CAPÍTULO 23º:
CURA PARA TODOS

REUNIONES CON ADULTOS
"Diplomáticamente", como he mencionado antes, mi operación había sido un éxito. Pero es que, además, pastoralmente me encontraba mucho más a gusto ya que, libre de los condicionamientos políticos de la etapa anterior, podía moverme mucho mejor e intentar actuaciones que antes no había realizado. Por ejemplo, las reuniones con adultos. Ciertamente ya en Laspaúles las comencé con motivo de la formación de la biblioteca y las continué al final a causa del campamento. También en Laspuña nos reunimos varias veces, según he comentado. Pero fue en Eriste donde se institucionalizaron y con un ritmo semanal. Además, en mis anteriores puestos las reuniones fueron más intentos de realizar cosas, condicionadas por una acción concreta, o de simple información. Ahora, en cambio, se trataba de una reflexión en común y sobre los temas que en la misma iban surgiendo. De esta forma la primera cuestión abordada fue la de la educación de los hijos, algo que nos ocupó bastantes sesiones en el período prenavideño. Más tarde analizamos nuestra convivencia en el pueblo y llegamos incluso a convocar al alcalde con el que tuvimos una rueda informativa. Fue el único momento en que di pie a posibles comentarios sobre mi actuación política ya que la iniciativa partió de mí y tuve que polarizarla dado el mal comienzo con que arrancó, pese a que yo no quería ser quien llevara la voz cantante. Más adelante comentamos la organización eclesiástica de la Diócesis, en especial el trabajo civil de los curas. También profundizamos en temas de escuela de padres, empezando por la televisión y los hijos, en la asamblea del clero, en problemas de la parroquia, e incluso proyectamos algunas películas que nos cedieron amablemente los de Montañeros de Aragón.
Además de todo lo anterior, en las reuniones procuré discutir con ellos las decisiones a tomar en la parroquia, llegando incluso a presentarles las cuentas económicas. Ellos entraron muy bien por esta vía y de alguna manera funcionábamos como consejo parroquial, aunque no oficialmente, ni le dábamos ese nombre. Este trabajo con los adultos fue mi principal actividad pastoral, mientras en Laspaúles lo había sido mi dedicación a los críos y en Laspuña-Aínsa los jóvenes.
La asistencia a las reuniones se situaba en una media de unas 15 personas logrando la cota más alta el día en que invitamos al alcalde, seguramente por el morbo que provocó. Tuvimos también vacilaciones a la hora de decidirnos por posibles temas e incluso una pequeña crisis por ciertas rencillas que se produjeron a causa de algo que sucedió con unas chicas de la Sección Femenina. No nos vimos libres de críticas, especialmente cuando afrontamos los problemas del pueblo. Algunos vecinos, cuando iban a llevar la leche por la mañana y se reunían a charlar esperando al camión recogedor, se despacharon en ocasiones a gusto con nosotros. Pero el asunto no tuvo mayor importancia, algo normal que suele ocurrir. Evitamos crear un coto cerrado y nombrar en las reuniones o criticar a personas concretas no asistentes a las mismas.
Gracias a estos encuentros estreché mucho la amistad con algunos. Por ejemplo, con Jesús y Ana, a cuya casa iba a cenar todas las semanas y cuyo grado de amistad llegó a una intimidad nunca antes alcanzada con ningún otro matrimonio en los pueblos anteriores. Él era perito y jefe de la central hidroeléctrica, de ahí que nuestro universo mental coincidía más fácilmente, contando, además, con que los dos procedían de Zaragoza. Pero no sólo con ellos fue mi relación más fácil que en otros lugares. Se daba el caso de que varios matrimonios me tuteaban, lo cual no ocurría en ninguno de mis anteriores destinos. No obstante, en alguna de mis reflexiones llegué a escribir en un cuaderno que podía ser un problema decantarme hacia determinadas personas más afines, ya que ello producía un menor trato con otras debido a que aquéllas me absorbían más tiempo. De todas maneras, pensaba entonces, hacerse amistades más íntimas no es en principio negativo sino que puede considerarse como normal.
