CAPÍTULO 22º:
DESTIERRO EN EL PARAÍSO

Regresé al Pirineo y me instalé en Eriste. Comenzaba mi "destierro" geográfico y pastoral. Me dijeron que no habían encontrado otro sitio mejor a donde enviarme. Se barajó la posibilidad de trasladarme a Estada, localidad del entorno de Barbastro, pero fue desechada porque temieron que pudiera entrar en conflicto con algún personaje derechista de la localidad.
Pastoralmente, sin embargo, las cosas no iban a suponer para mí ningún destierro sino todo lo contrario. Lo cierto es que debo mucho a mis nuevos parroquianos porque me dieron la satisfacción de seguir sintiendo ganas de ser cura, tras la crisis que se produjo en mí tras mi expulsión de Aínsa.
Al llegar a Eriste temía los efectos que la campaña de prensa hubiera provocado entre sus vecinos. Me preocupaba que les diera miedo tener como cura a alguien tan polémico; ¿iban a aumentar sus precauciones en su trato conmigo y a descubrir constantemente motivaciones políticas en mis actuaciones? Pero estaba en un error. Daba la impresión de que apenas habían seguido mis vicisitudes por la prensa y que no habían discutido sobre mí. Esta impresión la corroboraría más tarde hablando con particulares.
Y entré con buen pie en el pueblo. Pero no todo se debía ni muchísimo menos a mis supuestos "méritos". Cuando fui a Laspuña tuve que intentar superar el handicap de sustituir a un cura bastante aceptado y del que no deseaban desprenderse. En Eriste, en cambio, mi predecesor había sido Javier Mur, compañero mío de curso y de grupo en el Seminario, que, aunque no era alguien a quien rechazaban, cometió la "imprudencia" política de vivir más en su pueblo, Sesué, que en Eriste, además de estar ausente casi toda la semana cursando estudios en Barcelona. Por otra parte, se había enajenado a críos y adolescentes por culpa de un club que (¡vaya qué coincidencia!) también estaba en los bajos de la abadía.
Así pues, de rebote caí bien. Tuve la habilidad (algo no conseguido en mi anterior destino) de solucionar a gusto de todos el problema del club (para eso había adquirido experiencia dolorosa) y rápidamente me gané a los adolescentes. Mi actuación litúrgica, adoptando alguna pequeña innovación, fue considerada positiva. Me dediqué a visitar las casas sistemáticamente (aunque no llegué a entrar en todas) y eso produjo buena impresión. Y, finalmente, acepté en seguida tener reuniones periódicas con los adultos (costumbre que recordaban con agrado de los tiempos de Paco Campo) y esto fue ya el complemento. Eriste se me convirtió en un oasis y en el resto de los pueblos fui igualmente bien acogido ya que me dediqué a visitarlos con más frecuencia de lo que lo había hecho mi predecesor y amigo.
LA ABADÍA
Me instalé en una abadía que tenía ciertos aires montañeses y constaba de tres plantas. Accedía a la vivienda tras subir unas escaleras y atravesar previamente un patio empedrado dominado por un enorme manzano cuyos frutos, si no andabas con ojo, te podían caer en la cabeza antes de desparramarse por el suelo. Se entraba por una verja de hierro con anchura suficiente como para meter el coche (mi Seat 127 de color vino de Burdeos) y encerrarlo en un pequeño cobertizo que lo protegía de las inclemencias de aquel duro invierno. Una noche el termómetro descendió hasta los 17 grados bajo cero y había que ver por la mañana los esfuerzos de los conductores para intentar poner en marcha a sus vehículos aparcados a la intemperie.

