CAPÍTULO 6º:

ALTERNATIVOS Y CURRANTES


MANIFIESTO ALTERNATIVO


A los cinco de Zaragoza, Casanova, Ernesto, Teodoro, José Ángel y yo, no nos entusiasmaba precisamente el tipo de espiritualidad que impulsaban los jesuítas del Canisianum. Las celebraciones eucarísticas las encontrábamos muy "alemanas", muy pendientes de las formas, del ritual, les faltaba vida, en nuestra opinión. Tampoco contribuía, como ya he afirmado anteriormente, la renovación estética que se había realizado en la capilla y que la había convertido en una gran sala sin personalidad y con unas sillas más de salón de actos o de teatro que de otra cosa. Por otra parte, los días de retiro incidían en una espiritualidad muy en el aire, centrada por ejemplo en el Corazón de Jesús, devoción muy tradicional en el Colegio pero que en nosotros no acababa de cuajar. No adoptábamos una postura activa en contra, ni tampoco en plan alternativa. En todo caso en algún momento, y más como signo de humor que de otra cosa, más para relativizar la solemnidad hueca que para provocar escándalo, hicimos la pequeña gamberrada simbólica de poner algún barquito de papel en la pila del agua bendita a la entrada de la iglesia.

Pero nuestro desacuerdo no se limitaba al tipo de espiritualidad. Curiosamente, nosotros que junto con el resto de los hispanos formábamos como grupo aparte en el Colegio, queríamos una comunidad más abierta, una apertura mayor a lo de fuera del mismo, a la Universidad, a la vida y problemática de las gentes de la sociedad civil. El espíritu comunitario que se impulsaba en el Canisianum, el "cor unum et anima una" (un solo corazón y una sola alma), la "Priestergemeinschat", etc., podía resultar en principio interesante pero, tal como se insistía en ello, acababa por encerrarnos en un círculo comunitario demasiado estrecho, por mirarnos demasiado al ombligo. De ahí que fuéramos fervientes defensores del pluralismo, del diálogo abierto y respetuoso, de la no imposición de modelos únicos. Qué duda cabe que nuestra postura, más de 30 años después, puede resultar familiar a quienes hoy en día seguimos aspirando a que nuestra Iglesia cambie en estos aspectos su estilo.

Naturalmente, nuestras convicciones no pasaron desapercibidas y empezamos a recibir "toques" de arriba demandándonos un cambio de actitud. Por todo ello, optamos por escribir una declaración en la que reflejáramos lo que sentíamos y proponíamos. La expusimos por escrito para reflejar con más exactitud de lo que lo hubiéramos hecho explicándonos oralmente en alemán.

Guardo ese escrito. Observo que es de mi puño y letra y con correcciones posteriores, lo cual me hace suponer que tuve una parte importante en la movida. Para que nuestro alemán fuera más correcto pedimos ayuda a Alberich, un cisterciense austríaco, que accedió sin dificultad a traducirnos la redacción final. Éste fue el resultado:


"APORTACIONES A UN DEBATE SOBRE LA VIDA EN EL CANISIANUM

-Tras los acontecimientos de los últimos años en el Canisianum sentimos la necesidad de esta toma de posición. No intentamos abarcar toda la problemática. Deseamos contribuir a un diálogo abierto en el que se intente encontrar la línea de actuación que debe seguir el Canisianum. Reconocemos que tal vez cierto aislacionismo ha impedido que nuestra contribución a este diálogo fuera mayor. Deseamos también que esta toma de posición sirva para aclarar malentendidos sobre nuestra postura.

- El Canisianum está orientado de cara al sacerdocio, pero hay que aceptar la libertad de todos los que todavía no han tomado una decisión a este respecto y de los que, habiéndola tomado, siguen buscando el modo concreto de su realización. No hay actualmente un modelo único de sacerdote. Entendemos fundamentalmente el sacerdocio como servicio. El lugar del sacerdocio ha de ser el de intermediación entre el Mensaje de Jesús y el hombre de hoy. Por eso no podemos aceptar una formación sacerdotal que no esté abierta plena y decididamente al mundo y a la problemática del hombre actual. La entendemos así y no como huida del mundo para así llegar a una unión más perfecta con Dios y a un conocimiento más exacto del cristianismo.