LOS CHAVALES
Con los críos, a pesar de no llegar ni con mucho al grado de convivencia que tenía en Laspaúles, mi relación era frecuente. Al principio me dediqué a salir con ellos de excursión los sábados por la mañana. En una de las ocasiones reuní a los de Eriste y Sahún. Pero la llegada del mal tiempo cortó inevitablemente esta experiencia. Luego tuve bastantes contactos sobre todo con motivo de la preparación del Festival de Reyes, tanto en uno como en otro pueblo. Y especialmente con la preparación de la primera comunión y la confirmación en Eriste, Sahún y Villanova.
Acudía a la escuela de esta última localidad para dar catequesis a los chavales. Conocía a la maestra, Mª. José, ya que habíamos coincidido como profesores en el Instituto de Aínsa y nos alegramos mucho al reencontrarnos en otro contexto. Una vez a la semana bajaba a este pueblo y me pasaba una hora con los chavales de 1ª etapa de EGB, todos juntos en la misma sala y en presencia de la maestra que, discretamente, no intervenía. Darles catequesis a todos a la vez me creaba el problema del diferente ritmo existente entre los mayores y los pequeños. Hice la experiencia de basarme en la "Iniciación Cristiana Básica", librito fruto de las experiencias del P. Gamo con niños de un barrio de Madrid. Les entregaba cada semana una hoja multicopiada a cada uno en la que incluía contenidos catequéticos y actividades que realizaban conmigo en la escuela o en casa ayudados por sus padres. Éstos nunca me comentaban nada sobre el contenido pero colaboraban con sus hijos. En cada sesión repasábamos la hoja anterior y comentábamos la nueva. Completaba la reunión con juegos o cantos que no tenían demasiada relación con el tema pero que contribuían a aumentar la amistad entre nosotros. Los críos me aceptaron a las mil maravillas pero a los más pequeños llegaba a cansarles tener que transcribir cada hoja a su cuaderno. La participación de los chavales era máxima y se les veía muy interesados en el tema. Los mayores aprendieron a manejar algo la Biblia y parecían haber asimilado los contenidos temáticos.
Con la maestra no hubo una colaboración explícita durante la clase pese a que la idea de mi asistencia me la sugirió ella en mi primera visita a la escuela. Con todo, Mª. José les ayudaba posteriormente a completar las fichas y a realizar alguna actividad de mural.
Intenté que no identificaran la catequesis con una materia escolar más. Para evitarlo en lo posible, procuraba asistir a horas especiales (última del viernes), no dar notas e introducir juegos. Me preocupaba el problema que se me iba a presentar al curso siguiente ya que no disponía de la continuación del método que estaba utilizando y el librito no me iba a dar para más de un curso.
Preparé para la primera comunión a un crío de Eriste, otro de Villanova y una chica de Sahún. Empecé después de Navidad con el de Eriste. Se trataba de Miguel, uno de los hijos de Jesús y Ana, con quien coincido cada poco tiempo en mis recorridos actuales por las calles de Zaragoza. Al añadirse los otros en febrero tuve que congregarlos a todos en casa del chaval de Villanova. Acudía dos veces por semana, recogiendo por los pueblos a los críos en mi coche, y permanecía reunido con ellos durante una hora. Seguí un método surgido en la parroquia zaragozana del barrio de Valdefierro consistente en una exposición catequética dialogada con ellos, seguida de unas actividades a realizar en su casa y culminada por una oración al final de cada tema y un compromiso a cumplir. Durante bastante tiempo les daba una hoja para sus padres con el desarrollo del tema pero la suprimí al no obtener respuesta y por cierta comodidad mía. Los críos lo pasaban bien y trabajaban. Con Jesús y Ana hablaba de su hijo frecuentemente pero no lo conseguí apenas con los padres de los otros dos.
