CAPÍTULO 9º:
PINCHE EN LOS JUEGOS
LOS JUEGOS OLÍMPICOS
El verano de 1972 resultó ser olímpico ya que se iban a disputar los Juegos en la ciudad alemana de Múnich. Varios meses antes nos enteramos de que necesitaban 900 estudiantes de todo el mundo para trabajar en las cocinas olímpicas y decidimos ofrecer nuestros servicios. Dados mis conocimientos de alemán, mis compañeros me encargaron rellenar las instancias y enviarlas. Creo que fuimos unos 20 los que nos enrollamos en esta cuestión. Cada uno presentó sus méritos. Yo destaqué mis conocimientos de varios idiomas, elevándolos por exageración a 6 u 8, incluyendo en ellos hasta el catalán para hacer bulto, y mi gran experiencia en la preparación de cócteles (?). No sé si se lo tragaron pero acabé siendo uno de los 3 del Colegio Español a los que únicamente admitieron; los otros dos fueron "Chucho" y Pepe García.
Resulta sorprendente pero es cierto: entre los papeles y certificados que necesitamos para ir a trabajar a los Juegos conservo dos emitidos por el rector del Colegio Español. En uno de ellos, de fecha 27 de junio, Antonio Castro certificaba que yo era alumno de este Centro y que él estaba de acuerdo con que trabajara en la Olimpíada de Múnich durante el verano de 1972. ¿Cómo es posible que los empresarios olímpicos necesitaran para contratarme el permiso del rector de un Colegio Pontificio romano? En otro certificado, con fecha del día siguiente, hacía constar que yo había observado "buena conducta" en el Colegio Español. Esto último tenía un evidente tufillo franquista.
La firma Kempinski, Hotel-Betriebs AG, nos sometió nada más llegar a una serie de pruebas y análisis para ver si gozábamos de buen estado de salud. En todos los casos, mis compañeros me utilizaban como intérprete. Hubo un momento en que mis conocimientos de alemán se pusieron seriamente a prueba y fue cuando una de las enfermeras nos comunicó que teníamos que hacer la "prueba de la silla" (Stuhlprobe). Por más vueltas que le daba no conseguía una traducción convincente así que se lo pregunté directamente a la alemana; tuvo que intervenir otro germano con pinta de jefe quien, en un tono de superioridad-despreciativa-con-estos-bárbaros-del-sur, me espetó casi gritando y utilizando sus escasos conocimientos de español: "¡mierda!". Comprendimos entonces sin más explicaciones que se trataba de una prueba de heces, nos contuvimos la risa y se solucionó todo.
Me adjudicaron el número C5 209 43, aunque con la anotación: "No se asuste porque no va a ser un mero número". Nuestro contrato se extendía desde el 1º de julio al 15 de septiembre. Era una exageración hacernos comenzar tan pronto ya que los Juegos no daban inicio hasta mediados de agosto. Pero los organizadores, tan cuadriculados ellos, no se dieron cuenta de su error hasta el momento en que se vieron con casi mil trabajadores en una cocina que no tenía a ningún atleta a quien dar de comer. Fue un despilfarro más que añadir a la larga lista de los que cometieron. A consecuencia de ellos no les quedó más remedio que empezar por concedernos una semana de vacaciones y, además, viviendo a su costa.
Nos instalaron en los bloques de pisos destinados para nosotros y que estaban situados frente a las cocinas, en concreto en el edificio G2, 2º piso, apartamento 10. Eran unos edificios enormes, de muchas plantas. En cada piso vivíamos cuatro personas. A mí me tocó con los otros dos del Colegio más un sevillano de nombre Pedro que pertenecía a un grupo de teatro muy conocido al cual llegó a dirigir y que hace pocos años se presentó durante unos días en el Teatro Principal de Zaragoza. Con él compartí habitación y nos entendimos muy bien, haciendo gran amistad. Un buen día apareció su amiga, una rubia alemana vestida de rojo, y tuve que ausentarme de la habitación por las noches para que ellos pudieran dar rienda suelta libremente a su amor y goce corporal.

