CAPÍTULO 3º:
LA CIUDAD MÁS BONITA DEL MUNDO

INNSBRUCK
A pesar de encontrarse tan sólo a 574 metros de altitud, es una ciudad rodeada de montañas, especialmente por su zona norte, la que la separa de Alemania. Por esta razón, tenías la impresión de encontrarte a mucha mayor altura. Así, por ejemplo, la cima del Hafelekar, con sus 2.334 m., a la que ascendíamos por un concurrido transbordador de vértigo disfrutando de unas vistas inigualables, forma parte permanente del paisaje urbano y la visualizas como si flotara por encima de las calles por donde quiera que vayas, constituyendo una de las grandes paredes de esta amplia habitación que por entonces contaba con 110.000 habitantes. Años más tarde, en una excursión desde España con mi hermana Pilar y unos amigos, volví a experimentar el gozo de estas alturas y desde entonces conservo en mi despacho del Arzobispado de Zaragoza un póster que lo refleja perfectamente. Junto a ella el Brandjoch con sus 2.595 m. y más allá el Solstein con sus 2.633 parecen cerrar el muro infranqueable que nos separa del norte. La noche en que comienza el verano personas encargadas de ello expresamente convierten el perfil de las montañas en una hilera de pequeños fuegos que le dan un aire muy especial: arde la cresta remedando de esta manera al fuego solar que nos llena de energía todo el día.
Esta ubicación entre montañas provoca que sea una ciudad de crudos inviernos con la nieve habitualmente como paisaje urbano. El frío era intenso y lo sufríamos en la calle, no así en el Colegio ya que estaba perfectamente preparado para ello, con dobles ventanas y una buena calefacción. No nos atrevimos, por cierto sentido hispano de la virilidad muy frecuente en aquel tiempo y no desaparecido todavía, a endosarnos los calzoncillos marianos que llevaban nuestros congéneres austríacos pero envidiábamos la defensa térmica que les suponían. En verano, sin embargo, remontaban las temperaturas y aprovechábamos para acudir un rato después de comer a una piscina municipal, aunque, eso sí, cuando llegaban las cuatro de la tarde se desencadenaba inevitable y regularmente una tormenta de verano que suponía el final de nuestro relax. Era la puntualidad europea trasladada al tiempo atmosférico.
El río Inn la atraviesa de este a oeste, formando la ciudad, como su nombre en alemán indica, un "puente" sobre el mismo (Innsbruck = puente sobre el Inn). Pero no es su único río ya que se encuentra en el punto de intercesión del Inn con el más humilde Sill. Por el sur la estación montañosa del Patscherkofel, con sus casi 2.000 metros, es la colina adelantada de su hermanas mayores el Nockspitze (2.400) y el Morgenkogel (2.607), por entre las cuales discurre la gran autovía que se dirige a Italia, hacia el Trentino, volando por esa maravilla llamada Europabrücke (Puente de Europa), con sus 800 metros de longitud al que sostienen como colgando unas impresionantes columnas de 190 metros de altura.
Es la capital del Tirol, incorporado en 1363 a Austria. Se convirtió en la residencia del emperador Maximiliano I, abuelo de Carlos V, adquiriendo con ello cada vez mayor importancia. Buena prueba de esto es la Hofburg (residencia real) y su Hofkirche (iglesia real) situadas en la zona principal junto al Hofgarten (parque real y principal de la ciudad), precedidas por la fuente del Archiduque Leopoldo V. En el centro de la iglesia se erige el gran panteón del emperador Maximiliano, aunque sus reales huesos descansan en Viena porque murió mucho antes de que se terminara la obra tras 80 años de trabajos. El monarca está esculpido en posición de rodillas y le hacen la corte de honor toda una gran serie de 28 estatuas en bronce (estaban previstas 40, más cientos de estatuillas y bustos de emperadores romanos) representando a parientes y antepasados, figuras reales y nobles, entre las que se encuentran las de los monarcas españoles de la época. La presencia de estos últimos te hacía sentirte familiar, algo así como pariente, de aquellos tiroleses a cuya tierra nos habíamos transplantado. En la misma iglesia se halla la tumba de Andreas Hofer, héroe nacional, y de otros combatientes por la libertad en 1809 frente a las tropas napoleónicas. Algo más allá, pero en el mismo entorno, en plena calle Rennweg, se erigen majestuosos los edificios del Gobierno Regional y el Teatro Nacional (Landestheater), primer teatro permanente de los países germánicos. A este último acudían los innsbruckeses con sus smokings alquilados, haciendo verosímil la idea de que los austríacos eran considerados entonces como parientes pobres de los alemanes. Esos mismos trajes que también utilizaban cuando acudía alguna compañía española de flamenco de segunda línea, como pudimos observar en determinadas ocasiones, provocando con ello nuestra hilaridad.