Y es que Eriste, situado a 1.118 metros de altitud, era un pueblo muy frío en donde la nieve y el viento organizaban unas "turberas" (remolinos) que te congelaban sin remedio. La nieve iba a acompañarme como en mis tiempos de Laspaúles. Las pistas se convertían en rutas impracticables. Recuerdo una subida y bajada terrible a uno de los pueblos, sobre la pista helada, conduciendo en primera y con el coche dando tumbos de un lado a otro acercándose peligrosamente al precipicio. Cuando llegué a mi destino casi me abroncan: que qué locura, que no debía haber subido de noche y en esas condiciones. En otra ocasión, y coincidiendo con una ligera nevada, tras atravesar un puente tomé una curva debajo de Sahún a más velocidad de la debida (a unos 40 Km./hora) y la capa helada hizo que perdiera el control del vehículo dirigiéndose éste hacia un barranco en donde la caída podía ser mortal sin remedio; maniobré como pude y conseguí desviarlo hacia la cuneta en donde quedó empotrado. Menos mal que no quedó inutilizado y que pude continuar viaje hasta Barbastro, pero aprendí que no hay que fiarse de la nieve por poca que hubiera. Por cierto: tuve que tranquilizar a cuantos detuvieron sus coches para auxiliarme, igual que me había ocurrido en otra ocasión al realizar un trombo por culpa de la lluvia. Siempre he sabido conservar la serenidad en los momentos más complicados o difíciles, a la vez que he podido comprobar lo nerviosos que se ponen los testigos de los accidentes ajenos.
La vivienda constaba de un recibidor bastante amplio, cocina, cuarto de baño, salón y 4 dormitorios. Mi cuñado Rufino me consiguió unas cuantas literas que multiplicaron la capacidad de acogida. En un armario me encontré algunas "joyas" litúrgicas que ya no se utilizaban, así como los libros parroquiales. Las ventanas daban a la calle y a un huerto bastante grande que pertenecía a la abadía. Lo trabajaba uno de los vecinos quedándose con lo que producía y "regalándome" a mí como cura-propietario anualmente un simple saco de patatas como pago de alquiler. La casa era heladora e intentaba calentarla mediante una estufa de leña y otra eléctrica que mantenía encendida en el dormitorio durante toda la noche regulada con su termostato.
El otro lado de la escalera daba acceso a una sección de la abadía que no se utilizaba y en la planta baja estaba el club (¡otra vez un club!) calentado por una estufa de leña y con accesos tanto por el patio como por la calle de al lado. La planta alta era un desván destartalado, inhabitable en aquella época y por el que discurrían lechuzas persiguiendo ratas. Sí: ratas. Ellas iban a convertirse en las indeseables acompañantes de mi estancia en aquel edificio.
La primera noche me desperté de repente notando algo por encima de mi cama. Encendí la luz y descubrí con asco que correteaban ratoncillos que no me habían pedido permiso para calentarse entre mis mantas. Salté de un brinco y empecé mi particular lucha contra estos roedores a partir de aquel momento. Compré veneno y lo fui depositando por doquier, especialmente por los altos de las estanterías ya que hasta allí trepaban los malvados. La operación la comencé por mi dormitorio y tuve que continuarla por toda la casa. Descubrí un enorme agujero en la cocina por el que se colaban las ratas más grandes interrumpiendo bruscamente tus quehaceres y tuvimos que tabicarlo con ayuda del albañil. Aquello parecía una pesadilla, teniendo en cuenta que por las noches se oía correr a lechuza y ratas por el desván como si de personas se tratara. Daba casi miedo.
Pero lo dantesco se produjo un día en que al abrir la puerta de la abadía me topé con una enorme rata en el recibidor. Conseguí encerrarla en el cuarto de baño y juré que o ella o yo. Ya no aguantaba más. Fue una temeridad y me expuse a cualquier percance, a que se me lanzara a los ojos, a que me mordiera. Pero me armé con una escoba y la ataqué a golpes con toda la rabia que me dominaba. El animal chillaba y chillaba subiendo y bajando por el tubo de la cisterna del wáter mientras yo la machacaba a escobazos que llenaban de sangre las paredes. Lo conseguí y la maté. Salí al recibidor y me fui tranquilizando.
Cuando vino mi familia para pasar el verano, como había tenido por costumbre los años anteriores en Laspuña, el problema "ratero" ya había finalizado y disfrutaron de la casa pacíficamente.