La Catequesis de Confirmación vino provocada porque a final de curso estaba programada la Visita Pastoral del obispo y era tradicional que con este motivo se les impartiera este sacramento. Pero también es verdad que dos padres me sugirieron que les diera catequesis a los chavales mayores. Llevaba tres grupos: uno en Eriste formado por 3 chicos y 1 chica, otro en Sahún con 4 y 2, y otro en Villanova formado por 3 chavales. En Eriste los reunía en la abadía, en Sahún en la antigua escuela y en Villanova una vez en cada casa lo cual me facilitaba el contacto con las familias. Se trataba de una sesión a la semana de una hora de duración. Seguía el método publicado en Zaragoza por Alberto Ruiz al que introduje modificaciones apoyándome en técnicas de dinámica de grupo. Los chavales asistían contentos y participaban mucho, por lo cual superábamos ampliamente la hora que en principio había previsto dedicar a la catequesis.
CON LOS JÓVENES
Si hay algo que falló bastante fue mi relación con los jóvenes. Eran pocos, especialmente en Eriste, y bastante majetes. Cuando nos veíamos nuestras relaciones resultaban fáciles y agradables. Pero me incliné más por trabajar con otros grupos de edad y los tenía bastante abandonados.
Procuré relacionarme con las chicas estudiantes en sus breves estancias en el pueblo. Nos reunimos en algunas ocasiones, sobre todo organizando el Festival de Reyes, y en un encuentro conjunto con los padres para reflexionar sobre las relaciones familiares. Siempre que me topaba con ellas por la calle nos parábamos a hablar y convivieron bastante con los chavales que vinieron a la abadía para Semana Santa y de los que luego haré mención. También procuraba pasar con ellas abundantes ratos en el club pero no conseguí llevar adelante un plan de reflexión y vida cristiana en el que se integraran.
Con los jóvenes trabajadores, además de organizar la mencionada Cabalgata de Reyes, me junté en alguna ocasión para cenar, si bien la iniciativa solía partir siempre de ellos. Aparte de esto me limité a acudir en determinados momentos (muy pocos) al bar donde jugaban a las cartas. Curiosamente, a pesar de la afición que mi familia y yo mismo hemos tenido desde pequeños, no he sido nunca jugador de cartas en el bar. No obstante, mis relaciones con ellos eran muy amistosas. En Sahún le propuse a alguna chica organizar reuniones con la juventud del pueblo, pero ni yo insistí demasiado ni ellos me dieron una respuesta. En Villanova y Sesué apenas traté con alguno, mientras que en los otros pueblos era más fácil el contacto porque solían acudir a misa y luego formábamos espontáneamente una tertulia a la puerta de la iglesia con toda la gente.
CELEBRACIONES LITÚRGICAS
El invierno y sus muy abundantes nevadas de aquel año fueron la causa de que los pueblos a los que tenía que llegar por pista se vieran privados de mi presencia por espacio de unos dos meses. Se trataba de los más pequeños (Sos, Eresué y Ramastué). No obstante, en el último de éstos, y a causa del derrumbamiento de su iglesia, llevamos a cabo unas misas domésticas de indudable interés y con gran participación de la gente. Las celebrábamos cada vez en una casa distinta, comulgaban todos e incluso la homilía la teníamos en plan tertulia. No obstante, me daba cuenta de que para ellos el no disponer de templo se convertía en un problema grave, sobre todo en el plano de sus sentimientos, mientras que para mí no constituía problema alguno.
En situaciones normales intenté una mayor participación de los adultos en la liturgia, pero me limité a proponerles que leyeran las lecturas. No lo conseguí con los adultos pero sí, en cambio, con las chicas.