Otro amigo de aquellos días y del que guardo muy grato recuerdo fue Miguel Sans. Mallorquín, y de un carácter encantador, tras los Juegos nos estuvimos carteando durante bastante tiempo. Al final se dedicó profesionalmente al Ejército y perdí su pista; recientemente he sabido con pena de su fallecimiento. También coincidí en Múnich con Marina Lázaro y José Mª Herranz. Todos juntos aparecemos en una foto memorable en el salón de nuestro apartamento.
El poblado olímpico era una maravilla. Todo nuevo, lógicamente, disponía de innumerables establecimientos (tiendas, capillas, restaurantes, terrazas, servicios varios...), además de innumerables instalaciones deportivas entre las que destacaba el Estadio Olímpico recubierto de una gran carpa transparente que semejaba una inmensa tienda de campaña. No calcularon muy bien su térmica en verano ya que este techo producía un efecto lupa que provocaba mucho calor por lo que el Estadio llegó a conocerse como la "sartén". Pude visitarlo un día ya que a los empleados nos regalaron una entrada válida para una competición deportiva (de las clasificatorias, no de las finales), la que eligiéramos.
Las calles de la Villa Olímpica eran peatonales, discurriendo los vehículos por vías subterráneas, lo cual constituía, al menos para nosotros, una auténtica novedad arquitectónica en pleno contraste con el follón circulatorio de las calles romanas. Las tiendas estaban bien surtidas, destacando las de calzado deportivo y las de objetos de recuerdos. La sobreabundancia, una de las características de estos Juegos, parecía excitar nuestros apetitos posesivos, de ahí que fueran bastante frecuentes las rapiñas justificadas como "socialización". Había pisos en los que te mostraban una habitación llena de objetos robados casi a modo de exposición. Hubo hasta quien "mangó" unas zapatillas de deporte, llegó a su piso, se las probó, comprobó que le iban pequeñas, regresó a la tienda e hizo que se las cambiara el dependiente por otras de su talla. Conservo todavía un diminuto payaso que me "regaló" Pedro.
El poblado olímpico se convirtió también en un espacio interconfesional donde católicos, protestantes, etc., tenían abiertas sus propias capillas para la oración. Guardo un librito que cogí en una de ellas ("Denk mal", "piensa", se titula) que afirma en su prólogo que está elaborado por un equipo de católicos y protestantes, que quiere ayudarte a reflexionar, a meditar, a establecer contactos durante estos días. Todo ello a base de textos, canciones e imágenes.
Los empleados podíamos utilizar gratuitamente los servicios sanitarios. Eso me llevó a aprovechar esta oportunidad para que me extrajeran dos muelas que tenía en no muy buenas condiciones. Desgraciadamente los dentistas no debían ser muy expertos, seguramente novatos, ya que me produjeron una auténtica carnicería debido a la cual tuve que someterme durante un par de semanas a sesiones de radiaciones para cicatrizar y cerrar los desgarros.

En la Villa convivíamos por sus calles, plazas y espacios lúdicos con los mismísimos atletas. Allí te codeabas tanto con el nadador Mark Spitz (el de las 7 medallas de oro) como con atletas cubanos o de diversas nacionalidades. Esta amplia confluencia de gente joven y con energías favorecía que organizáramos fiestas, normalmente en nuestros amplios pisos, en las que participaba todo aquél que pasaba por allí, ya fuera deportista, empleado o quién sabe qué. En ellas circulaba toda clase de bebidas y de sustancias, incluida droga. Recuerdo cómo en una ocasión tuvimos que sujetar a un flipao que en pleno "subidón" intentaba arrojarse por una de las ventanas.
El cierto desmadre existente favorecía que amigos nuestros vinieran a pasar unos días en nuestros pisos, sin que nadie controlara normalmente de forma eficaz las entradas y salidas del recinto. Conservo una postal de Ramón enviada desde Tübingen en donde estaba trabajando en la que dice lo siguiente: "Amigo Pepe Nerín y otros amigos: Te escribo estas líneas para decirte que si los planes siguen como hasta hoy, el sábado pienso ir por vuestra casa. Quiero pasar sábado y domingo en München. Como supongo que el Albergue Juvenil estará demasiado lleno, os podéis ir haciendo planes y conciencia de malos para que yo pueda pasar la noche en el suelo de vuestra habitación. Marcharé en auto-stop y volveré en el tren. Ahí nos contaremos otras muchas cosas. Creo que a las cuatro podré estar en la puerta del Poblado". La postal me la dirige a mi dirección en el Sportlerverpflegum, en la Lerchnauerstrasse de la Villa Olímpica. Por desgracia para Ramón, no pudo traspasar el control existente. Tuvimos que sacarle una bolsa llena de comida que compartió con un grupo de españoles que encontró más tarde en el centro de la ciudad y con quienes tuvo que pasar la noche.