- Pensamos que no es lo principal el formar una comunidad perfecta dentro del Canisianum. Lo importante es el mundo fuera de él. La problemática exterior ha de tener la prioridad. Nos abrimos a la posibilidad de que en la casa, manteniendo la orientación ya expuesta, convivan con nosotros estudiantes de otras Facultades y orientaciones que aporten su manera de entender al hombre, al mundo y a Dios.

- Todos debemos esforzarnos no sólo en aceptar el pluralismo dentro del Canisianum sino también en promoverlo. En la diversidad de procedencias, de modos de pensar y de actuar tal vez radique la principal riqueza de la casa. La libertad de los convictores ha de permitirles el trato con personas de toda clase y condición, aceptando los riesgos que toda libertad trae consigo.

- Entendemos que los actos de todo tipo que tienen lugar en el Canisianum han de tener el carácter de ofertas hechas a los convictores y no el de actos obligatorios. Aquí debe basarse la relación Patres-convictores, y en especial la relación Regens-convictores. Todo ello dentro de un clima de diálogo e intento mutuo de comprensión. De este clima tienen que surgir las decisiones personales tomadas frente a las diversas maneras de entender el sacerdocio reflejadas en la pluralidad que la casa debe ofrecer. En nuestra opinión, existe el derecho de cada residente en el Canisianum y de cada grupo a que sus opiniones respecto al funcionamiento de la comunidad y respecto a la vida fuera del Colegio sean tenidas en consideración.

- No podemos pretender sustituir la presión vertical por la horizontal. No creemos en el individualismo aislacionista pero tampoco en la comunidad artificial o impuesta. No aceptamos tampoco que la influencia de determinados obispos condicione decisivamente el funcionamiento de todo el Canisianum. Opinamos, además, que al no ser la misma la situación de todos los convictores en este punto, sea diferente también el grado de responsabilidad de la casa ante los respectivos obispos. El citado "diálogo e intento de mutua comprensión" es el camino que debe permitir al superior llevar a cabo su responsabilidad.

- Apoyamos decididamente todo intento de apertura y compromiso de los convictores en la problemática de la Universidad. El Canisianum no debe encerrarse en sí mismo tampoco en esta cuestión. En este punto ha de cumplir la misión de ser Colegio Mayor Universitario, una prolongación del estudio de la problemática lanzada en la Universidad. Deseamos igualmente que la problemática intelectual de la misma esté enraizada en la vida y en las necesidades del hombre actual. Lo mismo que no concebimos un estudio separado de la vida tampoco concebimos una vida separada del estudio.

- Creemos que la problemática religioso-vital del Canisianum no responde a las exigencias del mundo real en que vivimos. Creemos que la praxis de la vida en el Canisianum está más cerca de un aburguesamiento que de un auténtico compromiso. Creemos que, en concreto, la problemática religiosa y la situación vital de Centroeuropa está muy lejos de ser común con la de otras partes del mundo, sin que esta afirmación trate de contener un juicio de valor. Tan sólo afirmamos que es diferente la situación y que, por tanto, habrá que proceder con mucho cuidado a la hora de proponer modos de actuar sacerdotales. En este punto el Canisianum puede ser también un importante centro de diálogo.

- Aceptamos finalmente la posibilidad y el hecho de que tanto los Padres como los convictores no piensen como nosotros, ni pretendemos en ningún momento que coincidan con nuestra manera de pensar. Sólo deseamos que nuestra aportación sea un enriquecimiento dentro de la pluralidad del Canisianum y un camino abierto a un diálogo más positivo y a una mayor comprensión mutua."


A los jesuítas les sentó como una "puñalada por la espalda", según confesión propia. Sus ecos debieron llegar al Seminario de Zaragoza puesto que cuando mi amigo Bernardo solicitó venir al Canisianum para estudiar teología el rector lo desvió hacia Roma ya que había sido informado del follón que nosotros habíamos provocado. Nuestro texto fue tenido en cuenta, sin embargo, al año siguiente cuando se intentaron algunas reformas en el estilo del Colegio.


