POR FIN EN PERU
Eran más de las cuatro de la madrugada (hora de Perú, a dos de Asunción y seis horas de retraso respecto a la de España) cuando por encima del puerto del Callao aterrizamos en un vacío aeropuerto. Ya no confiábamos en la presencia de la familia y temíamos tener que quedarnos en algún banco dormitando hasta que se hiciera de día. Rellenamos los papeles de rigor y me tocó en suerte (?), tras apretar un botón puesto al azar y salirme el color rojo, tener que abrir mis maletas ante la policía para ser registradas. Mientras JC se acercó a la puerta del aeropuerto y allí, ¡aleluya!, descubrió a su paciente familia que había aguantado la larga espera nocturna. Me perdí los abrazos familiares pero los imagino profundos y prolongados con su madre, padre, hermanos, sobrino, cuñados y futuros. Nos metieron en la furgoneta tipo DKV de Toño, el cuñado de JC y emprendimos el viaje hacia la casa familiar.

Y entonces empezamos a impresionarnos ya en serio. Lima apenas se intuía entre la oscuridad de carreteras y calles surcadas lógicamente a esas horas por escasos viandantes, teñidas de vez en cuando por tanquetas militares y ametralladoras inquietantes. Estábamos en toque de queda vehicular (que no peatonal) para impedir la libre circulación de coches-bomba, y podíamos transitar gracias a un pase especial. El panorama no era agradable, las calles con baches, el polvo como ambiente y nada de vegetación. Por fin llegamos a la c/Andrés Razuri, nuestra nueva sede, y subimos al primer piso en donde reside la madre y tres hermanos de JC. Nos calentaron agua para juntarla con la fría que esperaba en un barreño de plástico ser utilizada con una palangana a modo de ducha. Nos reconfortamos con un vaso de leche, sacamos algún pequeño regalo que traíamos de España, charlamos amigablemente sobre los avatares del viaje y nos tumbamos en las camas que nos habían dispuesto en una habitación adornada con un armario-cómoda.
No pudimos dormir, sin duda dominados por las primeras impresiones. Tras acostarnos a las seis de la madrugada, a las ocho decidimos aventurarnos en la realidad de Lima. Vivíamos en S. Juan de Lurigancho, un barrio periférico de unos 175 Km2 de extensión, algo así como un cuadrado de más de 13 Km de lado y con unos novecientos mil habitantes, aunque es difícil cuantificarlos ya que junto a nosotros, al final de la calle como quien dice, empezaban asentamientos en plan chabolas prácticamente de "cualquier cantidad" de gente (expresión peruana equivalente a "mucha gente") venida de los pueblos y que se extendía incluso por las laderas de unos cerros sin vegetación y con aspecto de tristes dunas de polvo. Las calles de nuestro barrio estaban profundamente desgastadas por la erosión, siendo el polvo, que llegaba a anegar el poco verde existente, el elemento protagonista. Años atrás fue un barrio verde a donde la gente de Lima acudía incluso los domingos por la tarde para merendar en el verde campo. Luego surgieron las disposiciones del Gobierno militar de Velasco Alvarado permitiendo al personal establecerse en territorios sin dueño, y en pocos meses aquello sufrió un cambio y una degradación espectacular. Hoy S. Juan de Lurigancho es una inmensa extensión de edificios de planta baja y primer piso (en el mejor de los casos), con azoteas llenas de trastos, de adobes o ladrillos, con columnas a medio hacer, esperando tiempos mejores en que terminar la vivienda o ampliarla hacia arriba; y también de chabolas sucias y polvorientas, con basureros en plena calle en los puntos más degradados. En este barrio se ha infiltrado profundamente Sendero Luminoso que ha efectuado el mayor número de atentados y de víctimas de toda la capital. El municipio se ve claramente impotente ante la magnitud de sus problemas y muchos de sus antiguos moradores han ido emigrando o marchándose a otros puntos de Lima o de otras ciudades, tal como nos comentó una tendera amiga de JC que nos hablaba tras los barrotes de la reja que protegía su tienda en plena mañana.