EL PUEBLO
La abadía estaba ubicada al lado de la plaza del pueblo presidida por la iglesia a la que se entraba por una calle lateral. La torre nos observaba desde lo alto y junto a ella reposaba el cementerio, como es costumbre en los pueblos de la montaña. Al lado de la puerta principal se encontraba la casa Farrás en donde cohabitaban las dos familias de Mª. Ester, su hermano y su primo, y una perra que me mordió un día teniendo que ser atendido en el mismo patio de la casa por aquellas buenas mujeres. Más allá la de Minchod y frente a la abadía las Mincholet, Vaso (con su tiendecita) y Sastre, en donde se ubicaba la cabina telefónica y una tienda bien surtida. En la plaza estaba también casa Tonet, cuya dueña yacía impedida en una silla mostrándote una bondad que me contagiaba, al igual que la que me dispensaban su marido e hijo. Un día que Tonet tuvo un accidente pude comprobar lo queridos que eran en el pueblo. Por otra calle se llegaba a la carnicería de casa Caseta, servida por los dos hermanos Rufat, uno de ellos el alcalde de la localidad, de la que se decía que distribuía la mejor carne del Valle. Muchas otras casas componían este pueblo de cerca de 200 habitantes: Casa Pino, Seira, Pellicero, Chumplana, Chullá, Marcull, Roy, Mora, etc., además de las que formaban el poblado de OCISA en las que vivían los trabajadores de la Central Hidroeléctrica que se inauguró en 1969. En total unas 50 familias más las 10 del poblado, además de los chalets, los 3 hostales y los apartamentos en construcción.
El pueblo (Grist en patués) se animaba especialmente en verano y celebraba su fiesta mayor el 1º de agosto en que homenajeaba a su patrón S. Félix el Africano. Aún recuerdo a la vocalista Hortensia Royo acompañada de orquesta y animando el baile, mientras José Antonio y yo asistíamos divertidos al espectáculo. Enero interrumpía su cuesta el día 20 para rendir honores a San Sebastián como fiesta menor. También había costumbre de Carnaval y se homenajeaba a Sta. Águeda, fiestas que habían resurgido en los últimos años.
Junto al pueblo se alargaba el pantano cuyas obras atrajeron en los años sesenta a cientos de obreros de distintas partes de España. Tal como llegaron, sin embargo, se fueron casi todos ellos provocando un auténtico revolcón demográfico (en el momento culminante se alcanzaron los 700 habitantes). Alguno se quedó, como Francisco del que me hice muy amigo. Las mejores tierras quedaron sumergidas bajo las aguas del embalse de Llinsoles que culminaban en una enorme presa frente al Santuario de Guayente. En ocasiones me dedicaba a hacer apetito antes de comer recorriendo en un sabroso paseo todo su perímetro.
Del pueblo subía una senda que conducía nada menos que al mismísimo Pico de Possets, el segundo en altura de todo el Pirineo. Al otro lado de la carretera comenzaba otra que te llevaba a Anciles, con sus amplias casas señoriales y sus enormes mastines blancos del Pirineo. Si tomabas una bifurcación podías acercarte a Conques, un hermoso palacete que fue propiedad de los jesuitas y que en aquel tiempo era utilizado como colonia de chavales en verano. A pocos kilómetros del pueblo, subiendo hacia la frontera con Francia, accedías a la capital del Valle, a Benasque.
GUAYENTE
Antes de llegar a Eriste, un desvío nos dirige cuesta arriba hacia el Santuario de la Virgen de Guayente asentado sobre una enorme roca al pie de un precipicio. Pocos años antes fue nuestro Seminario de Verano, pero ahora me veía convertido por nombramiento en Rector del santuario. Se trataba más bien de un cargo honorífico, ya que las riendas las seguían llevando desde Barbastro, pero me responsabilizaba a presidir las ceremonias durante la fiesta de la Virgen y todos los sábados de mayo celebré misa en el santuario a las diez de la mañana. El día de la fiesta, por un error, me equivoqué de hora y llegué cuando los fieles ya llevaban un buen rato esperando, lo cual me supuso aguantar algún improperio por parte de devotos alterados. Luego se les pasó el enojo y disfrutamos de la misa y del dance en el patio del santuario al compás de la música que fue copiada por Riego para su famoso Himno republicano.
