CAPÍTULO 5º:
ÓRDENES Y DESÓRDENES
ÓRDENES MENORES

Nueve meses después de mi primer intento por recibirlas, comencé, esta vez sí, el recorrido de órdenes. Aproveché para ello la circunstancia de que teníamos vacaciones en marzo, coincidiendo con la Semana Santa, que se extendían a lo largo de un mes. En verano terminábamos el curso hacia el 10 de julio, compensando de esta forma los días "perdidos" al inicio de la primavera.
El P. Anton Vogel certificó en un escrito, firmado el 25 de febrero, que yo había superado satisfactoriamente en el Canisianum un examen a propósito de las órdenes que me disponía a recibir ("minores et tonsuram"). Guardo un "scrutinium ante ordines" (cuestionario para antes de ser ordenado) con membrete del Seminario Conciliar de Barbastro, aunque no recuerdo si me lo aplicaron. Contiene 17 preguntas tendentes a investigar si el candidato es de "fiar". A través de las mismas se descubre cuál era el ideal de clérigo que se pretendía conseguir con la formación en los Seminarios. Se pregunta si practica actos piadosos, si oye misa, hace la visita al Santísimo, reza el Rosario, se confiesa, si lee libros y periódicos que contienen odio contra la fe o las buenas costumbres, si trata con personas de mala fama, si es correcto al hablar, si se dedica a una vida cómoda, bebiendo vino y licores en abundancia, si es respetuoso con sus superiores, si entre sus parientes hay indicios de enfermedades, principalmente mentales, o malas costumbres, etc. Debí superar la prueba porque recibí la siguiente notificación:
24.3.1970. El Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis de Barbastro saluda a su buen amigo Pepe y tiene a bien el comunicarte que el próximo viernes, día 27, en el Palacio Episcopal y a las 8 de la noche, S.E.R. te conferirá la Tonsura y al día siguiente -Sábado Santo- te dará las órdenes menores. De Subdiácono se ordena Javier Mur ese mismo día. Las órdenes también en Palacio a las 11 de la mañana. Saludos. Raimundo Martín Marquina.
La ceremonia transcurrió según lo previsto y me convertí con ello en "clérigo" (aunque sin llevar "coroneta" como se había hecho tradicionalmente), ostiario, lector, acólito y exorcista. Recibí como regalo de mi obispo un enorme clavo que, según me informó, había sido tocado con los auténticos de la cruz de Jesucristo.
La anécdota me esperaba al regresar a Innsbruck. Frecuentaba, por la prosaica razón de que me salía gratis, una Academia de Peluquería. Cuando puse mi cabeza a disposición del aprendiz que me tocó en suerte, se quedó tan asombrado que fue corriendo a comunicar lo que pasaba a su profesor. ¿Qué es lo que había sucedido? Pues que a las órdenes menores les precedía la "tonsura", es decir, un rito en el cual el obispo te cortaba un mechón de pelo de cada lado de la cabeza y por la parte superior y posterior, simbolizando con ello que el tonsurado quedaba "segregado del mundo". Mi obispo tenía fama de "pasarse" con las tijeras y en mi caso no fue una excepción. ¿Cómo explicarle al asombrado profesor, y a sus alumnos que me rodearon observando el desastre que había en mi cabeza, que todo se debía al ímpetu "segregador" de mi prelado? Opté por simular que era un extranjero sin repajolera idea de alemán, permanecí mudo con cara de pocas luces y así aguanté y salí del mal trago como pude.