Lo más representativo, sin embargo, es el llamado "Tejadillo de oro" (Goldenes Dachl), de estilo gótico tardío que con sus cerca de 3.400 tejas doradas fue erigido en 1500 por el emperador Maximiliano I como loggia desde donde la corte contemplaba las manifestaciones que tenían lugar en la plaza que parece presidir. Frente a él la casa Helbling, remodelada en el siglo XVII con una fachada de estilo rococó que siempre me recuerda al merengue. Completan el conjunto la Torre Cívica (Stadtturm), construida a principios del siglo XIV como torre gótica, y la Catedral, edificación barroca erigida en torno a 1720 sobre el lugar que ocupaba la antigua iglesia parroquial, y en la que se encuentra la milagrosa imagen de Lukas Cranach.
En la periferia de la ciudad merecen destacarse la Rundgemälde, una gigantesca pintura que forma una rotonda y representa la batalla de 1809 en Bergisel (Monte Isel) contra las tropas de Napoleón, y el Castillo Ambras, mandado edificar por el archiduque Fernando II, sucesor de Maximiliano, como residencia para él y su esposa Filipina Welser, al no poder participar ella en los actos de la corte dada su condición de plebeya. Contiene una colección de artes y armas, incluida una sala española, y está rodeado por un maravilloso parque natural.
Cuando llegamos nosotros todavía resonaban los triunfos de los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Innsbruck en 1964 (doce años más tarde volvería a acoger los mismos Juegos al renunciar la ciudad a la que en principio habían sido adjudicados). Por ello, la propaganda hablaba de que constituía la "Meca" de los esquiadores y alpinistas. El gran trampolín olímpico estaba situado en la Bergisel, junto al monumento a Andreas Hofer, y para acceder al mismo había que recorrer toda la ciudad siguiendo la Maria Theresienstrasse con su columna de Sta. Ana, frente al Ayuntamiento, erigida en 1706 en recuerdo de la defensa frente a los bávaros con ocasión de la Guerra de Sucesión española; tras atravesar el Arco de Triunfo, construido en 1765 con ocasión del matrimonio del futuro emperador Leopoldo II y de la muerte de su padre, el emperador Francisco I, se continuaba la Leopoldstrasse hasta el final, adentrándose en una zona que fue poco transitada por mí, tal vez porque en mi imaginario parecíame como si el mencionado Arco constituyese una a modo de Puerta berlinesa de Brandeburgo que marcaba el final del territorio de libre recorrido en la época del telón de acero.
EL CANISIANUM

En el número 7 de la Tschurtschenthalerstrasse (nombre terrorífico para un español, hasta el punto de que mi tía Elisa al escribirme recortaba el remite de mi carta y lo pegaba en el sobre que me enviaba ya que era incapaz de transcribirlo tal cual) te topabas con el Canisianum, el colegio internacional para estudiantes de teología regentado por los jesuítas. El edificio había sido construido en 1911 en su actual estado. Anteriormente existió el Nicolaihaus, fundado nada menos que en 1569 por el P. Nikolaus de Lanoy S.J., el cual, al quedarse pequeño ante las numerosas peticiones de ingreso de nuevos escolares, provocó la decisión de construir uno nuevo. Fue el P. Michael Hofmann quien lo dedicó a S. Pedro Canisio, proclamado santo en 1920. En el curso inicial el número de estudiantes fue de 270. Durante la 1ª Guerra Mundial acogió a los alumnos del Germánico de Roma. Su momento más crítico se produjo el 21 de noviembre de 1938 cuando los nazis lo clausuraron entregándolo para su uso a la Delegación de Hacienda del Tirol, lo cual obligó a sus moradores a trasladarse a Wallis (en la neutral Suiza) y proseguir allí sus estudios. Al finalizar la guerra volvieron jesuítas y estudiantes a Innsbruck en donde recomenzaron las clases en octubre de 1945. Los alumnos (seminaristas y sacerdotes jóvenes) cursaban sus estudios en la Facultad de Teología de la Universidad de Innsbruck, si bien el Colegio era quien concedía los títulos académicos. Por esta razón, soy Licenciado en Teología por el Canisianum. Éste, finalmente, tiene a gala haber sido lugar de residencia y de estudios de numerosos alumnos que llegaron a ser obispos e incluso algunos de ellos a cardenales.
