CAPÍTULO 7º:

EN ROMA SE HABLA ESPAÑOL


AL SUR DE LOS ALPES


El 10 de octubre de 1971 dirigí a mi madre desde Innsbruck la siguiente postal: "A las tres y media he llegado y ahora voy a ver a unos amigos con los que me quedaré a cenar. Ya tengo hechas las maletas. El viaje hasta ahora bien, aunque casi vulgar por las veces que lo he hecho ya. Mañana espero salir para Roma. Un abrazo". El contenido de esta misiva deja al descubierto que, a causa del repentino fallecimiento de mi padre seguido de mi consiguiente vuelo a Palma, me había dejado todos mis enseres en el Canisianum, por lo que tuve que hacer escala en Innsbruck para recogerlos antes de sumergirme en Roma. Allí quedaron mis colegas con los que habían transcurrido mis dos últimos años, colegas que siguieron cursando sus estudios hasta la finalización de los mismos. La historia innsbruckesa continuaba pero ya sin mi presencia.

Una vez obtenida la licenciatura en Teología volví a plantearme la misma reflexión que me hice en Zaragoza a la conclusión de mis estudios: soy aún demasiado joven para que me ordenen de cura. Tenía entonces 24 años y opté por continuar estudiando. Me incliné pronto por la Sociología, en lo que pudo influir claramente mi evolución ideológica además del interés por las noticias del periódico del que hice gala desde muy crío. No tenía tan claro, sin embargo, dónde estudiarla. Lo consulté con los amigos y, aunque cabía la posibilidad de ir a Lovaina, la sede elegida fue Roma, lugar en donde había estudiado Andrés anteriormente.

En Barbastro no me pusieron pegas y entré en contacto con el Colegio Español solicitando y consiguiendo plaza en el mismo. D. Jaime Flores se había retirado a su pueblo de Salamanca a causa de la enfermedad que arrastraba desde hacía años y que le producía una falta de riego cerebral por lo que tendía a dormirse en cualquier acto al que acudía. Le sustituyó en la sede barbastrense D. Damián Iguacén, cura oscense, bueno y pastor incansable, que había sido párroco de Santa Engracia en Zaragoza cuando esta parroquia pertenecía por historia a la Diócesis de Huesca.

En esta ocasión me fui solo, acostumbrado como estaba a desplazarme y desenvolverme por Europa. Llegué a una gran urbe que nada tenía que ver en dimensiones e importancia con la capital tirolesa. Me encontraba en la ciudad de los Papas, sembrada de clero y elementos religiosos por doquier. Me situaba en un ambiente meridional y mediterráneo, con un clima, unas costumbres y un idioma bastante familiares para mí. En Roma un español tiene la sensación de encontrarse como en casa: los olores, los gritos y hasta la suciedad eran muy distintos de los que había dejado al norte. La música no tenía nada que ver con los gorgoritos. Sentías presente la historia en cada rincón urbano. Los grandes monumentos y palacios, las innumerables fuentes de todo tipo, tamaño y condición, hasta el aparente caos circulatorio contribuían a situarte en unas coordenadas muy distintas. Estaba en Roma.


EL COLEGIO ESPAÑOL


Me instalé en el Pontificio Colegio Español de San José (así era su nombre completo) que llevaba sólo un año en funcionamiento. Al igual que en Innsbruck, el Colegio era heredero de otro anterior, el Altemps, situado en un palacio cedido por el Papa y que comenzó a funcionar en 1894. Dos años antes se había establecido provisionalmente en el Real Edificio de Ntra. Sra. de Montserrat (en cuya iglesia reposarían medio siglo después los restos mortales del rey Alfonso XIII hasta su traslado al Escorial) reuniendo en él a 11 alumnos de algunas diócesis españolas. Su creador, D. Manuel Domingo y Sol, había sido el fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y pretendía facilitar a los obispos españoles el envío de jóvenes escolares que, cursando los estudios eclesiásticos con la extensión que se les da en las universidades de Roma, pudieran difundir más tarde en sus propias diócesis los conocimientos adquiridos. Estas notas las he sacado de la revista del Colegio, "Mater clementissima", en su número de 1972.

El ambiente del Colegio nada tenía que ver con el del Canisianum. Sigo citando la revista:

"El Colegio es español. De españoles. Hablamos en español. Recibimos prensa española. Escuchamos la radio de España. Recibimos las revistas de España. Y los boletines de las diócesis -de casi todas- de España.

