CAPÍTULO 8º:
DE CLASES Y AMISTADES
LA GREGORIANA
El Colegio estaba situado en el Barrio (Quartiere) Aurelio, al oeste de Roma, junto al Gianicolo, en Via di Torre Rossa 2 y cerca de la Via Aurelia por la que enlazaba con uno de los grandes anillos circulatorios que rodean la capital de Italia. Cerca del mismo abundaban los corros de prostitutas que se calentaban por la noche con hogueras, claro indicador de su presencia. Tomando el autobús 98 en la Via Gregorio VII llegabas sin mayor problema al Vaticano. A continuación debías caminar una media hora por el Corso Vittorio Emanuele que te acercaba a la Piazza della Pilotta, en donde se ubicaba la Pontificia Universidad Gregoriana, más allá de Piazza Venezia y detrás del Palacio Colonna. Sus orígenes había que buscarlos en el Collegium Romanum en donde ya en 1553 funcionaban las cátedras de Filosofía y Teología. El Papa Gregorio XII (1572-1585), del que deriva su nombre, le otorgó una serie de beneficios y privilegios hasta el punto de considerársele el padre y fundador de la misma, llamada a partir de él Universidad.

Constaba de tres grandes secciones: la Universidad Pontificia propiamente dicha, el Pontificio Instituto Bíblico y el Pontificio Instituto de Estudios Orientales. Acudía a la Facultad de Ciencias Sociales que concedía grados de Bachillerato, Licenciatura y Doctorado. Para ingresar en ella te exigían haber cursado los mismos estudios que para entrar en cualquier Universidad española y tenías que demostrar suficientes conocimientos de matemáticas, además de leer sin dificultad francés e inglés. Por cierto que clases de este último idioma fuimos recibiendo en el mismo Colegio Español por parte de dos chicas australianas que acudían regularmente con este motivo. El curso comenzaba a mediados de octubre y las clases terminaban a finales de mayo, reservando el mes de junio para los exámenes. Volví, pues, al calendario de siempre, tras el paréntesis austríaco.
Fueron varios los profesores que a lo largo de los cursos nos aleccionaron sociológicamente: Beltrao (brasileño opuesto a considerar persona a un feto de poco tiempo), Macha (historia de la Sociología), Schasching (grupos), Goetz, Bolasco, etc. Tuvimos especial relación con dos de ellos: el cubano Eduardo Salvadó, que nos introdujo en la Sociología, y el italiano Paolo Tufari, de parecido sorprendente a Woody Allen, quien en sus tiempos fue alumno en Estados Unidos del principal sociólogo funcionalista, el norteamericano Talcott Parsons. Con Tufari, y gracias a su relación con Ramón, nos hemos visto varias veces en Zaragoza. Salvadó también nos giró una visita hace un par de años, disfrutando de las fiestas del Pilar. No tuvimos como profesor, en cambio, a José Mª. Díez Alegría quien, a causa de su libro "Yo creo en la esperanza", fue apartado de su cátedra en la universidad Gregoriana, lo cual levantó una gran polvareda. Estábamos entonces en 1973 y ya habían finalizado los años aperturistas del Papa Pablo VI.
Los profesores exigieron de nosotros multitud de lecturas y trabajos. Guardo todavía numerosos cuadernos en donde iba resumiendo lo que me aportaba todo lo que iba leyendo, ya fuera en italiano, francés, inglés o español. La lucha por el libro resultaba dramática. Nos diversificábamos por las diferentes bibliotecas romanas (en especial éramos asiduos de la Luigi Sturzo en la Via delle Coppelle, especializada en ciencias sociales y en historia) confiando en ser los primeros en conseguir de sus estanterías los libros en los que se encontraban los capítulos a devorar. Si no lo lograbas, estabas perdido. En ocasiones tenías que recurrir a las librerías comerciales y allí "socializabas", como se decía entonces, es decir, mangabas libros ya que no te llegaba el presupuesto para tanto. Algunos eran incapaces de hacerlo y a veces te ponían en un brete, como cuando Tonecho, ingenuamente, me recordó delante de un cobrador que yo no había pagado un libro que llevaba entre mis manos en ese instante. Salí del lío como pude y sin pagarlo.
