CON LAS FAMILIAS DE OTROS PERUANOS

Nuestra vivienda, sin embargo, no coincidía en su distribución con otras a las que visitamos. Así, por ejemplo, tanto la hermana de Ángel como el hermano de Jesús vivían en chalets en urbanizaciones nuevas y muy distantes de nuestro barrio. Shirley, la cuñada de Jesús cuya bolsa de zapatos tuvimos que acarrear por toda la ciudad, nos vino a buscar a la plaza Kennedy y nos trasladó en taxi a su casa. Era un chalet todavía no terminado en todos sus detalles situado en una urbanización de su empresa cerca de Villa El Salvador. Las calles, pese al nombre, no estaban urbanizadas a causa de no haberse puesto de acuerdo los vecinos para pagar el arreglo y estaban llenas de polvo. El chalet constaba de dos plantas, estando en la parte superior todos los dormitorios, el del matrimonio y el de sus dos hijos, así como un cuarto de baño y otra habitación llena de trastos; en la planta baja se entraba directamente al salón y constaba de comedor, cocina, cuarto de baño, trastero, mini jardín y cuarto para la empleada de hogar. No disponían de teléfono, usando el de la vecina. Les había costado un millón de pesetas, pero estaban invirtiendo dinero en los "acabados" de la vivienda que eran muchos. Precedía a la vivienda un pequeño jardín de su propiedad. Todo esto pudimos apreciarlo una tarde en que fuimos invitados por Shirley a comer en compañía de sus dos hijos.
El chalet de Vilma, la hermana de Ángel, estaba ya terminado y, aunque no nos lo enseñaron en su totalidad, contenía parecidos elementos a los del que acabamos de describir. Igualmente contaban con una chica que les hacía las faenas de la casa. Tenían asímismo plaza de garage en su interior en la cual encerraban su coche.
Estuvimos, igualmente, en casa de Choly, también hermano de Ángel, celebrando con toda la familia, madre incluída (que vino de Trujillo para la ocasión y para conocernos), hermanos, primos y sobrinos, una fiesta llena de música a toda potencia, cervezas, pollo con arroz, bailes, bromas, fotos y demás ingredientes. Vivía en un barrio cercano al nuestro, pero apenas traspasamos el salón de la juerga a no ser para visitar el cuarto de baño. E igualmente visitamos algunas casas de amigos y amigas de JC en distintas partes de la ciudad (no en cambio la de la hermana de Santiago Muro, el de la parroquia zaragozana de S. Pablo, ya que a su hermana le entregamos el paquete que nos confió su hermano, pero no nos invitó a su casa). Nos chocaba en ocasiones la presencia de una cierta dejadez manifestada en la ausencia de limpieza de muebles, paredes e incluso en el destartalamiento de algunos sofás con agujeros en medio por donde surgían los muelles interiores. JC se sintió especialmente afectado en alguna ocasión al constatar el retroceso del nivel de vida de personas que antes de su partida disfrutaban de una posición holgada.
PILAR E IRENE
Otro aspecto ofrecía la vivienda de Pilar Coll y la colombiana Irene, miembros del IMS, a donde acudimos para comer el primer domingo de nuestra estancia en Lima. En un barrio de tipo medio, tranquilo y relajado, viven estas amigas en un piso que en sus detalles deja bien a las claras la personalidad de sus inquilinas como miembros de un Instituto Secular comprometido con la realidad peruana. Comparten el teléfono con los vecinos de al lado y junto a ellas se encuentra la vivienda de unos amigos igualmente metidos en cuestiones teológicas y humanistas relacionadas con el desarrollo del Perú. Nos invitaron a una comida elaborada por Pilar en la que sobresalía el típico ají de gallina que nos pareció delicioso pese a que su autora consideraba que en otras ocasiones le había salido mucho mejor. Comentamos el trabajo de Pilar que, tras 25 años en Perú, es la coordinadora de Derechos Humanos, sus viajes, sus medidas de seguridad, la antipatía que les profesa Fujimori, las perspectivas del país, etc. Nos confesó su intención de abandonar el cargo tras unos años de ejercerlo, y nos regaló alguna revista informativa sobre el Perú así como nos conectó con sus vecinos para que nos ampliaran las reseñas bibliográficas. Irene participó tan sólo en parte en la conversación ya que tenía que marcharse pronto debido a sus ocupaciones universitarias, pero nos dejó su máquina de fotos para sustitutir a la mía que acababa de estropearse tras disparar el primer carrete de los seis que acabaríamos ejecutando.