Se viaja mucho a España. Se vive la idea de España. Los acontecimientos repercuten. Sobre todo, los políticos y religiosos. La prensa italiana, en este sentido, es incitante.

Cuando tenemos huéspedes de España en el Colegio les hacemos hablar. Y se saben más cosas aquí de España que, a veces, estando viviendo en ella.

La presencia de las distintas regiones de España nos enriquece a todos. Nos da perspectiva.

Suelen tener su fiesta ciertas colonias: la navarra, la catalana. También conviven mucho la colonia andaluza y la gallega".


Como puede apreciarse por estas líneas, parecía que viviéramos en un pedazo de tierra patria con una obsesión algo exagerada por la idea de España, bastante influenciada, por otra parte, por la retórica franquista de aquella época. Aquello contrastaba con la idea de comunidad internacional que yo había vivido en los dos años anteriores en el Canisianum. Tenía la ventaja, no obstante, de que, al estar en sus últimos coletazos el Régimen del general, el Colegio Español de Roma podía ser un buen observatorio de las evoluciones religiosas e incluso políticas. En definitiva, pasé de un colegio "internacional", pero cerrado sobre sí mismo, a otro "español", pero abierto a la realidad cambiante del mundo socio-religioso de nuestro país.

Los operarios continuaron dirigiéndolo en esta su nueva etapa. Como rector acababan de nombrar al que ya tuve en Zaragoza: Antonio Castro, el aficionado a la poesía de Unamuno. Le acompañaba como vicerrector Román Sánchez Chamoso, a la vez bibliotecario y responsable de los seminaristas. Años más tarde, aquél que me pareció en Roma un oscuro operario se convirtió en un eficiente rector del Seminario de Zaragoza y coincidimos de nuevo aunque esta vez sin relaciones de dependencia entre nosotros. José Mª Hernández era el responsable de la comunidad de sacerdotes, Andrés Roca el administrador, Santiago Martínez el director espiritual (luego fue reemplazado por Gabriel Calvo), José Mª Carda Pitarch el agente de preces. Residía también en el Colegio desde hacía un cuarto de siglo Cipriano Calderón, responsable en aquel entonces de la edición en lengua española de L'Osservatore Romano y hoy importante arzobispo de la curia romana.

En el curso 1971-72 éramos un total de 91 alumnos residentes, entre los cuales 23 seminaristas pertenecientes a once diócesis (de ellos siete de Santiago y tres de Zaragoza) que disponíamos de habitaciones en un pabellón propio y 68 curas de treinta y ocho diócesis (especialmente de Sevilla, siete, y de Valencia, tres). El número de seminaristas en el Colegio estaba en clara disminución pues se había casi reducido a la mitad en los dos últimos cursos. Lo mismo había ocurrido en el mismo período de tiempo con el número de sacerdotes ya que se había recortado en una tercera parte. En 1972 quedábamos sólo 13 seminaristas y un curso después descendimos a 9. Lo contrario les sucedió a partir de entonces a los curas: 81 en 1972 y 85 en 1973, permaneciendo estable el conjunto total de alumnos del centro, a la vez que empezaba el predominio de los valencianos.

A propósito del descenso del número de seminaristas, se puede leer lo siguiente en la revista "Mater clementissima" de 1973:

"El grupo de seminaristas va descendiendo. Cada vez son menos. Y así ocurre en casi todos los Colegios de Roma. Muchos ya no admiten seminaristas.

Desde el punto de vista intelectual es una pena que no se hagan los estudios aquí, en la primera juventud. Desde el punto de vista de vocación y de formación pastoral son más las desventajas que las ventajas. En las reuniones de Rectores este tema sale con frecuencia. No se ven soluciones comunes.

Nosotros pensamos que el seminarista que actualmente quiera ser alumno del Colegio debe tener una madurez humana y vocacional especialmente comprobadas. Si no, Roma le hará daño.

La ausencia de seminaristas en Roma es uno de los problemas más serios. Se lo plantean, ante todo, las Universidades. No hay apenas estudiantes de Filosofía y va disminuyendo el número de estudiantes del primer ciclo de Teología.