Los que lograban visitarnos saciaban su hambre ya que disponíamos de comida abundante, especialmente durante el mes de julio en que otros empleados subían a nuestros apartamentos a pedirnos por favor que aceptásemos la comida sobrante (¡cómo no iba a haber excedentes si no habían llegado los atletas ni sus acompañantes!) ya que la organización no sabía qué hacer con ella, pese a que cada noche, tras la cena, transportaban cantidad de alimentos no consumidos para donarlos gratuitamente a los centros benéficos de la ciudad. No era de extrañar, por consiguiente, que tuviéramos habitaciones repletas de comida, sobre todo de tarrinas de mermelada y mantequilla. Era un exponente más del despilfarro organizativo. Más tarde las cuentas no debieron cuadrarles y llegaron incluso a despedir a un empleado al descubrirlo con una humilde pata de pollo que se llevaba a su apartamento.
Otro claro ejemplo de despilfarro de nuevos ricos fueron las pruebas para constatar el buen funcionamiento de los teléfonos. Durante tres días nos permitieron hacer llamadas gratis a cualquier lugar del mundo. Las colas que se formaron ante las cabinas telefónicas eran interminables. Yo ni siquiera lo intenté, ante este panorama. Hubo quien estuvo conversando con su familia de Nueva Zelanda durante ¡más de dos horas!
Al poblado olímpico se accedía mediante un metro subterráneo inaugurado para la ocasión. Su precio era elevado, para lo que estábamos acostumbrados, y sus tarifas muy variables según las zonas del recorrido. Pronto aprendimos a hacer trampas viajando sin pagar o con billete de un precio inferior al que nos correspondía por nuestro recorrido. Controlábamos, eso sí, desde la puerta del vagón la entrada de algún revisor y si ésta se producía saltábamos rápidamente al andén antes de que el tren reanudara su marcha. El metro, por otra parte, como nuevo que era, resultaba cómodo, agradable e incluso lujoso.
Por medio de él accedíamos al centro de Múnich, una ciudad que destacaba por sus zonas peatonales mucho antes de que otras poblaciones siguieran su ejemplo. Las calles de la Villa Olímpica eran tan sólo la última muestra de esa tendencia. Daba auténtico gozo pasear por sus calzadas, desde la Marienplatz (donde nos dejaba el metro) hasta la Karlstor y Stachus, separadas de los coches por grandes maceteros al final de las mismas que formaban la frontera entre la paz y el vértigo viario. Esta capital de Baviera, fundada en 1158, fue durante mucho tiempo residencia de sus príncipes que le dieron su encanto meridional edificando según el modelo italiano y soñando con una nueva Atenas, como aseguraba la propaganda. Destacan sus iglesias, como la catedral (la Frauenkirche, con sus típicas torres gemelas), la iglesia de S. Pedro (Peterskirche, la más antigua de Múnich), la de S. Miguel o la de los Teatinos. El Ayuntamiento con su famoso carillón que sonaba todos los días a las once del mediodía; la Ludwigstrasse rematada por el Arco del Triunfo. El Teatro Nacional (Ópera del Estado de Baviera). Mención especial merece el Deutsches Museum (Museo Alemán), situado en una isla en medio del río Isar. Estaba dedicado a las Ciencias Naturales y a la Técnica, con su estilo interactivo, algo completamente novedoso aquellos años. Podías dedicarte a apretar cuantos botones se te antojaban produciéndose entonces efectos sorprendentes en los diversos aparatos que reflejaban los avances científicos y técnicos de la humanidad.