En 1969, según refleja la foto oficial, ingresamos en el mismo un total de 34 nuevos alumnos. En la fotografía se descubren rostros centroeuropeos, pero igualmente americanos, asiáticos y de la Europa del Este, además de los 4 españoles que procedíamos de Zaragoza y Barbastro. En los últimos tiempos, sin embargo, el origen de los estudiantes ha cambiado radicalmente y hoy parece más un Colegio de alumnos del Tercer Mundo y del Este de Europa, ya que son muy escasos los procedentes de Austria, Alemania o de otros países desarrollados del primer mundo.

El Canisianum es un edificio de grandes proporciones. Su majestuosa escalera tiene 13 metros de anchura, con escalones de más de 3 metros de amplitud, y está rematada por una cúpula que deja pasar la luz del día proporcionando luminosidad natural a la misma. Recuerdo su capilla, remodelada en 1970 en plan moderno, toda de blanco con sillas negras, que no acababa de inspirarme especial devoción. Guardo un folletito en alemán titulado "La Santa Misa con la Comunidad" que contiene las instrucciones para la celebración eucarística a partir del Primer Domingo de Adviento de 1969 y que comienza de este modo: "Canto de entrada: cuando entra el sacerdote nos pondremos todos de pie, mientras la Schola, los recitantes o el pueblo dicen en voz alta o entonan en alemán el canto de entrada; el sacerdote saluda, besa el altar y se va a continuación a la sede sacerdotal".
En el inmenso comedor, con sus alargadas mesas y elevados techos, nos tuvimos que acostumbrar a un tipo de comidas que no coincidía con nuestros gustos ni con las cantidades que estimábamos oportunas para nuestra vitalidad juvenil. Tampoco estábamos habituados a comer a las doce del mediodía o cenar a las siete de la tarde: nos parecía tan sólo un adelanto, un pequeño refrigerio, un aperitivo de lo que debería venir después en serio y que nunca, lógicamente, llegaba. Los jardines exteriores inspiraban paz y su campo de fútbol animaba a correr. En sus salas de ping-pong descubrí (yo que tanto tiempo le había dedicado en los Seminarios de Barbastro y Zaragoza) que se trataba de un auténtico deporte al cual acudían sus asiduos en pantalón corto y zapatillas de baloncesto, como entonces las denominábamos. Sus luminosos pasillos daban acceso a nuestras habitaciones con doble ventana para preservarlas del frío ambiental.
Lo primero que te encontrabas al entrar en ellas era una bayeta para cada pie con la que dar brillo a la tarima que nos servía de suelo. El mobiliario era austero: lavabo, mesa de trabajo, armario simple y una cama en donde descubrías lo más novedoso para nosotros españoles: en lugar de sábana de arriba teníamos que habérnosla con un edredón envuelto en una sábana; te lo colocabas encima sin atraparlo por los lados, con el temor de que al dar vueltas y vueltas durante el sueño (yo que tenía en ocasiones uno bastante agitado y con episodios de sonambulismo) acabara deslizándose hacia el suelo. Encima de la mesa, además de otros objetos, coloqué desde el principio un viejo transistor traído de casa, gracias al cual conseguía escuchar por las noches Radio Nacional de España en onda corta, hasta el punto de que conocedores mis amigos de Barbastro de esta afición mía decidieron felicitarme por mi cumpleaños a través de esta emisora; durante el día apenas podías escuchar otra cosa que no fueran los gorgoritos de la música tirolesa. Aún hoy, cuando los oigo, me vienen las sensaciones que experimentaba en aquella habitación 35 años atrás.