Decidimos, como digo, adentrarnos en el centro de Lima. Para ello nos subimos al autobús urbano, pagamos cada uno 400 viejos soles (unas 28 pts.) y ocupamos nuestros sitios. Nada que ver con la realidad del transporte en Zaragoza. Aquel autobús se caía de puro viejo, pero estaba en consonancia con la realidad del barrio que atravesaba y con la de gran parte de sus usuarios. Yo agarraba discretamente mis gafas ya que me habían advertido de los robos de las mismas que se cometían, aunque no observé nada de ello en ninguno de los trayectos que hicimos (a diferencia de los robos, por ejemplo, que observamos constantemente en nuestro último viaje turístico por Roma). De improviso alguien contaba su triste historia (ex-presidiarios, sobre todo) suplicando que le compráramos como ayuda alguna estampa que nos ofrecía, un viejo intentaba una melodía con instrumentos elementales o una niña nos espetaba aquello de "hermano caballero, padre de familia, joven, señorita..., con el debido respeto que todos ustedes se merecen, he venido a cantarles..." para decirnos tras las canciones que a continuación empezaría por delante del autobús para recaudar fondos que paliaran su desesperada situación. La gente, acostumbrada al espectáculo, escuchaba imperturbable, pero había varios que al final dejaban caer en la bolsa del mendigo alguna moneda caritativa.
Tras un recorrido interminable y lento en medio de atascos y del polvo, llegamos al centro. A mí me parecía ver una legión de transeúntes como los que acuden por Cáritas o se hospedan en la Granja de Movera. El tono de la gente era muy gris, en su vestimenta y aspecto, contrastando con nuestras ropas europeas; las tiendas permanecían a oscuras debido a los cortes de luz. La Plaza de Armas terminó de sobrecogernos: allí estaba el Ejército ocupando casi un tercio de la misma delante del Palacio Presidencial de Fujimori (Casa de Pizarro). Entramos en la Catedral pero casi no pudimos pasar de la puerta ya que nos lo impidieron (al parecer la estaban limpiando). Volvimos a unas calles que habían perdido todo su esplendor de años atrás e intentamos cambiar parte de nuestro dinero. Yo creía ingenuamente que nos íbamos a adentrar en el "mercado negro", que en un callejón subiríamos a un piso y allí negociaríamos el precio de nuestras divisas; pero nos encontramos con el "mercado libre": en plena calle decenas y decenas de cambistas, con calculadora en mano junto con los billetes, e incluso con carteles que anunciaban que compraban dólares incluso rotos, se ofrecían para el cambio (con un precio igual al de los bancos delante de los que se encontraban). Pudorosamente preferimos entrar en una mini oficina (como las de venta de lotería en España) y allí efectuamos la operación. Tengo que decir que el grueso del dinero nos lo guardaba la madre de JC y que una parte lo llevaba escondido en el cinturón que me había prestado en Zaragoza el Chunga.
LA LOCURA DEL TRANSPORTE COLECTIVO
Al volver a Lurigancho para comer hicimos la experiencia de tomar uno de los innumerables microbuses actualmente en servicio. El transporte urbano se acababa de liberalizar hacía unos meses, rompiendo de esta manera los antiguos monopolios, y muchos peruanos optaron por introducirse en este posible negocio adquiriendo una "combi" o furgoneta tipo DKV a un precio aceptable. Estas "combis", también llamadas "colectivos", han inundado en poco tiempo las calles peruanas constituyendo uno de sus elementos más significativos. El negocio lo llevan entre dos: un conductor extremadamente diestro y normalmente de veintitantos años, que es el dueño del negocio, y un cobrador, en torno a los 20 años, y muchas veces incluso adolescente o casi niño, tremendamente espabilado que se dedica a vocear constantemente las direcciones del recorrido del colectivo a los viandantes que esperan en la acera el vehículo que más les convenga, que acomoda a los pasajeros, cobra (manteniendo con habilidad el dinero, mugriento dinero por lo general) entre sus dedos, dirige con su voz las maniobras del conductor, le avisa a éste las paradas, etc. Y todo ello mientras abre y cierra constantemente la puerta del vehículo, o se mantiene en su interior en cuclillas esperando la próxima parada. Es una lucha despiadada en competencia con los restantes colectivos que hacen el mismo trayecto. Es la búsqueda del cliente, azuzado por el mismo conductor que en ocasiones le echaba en cara que desde hacía dos o tres paradas no se había subido ninguno nuevo al vehículo. Pronto se nos hicieron familiares los gritos del cobrador: "Lleva, lleva", "esquina baja" (para indicarle al conductor que un cliente quería apearse en la esquina de la calle), "baja" (lo mismo pero en el próximo apeadero), "pasajes" (para cobrar a los clientes, nunca al subir sino en medio del viaje), y el terrible "al fondo hay sitio" (en virtud del cual iba metiendo sin parar a nuevos clientes hasta casi reventar la capacidad del vehículo). Ni que decir tiene que cuando el "llenazo" era total apenas podías moverte, con el inconveniente de que la largura de mi cuerpo me obligaba a posturas difíciles ya que en bastantes ocasiones el techo del colectivo me constreñía a doblarme.