Un año antes acudí a Guayente con Bernardo para realizar ejercicios espirituales. Él no vino con esta intención a Laspuña para pasar unos días conmigo, pero, como antes de conocer su inesperada visita me había comprometido a realizarlos, mi amigo accedió sin más problema a acompañarme, reviviendo de esta forma su pasado de seminarista. Desde la primera charla advertimos que el estilo y contenidos que desarrollaba el padre predicador no congeniaba demasiado con nuestra sensibilidad espiritual ni humana, por lo que, de común acuerdo en el que incluimos a Enrique Calvera, que también había acudido con su devoción a cuestas, optamos por escaparnos y disfrutar de las vecinas fiestas de Benasque en las que se bailaba en la plaza el mencionado Himno dirigido por unos mayordomos que lucían la cabeza ataviada con un ramo de flores.
Así describe este ball el mencionado Ballarín Cornel: "Suena la música y se presenta ante ella un joven. Va sin chaqueta. Lleva un gran ramo artificial adosado a la cabeza, como si fuera una enorme prolongación de la oreja. Lleva en las manos grandes castañuelas, de las que penden largas cintas multicolores. Abre los brazos y baila, salticando, unos compases, y gira sobre sí mismo. Repite esto dos veces y luego inicia una marcha lenta, de paso retenido. Avanza magnífico, lleno de fachenda, consciente de que está recibiendo las miradas de todos. Mientras tanto, otros dos jóvenes, sus lugartenientes, bailan a su vez ante la música. Luego otros jóvenes. Así se forma una larga fila que va dando la vuelta a la plaza. Viéndoles pasar, se da uno cuenta de que no es agilidad, destreza, gracia, sino gallardía, virilidad, fuerza contenida. Es el baile guerrero de hombres solos. Cuando el mayordomo llega al punto de partida, se detienen y todos, vueltos de cara a la música, bailan, como lo hizo cada uno. Dan dos vueltas más a la plaza, y la primera parte ha terminado. La música cambia de aire. Los bailadores avanzan ahora rastreando el suelo con los pies, en una especie de carrerilla, entrecortada de breves pausas que marcan el compás. Así recorren la plaza en un zigzag apretado, haciendo les marradetes. La música se hace más ligera, el zigzag se deshace en amplia curva, ésta se cierra y da vueltas, la velocidad aumenta, el círculo se estrecha, y, por fin, un clamor unánime y el mayordomo es levantado en triunfo sobre las cabezas de los demás. Después, todos comen de la misma torta y beben del mismo vino".
Creo que allí sacamos más provecho que entre los muros del santuario. Los colegas sacerdotes miraban con estupor y cierta envidia cómo nos escaqueábamos del recinto, haciendo pirola de las pláticas, tras alimentarnos adecuadamente. No sé si se enteraban, sin embargo, de nuestros regresos nocturnos.
Guayente era y sigue siendo un lugar ideal para refugiarte en pleno valle a la vista de las montañas. Tras mi marcha se convirtió en Escuela de Hostelería gestionada por los Hermanos de La Salle, recobrando de esta forma durante todo el año la animación y vitalidad de que había gozado antaño en determinados meses, y en importante foco cultural de toda la zona, en gran medida gracias al entusiasmo del cura Ernesto Durán, de Marión, alcalde de Benasque, y de otros cuantos.
El santuario se alzó en el siglo XI y fue totalmente reconstruido en el XVII. Los últimos arreglos para adecuarlo como Seminario de verano se realizaron en el siglo XX, en la época del obispo D. Jaime Flores. Nos tocó inaugurarlo a nosotros disfrutando, entre otras cosas, de su piscina de heladas aguas. Ya no debíamos bajar al río y buscar una badina adecuada como habíamos tenido que realizar hasta entonces, ni regresar a comer al santuario afrontando un desnivel considerable a pleno sol.