OTRAS MOVIDAS INNSBRUCKESAS
Lo pasábamos bien, lo reconozco, en aquella provinciana ciudad tirolesa con aires internacionales. Salir a pasear por sus calles y jardines ya era una gozada. No tenía los bares españoles pero sí, en cambio, típicas cervecerías a las que era obligado dirigirse. La más frecuentada estaba situada en plena Maria-Theresienstrasse, la Theresienkeller (la taberna de Teresa). En sus mesas y bancos de madera, acompañados por música del Tirol y camareras rollizas ataviadas ad hoc con sus delantales blancos y corpiños rojos ajustados, degustábamos junto a otros muchos alegres por la ingesta maravillosas Bier (cervezas) "claras u oscuras". "Herr Ober, ein helles!" (¡Camarero, una cerveza clara!), era el grito de guerra. Con el tiempo nos reíamos españolizando la frase: "¡Joroba, ángeles!". Sonaba parecido y producía el mismo efecto. Y al despedirnos, en lugar del "Auf wiedersehen" (¡Hasta la vista!), soltábamos un "¡Olvídense!", y tan panchos. Era tradicional llevar a nuestra tierra como recuerdo no sólo las típicas velas bellamente esculpidas sino también artísticas jarras de cerveza, algunas de las cuales adquiridas en tiendas típicas conservo todavía en Zaragoza. Por esta razón esta concurrida cervecería situaba a su entrada a unos poderosos guardianes encargados de evitar los robos y que se dedicaban a cachear si era preciso a quien les resultara sospechoso. Mientras tanto, los bebedores seguían a lo suyo, visitando de vez en cuando el WC para ir expulsando lo sobrante y poder continuar como si nada con nuevas jarras de litro. Ahí estaba el truco para poder aguantar, pero al mismo tiempo el peligro para incrementar tu barriga.
También corría la cerveza en el Canisianum cada 5 de diciembre por la noche: celebrábamos San Nicolás. Algo así como la fiesta de Reyes Magos en España, pero antes de Navidad. Nos hacíamos regalos unos a otros y se organizaba una gran soirée en el Colegio en la que era costumbre beber también vino caliente. De una de ellas recuerdo al inglés saliendo a escena con su taza de té encandilándonos con su sola presencia y con la elegancia con que transportaba lo que llevaba entre manos, al estilo de Tony Blair en las reuniones de primeros ministros de la Unión Europea.
Otros lugares en donde también corría la cerveza eran los bares o tabernas a los que acudíamos para dar nuestros "conciertos" en plan grupo folclórico hispanoamericano sin cobrar nada más que la consumición. Disponíamos de alguna guitarra, bandurria, unas maracas y un contrabajo enorme que nos encontramos en la Spanische Landsmanschaft. Con ellos, nuestras voces y algo a guisa de disfraz, nos presentábamos en el establecimiento y deleitábamos a la concurrencia a base de canciones del tipo de las de Los 3 sudamericanos y otras por el estilo. En aquel grupo yo llevaba la batuta y cantaba al mismo tiempo, pero era sólo como imagen ya que cada cual tocaba y entonaba como Dios le daba a entender. Pero lo cierto es que caímos en gracia e incluso llegábamos a entusiasmar a los progres cuando trucábamos la letra de alguna jota hablando de la "revolución social". Con qué pasión entonábamos lo de "que cuando vienen del campo vienen contentos los labradores". Los rostros de los oyentes creían comprender que había toda una carga reivindicativa en ello y parecía que formaba parte de nuestra vivencia más profunda, de nuestras crudos sufrimientos de pobres españoles bajo el yugo franquista. Poníamos "alma, corazón y vida" en nuestra representación. Acudimos igualmente a un hospital para animar a los enfermos y seguro que a más de uno le ayudamos más que las medicinas que tomaba. Nuestra cima se produjo cuando nos invitaron a cantar durante una misa en la mismísima catedral. Como estaba comprobado que no se enteraban del contenido de nuestras letras, nos dio por la aberración de entonar nada menos que "Guantanamera" durante la comunión. Les encantó de todos modos y nos dieron las gracias.
Personalmente, mi éxito musical lo conseguí a base del chotis que comienza con aquello de que "Todos los feos conquistan las hembras más bellas, vaya salero que tienen ellas". No sé muy bien cómo me dio por soltarlo un buen día en una de nuestras juergas y desde aquel momento me lo reclamaban en cualquier fiesta en la Spanische Landsmanschaft. Todavía hoy me lo recuerda alguno aquí en Zaragoza, si bien desde que abandoné Innsbruck en rarísimas ocasiones lo he vuelto a entonar.
Y ya que estoy hablando de música, tengo que decir que mis favoritas en aquellos años fueron dos mujeres: Joan Baez, con su especial canción "protesta", y Mª Dolores Pradera. De ésta conseguí grabarme canciones como "El gavilán" (Si el gavilán se comieraaaaaa, se comiera como él se come al ganao...) y "El tiempo que te quede libre" que siguen recordándome a mi habitación del Canisianum cuando las vuelvo a escuchar. Creo que fue José Ángel el que me hizo accesibles estas maravillas por las que le estaré eternamente agradecido.