Los trayectos eran terriblemente largos, pese al interés del conductor en recorrerlo rápidamente para dar más beneficio al tiempo. Los pasajeros aceptaban incluso con sonrisas irónicas el apelotonamiento, aunque en alguna ocasión hubiera quien no lo aceptara con demasiado agrado. En varias ocasiones nosotros mismos renunciamos a subirnos al combi al constatar que no había sitio, pese a los esfuerzos del cobrador para convencernos de lo contrario. Y especialmente grises resultaban los recorridos nocturnos, cuando en torno a las diez de la noche regresábamos a casa y veíamos a muchos pasajeros, adultos o jóvenes, adormecidos y con cara de cansancio a causa de los esfuerzos laborales de la jornada. Otras veces el calor era agobiante, pese a estar las ventanillas normalmente bajas. Y siempre procurábamos transmirir mentalmente energías al conductor para ayudarle a superar los terribles atascos que padecíamos en zonas como Abancay y Acho especialmente. En esta última sufrimos una vez, junto a la plaza de toros allí instalada, los cortes provocados para permitir a los "señoritos" acudir cómodamente a la corrida.
Desde el primer momento nos impresionó la figura y papel del cobrador e intentamos algún tipo de conversación con él, lo cual sólo era lógicamente posible en los escasos momentos de tranquilidad del vehículo. El atasco de la corrida nos permitió hablar con uno de ellos, apenas adolescente, quien nos contó que trabajaba de ocho de la mañana a diez de la noche en días alternos, acudiendo los restantes a lo que se llama "clase acelerada", con lo cual acertaba a ganar entre 10 y 12 soles diarios (de 700 a 840 pts). Para comer, claro, se las ingeniaba como podía a base de bocadillos. Observándoles se les sentía como autómatas que entonaban una y otra vez la cantinela de direcciones a los posibles clientes de la acera y que repetían sin desmayo una y mil veces la apertura y cierre de la puerta lateral del vehículo. Estaban constantemente en tensión (que a veces estallaba moderadamente en algunas complicaciones al cobrar a los clientes), de tez muy morena y con los reflejos tremendamente rápidos. Podrían ser buenos artistas circenses sobre todo por los equilibrios que practicaban constantemente sacando su cuerpo del coche.
EN CASA
En el "paradero" 8 de Lurigancho nos liberábamos del colectivo y al poco nos hallábamos de nuevo en casa. Confieso que fui incapaz en aquellos días de orientarme suficientemente en base a puntos de referencia ya que todo el barrio era parejo. Una vez superado el cerro de San Cristóbal todo me parecía igual y sin la ayuda de JC me hubiera sido imposible regresar a la vivienda. Pero lo conseguíamos y allí nos esperaba la señora Maximina con su ocopa, su ají de gallina, sus sopas y el siempre omnipresente arroz utilizado como sustitutivo del pan. Normalmente tomábamos agua mineral con gas hasta que conseguimos un sacacorchos para abrir una botella de vino. Por la mañana nos obsequiaba con un plato de papaya y plátano (a veces en zumo), tostadas con mermelada de fresa y leche con Nesquick. Les previne para que me evitaran lo picante y así lo hicieron ahorrándome el rocoto (parecido al tomate rojo en pequeñitos cortes). La habitación era blanca, con butacas enfundadas del mismo color alrededor de una mesa también con mantel blanco. Dominaba la luz que se filtraba por ventanales de cristal opaco situados por delante y detrás de nosotros. Refrescaba el ambiente el airecillo que bajaba de la azotea y que entraba sin obstáculos al no encontrar la puerta de acceso, ya que ésta no existía. Y el televisor, colocado sobre una cómoda-estantería de color marrón, nos informaba puntualmente de la movida electoral que se vivía por aquellos días con la campaña para el CCD (léase "sesedé", Congreso Constituyente Democrático) con la que Fujimori intentaba dar una pátina democrática a su reciente golpe de Estado, con la oposición de los desprestigiados partidos tradicionales, como el APRA, que se negaron a participar en los comicios. Una gran parte de las noticias se dedicaban al Presidente y a sus demagógicos gestos montando en bicicleta o haciendo mil gracias entre la gente, o bien dedicándose a explicar con tono de pedagogo los entresijos del golpe de Estado abortado por aquellos días.