Como todo buen santuario goza de su leyenda, muy parecida, por otra parte, a la de otros de su especie. Cuenta el mismo Ángel Ballarín Cornel en su libro "Civilización pirenaica" que "según D. J. Roque Alberto Faci, que dice haberlo tomado de un escrito del archivo de los Azcones, cuya fecha es del año 1292 y lleva la firma de D. Pedro Azcón y Abarca, allá por el año 1070, cierto atardecer, el señor don Hernando Azcón se dirigía hacia su casa solariega de Liri. Venía probablemente de Anciles, siguiendo la izquierda del Ésera. Era ya noche cerrada cuando rebasó el pueblo de Eriste. Al llegar frente al paraje conocido con el nombre de Roques Trencades, del término de Sahún, oyó unas voces que cantaban la salve. Intrigado, decidió retroceder, para atravesar el río y tomar el camino de Eriste a Sahún, que pasaba por el lugar de donde procedía tan melodioso cantar. Cuando llegó al punto deseado, un admirable resplandor le guió hasta una pequeña cueva, en la que se encontraba una imagen de Nuestra Señora.
Confuso y agradecido del portento, después de hacer su plegaria, resolvió llevar la imagen al vecino pueblo de Sahún para que allí fuera venerada. Pero la imagen desapareció de Sahún y volvió al punto donde había sido hallada. Dos veces se repitió el suceso. Don Hernando comprendió que la imagen deseaba ser venerada en aquel lugar y mandó construir una ermita para albergarla convenientemente."
Desde allí, además de una amplia panorámica de la parte superior del Valle de Benasque, se divisa Cerler y sus montañas así como el comienzo de la zona del Solano. Enfrente mismo se halla una loma que parece que fue un poblado ibérico. Los seminaristas la conocíamos con el nombre del "morro del rector" y partía en dos el conjunto del Valle.
LOS OTROS PUEBLOS
Nada más pasar Guayente te dabas de bruces con el pueblo de Sahún (Saunc) a una altura parecida a la de Eriste. Era la cabecera del municipio de su mismo nombre, al que pertenecía este último. En total tenía 37 casas abiertas, además de otras cinco que revivían en vacaciones. Junto a ellas descubrías las 24 casas restantes que permanecían cerradas, la última de las cuales se había clausurado hacía tres años. La esperanza radicaba en las tres en construcción que aliviarían esta situación de pueblo en decadencia, tendencia a la que no se resignaban los 154 habitantes que le daban vida en aquel tiempo. El pueblo subía en rampa desde la carretera y a sus pies, junto a ésta, una ermita románica, perteneciente a un particular y medio cubierta por la maleza, te sorprendía cerrada a cal y canto. La iglesia principal, situada en la parte más alta, era en parte también románica y por las calles descubrías casas antiguas, de bellas piedras y arcos, que contenían pergaminos de siglos atrás.
Hasta hacía pocos años sus vecinos organizaban baile todos los domingos con música propia, pero en aquella época los jóvenes marchosos se iban a la discoteca de Benasque, permaneciendo en el lugar solamente los abuelos jugando al guiñote. Ya se habían abandonado juegos que los entretuvieron tanto antaño como las quillas, el frontón, el turruqlluc, así como las típicas despiertas. Una de las tradiciones más antiguas era la de subastar el estiércol del Corral de Sorri. Otra tradición que aún se conservaba era la "esquellada" de la víspera de Navidad así como el carnaval, buena excusa para que los mozos y mozas se disfrazaran como bien les parecía y montaran una lifara con lo que recogían por las casas.