TRABAJO EN UNA FÁBRICA


Dadas nuestras "precarias" condiciones económicas, era necesario obtener fondos de donde los hubiera. Lo normal entre los estudiantes de aquella época era ir a trabajar en vacaciones a Alemania. Lo intentamos unos meses antes del verano de 1970 enviando la solicitud a la fábrica Mercedes Benz, que era la empresa que mejor pagaba. Pero nuestros esfuerzos resultaron baldíos y no nos aceptaron, por lo que tuve que regresar a Barbastro y dedicarme a dar clases particulares, como había hecho en otras ocasiones. Me recuerdo dando clases de alemán a Marisa Bielsa, sentados en la terraza del hotel San Ramón en aquellos largos, calurosos y aburridos estíos. Rompíamos la rutina recurriendo a nuestras acampadas pirenaicas. Con Manolo y Luis Manuel subimos a Panticosa en julio y trepamos por Pineta y el lago Marboré en el mes de agosto.

Al año siguiente abandonamos la idea de trabajar en la Mercedes y conseguimos, gracias a los buenos oficios de "la Comadre" que conocía el sitio y a una familia de la zona, colocarnos en la empresa alemana Gillet dedicada a la fabricación de tubos de escape. Estaba situada en Edenkoben, pequeña población en el Land Renania-Palatinado, muy cerca de la frontera con Francia. Nos alojamos Teodoro y yo en un pueblecito vecino llamado Rhodt, en casa de una señora, Frau Pister, que nos trataba muy bien y que estaba encantada con los dos trabajadores-estudiantes españoles. Hablaba mucho con nosotros y en una ocasión estuvo ausente casi una semana ya que se fue de viaje para acudir a un entierro de no sé qué familiar. Al volver nos comentó entusiasmada que tras el mismo les habían invitado a comer los familiares del difunto, como era costumbre, y les habían sacado de primer plato no sé cuántas clases diferentes de ensaladas con patatas. Aquello parecía haber sido definitivo para ella, mucho más que los sentimientos del funeral.

Ernesto y Casanova consiguieron alojamiento en otro pueblo de los alrededores llamado Heimfeld. Incluso Álvaro nos giró alguna visita ya que aparece en una de las fotos. En esa localidad entramos en contacto con una familia que nos acogió con todo cariño: la formaban Hedwig con su tío cura (el "Prälat") y su tía (la "Tante"), la de los andares con sus piernas curvadas, por lo que alguien le sacó el mote de la "Garrincha". Hedwig, en torno a los 50, era una mujer encantadora, llena de humanidad. Entendía algo de español aunque no lo hablaba por timidez. Sus postres eran maravillosos con aquellos Kuchen que sabían a gloria. Fue nuestro ángel custodio en esas "vacaciones" de marzo de 1971. He sabido por Teodoro, que ha mantenido la relación con ella, que ha fallecido no hace mucho. Lo siento de verdad porque ha sido una de las personas más encantadoras que he conocido. El Prälat se dedicaba a ver los telediarios como si se tratara de su ocupación más importante. Al menos así lo encontrábamos siempre que los visitábamos. Comenzaba con el de la primera cadena, de inspiración democristiana. Eran los suyos, los del Gobierno, y atendía a sus noticias como si de palabra de Dios se tratara. A continuación ponía el de la segunda cadena, de inspiración socialdemócrata, y así conocía el punto de vista de la oposición a la que no deseaba de ningún modo ver en el poder. Era un personaje que se dedicaba a hablar y hablar sin esperar respuesta. Frente a él, la tía, era todo lo contrario: sonreía y callaba, y cuando te decía algo lo hacía con los ojos cerrados, o sea que te podías dedicar a otra cosa sin que ella se apercibiera.

Según consta en una postal que envié a mi padre para felicitarle por su santo, trabajábamos nueve horas: de cinco de la mañana a dos y media de la tarde, con media hora de descanso. Este horario nos obligaba a levantarnos a las cuatro menos cuarto de la madrugada, algo a lo que, evidentemente, no estábamos acostumbrados. Pronto inventamos un truco para que el sueño nos atrapara rápido nada más acostarnos. Consistía en autoinvitarnos a cenar a casa del cura del pueblo (no a la del Prälat), el cual disponía de un maravilloso vino que agradecíamos sin rechistar, procurando dar buena cuenta de él para que nos "calentara" y nos entrara la "soñera". El cura nunca lo supo, pero ésta era la razón para que le alegráramos la existencia con nuestra compañía, aguantáramos su conversación y constatáramos lo bien que vivían los curas alemanes gracias a la ayuda del Estado: a nosotros nos parecían unos redomados burgueses. A mi familia les decía simplemente en la postal que "por estos pueblos nos invitan a comer y cenar, sobre todo los fines de semana; por ello nos conocemos ya casi todas las clases de vinos del Palatinado". Hay que reconocer que este Land producía unos vinos blancos de especial calidad.