La presencia de un seminarista en la Roma actual es problemática. Al alejarse de las Iglesias locales, los jóvenes no maduros entran en un mundo de nieblas y de luces que les puede ofuscar. Ellos, que todavía no han vivido con una cierta responsabilidad la vida de su Iglesia local, no encuentran el mejor ambiente de ideas y de costumbres para su maduración en esta Roma de todos y de todo, cristiana y pagana al mismo tiempo, y casi apátrida en algunos sentidos, es decir, desarraigada.

A pesar de ello, el seminarista o aspirante al sacerdocio que recibe aquí una larga formación suele ser un hombre de una densidad humana y científica y de una madurez cristiana sobresalientes, que llevan a un sacerdocio equilibrado y altamente eclesial."


No creo que entrara en un mundo "de nieblas y de luces" que me ofuscara. Lo que sí me sucedió fue que llegué a la "primera madurez", la de los 25 años (así lo considerábamos entonces), que me tomé en serio el estudio de la Sociología (dentro de lo que la Gregoriana me pudo ofrecer) y que intentamos una revolución imposible en un Colegio Pontificio y en Roma, viviendo en nuestra propia carne las contradicciones que la situación política y eclesial estaba atravesando.


CIEN CONVIVEN JUNTOS


En el pabellón de seminaristas encontré a un jovencísimo Bernardo Bayona procedente del Seminario de Zaragoza, quien, andando los años, se convertiría nada menos que en Vicepresidente del Senado en la joven democracia española. Como me había ocurrido con Casanova, tampoco con Bernardo llegamos a conocernos junto al Ebro, ni con Pepe Alegre, que también residía como seminarista en el mismo pabellón, hoy profesor de Moral y colega mío en el CRETA, pero a medida que transcurría el tiempo fuimos estrechando nuestra amistad en el Colegio hasta el punto de acabar Bernardo y yo viviendo juntos con otros dos compañeros en un piso de Roma. Me alegré al coincidir de nuevo con Mariano Marín, uno de los protagonistas a su pesar de la "Revolución del 67" en el Seminario de Zaragoza. Y con Emilio Fuertes que se había convertido en Operario Diocesano.

Lo reducido de nuestro número me llevó a estrechar una buena amistad especialmente con los seminaristas gallegos José Manuel García, Marcial Gondar, Antonio Busto y Eugenio Romero (el bueno de "Uxío", ya fallecido y que fue obispo auxiliar del cardenal Rouco en Madrid) y con el cordobés Jesús Peláez. Descubrí la "morriña" gallega y esa alegría que se originaba en ellos los días de lluvia, algo que me costaba entender porque a mí nunca me han entusiasmado. Pepe García fue más tarde también compañero mío en el mismo piso con Bernardo y erudito de datos, como no había conocido yo antes a nadie, muchos de ellos inútiles; se sabía de memoria todos los resultados de los partidos de fútbol, incluso de la división en que jugaba el Barbastro, y un buen día, hartos ya de tanto "saber", le preguntamos para ponerlo a prueba si conocía el número de tornillos de la Torre Eiffel: bueno, pues nos lo dijo y, tras consultar el libro correspondiente, comprobamos que ¡había acertado! Marcial andaba en cuarto de Filosofía y tenía una de las mentes y lógicas más privilegiadas que he conocido, sin perder jamás su sonrisa pícara que le acompañaba. Luego, una vez retornado a su tierra, se dedicaría a profundizar e investigar la cuestión de la muerte y en ello creo que sigue como profesor en la Universidad de Santiago. Antonio (Tonecho) entró en mi curso de Sociología y rivalizábamos intelectualmente; hoy ejerce de profesor en Santiago y se mueve por su tierra de Noya, supongo que con la misma inteligente "retranca" gallega que exhibía entonces. Uxío era como un sabio distraído: podía pasarse horas y horas en su habitación profundizando en su Patrística, en Ticonio y compañía, olvidándose del mundo a su alrededor; le tomábamos el pelo por su ingenuidad y su inmenso buen corazón. Jesús Peláez era un gran tipo, un buen compañero, hoy avanzado y comprometido teólogo. También hice amistad con los gallegos Xoan Currais, "Chucho" García Castro (que decía sólo las palabras justas y ni una más) y Benito de la Iglesia, con el cordobés Rafael Linares así como con el italiano Omar Carena quien, curiosamente, residía en el Colegio Español. En años posteriores se incorporaron el barcelonés Javier Morláns y los canarios Francisco Padrón y Pedro José Rodríguez, entre otros.