En aquella época no había las restricciones que en la actual y solíamos realizar celebraciones comunitarias de la penitencia con absolución general, costumbre que años más tarde iba a ser radicalmente cortada por los obispos por temor, creo que infundado, a devaluar el sacramento. Sustituía con ellas el tradicional "cumplimiento", es decir, la confesión individual una vez al año típica de la Cuaresma. Pero no me limité a organizarlas sólo en esa época sino que las repetí en otros momentos. A la gente le gustaba la experiencia. No obstante, me sentaba en el confesonario todos los domingos unos diez minutos antes de cada misa y seguía confesando individualmente como norma general.
RELACIÓN CON LOS CURAS
Punto y aparte merece mi relación con los curas vecinos. Volví a encontrarme con Adolfo Perna quien desde mi envío a Laspaúles ejercía de coadjutor en Benasque del párroco D. José María Suárez, suponiendo todos que iba a ser su sucesor, aunque éste no daba muestras de querer dejar el cargo tan fácilmente. En Castejón de Sos mandaba Mosen Ramón Castel quien, natural de estas tierras, entró en el pueblo con las tropas de Franco y se quedó de párroco hasta el momento que estoy narrando, es decir, casi cuatro décadas. En los últimos años le acompañaba su fiel Marieta, la "casera", quien antes formó parte de la Hermandad de Jesús Maestro a la que perteneció mi hermana Marité. Los restantes eran José Saludes, que residía en Seira y trabajaba como cura obrero, Domingo Subías, antes escolapio y que me había sustituido en Laspaúles, y mi amigo del Seminario Antonio Mozás. Causó sorpresa entre ellos que me destinaran a la zona. En realidad, cuando se conoció que Javier no iba a continuar, se repartieron mis pueblos llegando incluso en algún caso a anunciarlo imprudentemente a la gente. El asunto parecía decidido ya que hasta tuvieron una reunión con el obispo y su vicario para concretarlo. Pero, de repente, aparecí yo y, además, con la pretensión de ausentarme varios días entre semana.
Nuestra relación se incrementó especialmente con motivo de la organización y desarrollo de la Asamblea del Clero. Ésta tuvo lugar a lo largo del curso 1977-1978 pero vino precedida por otras movidas clericales. Aquel invierno nos habíamos reunido un grupo de sacerdotes con el propósito de fijar nuestra postura respecto a ciertos temas de indudable actualidad en aquel momento. Ya un año antes habíamos intentado algunos acercar nuestras inquietudes pero nos limitamos a varias conversaciones y nos perdimos en nuestras diferencias. Con todo, las reuniones entre nosotros se iban imponiendo, aunque muy lentamente y sin grandes resultados.
El interés predominante en 1976 era el económico. Una reunión del Consejo del Presbiterio que supuso la derrota de las posturas sustentadas en este terreno por los curas rurales fue el detonante del proceso. El enfrentamiento, que venía de lejos, entre curas de Barbastro y los de los pueblos, con la sensación por parte de estos últimos de que los de la "capital" les miraban por encima del hombro con altos aires de suficiencia (como me expresaba en carta uno de ellos), permaneció latente a partir de ese momento pero reaparecía constantemente sobre todo en cuestiones monetarias. Por este motivo un grupo nos reunimos en Campo y redactamos un escrito que fue apoyado con la firma de 35 curas. El obispo se enfadó al recibirlo y, según dijo más tarde, lo arrojó a la papelera por "defectos de forma" (?) sin haberlo leído. Pero era un primer paso al cual seguiría otro. A los pocos días nos reuníamos de nuevo, esta vez en Aínsa en donde su párroco llevó la voz cantante ya que era el único que había preparado el tema. La discusión versó entonces sobre el Consejo del Presbiterio y se envió un nuevo documento al obispo. En esta ocasión tuvimos más suerte pues no le quedó más remedio que leerlo.
