CAPÍTULO 4º:
LICENCIADO NO INFALIBLE
LAS CLASES
El motivo principal de mi período innsbruckés era obtener la licenciatura en Teología que no pude conseguir en el Seminario de Zaragoza al no ser Facultad ni estar capacitado para otorgar títulos. En años anteriores, habían impartido clases los hermanos Rahner (Karl, el más importante teólogo católico del siglo XX, y Hugo, dedicado a una reflexión más espiritual) en la época más gloriosa de esa Facultad de Teología que ya no se ha vuelto a repetir. Para obtener la licenciatura me convalidaron mi curriculum de teología de Zaragoza pero hube de estudiar y aprobar algunas asignaturas más (Salmos, Hombre y revelación, Penitencia, Religión en Cristianismo, Historia de la Iglesia, Misterio de Salvación, Creación, Exégesis sobre el Mensaje de Jesús, etc.) y frecuentar las clases de profesores como Kern, Lakner, Gamper, Grotz, Schupp, Kehl y Maass, en las que, como anécdota, diré que te sorprendías cuando los alumnos, para expresar su aprobación a las afirmaciones del catedrático, golpeaban con sus nudillos los pupitres de madera produciendo un auténtico estruendo. Si no conocías esta clave podías llegar a pensar que se trataba de abucheos, cuando en realidad significaban todo lo contrario. Además pasé horas y horas, normalmente en mi habitación, estudiando las diferentes tesis que podían caerme en suerte o en desgracia en el examen final, así como elaborando la tesina a presentar.
La tarea no fue fácil porque, entre otras cosas, tenía que superar la barrera del idioma. Walchensee nos proporcionó una base pero quedaba el resto del edificio lingüístico. Las clases, en la Universidad de Innsbruck se desarrollaban, naturalmente, en alemán y, sobre todo al principio, te costaba bastante captar las lecciones de los diferentes profesores. Los exámenes te permitían hacerlos en español en el caso de los escritos, pero obligatoriamente en alemán si se trataba de orales. Y en los exámenes finales había también de estos últimos. Te exigían, además, superar un examen del idioma, lo cual conseguí con nota "bien" el 27 de abril de 1971, además de demostrar sólidos conocimientos de otro (inglés, francés o italiano, a elegir), prueba que también superé (creo que fue el francés).
Junto a las clases en la Universidad asistí a otro tipo de ellas que me sugirieron en el Canisianum. Alguno de los jesuítas debió fijarse en mi buena voz, aunque no sé muy bien con motivo de qué cantos míos, como no fueran los de misa..., pero siendo en alemán tampoco creo que me esmerara demasiado. Tal vez me oyera tararear en mi habitación o paseando por los pasillos, costumbre que he arrastrado a lo largo del tiempo. Lo cierto es que me propusieron que fuera a clase de canto al Conservatorio para recibir formación a cargo de una profesora de la ciudad. Tras pensármelo dos veces, acepté, me imagino que llevado más por la curiosidad que por otra motivación. Pero aguanté muy poco. Éramos como unos cinco alumnos/as dominados por una Fräulein de lo más cursi que me he echado en cara. Nos dedicábamos a hacer gorgoritos subiendo y bajando por la escala una y otra vez, tratando de respirar adecuadamente para darle más fuerza a nuestros sonidos. Como no pensaba dedicarme a estos menesteres y el ambiente no me entusiasmaba en absoluto, opté por dejar de ir tras aguantar tres o cuatro sesiones y sin dar más explicaciones. Ahí terminó mi nada prometedora carrera en el bel canto.