He mencionado hace un momento la revolución culinaria que supuso para nosotros el Canisianum. Para empezar, el pan era negro, lo cual nos retrotraía inevitablemente a lo que nos habían comentado nuestros padres acerca del que se comía en España durante los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. Su sabor no nos gustaba, pese a lo cual lo asumíamos confiando en que, según nos decían, nos aportara efectos beneficiosos para nuestra salud. Para beber nos aficionamos a la leche como sustituto del vino en las comidas, hasta el punto que también la pedíamos en los bares. En aquel comedor nos inundaban con los "Haferflocken" (copos de avena) que echábamos en la leche del desayuno, tan sanos según nos decían para nuestros cuerpos, aunque nunca me enamoré de su sabor. Lo que nos resultaba más difícil de asumir eran las cenas de los viernes consistentes semana tras semana en tan sólo productos lácteos: mantequilla, leche, queso y yogurt. Este último fue un gran descubrimiento, no conocido por nosotros en España hasta ese momento: me acostumbré a aquellos yogures blancos, enormes, que injería sin añadirles azúcar. Nos levantábamos de aquellas cenas a las siete de la tarde con un hambre de mil pares de narices y teníamos que acudir a menudo a una pizzería cercana en la que completábamos nuestra dieta pidiendo para dos una pizza y un "Teller dazu" (un plato más), es decir, una pizza partida por la mitad para cada uno. Este genial producto italiano fue otro de nuestros grandes descubrimientos culinarios. O mejor, descubrimos la media pizza, ya que nuestras posibilidades económicas no daban para más. También degustábamos abundantes sopas, riquísimos spaghetti, patatas cocidas con su piel, la "wiener Schnitzel" (filete de ternera empanada al estilo vienés y que nos la acompañaban con mermelada), el "Strudel" (pastel relleno con manzanas), los "Nudeln" (fideos), las "Knödeln" (albóndigas de pan o patatas), el "chucrut"..., así como las salchichas de Frankfurt con mostaza que comprábamos a precio razonable a vendedores ambulantes en las noches de "marcha" por las calles del casco antiguo. En ocasiones nos acercábamos a un establecimiento de la cadena Grünewald, frente a la Columna de Ana en la Maria Theresienstrasse, y nos alimentábamos a base de pollo al ast con patatas fritas y cerveza.
Si a alguno se le pegaban las sábanas sabía que podía acudir a la habitación de Teodoro quien, cual madre providente, y dado que era de los primeros en bajar al comedor, agenciaba en éste toda clase de comida y se la subía a su cuarto. Fue nuestro salvador culinario en tantas mañanas tirolesas que hubieran sido muy diferentes sin su concurso.
LA COMUNIDAD DEL CANISIANUM
Formábamos la comunidad al menos 158 residentes, según he contado uno a uno en una lista que conservo del curso 1969/70 y que termina con la indicación de que había otros que todavía no habían dado a conocer su dirección por lo que no aparecían en el censo. El grupo aragonés lo componíamos mi compañero de curso y de licenciatura Teodoro Félix, José Vicente Casanova, Ernesto Martín Peris con quien hice una gran amistad y José Ángel Giménez Alvira, sacerdote de Zaragoza recién ordenado, de mi mismo curso aunque no coincidimos en el Seminario ya que realizó sus estudios completos de teología en Innsbruck. Atendía a unas monjas en el vecino pueblecito de Völs y su veteranía en el Canisianum así como su lógico dominio del alemán le daban la condición de primus inter pares en el grupo de los aragoneses.
