AL FONDO HAY SITIO
(Relatos de un viaje al Perú en 1992)
Escrito a modo de relato
en el que se decriben los gozos, asombros
y contratiempos
de Juan Carlos Oviedo y Pepe Nerín
en su viaje al Perú
y una esquina de Brasil
casi 500 años después
de que desembarcaran en Túmbez
Pizarro y su cuadrilla
con muy otras intenciones.
"Hay golpes en la vida..."
César Vallejo
Juan Carlos se presentó en mi casa a buscar la maleta mucho más tarde de lo previsto. Serían ya las once de la mañana cuando, con cara de gran preocupación, me comentó que le había desaparecido la "tarjeta electoral" del Perú, es decir, su carnet de identidad peruano. Era el primero de una serie de sobresaltos que irían acompañándonos a lo largo de todo el viaje. Yo, temiendo en un primer momento que le hubiera desaparecido el billete de avión, sentí alivio y traté de quitarle transcendencia al hecho que tanto parecía preocupar a mi compañero de aventura.
Luego al cholo le daría por cortarse una vez más el pelo, y precisamente en aquella mañana, por lo cual la espera en la estación de autobuses se me hizo tensa cuando, acompañado por Jesús y Ángel Chunga, ambos del clan de peruanos de Zaragoza, veía pasar los minutos y se acercaban las dos de la tarde, hora fijada para la salida del autobús. Así dió comienzo nuestra aventura peruana cuyas vicisitudes me propongo contar, fiel a la verdad y obediente al conocido dicho quechua: "Ama llulla" ("no seas mentiroso").
A cuarenta kilómetros de Madrid ocurrió algo no del todo imprevisible. Estábamos a lunes ("día lunes", como dirían en Perú) 9 de noviembre, fiesta de la patrona de Madrid, la Virgen de la Almudena, y numerosos coches regresaban a la capital tras aprovechar el puente. De repente se formó caravana y la velocidad se redujo drásticamente. Juan Carlos dormía en su asiento placenteramente ajeno a la tensión que en mí crecía por momentos y que me obligaba a ir cronometrando el tiempo que tardábamos en avanzar cada kilómetro. Hubo uno de ellos que tardamos casi nueve minutos en recorrerlo y mis proyecciones me indicaban que si seguíamos a tal ritmo era imposible llegar al aeropuerto con el tiempo necesario para tomar el avión. Me imaginé pidiendo al conductor que nos dejara en cualquier desvío para desde allí, y cargados de nuestras abultadas maletas, intentar tomar un taxi (¿habría alguno?) o hacer auto-stop. Pero diez kilómetros más tarde se obró el milagro y desapareció el atasco. Pensé entretanto en mi hermana Pilar que iba en el autobús que había salido una hora más tarde y que de seguro sufriría tanto como yo la eventualidad de quedarnos en tierra.
Madrid, por tanto, nos acogió con tiempo y, tras un recorrido en metro pasando por Princesa, llegamos a Colón (nunca más a propósito) arrastrando por Recoletos la maleta de Ted y Lourdes (era mi caso) o cargando (JC) la que yo le había dejado (sin llaves, por no encontrarlas). Por 275 pts. el autobús nos condujo a Barajas en donde tuvimos tiempo de merendar, hacer la primera llamada a mi madre y encontrarnos con el hermano de Jesús que junto con nuestros bultos nos facturó y encomendó una enorme bolsa conteniendo, al parecer, zapatos para sus niños de Lima que acudiría a recoger su mujer en cuanto llegáramos al aeropuerto de Lima (luego no fue así).
El policía de control de pasaportes sobresaltó un poco la calma al retener a JC a causa de no encontrar su visado; pero pronto se desfació el entuerto al constatar que disponía de tarjeta de residente en España. A continuación serían los zapatos de JC los que "pitarían" al pasar el control de metales, pero era una falsa alarma ya prevista de antemano. Y, por último, yo ejercí de paleto unos instantes cuando el policía, tras saber que íbamos a Lima, me dijo que si pensábamos ir al "duty free". Yo contesté que no sabía dónde estaba la tal cosa en Lima pues no me habían informado de todo, y resultó que no se trataba de ninguna sala de fiestas limeña sino de la tienda del aeropuerto libre de impuestos.