Para mi familia, llena de alcaldes y abolengos, el hecho de que uno de sus miembros trabajara de simple peón en una fábrica constituyó una auténtica novedad y casi sobresalto. Pero lo cierto es que ante mis "aventuras" europeas no les quedaba más remedio que irse acostumbrando a lo que fuera. No obstante me enviaban sus consejos maternos: "Supongo que el trabajo de la fábrica te habrá sido muy pesado, ¿eh?, porque tú no tienes costumbre de esas cosas. Y ten en cuenta que cuando uno trabaja necesita comer mucho, así es que date los buenos atracones porque si no vas a venir en los mismos huesos". En cambio, lo que sí provocó entre ellos un cierto debate fue mi decisión de dejarme barba por la comodidad de no tener que afeitarme, algo que "enfrentó" a mi padre con el resto de las mujeres de la casa, ya que a él no le hacía mucha gracia que su hijo se presentara ante las gentes de Barbastro de esa guisa.

Este trabajo fue mi primera experiencia laboral manual en serio. El primer cuarto de hora en la fábrica me lo pasé esperando que me asignaran un puesto y, por esta razón, transcurrió sin pegar golpe. En seguida hice el cálculo de lo que había ganado por la cara. No es que el sueldo fuera gran cosa, pero para nuestra situación económica era importante. De los trabajos que me encomendaban destaco especialmente dos: uno de ellos consistía en coger piezas de un capazo que tenía a mi izquierda, colocarlas a continuación en una pequeña máquina delante mío, darle a un botón para soldarlas, recogerlas y depositarlas en otro pequeño contenedor a mi derecha, dándole a continuación al contador para saber cuántas piezas llevaba. Y vuelta a empezar. Lo del contador provocaba que nos entretuviéramos organizando competiciones para saber quiénes eran los extranjeros con más agallas y más productivos, porque en aquella fábrica los únicos que trabajábamos éramos los inmigrantes (españoles, griegos, turcos, etc.) ya que los alemanes ocupaban los mejores puestos, los de no hacer nada. Ahí se me cayó el mito del alemán laborioso que había sido capaz de levantar su patria arrasada por los delirios de grandeza de Hitler. Ese mito tal vez pudo ser real en los años 50, pero no cuando yo llegué. Bueno, pues volviendo al contador, los dueños del negocio debían frotarse las manos al ver cómo producíamos y producíamos sin parar sólo para demostrar que los españoles éramos los mejores, los más rentables, como así se comprobaba por los números. Los patronos utilizaban nuestro cretinismo en su propio beneficio, y todos tan contentos.

El otro trabajo era el de la cadena de montaje al más puro taylorismo productivo. Y bajo la observación del "Band-führer", o "Panfiera" como pronunciábamos nosotros con sorna. Lo cierto es que tanto si se trataba de un hombre como si era una mujer, su aspecto fortachón imponía, por lo que había que pensar que no era una casualidad lo del mote. En ambos puestos me asaltaba el mismo pensamiento: esto se puede aguantar durante unas vacaciones, unos meses acaso, pero si tuviera que hacerlo durante toda mi vida no sería fácil resistir un trabajo tan poco humanizador.

Y no es que yo fuera un vago. La verdad es que lo que preferías era estar ocupado para que así se te pasaran más rápidamente las nueve horas regidas por un gran reloj colgado del techo que te atormentaba sin piedad al mostrarte el lento transcurrir de los minutos. El primer día, fruto de mi bisoñez, me volqué desde el principio en el trabajo con gran decisión, energía y rapidez, tanto así que uno de los operarios, al que no conocía lógicamente de nada, se me acercó para aconsejarme que fuera más despacio ya que con el ritmo que le imponía al mío los estaba dejando a todos en evidencia. Aprendí rápidamente la lección y "normalicé" mi frenesí. Todo consistía en no pasarse al extremo contrario, no fuera cosa que los encargados te llamaran la atención. Por cierto, éstos llevaban bata, pero la que nos afectaba era la azul: si atisbabas a uno de esta guisa, sabías que era de los que vigilaban por lo cual adoptabas una actividad más aparente; los que llevaban la bata verde eran los técnicos de las oficinas: pasaban a tu lado y no tenías que preocuparte de ellos. De esta forma descubrí en la práctica la diferencia entre la "line" (cadena de mando) y el "staff" (los técnicos), algo que más tarde me aclararía el profesor de Sociología Industrial en Roma.