LA ASAMBLEA DEL CLERO
A causa de estos escritos se empezó a pensar seriamente por alguno, y más en concreto por Antonio Puértolas (quien, por cierto, años más tarde dejaría de ejercer como cura y acabaría residiendo en Zaragoza, en donde prosigue actualmente), en la posibilidad de reunir una Asamblea del Clero para discutir abiertamente los problemas de la Diócesis, evitando de esta forma la proliferación de documentos que no acababan de lograr la eficacia pretendida. Propuesta la idea en el Consejo del Presbiterio, éste la aprobó y en el mes de noviembre se pidieron temas a los curas para ser estudiados. Fueron tres los aprobados y se adjudicaron a otros tantos ponentes: "Trabajo ministerial y extraministerial del sacerdote" (Antonio Puértolas), "Cómo cuidar pastoralmente los pequeños núcleos rurales" (Ernesto Durán) y "Organización eclesiástica" (José Mairal). Cada uno de ellos se encargó de preparar su ponencia pidiendo las ayudas que estimó oportunas. A mí me tocó colaborar con el primero a petición de éste.
La Asamblea no era una idea original puesto que a comienzos de la década tuvo lugar en toda España la preparación y desarrollo de la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes que despertó grandes expectativas y supuso la aprobación de toda una serie de conclusiones que significaban la ruptura de la unión entre el Estado y la Iglesia que se había mantenido tras la Guerra Civil. Las facciones más conservadoras, entre ellas el Opus Dei, lograron hacer llegar desde Roma un extraño documento que la descalificaba, con lo cual neutralizaron en gran medida las propuestas de cambio y las nuevas posturas pastorales ante la realidad española. La inquietud, sin embargo, no desapareció y en la Diócesis de Barbastro cristalizó de la forma que estoy comentando.
A finales de diciembre de este año 1977 un total de 68 curas estábamos en activo, es decir, prestábamos algún servicio a la Diócesis de Barbastro residiendo dentro de sus límites. La mitad de ellos teníamos menos de 46 años, si bien el grupo dominante (la mayoría absoluta) estaba situado entre los 40 y los 58. Esta distribución demográfica, que actualmente nos parecería bastante óptima, era, sin embargo, mucho peor que la disfrutada al comienzo de la década ya que en 1970 el grupo dominante era el comprendido entre los 30 y los 39 años y la mitad de los curas estaban por debajo de los cuarenta. Siete años más tarde, yo era el cura más joven, recién cumplidos mis treinta y uno, mientras que el de más edad, D. Miguel Santaolaria, se hallaba ya en los ochenta, sin bien fuera de la Diócesis aún vivía D. Emiliano Montero que contaba nada menos que con noventa y dos. En el Arciprestazgo de Benasque residíamos, como he dicho antes, siete sacerdotes, todos los cuales, a excepción de los párrocos de los dos núcleos más importantes, no pasábamos de los cuarenta años, lo cual representaba la mayor concentración de curas jóvenes de toda la Diócesis.
El 9 de diciembre nos reunimos en Barbastro para impulsar oficialmente los trabajos de la Asamblea. Se leyeron las ponencias, se explicó su texto respondiendo a las diferentes preguntas y se nos distribuyeron para el posterior estudio por grupos. Prevaleció, por desgracia, la idea de que el equipo natural para ello fuera preferentemente el arciprestazgo o estamento. Esto iba a ser, al menos en mi caso, un hándicap. Difícilmente podíamos formar grupo los de mi zona. Mosen Ramón, el de Castejón, salió cabreado a causa de la ponencia sobre el trabajo ya que consideró que minusvaloraba o ponía en evidencia a los curas mayores. A él, como arcipreste, le correspondía convocar al grupo para el análisis, pero sólo habló con los de Benasque y coincidieron los tres en su falta de interés hacia la Asamblea. De esta manera ni siquiera llegamos a reunirnos.
Vistas como estaban las cosas, decidí reflexionar por mi cuenta y elaboré un informe sobre el semanario de la Diócesis "El Cruzado Aragonés" (ayudado en secreto por mis amigos Ramón Martí y Ramón Salanova) y otro sobre la tercera ponencia. El primero fue suscrito por un grupo de curas del que luego hablaré. Y el segundo me dispuse a enviarlo por mi cuenta, aunque no llegué a hacerlo porque en nuestra zona cambió la situación.