LICENCIADO EN TEOLOGÍA
Mis mayores problemas los tuve con la tesina. Tras muchas cavilaciones, como suele suceder en estos casos, opté por desarrollar el tema "Primado papal e Infalibilidad". La cuestión estaba muy de actualidad porque en 1970 el teólogo suizo Hans Küng, que había sido perito en el Concilio Vaticano II, acababa de publicar su polémico libro "¿Infalible?". A mí me pareció un tema apasionante y me lancé a su estudio. El primer problema que tuve que afrontar fue la elección del profesor que iba a dirigírmela. Dada la división de materias entre ellos no me quedó más remedio que acudir al encargado de estas cuestiones teológicas, que resultó ser, como ya sabíamos, un conservador de armas tomar. No sé cómo pude ir salvando los obstáculos intermedios que me fue poniendo a medida que le iba exponiendo el contenido de mi trabajo, pero el caso es que la puntilla me la dio cuando al ir a presentar la redacción definitiva en castellano me exigió que el texto debía ser escrito en alemán. No me quedaba tiempo ni ganas para intentar su traducción, ni podía acudir a algún colega de lengua germana para que me hiciera el favor de traducirlo ya que todos estaba muy ocupados con los inmediatos exámenes. Entonces me armé de valor, y con ayuda de otro alumno de la Spanische Landsmanchaft que actuó de intermediario, me puse en contacto con el profesor más avanzado, Schupp, el cual no puso inconveniente para dirigir el final de mi tesina. No sólo lo hizo sino que, además, me puso un sobresaliente de nota.
Expongo, a continuación, las conclusiones finales a las que llegué puesto que, lejos de haber quedado anticuadas, siguen conservando gran actualidad e incluso resultan avanzadas para estos tiempos ya del siglo XXI, dado que la Iglesia, en mi opinión, ha experimentado estructuralmente desde entonces un claro retroceso con respecto a lo que cabía esperar tras el Concilio que tantas esperanzas despertó, especialmente de la mano de Juan XXIII. Subrayo en el texto algunos párrafos que considero más esenciales para ayudar a su comprensión por quienes no están acostumbrados a un lenguaje más teológico o técnico:
"Tanto el Vaticano I como el Vaticano II son hijos de su tiempo, es decir, están condicionados por la situación histórica en que se han desarrollado. Sus enseñanzas son complementarias, lo cual no significa que el tema del primado e infalibilidad haya quedado definitivamente cerrado tras estos dos concilios. La evolución de los dogmas exige siempre una apertura a nuevas expresiones de la fe que aumenten la claridad de la misma. No hay ninguna interpretación que en sí sea válida para todos los tiempos.
Por otra parte, sería absurdo considerar el Vaticano II como el triunfo del episcopado sobre el papado; igual que lo podría ser el considerar el Vaticano I como el triunfo del papado sobre el episcopado. La cosa no es tan sencilla. Cada uno de estos concilios ha tenido una finalidad diferente, signo de la vitalidad y dinamismo de la fe. Pero explicar sus fines con conceptos tales como triunfo o derrota es inadecuado. Se trata más bien de diferente acentuación, de complementariedad de fines para una mejor comprensión del problema. No son posturas opuestas. De hecho, el Vaticano II se ha esforzado por mostrar su unidad de doctrina con el Vaticano I. Poco nuevo nos dice el Vaticano II directamente acerca del Papa, a no ser algunas explicaciones que hiciera Gasser, en el texto definitivo de este Concilio. Sí, en cambio, nos habla indirectamente del Papa cuando trata el tema episcopal, y por eso nos hemos extendido en la exposición de la doctrina sobre estos últimos.
El Papa no puede ser considerado nunca como alguien que está por encima de la Iglesia, sino que hay que situarlo siempre dentro de ella y cumpliendo su misión más específica, misión que destacan tanto uno como otro concilio: está puesto en la Iglesia en interés de la unidad de la misma. Pedro ha sido puesto por Cristo en la Iglesia como roca firme. Y esto tiene unas consecuencias muy urgentes en el actual momento histórico. La Iglesia de Jesucristo está dividida y uno de los puntos claves de esta división radica precisamente en el primado. Misión del Papa y de todos los miembros de la Iglesia es contribuir a que el primado sea considerado y vivido tal como lo concibió Cristo y para lo cual lo instituyó en su Iglesia. La preocupación ecumenista tiene que ser central en estos momentos.