Lo mismo elaborabas un estudio de 40 folios sobre la economía española, que analizabas libros como "El inconsciente en la historia", "La imaginación sociológica" o "La resistencia del pueblo palestino", o desarrollabas cuestiones tales como el fenómeno del absentismo, la democracia industrial noruega o el mercantilismo. Estudiamos estadística, derecho, historia de la sociología, metodología, sociología de grupos, doctrina social de la Iglesia, etc.
Formaba parte del currículum un amplio trabajo de campo. La misma Facultad nos organizó uno sobre la experimentación en la Enseñanza General Básica española y tuvimos que desplazarnos para realizarlo a Madrid el 22 de marzo de 1973 permaneciendo allí durante casi un mes, juntamente con los profesores Tufari, Salvadó y Baíllo que nos dirigían la investigación. Un mes antes la muerte había golpeado por tercer año consecutivo a nuestra familia ya que había fallecido repentinamente en Palma de Mallorca mi tía Mari, hermana de mi madre, a cuyo entierro no pude acudir. Tras la Guerra Civil se había exiliado en México con su marido y, fallecido éste a comienzos de los años sesenta, había regresado esporádicamente en dos ocasiones, si bien mantenía su vivienda en Guadalajara (Jalixco). La década de los setenta dejaría a mi madre sin marido y sin hermanos, puesto que cuatro años más tarde moriría en Zaragoza la única hermana que le quedaba, mi tía Gloria.
En la crónica de "Mater clementissima" nos citan a Valeriano Baíllo, Tonecho y a mí, añadiendo además que el Colegio Español ayudó a sufragar los gastos. Una vez en España formé pareja con Ramón y entrevistamos a bastantes personas en diversos colegios e institutos de Barcelona y de la capital (algunos directores bastante fachas). Nos pasamos mucho tiempo en el metro ya que estábamos instalados cerca de plaza de Castilla y debíamos trasladarnos, entre otros lugares, a Vallecas. Una vez de regreso a Roma, procedimos a la elaboración y publicación de los resultados.
ECONOMÍA
En Roma no me sucedió como en Innsbruck en cuestiones de economía. Dispuse desde el principio de una beca anual de unas 60.000 pts. procedente del P.I.O. (Patronato de Igualdad de Oportunidades). No es que diera para mucho pero te permitía solucionar la estancia en el Colegio Español. Por otra parte, mi obispo Damián me aportó, pienso que de su propio bolsillo, 25.000 pts. que me permitieron un margen mayor. En verano contaba con trabajar en Alemania, siguiendo la costumbre del anterior estío. Lo logré en el de 1972, pues fui contratado en Munich durante los Juegos Olímpicos, como luego comentaré. Un año después intentamos inútilmente un nuevo contrato en Alemania, pero no tuvimos suerte, por lo cual me fui con Pepe García a la desesperada a Ginebra a encontrar algo. Allí permanecimos los dos durante una terrible semana, recorriendo fábricas y más fábricas "mendigando" un puesto de trabajo. Nos instalamos en el Albergue de la Juventud pero todo el día lo pasábamos de un lado para otro y, además, caminando sin parar por "imposición" de mi amigo gallego. Nunca llegué a saber si lo hicimos para ahorrar, ya que el dinero nos escaseaba de manera alarmante, o para batir algún récord, algo muy propio de la mentalidad de mi colega. Recuerdo que era de los que piensan que para conocer bien una población había que recorrerla andando y siguiendo diagonales. El caso es que acabamos exhaustos y, encima, sin trabajo. Al terminar aquella semana de no repetir, decidí volverme a Barbastro ya que estaba claro que habíamos fracasado en el intento. Ni siquiera tenía dinero suficiente para pagarme el viaje, por lo que compré un billete de menos recorrido y me expuse a que me echaran del tren una vez cumplido el trayecto que había pagado. Por suerte no ocurrió así y pude llegar con lo puesto a mi tierra natal.
Me dediqué a partir de entonces a dar clases (alemán incluido) para tener algo de liquidez de cara al siguiente curso en Roma. Pero ocurrió un hecho que cambió radicalmente la situación: compartí una herencia y me encontré de repente con cerca de 300.000 pts. en el banco, lo cual representaba un suficiente capital para esas fechas. A partir de ese momento mis penalidades económicas desaparecieron como por ensalmo e incluso pude echar una mano a algún amigo. Curiosamente, a lo largo de mi vida he pasado por otros momentos difíciles económicamente y siempre me ha sucedido algo que ha impedido que me encontrara sin un duro.