MIRAFLORES Y BARRANCO
Aquella tarde acudimos una vez más a la Plaza Kennedy, en donde habíamos quedado citados con Jani en el chiringuito "La Casita 2" como siempre, y presenciamos en el anfiteatro de la misma actuaciones de grupos folclóricos a base de música criolla y cantos andinos. Esta plaza está situada en pleno barrio de Miraflores, uno de los barrios acomodados de la ciudad, lleno de chalets e incluso palacetes, muchas veces pintados con ausencia de gusto, y con grandes medidas de seguridad consistentes en abundantes verjas de bastante altura y guardias de seguridad ("guachimanes") con metralleta en mano. También en este barrio se ha cebado últimamente la ofensiva urbana de Sendero Luminoso, lo cual ha provocado que la alta burguesía se haya incluso alejado del mismo concentrándose en nuevas urbanizaciones altamente protegidas en las que resulta imposible el acceso a los no residentes. En Miraflores (junto a la Avda. de Benavides) se encuentra también el Colegio de Misioneras Mercedarias al que nos dirigimos para entregar una carta que nos habían confiado en la Delegación de Misiones de Zaragoza. La monja que nos abrió, tras asegurar nuestra identidad, nos confesó los temores que tienen ante los atentados terroristas.
Pero incluso Miraflores ha experimentado, según JC, un retroceso comparado con su esplendor de antaño. En la Plaza Kennedy estuvimos delante de la antigua tienda que regentaron en su momento JC y su socio Wilmar. Y anduvimos hacia el mar para contemplar desde la altura el famoso restaurante "La rosa náutica", tantas veces comentado por el peruvian en Zaragoza como un lugar a visitar. El muchacho se encontraba sumido en una cierta perplejidad, en un esto ya no es lo que era, y recorría casi como ausente lo que hasta hace año y medio había sido parte importante de su mundo. Ya nada es lo que fue y a veces tampoco se intuye claramente lo que puede llegar a ser, sobre todo en este Perú retrocedido hacia el tercermundismo puro y duro.
Sí, en cambio, disfrutamos de Barranco, otro de los barrios alejados de las crudas realidades de los asentamientos de pueblos jóvenes. Allí estaba, entre otros palacetes, el de la residencia de nuestro embajador al que previamente habíamos saludado en la Embajada de España situada lejos de allí en donde nos recibió amablemente tras presentarnos previamente nosotros ante su secretaria y el conserje como amigos del vicepresidente del Senado. Pronto nos tuteamos, nos informó de la intentona de golpe de Estado ocurrida aquella misma madrugada y tomó nota de nuestro próximo viaje a Cuzco para avisar de nuestra llegada a los restauradores españoles que allí se encuentran trabajando. E incluso nos dió las direcciones del "Bartolo" (Instituto Bartolomé de Las Casas) y del padre de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, cuando le manifestamos nuestro interés por visitarlo. Según JC, quien pensando que yo podía tener algún mensaje secreto que dar al Embajador estaba dispuesto discretamente a quedarse en la antesala sin entrar en la audiencia cosa que yo no acepté pues no portaba ni mensaje secreto ni más historias, el Embajador tenía un aire claramente parecido en sus modales al de Felipe González, cuya fotografía juntamente con la del Rey figuraba encima de una de las mesitas del despacho.

En Barranco nos topamos con el Pacífico visto desde una atalaya, teniendo en frente la isla en la que se encuentra confinado Abimael Guzmán, recientemente detenido. Y nos fuimos al Puente de los Suspiros (el de la canción del puente a la alameda), nos fotografiamos junto al monumento de Chabuca Granda, comimos en un típico restaurante con clavada incluída en donde degustamos el cuy (especie de conejo pequeño, todo piel) y el adobo, y acabamos bajando por una barranquera a la playa y paseando a lo largo de la misma. A Barranco volveríamos con Jani a insertarnos en la movida de la noche del sábado, cenando en una pizzería en la que tras agotarnos con inmensas pizzas tuvimos que pararle los pies al camarero que pretendía cobrarnos el espectáculo musical que iba a comenzar.