El cambio de perspectiva realizada en el Vaticano II con respecto al Concilio anterior nos hace ver ahora con mayor claridad que lo normal en la dirección de la Iglesia es la dirección colegial. El Papa es el último criterio, pero su actuación ha de ser la de un obispo, obispo de Roma, que juntamente con los otros trata de llevar a la Iglesia hacia su consumación definitiva. De esa actuación normal habrá de salir de vez en cuando en los casos que así lo exija la unidad de la Iglesia.
Pero la preocupación del Papa por la unidad no puede traducirse en un esfuerzo por conseguir la uniformidad monótona dentro de la Iglesia. Y esto también es destacado por los dos concilios, más por el Vaticano II que por el anterior. Su misión es conseguir la unidad en la pluralidad, el reconocimiento de las características especiales de cada una de las Iglesias que forman la Iglesia una. No es misión del Papa estar en todas partes y dirigirlo todo. El Papa está puesto, digámoslo una vez. más, como último criterio. Y aquí podemos hablar del principio de subsidiaridad que no es aplicable tan sólo a la actividad del Estado sino también a la de la Iglesia. El principio puede formularse así: lo que puede hacer el individuo no lo tiene que hacer la comunidad; y lo que puede hacer una comunidad inferior no tiene por qué hacerlo una comunidad superior. Este principio ya fue formulado por Pío XI en la Quadragesimo anno y aplicado también a la Iglesia por Pío XII. También podemos formularlo así: toda la libertad posible, sólo la vinculación necesaria. Este principio de subsidiaridad está confirmado por el Vaticano II en la declaración sobre libertad religiosa. Todo ello tiene que contribuir a una descentralización en la dirección de la Iglesia, manteniendo tan sólo el grado de centralización que sea necesario, algo siempre difícil de determinar. De todas maneras, el Papa no debe actuar como freno en la evolución de la Iglesia, en virtud de una prudencia y de una unión a la tradición que a veces resulta bastante difícil de comprender, sino todo lo contrario. Su actuación ha de ser estimuladora, para lo cual se necesita un gran esfuerzo realizado a la luz del Espíritu para saber descubrir y valorar la línea por la que este mismo Espíritu quiere guiar a su Iglesia.
El Papa ha de tener siempre presente que su posición de primado debe estar siempre en relación al primado de Cristo, al que tanto él como el resto de los miembros de la Iglesia deben estar sometidos. Cristo es el auténtico centro, el guía que lleva a su Iglesia por el camino hacia la verdad que es vida. Como dice Kasper: "El Papa es un órgano instrumental de este primado de Cristo; él lo ejerce en y con la Iglesia universal, representada por todo el episcopado; los obispos son sus fraternos colaboradores".
Otro punto que hay que destacar es el necesario abandono de títulos aplicados al Papa que no cuadren perfectamente a su ministerio. Ya el Vaticano I se opuso a la corriente ultramontanista que llegó a caer en verdaderas aberraciones alabando al obispo de Roma. Pero, pese a ello, se han colado títulos y expresiones aplicadas al Papa que difícilmente se concilian con el lenguaje del Nuevo Testamento y que parecen más bien títulos cristológicos o divinos. Hay que resaltar lo que es esencial a la figura del Papa, despojándola de residuos accidentales de otras épocas pasadas ya.
Por lo que respecta a la infalibilidad, el Vaticano I nos habló de la que tenía el Papa con determinadas condiciones, infalibilidad que es la misma que posee la Iglesia. El Vaticano II concreta más este segundo punto hablando de la infalibilidad del magisterio eclesiástico de los obispos unidos al Papa, la cual tiene que reunir también determinadas condiciones. Pero aún más significativo es que antes de hablar de estas manifestaciones de la infalibilidad hable en el número 12 de la infalibilidad de todo el pueblo de Dios: "La universalidad de los fieles que tienen la unción del Santo no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta los últimos fieles seglares manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres". Es interesante porque también aquí se manifiesta el cambio de perspectiva de un concilio a otro, ya que igualmente en este punto habla antes del pueblo cristiano que del Papa. Pero esta, digamos, "inflación" de infalibilidad no debe hacernos olvidar todo el gran imperio de lo falible que domina en la Iglesia y en concreto en la misma persona del Papa.
