés había compuesto no sólo una sino varias de ellas. Como texto usábamos el primer nivel de la Deutsche Sprachlehre für Ausländer (alemán para extranjeros) y los dos españoles acabamos siendo los adelantados de la clase, aunque, eso sí, sufriendo como todos el galimatías de las declinaciones, los verbos irregulares, las frases subordinadas con verbo al final y los tres géneros que, mira por dónde, no solían coincidir en absoluto con los castellanos: el sol es femenino en alemán y la luna masculino, la cuchara es masculino, el tenedor femenino y el cuchillo neutro. Y así todo. Seguimos las andanzas de Peter y Gisela, protagonistas del libro de texto. Practicamos las conversaciones tópicas en los sitios comunes (supermercado, restaurante, correos...). Y disfrutamos en un ambiente distendido, al otro lado de las montañas que nos separaban de Innsbruck. Era un prólogo con visos de paraíso.
Los fines de semana se cerraba el comedor del centro, nos proporcionaban 5 marcos (unas 100 pts.) a cada uno y teníamos que espabilarnos para ir a la tienda y comprar los alimentos que necesitábamos el domingo. Era una manera original de poner en práctica nuestros conocimientos adquiridos en clase y de aprender a desenvolvernos en el ambiente que estábamos estudiando. Los dos aragoneses formamos una sociedad con la pareja de congoleños, uno de los cuales recuerdo que se llamaba Pierre Beta, el de las grandes carcajadas y repentinos cambios de humor, y organizábamos unos refrigerios a los que siempre acompañaba una especie de masa congoleña ("fu-fú" creo que era su nombre) que utilizábamos a modo de pan cogiéndola con los dedos.
El cursillo terminó el día 28 con una excursión que estaba incluida en el mismo. El director, H. O. Tröschel, expidió con fecha 30 de octubre un certificado en el que se declara que Herr Nerín ha superado el examen del Nivel Básico 1 con la nota global de "muy bien" tras haber participado durante un mes en el Curso de Alemán. Lógicamente habíamos aprendido los rudimentos del idioma y nos quedaba un largo camino hasta dominarlo, al menos lo suficiente para desenvolverte sin mayores problemas. Con el tiempo, de tanto practicarlo, llegabas a Barbastro y se te escapaban sin querer, dada la rutina que habías adquirido, palabras cotidianas como "Entschuldigung" (perdón), temiendo que con esas expresiones puramente reflejas pensaran los de mi pueblo que mi estancia en tierras lejanas me había vuelto algo "fato".
Cogimos nuestros bártulos y regresamos a Austria (no a "Australia" como se confundía alguno de mis amigos en Barbastro preguntándome por los canguros), retrocediendo los menos de 50 Km. que nos separaban de la ciudad que durante dos años iba a ser mi privilegiado lugar de estancia y de estudio.