Otros dos españoles se encontraban allí: Fernando Muñoz, que procedía de Barcelona, trece años mayor que yo, y José A. Virseda (alias "Cantalejo", porque así se llamaba su pueblo), procedente de Madrid, un tipo muy divertido a lo bestia. Además de la cohorte de hispanoamericanos: los colombianos Santiago Bernal, Álvaro Domínguez, José Montoya, Pedro Nel Manrique (a cuyo coche lo llegamos a denominar el "tragalitros" por las clavadas que nos metía su dueño cada vez que nos transportaba, usando como argumento el consumo de gasolina del mismo), Guillermo Orozco, Héctor Giraldo (al que apodábamos el "hijoputeaíto", por la costumbre que tenía de repetir en todo momento la conocida expresión) y Néstor Sánchez; los brasileños José Chaicovski, Marian Czaikowski y José Carlos Pires; y los mexicanos Julio García (alias "el sordo", que salió del Canisianum un día para contraer matrimonio al siguiente) y Javier Ruiz Velasco, alias "La Comadre". Este último merece un recuerdo especial: de más edad que nosotros, ya que me llevaba casi ocho años, con su inmensa frente despejada por la ausencia precoz de pelo, procedía de Guadalajara, lo cual le otorgaba un plus en mi consideración ya que mi tía Mari vivía en aquella ciudad mexicana e intenté ponerlos en contacto; pero lo atractivo de él era su gran humanidad, su gran sentido de la acogida que acompañaba con una sonrisa cómplice que derribaba barreras y el inmenso desorden existente en su habitación, por lo cual cuando le interesaba acordarse de algo escribía una nota en un papel y la dejaba en el suelo en mitad del mismo. Me envió una foto de su ordenación en México en octubre de 1971 y desde entonces he perdido su pista aunque me han llegado últimamente noticias de que está muy comprometido con los indígenas de la zona en que surgió el movimiento zapatista.
Aunque no residía en el Canisianum, una figura clave entre nosotros durante aquellos años fue Andrés Ortiz-Osés. Natural de Tardienta (Huesca), junto a ese caudaloso canal que tanto recordaba, había llegado a Innsbruck tras finalizar sus estudios en Roma, en donde se había ordenado cura gracias a la esperanza que le produjo Juan XXIII. Por cierto que al aterrizar en el Colegio Español de Roma para iniciar sus estudios le llamó el Rector del mismo para comentar con él la información que le había remitido su obispo. Lo hizo en un tono muy amable alabando su vida de piedad, aunque su nivel intelectual dejaba algo que desear. Andrés estaba sorprendido ya que no era especialmente piadoso y, por otra parte, pensó que el nivel de exigencia en la Ciudad Eterna parecía bastante más alto que en Comillas en donde había cursado sus estudios con muy buenas notas. A continuación el Rector llamó a otro compañero de Barbastro, diócesis que compartía obispo (D. Jaime Flores) con la de Huesca, para, en tono severo, llamarle la atención por lo contrario, es decir, por su deficiente vida de piedad, aunque sus notas académicas fueran brillantes. Los dos compañeros no salían de su asombro hasta que pudo comprobarse que el Obispo había confundido los sobres con los expedientes.
Vivía en el Priesterseminar (Seminario Diocesano), en el barrio de Hötting, no lejos de nosotros, y preparaba su tesis doctoral en filosofía sobre Amor Ruibal, erudito canónigo compostelano fallecido en 1930 atropellado por un ciclista a sus sesenta y un años, totalmente desconocido para nosotros hasta ese momento pero luego incluso glosado en canciones que acompañaban nuestras juergas. Andrés era, y es, todo vitalidad, todo admiración por lo nuevo aunque fuera meramente anecdótico, todo conversación rica en juegos de palabras, todo subversión de la vulgaridad, todo movimiento e inquietud intelectual. Cuando llegaba Andrés nuestro pequeño mundo se revolucionaba y nos convulsionaba en un puro ascender a lo sublime y descender a lo plebeyo. Hasta su aspecto y sus andares formaban parte integrante de su ser antidogmático, pleno de humor y socarronería aragonesa entre gestos desbocados. Le molestaba sobre manera que le tocaran la cabeza por lo cual un día, harto ya de que así lo hiciera un yugoslavo del Canisianum, la emprendió a puñetazos con el mismo ante el estupor de José Ángel que estaba presente. Congeniamos pronto por ser ambos oscenses pero te desbordaba por todas partes hasta agotarte.