Situadas en un pabellón aparte, nuestras habitaciones se transformaban en auténticos centros de reunión. Eran unos espacios austeros, como los de todos los Seminarios, pero disponían de un lujo no experimentado por mí hasta entonces: su propio cuarto de baño con ducha incluida. En aquellas estancias conversábamos sobre todo lo divino y lo humano, e incluso organizábamos "timbas" que hicieron época. Mariano y yo formábamos pareja aragonesa, a veces conflictiva pues dejábamos de hablarnos unos días por culpa de los lances de las cartas, enfrentados contra los gallegos Marcial y Tonecho. Transcurrimos varias noches enteras jugando a la "canasta" hasta la hora del desayuno, sin que de esto llegara a enterarse el mismo Román que tenía su cuarto al comienzo del pasillo (al menos nunca nos comentó nada ni nos llamó la atención).

De los curas que habitaban los otros pabellones recuerdo especialmente a Ricardo Alcón (de Teruel), Gonzalo Flor (Sevilla), Antonio Flores (Almería), José Manuel Gutiérrez Inclán (de Gijón, querido amigo que falleció años más tarde), Francisco Muñoz (que también estudiaba Sociología), Miguel Oliver (Sevilla), Jesús Portolés (Huesca), Antonio Quevedo (Jerez), Joaquín García Roca (valenciano, hoy especialista en cuestiones de marginación, entre otras), Rufino Godoy (conocido teólogo, que pertenecía a la diócesis de Arequipa en Perú), Ginés Pagán (murciano y también estudiante de Sociología), Miguel Payá (Valencia). En 1973 se incorporaron Alberto Benito y Ángel Gil Modrego. Ambos preparaban el doctorado en Sagrada Escritura y colaboraban con el afamado y fallecido biblista Luis Alonso Schökel; más tarde coincidimos como profesores en el CRETA de Zaragoza hasta que se secularizaron, falleciendo el segundo hace pocos años. Se incorporaron igualmente Javier Gros (de Lérida y estudiante de Sociología) y Marcial Portela (gallego y Operario Diocesano).

También eran alumnos del Colegio, aunque no recuerdo haber tenido especial relación con ellos, el valenciano Vicente Cárcel Orti (hoy historiador) y los futuros obispos y arzobispos Rosendo Álvarez Gastón (de Huelva y que llegaría a ser obispo de Jaca y luego de Almería), Julián Barrio Barrio (actual Arzobispo de Santiago), Julián López Martín (actual obispo de León), Fidel Herráez Vegas (actual obispo auxiliar de Madrid) y Manuel Sánchez Monge (recién nombrado obispo de Mondoñedo). La verdad es que no recuerdo a ninguno de éstos, lo cual me sugiere que no debieron ser muy activos en las movidas rebeldes que organizamos en el Colegio. Aviso para caminantes: el que se mueve no sale en la foto.

Como se desprende de lo anterior, no sólo los antiguos alumnos del Canisianum han llegado a ocupar sedes episcopales. El número de los del Colegio Español que alcanzaron la mitra es elevado. Podemos destacar tan sólo a algunos: mi anterior obispo Jaime Flores (de 1923 a 1932, más tarde rector del Colegio de 1942 a 1957), Elías Yanes (1954-1957), Javier Osés (1948-1953), Ramón Echarren (1954-1958), Ramón Torrella (1952-1958), y los cardenales Narciso Jubany (1940-1941), Benjamín de Arriba y Castro (1908-1913) y Fernando Quiroga Palacios (1925-1928).

El año en que yo llegué abundaban los estudiantes de teología (36), seguidos de los de Escritura (13), Historia de la Iglesia (7), Pedagogía (6), Moral (5) y Sociología (5). En los años siguientes disminuyeron los estudiantes de Teología y aumentaron los restantes.