AMIGOS Y CONTACTOS EN ROMA
Además de los mencionados en el Colegio Español, en Roma hice amistades muy importantes que han perdurado hasta la actualidad. Entre ellas destaca Ramón Garcés, a quien vengo citando en diversas ocasiones. Habíamos coincidido en el Seminario de Zaragoza, ya que él vino al mismo como seminarista de Jaca procedente del de Pamplona junto con sus compañeros diocesanos. Pero en Zaragoza, al igual que me sucedió con Bernardo, no llegamos prácticamente a tratarnos, y eso que los dos disfrutábamos la misma edad (yo unos meses más) y tan sólo nos diferenciaba el hecho de que él era de un curso inferior. En realidad estuvo solamente un año allí trasladándose a continuación a Roma para cursar los tres cursos de teología que le quedaban, residiendo en el Colegio Español. Al no ordenarse, y tras exigirle en el Colegio un permiso por escrito de su obispo diocesano (algo que no consiguió) para poder continuar en el mismo, decidió ir a vivir a la pensión "Maravillas" en la vía Napoleone III nº 89, 3º, cerca de la basílica de Sta. María la Mayor, junto con otros amigos que conocía. Ramón y yo empezamos juntos la Sociología en la Gregoriana, la terminamos juntos y continuamos nuestra colaboración en Zaragoza publicando en 1979 una investigación que nos encargó Cáritas sobre centros de Preescolar en la ciudad. A partir de los años ochenta nos insertamos ambos en el Programa de Transeúntes y allí seguimos.
Conocí también a Inma y Rosina. Pertenecían entonces a un instituto secular fundado por el P. Hortelano (redentorista) y residían en Roma desde hacía varios años, trabajando la primera en un centro de Congresos y más tarde en las oficinas de la Olivetti, mientras Rosina era funcionaria en la F.A.O., cerca del Coliseo. Esta última es de Madrid, pero Inma procedía de Castejón de Sos, pueblo de mi Diócesis en la provincia de Huesca, por lo cual se estableció entre nosotros rápidamente una especie de "colegueo" diocesano que potenció nuestra amistad y relación. Su piso fue lugar de encuentro y de cena en muchas ocasiones, nos conectaron con sus jóvenes amistades romanas, comentamos hechos y películas de actualidad, como "Jesucristo Superstar" que tanto nos gustó y de lo cual hicimos partícipe a Carlos Salazar (luego vicario en Zaragoza durante muchos años) que nos visitó aquellos días, y me introdujeron en la degustación de los "petits suisses", dicho esto como pura anécdota. También con ellas la amistad ha pervivido y seguimos en contacto, habiéndose establecido ya las dos en España una vez que Rosina se jubiló e Inma fue prejubilada.
Los conocidos romanos que acabo de mencionar me introdujeron en su grupo de revisión de vida, especialmente una vez que fui ordenado cura. Ello me permitió nuevos contactos y reuniones en casa de los amigos, con tipos tan interesantes como Stefano, hermano de Gianni Gennari, y un benedictino, pero, desgraciadamente, una vez de regreso a Barbastro las relaciones se fueron apagando. Finalmente, digamos que también mantuve una cierta amistad con Ramiro Moliner, un turolense entonces estudiante de la Carrera Diplomática vaticana y hoy Arzobispo y Nuncio del Papa en Etiopía, tras haber ocupado el mismo cargo en otros países. Con él he dado largos paseos por las calles romanas pero una vez transcurridos más de 30 años desde aquello sólo lo he saludado en una ocasión en que, ya Arzobispo, visitó Zaragoza. Entonces pude constatar que de aquella "amistad" creo que no le quedaba casi ni el recuerdo. Mis caminos no han sido precisamente los suyos.