En mayo de 1971, siendo nada menos que asistente privado del Profesor Coreth, defendió su tesis y alcanzó merecidamente el doctorado; le dedicamos una fiesta en la que le concedimos el título de "doctor amoris causa". Más tarde se instaló en Zaragoza como profesor pero no aguantó mucho en las para él estrecheces intelectuales de esta ciudad, trasladándose a la Universidad de Deusto, en donde imparte sus clases actualmente, destacando como hermeneuta y antropólogo, hasta el punto de que la revista Anthropos le dedicó un número monográfico. En vacaciones no deja nunca de pasar unos días en el Seminario-Residencia sacerdotal de San Carlos en Zaragoza y sigue sorprendiéndonos en sus visitas de amigo fiel a sus recuerdos de lo que él llama "el grupo innsbruckés de la paliza". Todo un personaje tremendamente erudito que, ya superados sus 60 años, prefiere añadir a sus múltiples publicaciones libros de aforismos que en estos momentos le hacen disfrutar más que cualquier otro esfuerzo intelectual. Ya no se dedica a escuchar sino a hablar, como me confesó hace poco y como ha hecho casi siempre.
Todo los hispanohablantes formábamos lo que se denominaba la "Spanische Landsmanschaft", es decir, la comunidad hispana, que disponía de sala de estar propia cuyos techos lucían adornados imitando las pinturas rupestres de las cuevas de Altamira. Aquella era nuestra sala de reuniones y de fiestas, la más animada y cachonda del Colegio. No era la única ya que el Canisianum estaba organizado por comunidades lingüísticas, lo cual favorecía la relación entre los de un mismo idioma pero tenía el evidente peligro de segregar algo así como ghettos que no ayudaban precisamente a la integración del conjunto ni al mejor aprendizaje del alemán.
La colonia alemana, con sus 39 miembros en la lista, era la más numerosa, seguida de la austríaca con 27. Lógicamente su peso se hacía sentir ya que el Colegio estaba en plena zona de habla alemana y este idioma era el oficial en su seno. A continuación venía una importante representación yanki, con 20 rubios potentes, así como otra semejante de yugoslavos, pero éstos en moreno, con su ropa grisnegra y más bien tercermundista, hablando todos ellos en su idioma, formando un auténtico clan de "oscuritos", como les denominábamos. Suizos (10) y luxemburgueses (7) contribuían al predominio germano, aunque hablaban a la perfección también el francés por lo cual nos resultaba más fácil la comunicación con ellos al menos al principio. Y luego estaban las minorías: 3 ingleses, entre ellos uno que hacía gala de su elegancia con las tazas de té; 2 canadienses, con uno de los cuales intercambié idiomas: él me enseñaba inglés y yo a él español; dos italianos del norte, de la zona de habla alemana (Südtirol o Alto Adige); y algún que otro asiático, como los que tenía de vecinos de habitación: un vietnamita del que se comentaba que le bastaba con dormir cada noche tan sólo 4 horas, gracias a una técnica de concentración que utilizaba, y un coreano inmenso, atlético, con una piel que parecía depilada y que nos apabullaba en el ping-pong con su sola presencia.
¡Qué diferencia con la situación a la que se ha llegado treinta años después! En el curso 2004/2005 los más numerosos han sido los procedentes de la India (13) y Corea (7), a los que hay que añadir 10 africanos (procedentes de Tanzania, Ghana, Kenia, Uganda, Nigeria y República Democrática del Congo), 3 colombianos, 2 mexicanos y un vietnamita. De Europa tan sólo 19, cuatro de los cuales ucranianos, tres bosnios, dos croatas, un polaco, un eslovaco y, entre los pertenecientes a los países cuyo número dominaba en mi época, tan sólo tres alemanes, dos austríacos, dos suizos y un italiano. En total han quedado reducidos a sólo 55 convictores, entre los que se incluyen 4 religiosos. La disminución de vocaciones en el Primer Mundo se ha hecho sentir y el predominio del llamado Tercer Mundo es un dato apabullante. Por cierto: ya hace años que no queda en el Colegio ningún estudiante español.