La Fiesta Mayor era el 8 de septiembre (en honor a la Virgen de Guayente) y la Menor el 24 de junio (festividad de San Juan). El 7 de septiembre la ronda amenizaba la noche dando vueltas por las calles y sus componentes se dedicaban a acaparar cuantas tartas les regalaban. El día 8 se iba en procesión a Guayente a celebrar la santa misa junto a la patrona del Valle y a continuación llegaba el momento del "Ball", en torno al cual los asistentes daban buena cuenta de la repostería recogida la noche anterior. La tarde se encandilaba con la típica jota. El 9 por la mañana tenía lugar el "Ball dels Ombres"; en el pasado sólo lo bailaban los mozos y era obligatorio que ninguno se escaqueara ya que de lo contrario el mozo remiso debía pagar una "convidada" en casa Pascual o en la de Joaquín de Mata. Fui testigo de cómo lo bailaban mozos y mozas guiados por Antonio Demur. La víspera de San Juan ardían las típicas fallas que se subían a encender a San Martín, manteniendo la costumbre de que el último que se había casado llevara la iniciativa de la quema.
También aquí el 5 de febrero era la fiesta de las mujeres (Sta. Águeda). Para Pascua, en cambio, el festejo corría a cargo de los casados y organizaban una gran comida de hermandad. El 28 de mayo participé en la romería a la ermita de S. Pedro Mártir. Una vez celebrada la misa procedimos a continuación a comer carne a la brasa y jugar al aire libre; tras terminar y presididos por la bandera, regresamos cantando el rosario. El día de Pascua nos reunimos primero en Guayente en misa y luego compartimos la comida con familiares venidos de Francia que trajeron consigo una inmensa parrilla. El domingo 4 de junio se proyectaron en Sahún películas de distintas celebraciones en las que habían participado vecinos del pueblo y aprovechamos para dar buena cuenta de una suculenta merienda. Como puede apreciarse, la combinación de misa y mesa, de oración y degustación, constituía el núcleo central de todas aquellas celebraciones festivas.
Enfrente de Guayente se atravesaba un puente sobre el Ésera, al pie de una colina que denominábamos "morro de D. Benigno" (un antiguo rector del Seminario). Desde allí una pista de tierra te subía por encima del "morro del rector" antes mencionado, dando vueltas y revueltas hasta llegar a la zona del "solano", denominada así por estar sus elevadas tierras de cara al sol del que disfrutaban ampliamente. Podías pararte en la llamada piedra "dels capelláns" (de los curas) y disfrutar de una estupenda vista sobre la parte sur del Valle dominada por Castejón de Sos sobre la que se alzaba majestuosa la Sierra de Chía en forma de tigre en reposo y más allá el macizo del Turbón como un enorme flan embrujado.
Llegabas primero a Ramastué, situado a 1.420 metros de altitud, lo mismo que mi lejano y recordado Laspaúles. Disponía tan sólo de 6 casas habitadas, pero en vacaciones se les añadía otra que acondicionó José María Ramón, mi amigo de los primeros tiempos del Seminario, para montar allí una colonia de verano con su mujer y abundantes críos. Feliz casualidad el reencuentro con el compañero que me había descubierto los secretos de la radio de galena cuando los dos vestíamos sotana. En la localidad, por lo demás, sólo quedaban 15 personas, todas las cuales superaban los 30 años.
La iglesia del pueblo agonizaba marginada entre sus ruinas, pero sus fieles no cejaron en su intento de construir una nueva hasta que lo lograron. En el Obispado no estaban muy convencidos de que mereciera la pena invertir dinero en ella dado lo reducido de su población, pero ellos no se dieron por vencidos y hoy disponen de una iglesia, del tamaño de una ermita, que es la primera edificación que descubre el viajero que se acerca desde el oeste. Adolfo Perna, que curiosamente fue mi sustituto cambiándose las tornas respecto a lo que nos ocurrió en Laspaúles, era bastante más ducho que yo en esas lides y le dio el impulso definitivo.