Los primeros días, como he afirmado antes, fueron de vacaciones. Luego, como algo tenían que hacer con nosotros, ya que los atletas tardarían aún bastante en llegar, se dedicaron a darnos ¡clases teóricas! ¿En qué consistían? Pues nos reunían por grandes grupos en aquellos inmensos comedores para comentarnos aspectos tan interesantes como éstos: si reunieran en un solo depósito toda la leche que durante los Juegos iban a beber los atletas formarían un lago tan inmenso como el Balatón, por poner un ejemplo; si pusieran uno detrás de otro todos los huevos que iban a ser consumidos, unirían las ciudades de Colonia y Frankfurt. A todo esto, yo haciendo de traductor de mis compañeros dale que te pego. No salíamos de nuestro asombro ante tanta memez y pérdida de tiempo. También realizábamos ejercicios "prácticos". Así, por ejemplo, escribían en pequeñas tiras de papel el nombre de los alimentos (lentejas, garbanzos, patatas, carne, etc.) y las colocaban en sus fuentes respectivas; luego éstas eran instaladas en los "rolis" (carros con ruedas), los teníamos que llevar al autoservicio, recoger de allí los que se suponía "usados" y trasladarlos a la estancia de lavado. Representábamos, de este modo, el futuro trabajo que se nos iba a encomendar, pero todo resultaba fantasmagórico y ridículo.
Me contrataron como "steward". En Roma nos preguntábamos en qué podía consistir aquello. Resultó ser simplemente pinche de cocina, por lo que cobraba 900 marcos (18.000 pts. de entonces), más alojamiento y comida gratuita. Trabajaba en el piso C, en la "cocina caliente". El horario de trabajo tardé bastante en completarlo ya que al principio estabas ocupado una hora y te daban libre el tiempo restante. No tenía ninguna complicación y disponías de todo el tiempo del mundo para ir dando vueltas por cocinas y comedor, asomarte a la escalera de servicio y contemplar el exterior, lo que me permitió ser testigo de alguna anécdota sonada. Me compré por 5 marcos (cien pesetas) un pantalón de batalla, a rayas grises y oscuras, que utilicé hasta final de temporada.
Además de por los atletas, el comedor era utilizado por otras personas invitadas a los Juegos. Ése fue el caso de los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía, quienes hicieron cola como los demás, tomando su bandeja y sirviéndose ellos mismos la comida o pidiendo la ración correspondiente. El hoy Rey participaba en las competiciones de vela que tuvieron lugar en Kiel, al norte de Alemania. En otra ocasión apareció Alfonso de Borbón, quien en marzo había contraído matrimonio con la nieta mayor de Franco. Cuando pidió su ración a una de las empleadas, resultó que ésta era española, y se encontró con la desagradable sorpresa de que se plantó y le dijo: "Yo a tí no te sirvo". Se originó una situación incómoda para el aristócrata porque los restantes trabajadores hicieron causa común con ella. Al final, el yerno del Caudillo no tuvo más remedio que renunciar a su ración y la empleada no sufrió las consecuencias.
Por cierto que en aquellas cocinas comprobé cómo la higiene en los alimentos no es tan fundamental para alcanzar marcas olímpicas. En más de una ocasión se nos cayó algún filete al suelo, lo recogimos, lo volvimos a colocar en la fuente, se lo comió el atleta y no sucedió, que yo sepa, nada. No sé si en Juegos posteriores se han controlado mejor las condiciones higiénicas, o si cada equipo se ha llevado hasta sus propios cocineros. Pero en 1972 las cosas funcionaban como acabo de describir.
Trabajamos hasta mitad de septiembre, momento en que se dieron los Juegos por concluidos. El acontecimiento más destacado e inesperado fue el secuestro de unos atletas israelitas efectuado por un grupo palestino, que finalizó trágicamente en el aeropuerto con sus cuerpos destrozados por los disparos de la policía y del ejército alemán. Todo el día veíamos apostados en las esquinas a gendarmes fuertemente armados. Así y todo, aquella tarde, una vez finalizado mi horario de trabajo, me acerqué al centro de la ciudad a comprar dos aparatos de radio que me habían encargado desde Barbastro. Cuando regresé, cargado con una bolsa bien visible, atravesé los controles policíacos a la entrada del recinto olímpico sin que nadie me inspeccionara nada. No existió nunca, por tanto, aquel control exhaustivo que pregonaban los organizadores.
Una vez finalizados los Juegos, regresé a mi ciudad natal en autobús de línea. El viaje duró más de un día entero, incluyendo una larga e incómoda noche durante la cual atravesamos diversos países hasta llegar a Barcelona, en donde tomé un nuevo autobús que me condujo hasta mi pueblo.