EMPRENDEMOS EL VUELO
El avión no era un jumbo ni se le parecía. En consonancia con la baratura de nuestro viaje (104.000 pts.) en las Líneas Aéreas Paraguayas (LAP), el aparato, aunque largo, disponía a lo ancho tan sólo de dos filas de a tres asientos separadas por un estrecho pasillo y con un mínimo de espacio entre el asiento y el de delante. Tampoco las azafatas eran las mozas esbeltas y elegantes que manda el tópico sino más bien rechonchas y con cierto despiste como se comprobó al preguntarle yo a una de ellas cuál era el trayecto que seguíamos, si por Lisboa o por Cádiz y Canarias. La aeromoza nos confesó su ignorancia y JC me desaconsejó seguir con la encuesta hasta el capitán de la nave ya que en caso de que éste también lo ignorara tal vez nos hubiéramos lanzado en paracaídas y no era plan.
El viaje resultó largo y monótono. Era de noche (habíamos salido hacia las once de la noche de Madrid) y tras las ventanillas no se apreciaba lógicamente nada más que la oscuridad. JC logró dormir, pero yo, pese a cambiarme los zapatos por unas cómodas zapatetas que traje de mi casa, no logré más que pasarme de sueño. La cena de plástico, como es habitual, y para colmo fuimos desalojados de la parte posterior del avión cuando nos refugiamos en ella para estar un rato de pie y estirar las piernas. Por desgracia no había lugar para tal cosa y debimos permanecer todo el tiempo encajados en nuestros estrechos asientos.
Sobre las dos de la madrugada (las seis en España) hicimos una escala técnica en Recife (Brasil). ¡Estábamos, por fin, en América! No besamos el suelo del aeropuerto cuando nos hicieron bajar obligatoriamente del avión para meternos en los autobuses que nos llevaron hasta una sala de espera en la que permanecimos unos tres cuartos de hora dando vueltas sin parar. Allí experimentamos un calor diferente que contrastaba con la ropa de otoño que llevábamos y con el frío que habíamos dejado en Zaragoza.
ASUNCION: NUESTRA PRIMERA ETAPA
Reemprendido el viaje, nos dirigimos a Asunción a donde llegamos en pocas horas, alucinados al comprobar lo pronto que amanecía por aquellos pagos. Pusimos el reloj en la nueva hora (la misma que en Brasil, cuatro menos que en España) y contemplamos desde el aire el espectáculo del río Paraguay en parte desbordado junto a Asunción. Tras el segundo aterrizaje de nuestro vuelo, pasamos los imprescindibles controles, JC evacuó por primera vez en el nuevo mundo y caímos en manos de una guía paraguaya con facciones orientales (aunque al parecer era española) que nos concentró a los que íbamos a disfrutar del hotel "Itá enramada" previo pago de 25 dólares por persona. Este hotel, situado en las afueras de la capital, fue mandado construir por el dictador Stroessner para deslumbrar a no se sabe quién. En realidad sus habitaciones eran más bien normales incluso con detalles cutres, destacando, eso sí, su parte posterior con la vista sobre el gran río, sus piscinas y su comedor al aire libre en medio de un cuidado césped. Pero nada más, a no ser sus altos precios en un bar bastante lento de servicio. El viaje hasta allí nos ofreció la visión de una zona de chalets y viviendas no precisamente deprimidas. Y al tomar los microbuses que al hotel nos llevaban conocimos a Javi, uno de Zaragoza, de la calle Bolonia, recién terminados sus estudios de Económicas, que viajaba a La Paz para reunirse con un amigo que estaba trabajando en un proyecto de desarrollo en Bolivia. Ya no nos separaríamos de él (o él de nosotros) durante la estancia en Paraguay.

Sin poder gozar de una buena ducha tuvimos que bajar rápidamente para tomar el autobús que el propio hotel ponía a nuestra disposición para ir a visitar la ciudad. Previamente hice mi primera llamada americana a España desde el mismo hotel. Asunción nos decepcionó. Nos pareció un pueblo grande y más bien cutre (este término me iba a acompañar durante la mayor parte del viaje). No había mariposas ni aves del paraíso en la Plaza de los Héroes (la principal de la capital) sino multitud de limpiabotas. El Panteón de los Héroes era una mala copia de los Inválidos de París, y el Palacio del Congreso Nacional no destacaba precisamente por su grandiosidad sino por tener delante un puesto ambulante de venta de libros entre los que destacaban los de Marx y Lenin. Tampoco la Catedral nos pareció gran cosa, ocupada en su atrio por algún que otro mendigo o transeúnte con su propio camastro. Y junto a todo esto, una multitud de chabolas de madera, junto al río, aunque manteniendo un cierto orden: eran chabolas construidas recientemente por la gente que había visto anegadas las suyas por el río en los suburbios de la ciudad y a las que el Gobierno les había dado la madera para su construcción. Más allá, eso sí, destacaba el Palacio de Gobierno, blanco, aunque solitario en un agobiante día de calor. Aunque lo más chocante para nosotros fue ver por vez primera los autobuses pintados en forma muy divertida y con muchos colores, e incluso los letreros que llevaban en su parte posterior; recuerdo uno que decía: "El Gitano. Línea nº 1. Mantenga la distancia". Circulaban incluso los tranvías, algo que ya no se ve por desgracia por nuestras tierras españolas.