Celebraban su fiesta mayor el 10 de junio (Santa Margarita) y la menor el 10 de diciembre (Santa Olaria). Antaño la más importante era esta última pero decidieron cambiarla porque en invierno los hombres emigraban a Francia para ganarse el jornal dedicados a "desfonsar" (picar copas, etc.). Con tan escasa población la importancia de las fiestas había ido en disminución, decayendo la costumbre de ir de romería en procesión hasta la ermita de Sta. Margarita, junto al morro, con el cura a caballo. Menos mal que no tuve que pasar por este último trance. Allí se trasladaban con sus músicas y bailaban, comían bocadillo y tarta, todo ello rociado con buen vino. También quedaban lejos los tiempos en que los domingos se reunían a bailar por la tarde, una vez en cada casa, con bandurria, guitarra y acordeón; tiempos en que las mujeres jugaban a las "quillas" (bolos) haciendo "orejeta", "mudo", "las tres de la primó" y "coichet", y en que los jóvenes se iban de paseo en invierno por la solitaria carretera y echaban intensas partidas de julepe.
Más adelante te encontrabas con Eresué (Erisué) a 1.350 metros de altitud y con 5 casas abiertas, más otras 3 que lo estaban sólo a temporadas. Una de ellas disponía de una cocina muy típica con el hogar en medio que me cautivó. Residían 22 habitantes fijos y 7 temporales. La iglesia era románica del siglo XII.
La fiesta mayor la celebraban el 24 de junio (San Juan) y la menor el 10 de junio (Sta. Margarita). Para San Juan se bailaba el "Ballpllá" pero también practicaban deportes modernos como el tiro al plato puesto que a las tres de la tarde organizaron aquel año una competición del mismo. En tiempos eran típicas las "villadas": se reunían por las casas en invierno después de cenar para preparar un delicioso poncho, degustar nueces y manzanas, jugar a las cartas e incluso organizar baile con guitarras y acordeón que eran instrumentados por tres músicos del pueblo. También, como en otras localidades, se realizaban "despiertas", "levantaban la Cuaresma" y practicaban juegos como las quillas, el guiñote y el frontón.
Justo debajo de estos dos pueblos se hallaba Sos a una altura de 1.220 metros. Lo formaban 7 casas habitadas por 23 personas. Se trataba del pueblo más antiguo del Valle. En el siglo XI, te informaban, se refugió en él doña Mayor, esposa repudiada del Conde de Pallars, Ramón Sunyer, hasta que huyó ante la ocupación del Valle por el Rey Sancho III de Navarra. Los de Sos decían que en la iglesia, románica del siglo XII, había una reina enterrada, pero que su sepultura se perdió al arreglar el templo y rebajar el suelo. La ermita más antigua era la de la Virgen del Puy, a la que acudían en tiempos también los vecinos de Ramastué y Eresué.
Durante mi estancia pude comprobar que existía una Cofradía para asistir a los enfermos, dotada de un campo para obtener fondos. El primer domingo de octubre era su día y celebraban una misa por los difuntos. Con tal ocasión, a cada mujer de la Cofradía le regalaban un litro de vino, mientras los hombres se reunían en el club a beber. El día de San Juan encendían una hoguera en la plaza y en la ermita de Sta.Lucía. Para el Corpus el centro de la fiesta lo ocupaba la procesión y escenificaban diversos altares por las calles, destacando el de la plaza del pueblo.
Pero dejemos la pista del Solano y sigamos carretera abajo. Tras pasar junto a una cantera de mármol llegábamos a Villanova, situada ya a tan sólo 982 metros de altitud en el fondo del Valle. Había 30 familias y un total de 120 habitantes, con varios apartamentos en proyecto en dos zonas diferentes. La embellecían dos iglesias románicas del siglo XII: la de Sta. María y la de S. Pedro (que en aquella época se encontraba en restauración). Unos 25 años antes ocurrió un evento significativo: ante el intento de trasladar el retablo y la pila bautismal de la segunda a Barbastro, el pueblo se movilizó para impedirlo empuñando horcas y aperos, y, evitado el "expolio", se colocó finalmente en la primera de ellas. La escuela seguía en funcionamiento y contaba con una maestra y 14 críos de diferentes edades. En la abadía se instalaba una colonia de verano para niños procedentes de la zona de Fonz que llenaban de vida el pueblo durante el estío. También disponía de un teleclub, dotado de biblioteca y tocadiscos.