En una ocasión acudimos al campo de fútbol de la ciudad. El partido lo merecía ya que se enfrentaban en Copa de Europa el Wacker Innsbruck y el Real Madrid. Fuéramos o no hinchas de este último, se trataba de un equipo español y eso era suficiente para que la armáramos. Los días precedentes nos dedicamos a confeccionar una enorme pancarta en la que representábamos a los del Madrid toreando a los del club local, dominándolo todo la siguiente inscripción: "No les temas que son vacas". Jugábamos, por tanto, con la palabra "Wacker" que, al pronunciarse, suena igual que el animal taurino. Tanta excitación teníamos que nos presentamos en el estadio dos horas antes del inicio del encuentro e hicimos bien porque ya estaba casi todo ocupado. Nos hartamos de jalear al equipo blanco hasta el momento en que los nuestros marcaron el primer y único gol que les dio la victoria, ya que a partir de ese instante los espectadores austríacos empezaron a ponerse nerviosos y a cabrearse, y no era plan de que trataran de superar su frustración emprendiéndola contra el reducido grupo de hispanos allí presente. Terminado el partido bajamos al césped para saludar al mítico presidente D. Santiago Bernabéu e hicimos lo mismo con el jugador Zoco y con el locutor Matías Prats que había retransmitido el duelo. Este último iba enfundado en un buen abrigo tirolés y nos comentó, con ese aire pedantón que le acompañaba, que allá donde iba de locutor procuraba vestirse con ropa típica del país en donde se celebraba el evento. Nos lo imaginamos en el Congo con taparrabos y micrófono en ristre.
Curiosamente, pese a ser Innsbruck esa proclamada Meca del esquí, tan sólo recuerdo haberlo practicado en una ocasión. Me lo prestaron todo: esquíes, pantalón, botas, etc. José Ángel ya era un experto en el tema, pero Teodoro y yo dos auténticos novatos a los que no se nos ocurrió otra idea que subir a lo más alto de las pistas en lugar de limitarnos a las de aprendizaje. Le puse mucha voluntad, pero el problema es que empezaba a embalarme pista abajo y no sabía cómo se frenaba, por lo cual optaba por dar con mis posaderas en tierra en plena bajada. Luego cargaba con los esquís y volvía a subir. Así una y otra vez, hasta que, de tanto frenar del modo mencionado, el pantalón no aguantó más y acabó rompiéndose obligándome a dar de esta forma por terminada mi aventura. Lo de Teodoro fue peor: una vez que se calzó los esquíes no lograba mantenerse en pie. Le ayudábamos pero se resbalaba a continuación. Mal lo debió ver si al principio ya le ocurría eso, así que optó por desembarazarse de ellos y meterse en el bar de la estación. Allí terminó también para él, sin haber siquiera comenzado, su afición al deporte blanco.
En febrero la distracción se llamaba "Carnaval". Era algo nunca vivido por nosotros procedentes de la austera España franquista en la que esta fiesta estaba prohibida por licenciosa y pecaminosa. Pero Innsbruck era parte de la Europa libre, aunque tras la 2ª Guerra Mundial la división en bloques situó a Austria como país políticamente neutral. Su neutralidad, sin embargo, no era tal en el terreno cultural y la fiesta se vivía con mucha animación. Pero con no demasiada imaginación y creatividad. Lo normal eran los largos pasacalles en los que dominaban los hombres disfrazados de mujer, con un gusto bastante decadente, sintiéndose cada uno de ellos como el más original del desfile con su peluca rubia, sus pechos prominentes y sus piernas peludas al aire bajo unas faldas típicas tirolesas. Y así cientos. No debió entusiasmarme demasiado todo este espectáculo ya que nunca más he suspirado por él.
EXCURSIONES
Pese a nuestros escasos recursos aprovechamos distintas ocasiones para ir más allá de los límites de la ciudad. Lo normal era utilizar el Volkswagen o el mencionado "Tragalitros", dada nuestra amistad con los hispanoamericanos. Pero también hicimos nuestras escapadas en tren, como aquella ocasión en que nos detuvo la policía. Viajábamos en el compartimento como españoles en la RENFE de aquellos tiempos: con bocadillos, guitarras y cantando. No molestábamos a nadie porque nadie compartía nuestro espacio. Pero el revisor nos amonestó con uno más de los "verboten" (prohibido) que se erigían a cada paso. No hicimos el menor caso, porque pensábamos que no incordiábamos con nuestro maravilloso arte. Llegó un momento en que el revisor se hartó y nos vimos apeados del tren y conducidos a una comisaría de donde nos dejaron libres tras la consabida amonestación. De nuevo me obligaban a bajar de un tren tras el incidente de mi primer viaje.