Siendo la fe un acto interior nunca puede ser prescrita como tal por una autoridad humana, ni siquiera por la más alta. La fe es siempre un asentimiento o una adhesión que damos en virtud de la autoridad de Dios. Por tanto, antes de "hacer uso" de la infalibilidad se necesitan estudios previos y seguros para hallarse en la certeza de que el objeto de la definición cae bajo la autoridad de Dios, sigue la enseñanza de Cristo. Y aún más: no poder caer en el error (infalibilidad = inmunitas ab errore) no es lo mismo que enseñar la verdad. Las fórmulas que se emplean están siempre en proceso de evolución dogmática y tienen que ser sometidas a la hermenéutica, dicho una vez más. Y si queda relativizada (no falsa sino incapaz de abarcar toda la plenitud) la misma definición dogmática, mucho más "pobre" es la que no cae bajo la infalibilidad. De ahí que habrá que cuidar mucho el grado de pretensión con que se presente. La "religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento" que el Vaticano II pide para ella ha de tener muy en cuenta las exigencias de la conciencia de los individuos. Las encíclicas de los papas caen dentro de este apartado.
El Espíritu Santo es el que, en definitiva, robustece sin cesar la estructura orgánica de la Iglesia y su concordia, como afirma el número 22 de la Lumen Gentium. Él es el único que puede garantizar una recta dialéctica entre el primado y el episcopado. "No existe una instancia asequible jurídicamente -dice Rahner- que garantice que la relación factual entre episcopado y primado en cuanto a la delimitación jurídica de las competencias, etc., se verifica debidamente y de acuerdo con las exigencias de la realidad. Sólo la acción del Espíritu Santo puede cuidar siempre de nuevo de que tal equilibrio práctico en el derecho eclesiástico y en la aplicación concreta del mismo se efectúe en la forma más favorable al bien de la Iglesia... La asistencia del Espíritu Santo es la única, última y decisiva garantía de que, en líneas generales, existe en la Iglesia el debido equilibrio práctico entre ambos poderes, sin que predomine ni un exagerado centralismo ni una disgregación episcopaliana de la Iglesia, y todo esto conforme a las exigencias de cada tiempo... Así se comprende por qué no puede haber en la Iglesia una constitución adecuada: de ella misma forma parte el Espíritu Santo, único que, en definitiva puede garantizar la unidad de la Iglesia no obstante la existencia de dos poderes, uno de los cuales no se puede reducir al otro de modo que se pueda decir en verdad que la Iglesia es una especie de monarquía absoluta". Y no es monarquía absoluta porque la autoridad papal encuentra, entre otros, un límite en el episcopado, porque también éste es de institución divina. Pero es peligroso utilizar términos del mundo civil al hablar de la Iglesia, como es el caso de monarquía absoluta o de otro tipo. El Papa tiene unos límites basados en la voluntad de Cristo. Y esto quiere decir que el episcopado tiene unas garantías a su favor: las de la voluntad de Jesucristo.
Y terminamos con dos citas, una de Ratzinger y la otra del mismo papa Pablo VI en la "Ecclesiam suam". Dice Ratzinger: "Sin un acto profundo de humillación y una nueva y humilde sumisión al Evangelio, sin un acto de auto-renuncia y de unión a la Cruz del Señor que crucifica nuestras comodidades, no puede haber unidad de la cristiandad, la cual está dividida porque se apoyó sobre sí misma, y sólo se unirá cuando se abandone a sí misma y se someta por completo al Señor para recibir de nuevo vida". Y Pablo VI: "Este gozne central (el primado) de la Santa Iglesia no pretende constituir una supremacía de orgullo espiritual o de dominio humano, sino un primado de servicio, de ministerio y de amor. No es vana retórica la que atribuye al Vicario de Cristo el título de Servus servorum Dei".