Digamos, finalmente, que, por ser los últimos en llegar a la fábrica y tener un contrato temporal muy limitado, nos dedicaban a cubrir huecos. Cada día nos podían cambiar de puesto de trabajo, lo cual a veces era un incordio. Peor era que no tuvieran nada para tí en ese momento concreto, ya que entonces te enjaretaban una escoba y te mandaban solo a barrer una enorme nave que, aparentemente, no tenía apenas basura que eliminar. Era el momento en que te sentías más inútil y vacío, por la inutilidad de tu esfuerzo y por la soledad que parecía la de un destierro. Menos mal que duraba poco, hasta que te destinaban a otro lugar más oportuno a preparar nuevas piezas de tubos de escape de todo tipo, confiando en que no te tocara introducir "pica-pica" (vitrofil) ya que las manos te picaban por ello una barbaridad.


REPETIMOS


La experiencia laboral del mes de marzo la repetimos en las vacaciones de verano de aquel mismo año. Debimos dejar una buena impresión porque nos volvieron a contratar. El 3 de junio recibí carta de la empresa, en respuesta a otra que les había enviado una semana antes, en la cual me confirmaban que tendríamos trabajo del 12 de julio al 4 de septiembre, "usted y los otros dos estudiantes" (se referían a Teodoro y a Manolo, que se sumó también viniendo a Innsbruck unos días antes para viajar juntos al Palatinado). Y añadían: "También podemos dar trabajo al Sr. Giménez Alvira al que usted cita en su carta". A otro que contrataron y con quien hicimos una buena amistad fue a José Manuel Drexel, alias "Cocacho", un peruano con nacionalidad austríaca que había venido a Innsbruck para estudiar medicina y luego no tuvo más remedio que cursar sus estudios en Zaragoza. En cambio, Ernesto y Casanova fueron contratados en otra empresa dedicada a la fabricación de puertas.

Aunque los de la empresa nos comunicaban que podíamos volver a hospedarnos en casa de Frau Pister, al final resultó imposible y, tras varios intentos frustrados por conseguir patrona, decidimos instalarnos en el albergue en el que residían numerosos trabajadores españoles. Nos tocó dormir en una habitación con varias literas, compartiéndola con algún inmigrante hispano. Recuerdo a un chaval de un pueblo de Orense llamado Villardevos, Marcial Núñez, con el que hicimos mucha amistad. A veces te llevabas alguna sorpresa al mover un colchón y descubrir debajo de él un nido de revistas porno. En aquella época no se habían extendido tanto como ahora y nosotros veníamos de una España cuya cultura oficial no las permitía.

En conjunto el tal albergue era una pésima residencia en donde vivías amontonado. Pero la estancia en él nos sumergió en la realidad de la emigración española, de unos compatriotas que no paraban de hacer horas y horas de trabajo, que apenas gastaban nada con el fin de enviar el dinero a su familia en España, y que, por culpa del idioma no se relacionaban prácticamente con nadie que no fuera español. Por esta razón, sus conocimientos de alemán eran nulos. Se reducían a conocer el significado de "Kartoffel" (patata), "Guten Morgen" (Buenos días) y poco más. Cada comunidad de emigrantes permanecía cerrada sobre sí misma. Esto lo experimentamos cuando tras intentar "ligar" Manolo y yo con una compañera griega del trabajo (Marta, de Tesalónica), se nos avisó que dejáramos de intentarlo porque sus compatriotas se podían mosquear y eso haría peligrar nuestra integridad. La dejamos, por si acaso, con gran pena por ambas partes.

