MÍRAME YA
Vengo de mirarte, Carlos, de estar contigo, de escuchar cómo me cuentas que de momento no te aceptan como soldado profesional porque te han detectado una desviación en la columna vertebral que vete a saber de dónde te viene, pero es que la vida en tránsito de un lado a otro llega un momento (y tú eres muy joven) en que te cobra en déficits cuando más la necesitas en plena forma. Pero tú vas a intentar una nueva prueba de médicos a ver si consigues alcanzar ese nivel de normalidad que se te pide o te pedimos.
No acabo de entender todas tus palabras, Pietr, que viniste hace doce años de un país del este y todavía no dominas ni de lejos los entresijos de nuestro lenguaje. Pese a lo cual escoges sin dudarlo un adjetivo hiriente para referirte a esa mujer que te hizo daño echándote de su lado e incluso denunciándote, tornando en odio un amor malvivido y marcando en tu mente la falsa conclusión de que todas las mujeres son así, como tú piensas de ella. Y has pasado de los cuarenta para volver a empezar prácticamente de cero.
Me dices, Ricardo, que has estado en casa de un amigo, voluntario en Cáritas hace un par de años, y a quien has reencontrado para que se reabra en tí la esperanza de ampliar tu red de relaciones. Que estar las veinticuatro horas del día codo a codo con gente transeúnte ha llegado a agobiarte, a aumentar desequilibrios en tu mente joven pero con muchos fragmentos separados y esquivos. Y es que te sientes solo aunque compartas tus espacios con cuerpos como el tuyo, acostumbrados a errar en laberintos de difícil salida carrilando al vacío.
Apenas ya nos vemos con Eduardo que hace poco empezó a trabajar agarrándose a un contrato de pinche de cocina y al señuelo de un fajo de billetes (muchos para tí que no los ves desde hace tiempo) que sueña transformar en nueva vida, distinta, muy distinta a la que hasta ahora ha llevado de ciudad en ciudad. Los que bien le conocen han intentado frenar sus ansias laborales porque antes debería asegurar unos mínimos personales de madurez, equilibrio y formación, sin los cuales es fácil que el puesto de trabajo sea un engaño más que acabe por aumentar sus frustraciones. Pero a los veintipocos años hay quien no es capaz de controlar sus ansias y emociones.
Y a Néstor le chorrea la boca en mil palabras mirando al infinito, él que viajó tanto tal vez sin rumbo fijo, y ahora se rodea de una ropa no apta para inspirar confianza a un empresario, y deslucen sus pelos lo que la ortodoxia nos requiere. Nada bien en pantanos, pero sus pasos le delatan todas las curvaturas que la vida le ha marcado y le ha tatuado.
A Juan le pesan mucho sus más de cincuenta años escapado de casa, hijo de una familia de posibles, tal vez oveja negra sin redil y buscando un asiento permanente en donde nadie le reclame ni le exija, ofreciendo su utilidad para abonar las plantas del jardín. Es un filósofo, que vuelve sin haber llegado al fondo, que comenta de la vida y cita eventos, sin tener esperanza de escribir nunca nada.
Puedo seguir con Pedro que no habla, que se encierra en sí mismo y en los perros, que no crea problemas ni lo intenta, que se siente agobiado cuando hay más de dos personas en los alrededores. Con Javier que te está pidiendo a gritos que le hagas caso, que le aprecies, que reconozcas que él no es como los otros, que fue en tiempos lo que entonces quiso y que puede volver, aunque hay secretos que mejor ocultarlos. Puedo seguir con muchos como ellos, transeúntes, sin techo, carrilanos, e incluso con mujeres que, aunque no abundan tanto, también están ahí, en la calle, como la Teresa, rodeada de bultos con todas sus "pertenencias" y que te mira cual si fueras una sombra, un ser inconsistente, un fantasma en su vida tan distante a pesar de que te cruzas con ella en la acera que ambos compartimos.
El 26 de noviembre de este año nos ha dado por recordarlos y se nos pide que nos paremos a mirarlos como seres humanos. Es terrible que se nos tenga que pedir eso, precisamente en un mundo en que dominan los ojos, hartos de imágenes, atravesados de rostros efímeros, en el que vemos sin mirar, sin darnos cuenta, sin que se nos reflejen en el alma los dolores ajenos, sin conmoción interna que nos haga salir de nuestro enmimismamiento aborregado. Y se nos dice que están ahí, en la calle, en esa calle paseo del mundo, bazar de sensaciones, paseo marítimo revestido de brisa refrescante o puerto de mar sin amarras de engarce.
Un recuerdo a las familias desahuciadas; a todos los divorciados sin domicilio familiar porque el suyo ha quedado en manos del cónyuge; a los que se desplazan desde otras zonas o países en busca de trabajo; a los que sufren sus enfermedades mentales o físicas, la falta de familia, la incapacidad de valerse por sí mismos; a quienes rechazan (o son rechazados por) su entorno familiar a causa de determinadas conductas; a los que viven en alojamientos inapropiados (chabolas, cuevas, barcos viejos, coches abandonados, patios y rincones...); a quienes tienen que recurrir a centros de acogida, albergues, casas abandonadas o al hueco en donde quepan. Sean más o menos, voten o pasen del rollo, amen u odien, digan o callen, malvivan o malmueran.
Ya sé que cada uno es inocente, que somos gente buena y que hasta practicamos la ineficaz acción de dar propinas a aquél que tiene visos de estar muy a distancia de la suerte que anida en nuestras vidas. Ya sé que si todos fuéramos todos, no habría algunos que se quedaran simplemente en ser algunos y despeñaran sus vidas al absurdo. Pero su presencia viva en nuestras calles, que también serían suyas si la Constitución se aplicara a rajatabla, es como una denuncia en nuestros rostros de que no es suficiente con echarle las culpas al Gobierno.
Pero, ¿cómo ayudarles sin tu ayuda?, ¿cómo incluirles si tú no los incluyes?, ¿cómo lograr servicios sociales adecuados, coordinación, prevención, si no empujas junto a otros a los que deciden la política a seguir? Y, aún más fuerte, ¿cómo llamar cristiano a quien se evade, escondiendo su cuerpo en los comercios, comprando lo que a otros resulta inaccesible, disfrutando la vida sin conciencia? ¿Cómo cambiar este mundo que produce "sintechos" si te encuentras tan a gusto en tu casita sin salir a reunirte con ellos?
Pepe Nerín