En la bibliografía que mencionaba al final de la tesina figuraban, fundamentalmente, los nombres de Karl Rahner (con el que nos fotografiamos muy orgullosos para la posteridad en una visita que realizó al Canisanum en junio de1970), Walter Kasper, Hans Küng, por supuesto, y también el del futuro cardenal y responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), así como actual Papa, el alemán Joseph Ratzinger, quien dio una conferencia en 1970 en Innsbruck con motivo del tercer centenario de su Universidad a la que no asistí y desconozco los motivos. Por cierto que de aquel tiempo conservo, además de un buen número de obras de autores alemanes traducidos al castellano, algunos libros de teología en idioma original como "Was ist Kirche?" (¿Qué es la Iglesia?), "Kirche in Freiheit" (Iglesia en libertad), "Christenheit als Minderheit" (Cristianismo como minoría) de Hans Küng, así como "Einführung in das Christentum" (Introducción al Cristianismo) o "Das neue Volk Gottes" (El nuevo Pueblo de Dios) de Ratzinger, amén de diccionarios de teología y otras publicaciones.
Por fin el 5 de julio de 1971 obtuve la Licenciatura en Sagrada Teología por la Facultad Pontificia Teológica Canisiana.
NAVIDADES EN SUIZA
Pero regresemos al comienzo. De repente recibí una invitación sorprendente: Otmar, el delegado de los residentes en el Canisianum, me invitó a pasar la Navidad de 1969 en su casa de St. Gallen, en Suiza. Digo que fue sorprendente porque no había tenido con él una especial relación ni mucho menos. Sin embargo, me invitó y acepté. Era una novedad, me daba la oportunidad de pasar unos días en un país del que sólo conocía prácticamente sus estaciones ferroviarias, me atraía experimentar unas navidades distintas, al estilo suizo y, sobre todo, era una excelente oportunidad para practicar el alemán las 24 horas del día. Sentía no disfrutar esos días en Barbastro, tras un trimestre de separación, pero confié en que lo comprendieran y así fue.

St. Gallen es una ciudad del este de Suiza de unos 70.000 habitantes, capital del Cantón que lleva su nombre. Contiene un célebre monasterio fundado por San Galo en 603 y Museos de Pintura e Historia Natural. En Navidad se nos presentó cubierta de nieve, por lo cual, al llegar a su casa y antes de entrar en la vivienda, su madre me endilgó unas zapatillas caseras para que me cambiara allí mismo las botas embarradas que llevaba y no ensuciara los pulcros suelos de aquella vivienda sin pretensiones. Este cambio de calzado se iba a convertir en algo habitual. Recuerdo que me invitaron una noche al auditorio para asistir a un concierto y todos los miembros de la familia acudimos con una bolsa en la que cada uno portaba sus zapatos. Al entrar en el hall procedimos a quitarnos las botas de la calle y las dejamos pegadas al zócalo del mismo, junto a las innumerables de los espectadores que habían llegado antes que nosotros, componiendo de esta forma una estampa totalmente chocante: aquello se convirtió en un vestíbulo rodeado de calzado por todos lados. Pero nadie se extrañaba, lógicamente, por esta imagen para mí tan inusual.