Aquel verano Hedwig fue de nuevo nuestro ángel bueno. Nos invitaba con frecuencia a su casa y había que ver a Manolo, que no tenía ni idea de alemán, hablar en latín con el Prälat y hacerlo ambos con gran seriedad, mientras los demás hacíamos grandes esfuerzos para no destornillarnos de risa. Hedwig se desvivía e incluso venía a visitarnos alguna vez al albergue, metiéndose en nuestra habitación y cogiéndonos en ocasiones en paños menores. Una vez consiguió ropa masculina y su casa se convirtió en un ropero. Me obligó a aceptar un traje oscuro que nunca llegué a ponerme ya que me daba cierto repelús. Más tarde suelo recordar para mí esta anécdota cuando los transeúntes con los que colaboro en Zaragoza se pasan por el Ropero de la parroquia del Carmen y tienen que aceptar lo que les den.

No sólo visitábamos Heimfeld. En ocasiones nos subíamos al coche y nos largábamos a Landau, la capital de aquella zona en donde practicábamos, entre otras, cosas tan sorprendentes como meternos llenos de hambre en una iglesia y zamparnos las hostias que había a la entrada en una mesita y que estaban dispuestas para que cada uno que quisiera comulgar las fuera colocando en el correspondiente copón. Algo así como lo que hicieron hace tres mil años el rey David y sus tropas hambrientas. Y es que nuestras comidas en la misma fábrica eran deleznables. También visitamos algún cine porno, aburriéndonos de tal manera en aquellas películas sin argumento que creo que nos juramos no volver nunca más a repetir la experiencia. Nos sirvieron de vacuna.

La experiencia de trabajo en Gillet y el contacto con los emigrantes fue la gota que colmó el vaso de mi evolución ideológica. A partir de ese momento mi conciencia social se despertó completamente y mi inclinación política acabó de dirigirse hacia la izquierda. Pero, lógicamente, fue precedida de otros pasos. Había llegado a Austria como un pardillo procedente de la España de Franco. En Innsbruck tal vez no aproveché intelectualmente en la medida en que podía hacerlo, pero mi mente se abrió y comencé a vivir en una Europa distinta. Conecté con gente de todo el mundo, conocí la variedad, escuché las críticas antifranquistas, vi la cara de pena con la que nos miraban por proceder de una dictadura, descubrí unas maneras de vivir más liberales en todos los aspectos. En definitiva, mi horizonte se amplió muchísimo y ése fue el gran fruto de mi estancia en el Canisianum durante dos cursos. Llegó un momento incluso en que desbordamos incluso el marco, como he relatado al hablar de nuestra toma de posición en el Colegio.

Al regresar a Barbastro en vacaciones todo esto se iba notando. Mis progenitores fueron descubriendo la evolución de su hijo, y mi padre, franquista hasta el final, se inquietaba al ver que me apartaba de lo que hasta ese momento habían sido sus ideales políticos. Él mismo, no obstante, también había evolucionado desde la primera posguerra, marcado como estaba por el fusilamiento de su único hermano por los "rojos", hasta esos comienzos de los 70 en que se iba dando cuenta de que la cosa no daba para mucho más, habiendo padecido años atrás el vacío dentro de Falange que le decidió a dimitir como Alcalde. Recuerdo con qué alivio me comunicó el indulto a los condenados en el Proceso de Burgos. Y recuerdo, igualmente, cómo no dejó de tratar a mi amiga Carmenchu (llamada "Pasionaria" en la Universidad) cuando, tras pasar unos días en la cárcel por su militancia comunista, muchos de los amigos de su padre (que era nada menos que el principal terrateniente de la provincia de Huesca) le hicieron el vacío a ella y a su progenitor. Para mi padre, Carmenchu era la hija de uno de sus amigos y eso era suficiente para quererla igual que antes. Mi amiga me confesó que estaba muy agradecida por ese comportamiento.


FINAL INESPERADO


Mi trabajo en la Gillet se interrumpió trágicamente. Finalizaba julio cuando recibí una mañana un telegrama urgente desde Palma de Mallorca: "Papá gravísimo. Ponte en camino". Me quedé conmocionado ante una noticia tan inesperada. Rápidamente telefoneé a Palma y me comunicaron que mi padre ya había fallecido a causa de una neumonía que le sobrevino tras coger una insolación en la playa y enfriarse a continuación en una terraza al aire libre. Todo sucedió en el plazo de una semana. Mi padre había acudido con mi madre a la isla con el fin de disfrutar unas vacaciones junto a mi hermana Pilar que trabajaba en la administración de justicia desde dos años antes tras haber ganado su plaza en una oposición. Eran las primeras vacaciones que se tomaba en su vida y fueron, desgraciadamente, las últimas. Estábamos a 29 de julio de 1971.