Delante del comedor, justamente al final de la escalera de subida al apartamento, se hallaban dos cómodos sofás y un sillón, primero recubiertos por sábanas blancas y más tarde descubiertos en sus tonalidades de color. Era el lugar de reposo y espera de la comida la sala de lectura y el recibidor de invitados. También era el comedor de Meri y Jacque, hermanas de JC, cuando la afluencia de personal superaba la capacidad de la mesa del comedor. Desde esta habitación se accedía a nuestro dormitorio ya descrito, inundado de luz al principio hasta que clavamos en su ventana, sin persianas pero con amplias cortinas blancas, unas negras cartulinas que lograron oscurecer el ambiente. Disponíamos de una cómoda con amplios cajones en los que colocar nuestra ropa y enseres, y de un pequeño espejo que yo utilizaba para controlar mi afeitado eléctrico. Por cierto que varios días no pude utilizarlo a causa de los cortes de luz que me obligaron a discurrir por las calles de Lima con incipiente barba de facineroso (precisamente de tal guisa me presenté en la Embajada de España, pero ya hablaremos de eso).
Desde el comedor se accedía igualmente a la cocina, cocina interior, con unos paradores en los que se distribuían los utensilios y unos hornillos alimentados con bombona de gas butano. La recuerdo de tono verde pero oscuro y llena de cosas, ausente de nevera que bien poca utilidad tendría por culpa de los constantes y prolongados cortes de luz. La cocina daba acceso a un cuarto que llamaría "acuático" ya que en él, casi a cielo descubierto pues en el techo se aparecía la azotea, se amontonaban baldes de metal llenos de agua que se recogía cuando el único grifo del recinto, situado encima de un lavadero, daba señales de existencia de agua. Y de allí se entraba al baño, consistente en un wáter y en una ducha, alimentados ambos manualmente con el agua de la habitación de al lado y que en parte se contenía en un barreño de plástico. Lógicamente, y previo a la ducha, era necesario calentar agua en un recipiente y unirla a la ya existente para conseguir templarla y que al echártela por encima del cuerpo con una palangana no aumentara los rigores de los resfriados que durante nuestro viaje padecimos tanto JC como yo mismo.
El resto de la vivienda permaneció desconocida, aunque supuesta, para mí. Del recibidor partía un pasillo que conducía a la habitación de Jani, hermano de JC, a la de su madre, que la compartía con Jacque, y a la de Meri. Jacque era la última en acostarse, y lo hacía bastante tarde, y en levantarse, ocupada muchas noches en escribir a máquina asuntos relacionados con su trabajo como abogada (aunque todavía sin título) en medio de gente más bien marginada. De Meri yo no sabía casi nunca a ciencia cierta si estaba o no estaba en la casa: su discrección era total y parece que era la primera en acostarse y en levantarse, andando ocupada en sus estudios sobre logopedia y cosas por el estilo. Jani, cuyo diploma en "oratoria y relaciones humanas" figuraba en el comedor, era el despertador oficial y parece ser que pasaba sus ratos liquidando la mercancía que quedaba en un puesto que su madre tenía en el mercado. Y, finalmente, esta última era el punto de referencia fundamental de la casa, en ausencia de su marido Víctor del que se había separado hacía ya unos 20 años pero que, sin embargo, en ocasiones acudía por la vivienda llegando incluso a comer con nosotros para departir con JC, único hijo varón de los tres que tuvo con ella: Jacque, Jessie (con la que a excepción del padre no mantenían relaciones tras su matrimonio) y JC. El resto eran hijos del anterior matrimonio de Maximina, completando esta relación Walter, que no residía en Lima y al que no vimos, Carmen y Víctor (el periodista), que vivían en Chorrillos, otro barrio de Lima bastante alejado. Carmen era la madre de Quique, el sobrino-amigo de la misma edad que JC y tantas veces mencionado por él aquí en Zaragoza. Estudiaba Bellas Artes y, en consonancia, intentó hacerme una caricatura aunque no acabó muy satisfecho con el resultado. El último día conocimos a su novia Mili (Milagros), alegre y divertida como él, y en los mismos estudios que su "enamorado" (como dicen por allá). Para completar la relación hay que citar a Carlomán, el novio de Jacque, también abogado como ella, buen conversador y agradable persona, cuya boda se retrasó, digamos que por problemas técnicos, pese a que pensábamos celebrarla durante nuestra estancia en Lima. En resumen, una familia encantadora y discreta donde las haya, donde nadie levantaba para nada la voz y a cuyas mujeres atareamos sobremanera entre otras cosas con el lavado y planchado de nuestra ropa.