Mi estancia en St. Gallen no tuvo nada que ver con mis expectativas. Para empezar, la familia de Otmar, encantadora por otra parte, conversaba normalmente en dialecto, como suele ocurrir en todos los países de habla alemana. Por lo cual difícilmente se podía producir mi inmersión lingüística en su ambiente natural. Cuando se dirigían a mí, por supuesto, se esforzaban en hacerlo en "hoch Deutsch", el correcto alemán característico del norte de Alemania (de ahí el nombre de "hoch" = alto), como del español se dice que el más perfecto se habla en Valladolid. Pero lo que oía normalmente era dialecto y me quedaba a dos velas. Por otra parte, permanecía encerrado en aquella vivienda largas horas a causa del ritmo de vida en que fui enmarcado, ritmo que me aburría bastante. Me dediqué a combatir el tedio componiendo una novela. No hacía más que escribir y escribir, provocando, supongo, una clara extrañeza en mis anfitriones. Me salió una novela onírica, como no podía ser de otra forma, completando de ella unos 13 capítulos. No creo que fuera de gran calidad porque al cabo del tiempo decidí romperla. Relataba los sueños del protagonista dando lugar a un friso tremendamente abstracto, gris y desasosegante, reflejo de la situación que su autor estaba experimentando.
Cuando salíamos de casa me llevaban a realizar algunas compras atravesando aquellas calles resbaladizas por la nieve y el hielo que provocaron una aparatosa caída mía cargado como iba con múltiples paquetes. Me sentí ridículo y dolorido. Sin embargo, las salidas más numerosas que recuerdo eran las dedicadas a visitar a sus familiares y amigos, trasladándome como personaje exótico que mostraban orgullosos, a ese españolito supongo que con cara de pánfilo y de no entender mucho sus divagaciones dialectales.
En Barbastro mi familia se acordaba de mí, como era natural, y me envió un paquete con turrones. Iba envuelto en arpillera de forma muy artesanal, tanto que a los suizos les llamó mucho la atención hasta el punto de que recuperaron de la papelera el artístico envoltorio obra de mi padre. El turrón animó en parte la sobriedad de las comidas, regadas no por agua ni por vino sino por tazas de té con leche, algo muy novedoso para mí y que no he seguido degustando. Pronto aprendí que no era la abundancia culinaria lo que les caracterizaba. El primer día de mi estancia me levanté tarde y, dado que la comida del mediodía era a las doce, apenas probé bocado en el desayuno esperando resarcirme a la hora del almuerzo. Fui un ingenuo: antes de las doce y cuarto ya habíamos comido, levantándome de la mesa con una clara sensación de que mi cuerpo necesitaba más alimento. La tarde fue larga, no recuerdo que hubiera merienda, y confié con todas mis fuerzas en una maravillosa cena, pero mi decepción se repitió una vez más. Al día siguiente opté por sacar provecho de cuanto me ofrecieran y no desperdiciar ni una sola migaja, y comencé sin más demora en el desayuno aceptando cualquier sugerencia de servirme más o repetir fuera lo que fuera.
El día estelar, lógicamente, fue el 24 de diciembre. La cena comenzó ¡a las seis y cuarto de la tarde! Previamente nos trasladamos al cementerio, como era costumbre por aquellos lares, y depositamos velas rojas encendidas sobre las nevadas tumbas (no nichos en vertical como en España) de los parientes fallecidos componiendo una estampa impresionante porque el camposanto estaba repleto de ciudadanos dedicados a cumplir con la misma tradición. Sentías casi el deseo de ser enterrado en aquel lugar que aparecía tan idílico ante mis ojos. La cena resultó de lo más frugal: verduras y poco más. Nada de cardo o de rico pescado, pavo o marisco, como en nuestra tierra. A continuación nos entregamos los regalos que colgaban del árbol de Navidad o reposaban junto a él y luego vino lo más curioso: alguien repartió libros de cantos y transcurrieron horas y horas, hasta la misa de gallo de las doce de la noche, entonando con gran seriedad uno tras otro, en alemán naturalmente. "Vamos a cantar ahora el número tal de la página tantos", y todos con rostro de seriedad ritual buscábamos en el libro sin rechistar. Creo que estuvimos así casi ¡cinco horas! Yo alucinaba, sonreía a mis anfitriones, no entendía casi nada y esperaba con ansia el momento de la liberación al marcharnos a la iglesia.