Aquella mañana permanecí un buen rato tumbado en la litera, acompañado por Manolo en la de al lado. Una etapa de mi vida acababa de finalizar. Repasé en silencio la relación que había tenido con mi padre. Nos separaban bastantes años y nunca habíamos sido lo que se dice dos colegas con secretos ni confidencias compartidos. Mi evolución ideológica, por otra parte, había marcado todavía más la distancia generacional. Pero mi padre siempre había estado ahí, se levantaba a prepararme el desayuno cuando me iba a los Escolapios, me pagaba los estudios sin exigir nada a cambio, no ponía impedimentos a mis andanzas. Era una presencia discreta, orgulloso de su hijo como buen alumno en los estudios y también, ¿por qué no?, por haberme atrevido a aventurarme por Europa en aquellos tiempos en que viajar no era lo común. Como persona religiosa que era, su ilusión por tener un hijo sacerdote era mayor que la decepción por no continuar su apellido. Se había marchado demasiado pronto, a los 64 años, cuando yo era todavía demasiado joven, 24 años, para que pudiéramos establecer entre los dos una relación más íntima y sincera. Mi madre se quedaba viuda y probablemente con muchos años por delante. Era una mujer fuerte y podría superarlo. Mi papel en la familia cambiaba: dejaba de ser el "pequeño" para convertirme en el único hijo y hermano al lado de las mujeres de mi casa. Mi situación económica también iba a ser distinta ya que hasta ese momento había dependido fundamentalmente, aunque ya no únicamente, del dinero que me daba mi padre. La muerte, por otro lado, se introducía ya en la generación de mis padres y comenzaba, por ello, una nueva relación con la vida. Estaban comenzando los 70 y yo, lógicamente, no sabía que éste no iba a ser el único fallecimiento familiar puesto que en breve se producirían otros.

Acompañado de Manolo me presenté en la fábrica para cobrar lo que me pertenecía por los días en que había estado trabajando. A continuación preparamos mi viaje y me fui despidiendo de los amigos españoles y alemanes. Todo era tristeza, como no podía ser de otro modo. Mi verano tomaba un camino muy diferente al que había planeado.

Tomé el avión en Frankfurt y tras dos horas de vuelo me presenté en el aeropuerto de Palma donde ya me esperaban mis hermanas. Tuve tiempo de llegar al funeral y posterior entierro en el cementerio de la capital. Desistimos de intentar llevarlo de momento a Barbastro porque en aquella época las dificultades y papeleos para hacerlo eran muchas. Se nos aconsejó que lo dejáramos en Palma 5 años, al cabo de los cuales podíamos trasladarlo a Barbastro nosotros mismos sin mayor problema. Y así lo hicimos.

El funeral estuvo concurrido. Vinieron bastantes compañeros de trabajo de mi hermana e incluso algunos barbastrenses afincados en las Baleares. Tras la misa, el interminable intercambio de saludos con quienes querían manifestarnos su pésame. Luego, concluido todo, nos fuimos a pasear, con mi madre profundamente serena, por aquella ciudad tan lejana del ambiente en que mi padre se había desenvuelto. ¡Quién le iba a decir a él que moriría tan lejos de su Barbastro!

Una vez de vuelta a Barbastro, padecimos durante todo el mes de agosto las interminables visitas de tantas personas que venían a ver a mi madre manifestándonos su dolor. Todo un ejemplo de cómo, en ocasiones, la buena voluntad de los que nos visitaban se convertía en un tormento ya que no hacían más que revivirnos una y otra vez la muerte de mi padre viéndose obligados a contarnos a su vez historias truculentas sobre las defunciones de sus familiares o conocidos. En una ocasión mi madre abandonó a la visita de turno y se salió de la habitación porque no aguantaba más.

Poco a poco el temporal fue remitiendo, los papeles de mi padre se fueron ordenando y resolviendo, y me dispuse a emprender una nueva etapa, una vez finalizada mi estancia en tierras austríacas.