LA VIDA COTIDIANA


En la revista "Mater clementissima" de 1973 se refleja cómo se desarrollaba un día ordinario:

"En el Colegio la vida comienza con el madrugón de algunos. A las seis de la mañana se abren puertas y se camina hacia las capellanías. De seis de la mañana hasta las ocho las numerosas persianas dicen su ritmo y sus quejas. En esas horas hay un grupo rezando laudes. Otros diciendo su misa concelebrada, casi un susurro de tres o cuatro personas. Y hay otro grupo que anda apresado -o espera apresado- por la rapidez o la lentitud de los autobuses. Otros, grandes señores generosos, van en sus coches. Otros, los más valientes, arreglan la moto cada día, y cada día se lanzan a la caza de huecos, de semáforos, de curvas.

A las ocho y media comienzan las clases. Algunos han necesitado para llegar hora y media. Otros media hora. Otros no asisten.

Algunos doctorandos suelen salir a media mañana hacia alguna capellanía. Van sin prisas. Otros están desempolvando bibliotecas.

A la una y cuarto comienzan a sentarse los primeros comensales. Los últimos van llegando, con sudores o con frío, y con fatiga, hacia la una y media. Se come comida italo-hispana. Se bebe vino que no es "dei castelli". Se trocea un filete grande. Se repite. Y alguien se levanta para servirse sopa de "enfermos", pescado no frito, o un inmenso plato de sola verdura.

Un paseíto por los jardines del Colegio. Con el cigarro como protagonista. Y llega la hora de la unanimidad: la siesta.

Hacia las tres y media ya se ven caras semidespiertas que van a las bibliotecas, a los seminarios, a alguna clase, al cine quizá, a hacer turismo.

Los que quedan en casa meriendan de pie a las cinco. Con gran puntualidad interesada. De nuevo, un paseíto. Un pitillo, y a estudiar.

El primer trimestre suele ser abundante en charlas. Comienzan a las siete. La asistencia es libre. Depende del interés por el conferenciante más que por el tema a desarrollar.

A las ocho menos unos minutos la sacristía se llena de rumores. Treinta sacerdotes -más o menos- van a concelebrar. Es el momento de la Eucaristía. Se canta, se participa con timidez. Hay homilía. Es un rato de oración. El más intenso comunitariamente.

A las ocho y media se cena. Con rapidez. Luego viene el telediario, las reuniones, alguna salida, el estudio de nuevo. El acostarse pronto para volver a madrugar."


Contábamos con una comunidad de religiosas, las Siervas de S. José, que se encargaban de la intendencia del Colegio. A comienzo del curso 1972-73, se procedió al cambio de superiora: a la M. Hortensia Elena, que llevaba casi 20 años en la casa, le sucedió la zamorana M. Elisa Blanco, que venía de la dirección de un Colegio en Alicante.

También había un grupo de chicas que residían y trabajaban en el centro. Generalmente se trataba de chicas que estaban de paso y realizaban estancias cortas en el Colegio; normalmente eran familiares o conocidas de las religiosas o de los superiores y las dejaban venir a Roma de sus casas a condición de permanecer aquí. Frecuentemente encontrabas allí jóvenes que se quedaban sin trabajo en Roma o que, recién llegadas de España, esperaban hasta lograr conseguir algún trabajo en la Ciudad Eterna, de ordinario a través de las religiosas. Cobraban 80.000 liras mensuales, mientras que el sueldo de las religiosas era de 50.000.

A finales de octubre solían comenzar los ejercicios espirituales. Este primer año nos los dirigió José Mª. Castillo, profesor de la Universidad de Granada, a quien no me lo imagino dándolos actualmente ya que posteriormente sería incorporado al amplio grupo de teólogos no bien vistos oficialmente a causa de sus escritos. Tuvimos también varios retiros espirituales dirigidos por sacerdotes italianos y también por el P. Hortelano, provincial de los redentoristas. Entre los que nos dieron conferencias o charlas recuerdo a Ramón Echarren, entonces obispo auxiliar de Madrid, al periodista José Luis Martín Descalzo, a Jesús Iribarren, más tarde secretario de la Conferencia Episcopal Española, y al P. Juan Alfaro, insigne profesor de la Gregoriana.