Todos los alumnos del Canisianum fuimos entrando a formar parte de la Priestergemeinschaft (Comunidad sacerdotal) del mismo. Guardo mi tarjeta de aceptación en esta asociación con fecha 7 de junio de 1970, expedida en ese momento (casi al final de curso) ya que sus estatutos determinaban que para ser miembro era imprescindible haber residido al menos un año en el Colegio. Su intención era marcarnos con su sello espiritualmente y permanecer unidos más allá de los límites temporales de nuestra estancia en el centro. Formar, en definitiva, una comunidad de antiguos alumnos (bajo el lema "Cor unum et anima una!"), unida al Canisianum y extendida por todo el mundo, dado el carácter internacional del colegio. Sus primeros miembros, cien años antes, expresaron así al Papa Pío IX sus deseos acerca de esta PGC: "Piam societatem inter se inierunt qua et suos in Convictu quondam socios, nunc autem in vinea Domini per varias Europe, Americae atque Asiae provincias operarias precibus adiuvent, ac viribus unitis Sacratissimi Cordis Jesu cultum promoveant". El texto refleja que la promoción de la devoción al Corazón de Jesús se hallaba en el meollo de sus objetivos. Sus miembros nos comprometíamos a ofrecer misas anualmente por los convictores vivos y difuntos, a rezar con frecuencia por ellos, a ser solidarios con el Colegio. El Canisianum, por su parte, se obligaba a hacer lo mismo por todos nosotros y a enviarnos su revista (Korrespondenzblatt) periódica y gratuitamente, como así siguen haciendo conmigo actualmente, tras unos años en que perdimos el contacto.
Este sentido comunitario tenía su parte solidaria muy importante, la cual repercutió muy positivamente sobre mi situación económica. Los residentes españoles estábamos situados entre dos mundos: por un lado el de los yankis y centroeuropeos que eran los "ricos" y disponían de buenos coches y medios más que suficientes; por el otro el de los del tercer mundo, quienes, gracias a las ayudas que recibían de aquéllos, se pegaban la vida padre. Nosotros no éramos ni ricos ni pobres sino todo lo contrario, de ahí nuestras estrecheces. En una agenda tengo anotaciones que señalan, por ejemplo, que el 28 de octubre de 1970 disponía de 13.000 pts. que se redujeron a 3.700 pts. el 19 de diciembre, poco antes de partir de vacaciones a Barbastro. Tras éstas remonta mi economía a cerca de 12.000 pts., ya que mi padre me ayudaría con el resto. Pero a comienzos de junio ya se situaba por debajo de las 5.000 pts.
Bueno pues sucedió que un día me llamó no sé si el Regens o el administrador y me comentó: "Hemos observado que lleva usted dos meses sin pagar la estancia en el Canisianum y hemos deducido que tiene problemas económicos que le impiden hacerlo. Por ello le estamos buscando un benefactor que le financie los estudios". Aboné el primer mes pero luego me había despistado, ésa era la verdad. Así que acepté encantado la generosa oferta y pronto me anunciaron que ya había un sacerdote austriaco que se hacía cargo de mis gastos. Tengo que reconocer agradecido que lo hizo con total desprendimiento. Nunca llegué a conocerle personalmente. Le invité a mi ordenación y se disculpó alegando no recuerdo qué. Hasta este cura llegaron noticias de mis apuros económicos porque publicaron mi foto y mi curriculum solicitando ayuda para mí en una revista de la parte del sur de Austria lindando con Yugoslavia, por lo cual estaba escrita en esloveno. Tuve una sensación extrañísima, como si de golpe me hubiera convertido en un indigente mendicante, pero me solucionaron económicamente mi estancia en el Colegio. Naturalmente, su ayuda no cubría mis gastos cotidianos, por lo cual mi vida siguió siendo tan austera como hasta entonces, con pocas alegrías más allá de mis paquetes de tabaco semirrubio, ya que no encontré nada parecido al negro Ducados, que no me entusiasmaban dicho sea de paso, pero algo había que fumar.