Frecuentábamos en ocasiones Múnich, la capital bávara con su más de un millón de habitantes. No olvidábamos la visita a la célebre cervecería "Mathäser" (léase "Matesa", nombre que recuerda el célebre "affaire" de la época franquista), la mayor cervecería del mundo según rezaba su propaganda y que nos impresionaba por lo concurrida, si bien nunca acudimos a la Oktoberfest, la fiesta de la cerveza. Cual si de una promesa se tratara, era obligado acercarse a una tienda más bien normalita, propiedad de un yugoslavo al que conocíamos como "el judío", en la que adquiríamos a precios bastante más asequibles que en España todo tipo de transistores, grabadoras, etc. A lo largo de estos dos años llevé a mi familia y amigos en mis viajes de vacaciones diversos transistores de marca Grundig e incluso un "tomavistas" para mi cuñado Rufino. Manolo todavía lo conserva en su mesa de despacho así como mi hermana Pilar. Para mi uso particular me limité a adquirir una grabadora, de las que hoy ya no se ven por el mundo, que me dio mucho juego en mis largas tardes de estudio en mi habitación del Canisianum. Gracias a ella escuchaba a Joan y Mª Dolores, e introduje en la correspondencia con mi familia la costumbre de enviarnos cintas grabadas. Todavía conservo una del año 1971 que contiene las voces de mis padres, tíos, hermanas y sobrinas. Tuvieron que solicitar en una tienda que les dejaran otro aparato semejante para poder oir mis grabaciones y reenviármelas con las suyas.

En una ocasión me trasladé a Venecia con Teodoro, Álvaro y José Ángel, utilizando como medio de transporte un flamante Volkswagen que este último acababa de comprar a un turco por 6.000 pts. Comenzaba mayo del 70. Mes y medio antes, el 18 de marzo, habían ordenado cura a Teodoro en su pueblo, Albalate del Arzobispo. Al no disponer de sitio en ningún hotel nos instalaron en una casa particular en donde nos hacíamos la comida y nos dedicamos a disfrutar de una ciudad que nos resultó subyugante. Pero la excursión reina fue a Hamburgo cuando acudimos invitados a la ordenación de Néstor. De nuevo en el Volkswagen, pero en esta ocasión apretadas cinco personas dentro de él, atravesamos toda Alemania haciendo escala en Colonia. Éramos jóvenes en torno a los 25 años y capaces de superar todas las incomodidades, aunque acabamos bien planchados y molidos, como es de suponer. Lo que más nos impresionó fue la visita al barrio "chino" de St. Pauli en donde las prostitutas se exhibían en los escaparates de sus establecimientos. Aquello era demasiado para unos pacatos seminaristas de los tiempos de Franco.
No llegué a visitar Viena, algo imperdonable, ni soñábamos con traspasar el llamado "telón de acero", ni siquiera hacia la revisionista Yugoslavia de Tito. No teníamos dinero para esos lujos, eso es todo. Pero sí me fui a París, al 40 de la rue Violet en el distrito 15, a la buhardilla de Ariel, una amiga con nombre de detergente y que estudiaba en Innsbruck. Quedé en ir a verla con Manolo y Emilio, que acudirían directamente desde Barbastro; pero no sé qué les sucedió, el caso es que se les frustró su viaje. Y me fui yo solo a mi bautismo parisino, con gran preocupación de mi familia. Mi madre me insistía intranquila en aquella cinta grabada: "Quiero que me digas qué planes tienes, cuándo piensas ir a París, si vas tú solo o te acompaña algún amigo de ésos que están contigo. No me gusta que vayas tú solo". Mi hermana: "Que dice papá que no vayas al Moulin-Rouge ni a ningún sitio de ésos, ya comprendes tú a qué sitios dice". Mi tía: "Mira que el mundo está lleno de perversidad, ¿oyes?, en todos los sentidos". Me planté en la capital un 3 de abril de 1971 y estuve cuatro o cinco días allí hasta que continué rumbo a Barbastro. Ariel me acompañó en mis recorridos y disfrutó con mi entusiasmo ante la ciudad tantas veces soñada.