Nos visitaban igualmente muchos obispos, arzobispos y cardenales españoles que venían a Roma, especialmente con motivo de sus visitas ad limina. Recuerdo a Elías Yanes, entonces obispo secretario del Episcopado, a Javier Osés, a mi obispo Damián Iguacén, a Pedro Cantero, a los cardenales Tabera y Tarancón, etc. También pasaban por el Colegio muchos curas o religiosos a los que utilizábamos como carteros confiándoles las cartas o postales que enviábamos a España. Por esta razón, no empleábamos sellos italianos sino españoles. En una postal del 29 de abril dirigida a mi familia les señalo que "no hace falta que me enviéis más sellos de momento pues tengo muchos". Era, por tanto, la familia la que me los suministraba, yo los pegaba en la carta y el intermediario las depositaba en cualquier buzón una vez llegado a la Península.

En Navidad regresábamos a casa de vacaciones, normalmente por tren, aunque también en alguna ocasión volamos en avión hasta Barcelona, especialmente cuando nos ofrecían pasajes baratos para completar el número de asientos. Por usar estos "chollos" a poco me veo envuelto en un tremendo atentado que tuvo lugar en el aeropuerto de Fiumicino sobre el mismo aparato de la Pan Am que tomé al día siguiente y a la misma hora. Los intensos controles policíacos que tuvimos que superar por este motivo nos tranquilizaron.

En Semana Santa, al disponer de menos días de vacaciones, muchos permanecían en el Colegio. A mí me eligieron en la de 1972 como la voz española en el Vía Crucis del Papa en la tarde del Viernes Santo. Gracias a un pase especial me situé junto a las restantes "voces" en el promontorio frente al Coliseo; allí, colocados en fila india, íbamos pasando por delante del micrófono, haciendo la rueda, nombrando simplemente cada una de las estaciones. Todavía conservo el folleto que nos dieron y el texto que tenía que leer. Mientras me oía y veía mi familia desde Barbastro por medio de la retransmisión televisada, yo permanecía ajeno al hecho de que estaban atravesando difíciles momentos ya que mi tío Cándido agonizaba a sus 79 años.

El Colegio organizaba excursiones por diferentes lugares de Italia. En febrero de 1972 nos fuimos a Nápoles visitando igualmente las impresionantes ruinas de Paestum y Pompeya. El mismo año visitamos también Asís. En otras ocasiones nos montábamos la excursión por nuestra cuenta, como cuando con Ramón decidimos irnos a Capri. O nos acercábamos a la vecina Ostia para disfrutar de un baño en aquellas playas que, por cierto, estaban acotadas por alambradas, obligándote a encontrar la vía de acceso a las mismas. Una tarde nos trasladamos a Velletri, a cuarenta kilómetros de la capital y en casa de Paola, novia de Román, uno de los compañeros de Ramón en su pensión, nos organizamos una buena merienda a base de alcachofas romanas asadas: sin pelarlas las enterrábamos en brasas, tras machacarlas previamente para que se abrieran y añadirles sal, aceite, ajo y hierbabuena.

Solíamos acudir con frecuencia al cine y por poco dinero pudimos ponernos al día de gran cantidad de películas que en España todavía estaban prohibidas. En la sala sorprendentemente se podía fumar y había un descanso en el intermedio durante el cual corrían el techo de la misma para que salieran al exterior todos los humos al mismo tiempo que entraban los gritos de las matronas romanas que desde sus viviendas llamaban a sus hijos; completaban el espectáculo vendedores que discurrían por los pasillos ofreciéndonos sus chucherías.

Por aquella época hacían furor las canciones de una esbelta y sofisticada Mina. A menudo la admirábamos en televisión cantando aquello de "Parole, parole, parole, soltanto parole..." ("Palabras, sólo palabras...") acompañada de algún galán al que dejaba en la estacada mostrándose escéptica ante sus requiebros. A mí me gustaba especialmente Ornella Vanone, con sus rizos y su estética tan diferente a las restantes, cuando entonaba "Domani è un altro giorno", mezclando dulzura y firmeza. Su melodía me acompaña todavía.

No quiero concluir este apartado sin referirme al interés con que seguimos las hazañas de los ciclistas españoles en el Giro de Italia. Fueron los años en que el asturiano José Manuel Fuente, el "Tarangu", ponía en serios aprietos al mismísimo Eddy Mercx. Permanecimos muchos ratos frente al televisor y recuperé mi afición como espectador de este deporte, reviviendo la pasión con que de chaval seguía en Barbastro a través de la emisora local de radio las retransmisiones que efectuaba Manolo Gómez de las etapas de aquellos Tours protagonizados por Federico Martín Bahamontes en pugna con el francés Jacques Anquetil.