Los residentes estábamos organizados en la casa de manera democrática. Periódicamente tenían lugar las correspondientes elecciones para elegir a nuestros representantes (Pedell y Subpedell, es decir, delegado y subdelegado). Los hispanos pasábamos bastante del tema, a excepción de Casanova que al cabo de unos años llegó, creo, a presentarse para delegado, saliendo elegido. Nuestro abstencionismo provocó una llamada de atención por parte del P. Regens (Rector) a la que respondimos con un manifiesto en el que expusimos nuestra toma de posición política. Pero de ello hablaré más adelante.
Y ya que acabo de mencionar al rector, me detengo ahora en los jesuítas encargados de la dirección del Canisianum. Nos tocó como Regens a un conde, Heinrich Ségur, que acababa de sustituir a su predecesor (P. Franz Braunshofer) que lo había sido durante muchos años y con mucho prestigio. El tal conde, buena persona, era un tanto distante, con su porte noble a cuestas y sus ademanes distinguidos. No consiguió hacerse popular y tan sólo duró un año en el cargo. Nosotros teníamos bastante más relación con el P. Vogel, altísimo personaje cuyo nombre causaba especial hilaridad a Casanova ya que traducido significa "pájaro", y con el P. Miribung, prefecto de estudios, que fue quien sustituyó al aristócrata rector. En total eran 8 los jesuítas que convivían con nosotros.
OTRAS AMISTADES
Hay que decir también que nuestras relaciones no se limitaban a los colegas del Canisianum o a los compañeros de clase. Conocimos a un español, de nombre Justo, algo mayor que nosotros, que ejercía como lector (profesor) de castellano en la Universidad, estaba casado con otra española y tenía dos hijos. Le visitábamos con cierta frecuencia y nos resarcíamos de nuestras estrecheces culinarias degustando en su casa maravillosas tortillas de patata muy españolas o huevos con patatas fritas, que es casi lo mismo pero al revés. Justo incluso intentaba sus pinitos intelectuales con Andrés y se las daba de psicólogo. Sus dos hijos, ambos de corta edad, estaban pasando según él por fases muy distintas. El más pequeño se hallaba en una encantadora, la "lírica", y por ello, nos comentaba su padre, disfrutaba mucho estéticamente con cualquier objeto, se entretenía contemplando una flor o cosas por el estilo y reposaba sumergido en un inmenso almohadón que casi parecía su lecho materno. El otro, en cambio, un poco mayor que él, estaba en la terrible fase "épica" y era de temer porque le gustaba la ación y lanzarnos objetos a modo de flechas o dardos. Lo peor era que nosotros, en opinión de su padre, debíamos aguantar los golpes sin rechistar ya que, nos advertía su progenitor, si le recriminábamos o reprimíamos su agresividad natural podíamos provocarle sentimientos de frustración con todo lo terrible que aquello podía ser. Así que nos limitábamos a situarnos bien lejos del mayor violento y sonreíamos ante el sentido cándido de la vida del menor de los infantes.
También visitábamos de vez en cuando a Ligia, una colombiana que nos invitaba a frijoles con arroz y a su especialidad que eran las arepas. Conocíamos y tratábamos también a algunos vecinos del colegio y a chicas estudiantes, como la que me invitó a visitar París, invitación que acepté como más tarde relataré. Nuestros amigos hispanoamericanos aprovecharon bastante estas relaciones, llegando incluso a contraer matrimonio con alguna de ellas. También Casanova acabó casándose con una ucraniana y de ese modo inició su integración en esa comunidad étnico-lingüística en la que continúa actualmente en Nueva York. Por mi parte, hice intercambio de idiomas con un austríaco de cuyo nombre no puedo acordarme y que vivía al otro lado del río por el barrio de Mühlau: era yo quien acudía a su casa y le enseñaba español, mientras él iba completando mis conocimientos de alemán. También recibimos visitas de viejos conocidos del Seminario de Zaragoza (Gregorio Muñío, Alberto Ruiz, Jesús del Pozo, etc.) y del hoy canónigo y musicólogo José Vicente González, algo mayor que nosotros. Varios de ellos habían estudiado en Innsbruck o cursaban estudios en la vecina Múnich.