El obispo y el vicario nos pinchaban en cada retiro con el fin de que formáramos grupo de trabajo para la Asamblea, pero Mosen Ramón se hacia el sordo pese a las directas alusiones que se le dirigían. Hasta que Mozás y Domingo Subías me propusieron reunirnos y a nosotros se sumó también Adolfo. A los pocos días aprobábamos en la abadía de Eriste el trabajo sobre la ponencia tercera que yo había elaborado y lo enviamos como contribución del grupo a la Asamblea. También decidimos estudiar la ponencia primera. Por este motivo Puértolas subió para comentar con nosotros la misma y yo les confeccioné una pequeña encuesta para facilitar la reflexión.
La Asamblea debía concluir en la Semana de Pascua pero la lentitud del trabajo de grupos obligó a retrasar su conclusión hasta finales de junio. La ilusión no era grande pero era la única alternativa a la situación de cierto marasmo en la que nos encontrábamos.
He dicho antes que las reuniones de curas iban siendo algo normal en los últimos años. Pues bien, el último intento lo concretamos tras los ejercicios espirituales de San Ramón. Pedro Sandi nos habló de su experiencia en este terreno y decidimos imitarle. Nos pusimos de acuerdo 7 curas para reunirnos una vez al mes y reflexionar sobre nuestros problemas así como para rezar juntos. Fuimos cumpliendo esta periodicidad pero nunca logramos coincidir los siete en una sesión y tampoco avanzamos gran cosa en el desarrollo. Las reuniones tenían lugar en mi piso de Barbastro y a ellas acudían Pedro, Enrique, Teodoro, Garanto, Ernesto Durán y Aurelio. Logramos en parte hablar de nuestros problemas y llegar a la conclusión de la necesidad de trabajar en equipo en una zona, aunque en el momento de concretar quiénes lo formaríamos no llegamos a ser operativos.
PROBLEMAS EN MI TRABAJO COMO CURA
Todas estas movidas me impulsaron en una ocasión a reflexionar sobre esta cuestión y anoté en un cuaderno los siguientes, además de los ya indicados:
- Ausencia de trabajo en equipo con otros curas.
- Falta de atención a la juventud trabajadora del pueblo.
- Dispersión de la población en 7 pueblos. Esto provoca que, aparte de la catequesis con críos, no tenga contacto catequético, fuera de la misa, con jóvenes y adultos, a excepción de los que tengo en Eriste, el pueblo donde resido.
- No suficiente preparación de la homilía, ya que vivo bastante (aunque no totalmente) de rentas de pasados sermones que conservo.
- Dificultad en conjugar el tiempo dedicado al estudio de los problemas pastorales (hecho en soledad en la abadía) y el dedicado al trato personal con la gente. Me suelo decantar hacia el primero.
- Ausencia de iniciativas por parte de los seglares a la hora de aportar sugerencias y colaboración pastoral.
- Las malas comunicaciones invernales a causa de la nieve así como el trabajo del verano de la gente han impedido una mayor asistencia a determinados pueblos.
- Falta de comunicación interpastoral a nivel diocesano que facilite el trabajo en los diferentes campos a base de recibir sugerencias o experiencias ajenas.
- Multiplicidad de tareas pastorales diferentes (pese a lo reducido de la población) que hace que te decantes más hacia algún campo concreto (en mi caso críos y grupo de adultos del pueblo donde resido) puesto que difícilmente puedes abarcarlos todos o te sientes capacitado en cada uno de ellos.
- Ayudar a pasar a la gente de una religión tradicional-cultual a otra de compromiso como Iglesia que somos todos.
- No suficiente encarnación en los problemas vitales, socioeconómicos, de la gente a causa de que realizo un trabajo diferente al de ellos.
- Dificultad de tener un plan pastoral para conectar con los turistas.
- Poca estancia en el pueblo del obispo y del vicario. Sus escasas visitas, sin embargo, han sido positivas de cara a la gente.