La fiesta mayor había sido el 15 de agosto y la menor el 29 de abril. A causa de los trabajos del verano que no dejaban tiempo libre se invirtió el orden y en mis tiempos la mayor era esta última, S. Pedro Mártir. El 14 de mayo nos fuimos de romería a la ermita caminando durante una hora por el bosque, provistos de abundante almuerzo y buena bota. Salimos en procesión desde la iglesia, portando la bandera el último que había contraído matrimonio, mientras las campanas volteaban sin parar hasta que se llegaba a la roca "El Grau" a media hora de marcha. En la ermita celebramos misa al aire libre y luego procedí a bendecir los campos y el "buixo" (boj) que cogía cada vecino para que protegiese su casa. Después almorzamos en la hierba y montamos la juerga. Disfruté de uno de los espectáculos más originales: los mozos se subían hasta la copa de los abedules y éstos, dotados de una flexibilidad increíble, se doblaban bajo el peso de aquellos cuerpos depositándolos suavemente sobre la hierba. Yo no lo intenté, sin embargo. Al bajar de la ermita, al llegar "als bancalets", nos sorprendía un nuevo volteo de campanas hasta entrar en el pueblo en donde nos recibió solemnemente la orquesta. También se bailaba el "ballpllá" y se llevaba a cabo el cambio de mayordomos.

El último de mis pueblos que me queda por mencionar era Sesué situado frente a Villanova aunque un poco más elevado (1.050 metros). Vivían allí 54 personas en once casas abiertas. Cuando en los años sesenta construyeron una pequeña Central junto a la localidad aumentó la población, como ocurrió en Eriste, aunque no en número tan elevado. En mis tiempos Sesué tenía un aire de venido a más, produciendo gran cantidad de leche y carne gracias a su elevado número de reses.
Su iglesia también era románica. La fiesta mayor la celebraban el 25 de agosto (San Ginés) y la pequeña el 1º de mayo (San Sadorní). La víspera de S. Ginés la animación la proporcionaba el pasacalles y la ronda. El día de la fiesta tenían misa, procesión y "Ball", de nuevo pasacalles por la tarde y baile. El segundo día volvían a celebrar misa seguida de "pasavilla" en la que repartían tortas, rosquillas y dinero, y por la tarde baile (con el "Ball") y cambio de mayordomos. También competían en tiro al plato, cucañas y juegos de críos, y vendían sombreros y pañuelos de la fiesta (guardo todavía uno de aquellos enormes sombreros de paja). El primero de mayo nos fuimos de romería a la ermita de San Sadorní acompañados de gente de todo el Valle, se cantaron los gozos, se repartió vino y coca, ondearon banderas aragonesas y del pueblo, hubo música de acordeón y algunas parejas se animaron a bailar. Lo único que faltó fue el sol y tuvimos que abrir los paraguas en bastantes ocasiones. En invierno se reunían muchas veces por las casas para jugar al "truque".
LA FONDA DE CASA VISIÉN
No tenía ni idea de cocinar y llegué a un acuerdo con Rosita que regentaba y regenta una fonda con restaurante incluido. Se trataba de una familia encantadora formada por ella, su marido José María, sus dos hijos, Mª. Rosa y José María, y la abuela Olegaria. Me sentía como en casa y me alimentaban a cuerpo de rey en un comedor cuyas mesas ocupaban trabajadores venidos de fuera y algún que otro turista. El precio era más que aceptable. Guardo todavía el recibo en donde puede apreciarse que cada comida del mediodía me costaba menos de 200 pts. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que eran tiempos en que mi nómina mensual ascendía tan sólo a 16.000 pts., una vez descontadas, entre otras partidas, las 300 que me cobraba el Obispado por el alquiler de la abadía También acudía allí normalmente para cenar, puesto que por comodidad me limitaba a hacerme en la abadía tan sólo los desayunos.