El tono de la vestimenta y modales de la gente contrastaba con los más o menos elegantes vehículos aparcados en la calle. Las tiendas se mantenían a tono con lo primero. Nos dirigimos a una terraza para sentarnos en uno de sus veladores y hacer nuestra primera consumición americana. Javi pidió la mejor cerveza que hubiera y le sacaron una nacional enorme y de agradable sabor; JC y yo nos conformamos con un zumo de piña y nos trajeron dos grandes vasos llenos de un jugo suave y refrescante. Leímos también por primera vez un periódico americano y se nos acercaron jóvenes para ofrecernos tabaco o niños para intentar lustrarnos los zapatos.
Regresamos hacia el sitio convenido por el chófer del autobús que nos debía devolver al mencionado hotel recorriendo su calle más comercial, buscando ofertas de trajes de baño para usarlos en la piscina del hotel y entrando en la Oficina de Turismo en donde no supieron indicarnos dónde estaban los Maristas ya que yo quería conectar con Juan Torrelles, amigo de Alfarrás. En la espera, y tras visitar un pequeño parque con una instalación de venta de libros en medio del mismo, descubrimos por primera vez el "tereré", bebida tradicional paraguaya contenida en un recipiente especie de cubilete para dados y chupada mediante una caña metálica que pasa de boca en boca. Es una bebida para combatir el tórrido calor paraguayo y para mejorar el estómago. Por todas partes te encuentras a gente dedicada a este deporte.
Sentados en el suelo del autobús por falta de espacio, amenizamos a la concurrencia con canciones de Labordeta en un largo recorrido hasta el hotel del dictador. Llegados al mismo nos propiciamos una amable ducha y fuimos obsequiados con una comida más bien normal incluida en el precio. La idea de montarnos en una moto náutica tras la comida fue derrotada por una larga siesta mucho más razonable, tras la cual conseguí conectar por teléfono con Juan, el cual se presentó poco después en el hotel y nos informó ampliamente y con pasión de la realidad paraguaya, de sus movidas de desarrollo comunitario, de la situación política, industrial y agrícola, de la dependencia exterior, de los desbordamientos del río, de lo interesante de ir a trabajar pastoralmente a esta parte del mundo, y hasta del asesinato de Somoza promovido por Stroessner y compañía al darse cuenta de que aquél, con su pujanza económica trasladada desde Nicaragua a Paraguay, constituía un peligro económico para la oligarquía dominante. Poco a poco se iban desatando los vientos presagiando lo que más tarde iba a suceder. Quedamos citados para la vuelta con el fin de que nos enseñara muchas cosas que no habíamos visto.
La guía, con su característica voz de mando, nos introdujo de nuevo en los microbuses y nos condujo con su intrepidez temeraria de nuevo al aeropuerto. Y entonces se desataron definitivamente los vientos, rayos y lluvia. Asunción se apagó bajo las nubes y el caer de la tarde, y el aeropuerto se quedó sin luz. Más tarde se recuperó pero tan sólo en parte ya que las pistas quedaron a oscuras. Ello provocó una larga espera y sucesivos retrasos en el vuelo. Quedaron muy atrás las ocho de la tarde, hora oficial del despegue. El bar acogió nuestros cuerpos y una niña martilleó nuestros oídos con la melodía del "happy birthday" que hacía resonar una y otra vez en su maldito teléfono de juguete. Volvió a marcharse la luz. Cantamos una y mil canciones para acompañarnos en las tinieblas. Los altavoces seguían retrasando el vuelo, hasta que optaron por remitirnos a un restaurante y con la posibilidad de tener que hacer noche en Asunción. Nosotros pensábamos en la familia de JC que nos estaba esperando para las diez y media de la noche en el aeropuerto de Lima.
Nos metieron, tras largo recorrido, en un buffet y antes de que termináramos la degustación nos sacaron a toda prisa porque el vuelo estaba listo para reanudarse. En hora y media más o menos nos plantamos en Santa Cruz (Bolivia) en donde nos despedimos de Javi y permanecimos otra hora y media de espera mientras manipulaban el avión, pienso que con algún problema eléctrico ya que nos mantuvieron a oscuras. Pero finalmente despegamos hacia Perú por encima de unos Andes invisibles a aquellas horas nocturnas.