En Roma tuve igualmente algún pequeño contacto "político". Bernardo, que ya entonces se movía como pez en el agua en ese terreno, me llevó una tarde al piso del Parioli en que residía Natalia Calamai, la mujer de Nicolás Sartorius, miembro entonces del Partido Comunista y que se hallaba encarcelado con sus compañeros de Comisiones Obreras (Marcelino Camacho, el cura Paco García Salve, etc.) pendientes del famoso sumario 1001. Se trataba de una reunión de españoles, muchos de ellos miembros del PC y de otros partidos de izquierdas. Se respiraba en la reunión una profunda aversión a China ya que los maoístas atacaban con fuerza el revisionismo del Partido Comunista. Lo cierto es que no volví a repetir la experiencia ya que me parecieron más "fantasmas" que otra cosa, con mucha pose y poco más, y eso que yo había asumido ya claramente una mentalidad favorable a la izquierda. Años más tarde, Bernardo me informó que había descubierto que la policía franquista estuvo perfectamente informada de lo que ocurrió en esa reunión y de las personas que en ella participamos.
En otra ocasión acudimos a los ensayos de una obra de teatro de Rafael Alberti, el cual, tras su estancia en Argentina, residía desde hacía años en su exilio romano del barrio del Trastevere desde donde se trasladaría a Madrid una vez muerto Franco. Al finalizar la representación, o tal vez en el intermedio, nos reunimos un buen grupo con él y comentamos la obra, además de hablar ineludiblemente de la situación política española. En un momento de la conversación Alberti se dispuso a hacernos una confidencia política, antes de la cual preguntó con cierta malicia. "¿No habrá algún cura aquí entre vosotros?". El interrogante era lógico ya que estábamos en Roma. Yo, que en aquel momento ya había sido ordenado sacerdote, permanecí impasible y callado, no sé si recibiendo algún codazo de quienes conocían mi estado.
Y hablando de política, corrían los años en que la dictadura franquista hacía aguas por todos lados, especialmente a partir de 1974, mi último año romano. ETA acababa de asesinar en Madrid al comienzo de la Navidad de 1973 al mismísimo Carrero Blanco (nombrado presidente del Gobierno en junio) y el Régimen se había quedado sin su delfín. Nosotros, claramente antifranquistas, participamos en alguna que otra manifestación callejera y tuvimos que refugiarnos, de forma imprudente, en algún portal cuando la policía trataba de disolvernos con gases lacrimógenos y nuestros ojos lloraban, consiguientemente, a mansalva. Recuerdo un slogan muy repetido: "Franco, boia, il popolo è stanco ed avrai la fine di Carrero Blanco!" (Franco, verdugo, el pueblo está harto y acabarás como Carrero Blanco). En abril vivimos con profunda envidia la caída del Régimen autoritario en Portugal tras la llamada Revolución de los Claveles. ¿Ocurriría en nuestro país un cambio tan pacífico y lírico?
Otros contactos tuvieron relación con la circunstancia de ser Roma centro de peregrinaciones de todo el mundo. Allí acudieron también personas conocidas de Barbastro que contaban, por aquel entonces, con la colaboración del cura Ramón Ballarín quien, procedente del Valle de Benasque y tío de uno que fue seminarista en el curso de Manolo, residía en la Ciudad Eterna desde hacía muchos años y, buen conocedor de itinerarios, facilitaba los trámites y recorridos a quienes por allí acudían. Guardo una foto de enero de 1974 en plena Plaza de S. Pedro en la que aparecemos Inma y yo con un grupo de peregrinos barbastrenses (Ángel Huguet, los Mayoral, Font, Salazar, Naval, etc.). En otra ocasión fue mi madre la que, al final de mi estancia italiana, se apuntó a una excursión, aprovechando que yo todavía me encontraba en Roma. Apareció con peregrinos de Huesca y de Zaragoza, a los cuales les organicé una gira de tres días por los lugares más característicos, viajando en su autobús de un sitio a otro; agradecidos por mi colaboración, y mi madre orgullosa por ello, me regalaron un cáliz con dedicatoria y en su propio estuche. Si hubieran venido unos meses antes habrían tenido problemas de circulación ya que, a causa de la crisis del petróleo, experimentamos en Roma la maravilla de una ciudad sin coches los fines de semana, o con permiso para circular unos días los de matrícula par y otros los de impar. También disfrutamos de autobuses urbanos a unos precios de risa para potenciar su uso y disuadir la utilización de los coches particulares.