EN LA MISA DEL BARRIO
El domingo acudimos a misa a las siete de la mañana a la parroquia del barrio. Asistió una nutrida concurrencia en la que yo destacaba por mi altura. El cura era norteamericano o canadiense, no lo recuerdo ya muy bien, con su típico acento, franciscano él, y conectando en mi opinión con la gente que le rodeaba. En relación a España podía destacarse una mayor presencia de jóvenes, sobre todo adolescentes, seguramente chicos y chicas que se preparaban para la Confirmación, lo cual supuse por algunas observaciones que se hicieron. Me sorprendió que tras cada lectura se hacía una pequeña homilía, ya fuera por el mismo lector o por otra persona. Luego, en las preces, un señor pidió (casi haciendo propaganda) por las elecciones que se iban a celebrar una semana más tarde. Pasaron la bandeja, como en España, y comulgó gran cantidad de personas. Los cantos eran los mismos que se entonan en Zaragoza. Tras la misa saludamos al cura, el cual acababa de bendecir una casulla nueva para la iglesia. Nos informó de que los sacerdotes peruanos no querían venir por aquellos barrios, debido a lo cual eran extranjeros, y bastantes de ellos españoles, los que ejercían su ministerio por allí. Una mujer con aspecto de monja se entretenía conversando con otros asistentes. El templo estaba no ya inacabado sino casi más bien apenas comenzado en su arquitectura. Tenía puerta, eso sí, y muro, además de altar, pero le faltaba todo lo demás (en construcción desde hacía unos 20 años), de ahí que la misa se celebrara en una especie de gran almacén sin cerrar totalmente que seguramente con el tiempo constituiría las oficinas y locales parroquiales. De vuelta a casa pude leer una vez más una pintada que rezaba: "Si tú no eres mi hermano, Dios no es mi Padre".
DE COMIDAS
Las interminables distancias de la capital impedían que volviéramos muchos días a comer a casa. Intentábamos entonces descubrir nuevos antros en donde se conjugaran la calidad y el precio razonable. Uno de estos lugares fue la cafetería "Las Perdices" regentada por la señora Isabel Pesantes (así decía la factura) en la calle Cantuarias 256 de Miraflores. Sentados en una pequeña pero coqueta terraza al aire libre degustamos por 4'90 soles (menos de 350 pts) unas conchitas a la parmesana, pescado rebozado y dulce de membrillo. Bueno, ése era el precio del menú, pero lo aumentamos al repetir de conchitas que estaban de pura gloria. La dueña no hacía más que salir a darnos conversación, regalándonos propaganda de otro de sus establecimientos y pidiendo disculpas por la falta de servicio de aquel día lo cual le obligaba a servirnos ella. Pero no todos los restaurantes en Lima eran como éste ya que los había de precios bastante más altos, pero también de los que ofrecían su menú por 2 soles y medio (unas 175 pts.) e incluso por menos, además de los garitos en plena calle en donde se sentaba bastante gente para consumir olorosos caldos de gallina (nosotros no lo intentamos nunca seguramente porque no nos convencían a primera vista sus condiciones higiénicas).
Resultan, sin embargo, bastante incomprensibles los reducidos precios de algunos restaurantes o comedores sobre todo si tenemos en cuenta que la comida en los supermercados se encuentra a precios tan elevados o incluso más que en España. Hicimos la prueba entrando en uno de ellos y constatamos que la leche (140 pts. el litro), el yogurt frutado (50 pts.), el melocotón (280 pts. el kilo), las mandarinas (200 pts. kilo) y las manzanas delicias (200 pts. kilo), por poner algunos ejemplos, eran más caras que en nuestro país. El pollo entero (210 pts. kilo), el arroz extra (81 pts. kilo) y la sal yodada (25 pts. kilo) estaban a un precio más o menos parecido. Mientras que el azúcar (88 pts. kilo) y el Nescafé de 200 gramos (280 pts.) resultaban más baratos. Una acelga costaba 18 pts. y una docena de huevos de tamaño medio salía por 120 pts.
LOS TAXIS
Para recorrer las distancias usábamos con frecuencia taxis. Estos, en su inmensa mayoría, eran volkswagens bastante deteriorados importados de Brasil. Todos sufrían desconchones en su exterior, les faltaba alguna pieza ornamental, carecían en ocasiones hasta de tapizado en el techo y en una ocasión estuve a punto de intoxicarme a causa de los vapores que salían de su calefacción a la que le había quitado el chófer la protección. No usaban taxímetro, debido, según nos dijeron, a los trucajes fraudulentos a que los sometían los mismos taxistas. De ahí que antes de introducirte en ellos debías negociar el precio del viaje. Era un regateo que yo siempre dejaba para JC, evitando así que al notar mi acento extranjero quisieran aprovecharse de la ocasión. No es que JC tuviera puro acento del Rímac, ya que todo el mundo le comentaba que había ya cambiado su acento por el de los maños, pero era otra cosa. Normalmente seguíamos la táctica de no utilizar el primer taxi que parábamos, sino que más bien el precio que nos ofrecía nos servía de referencia para a partir de ahí negociar con el siguiente taxista al que normalmente no había ni que llamar ya que al vernos con el anterior se ponía en cola a continuación por si prescindíamos de los servicios del primero. Los taxis, pues, nos resultaban bastante baratos, si se tiene en cuenta sobre todo las enormes distancias que tenían que recorrer y el considerable tiempo que, en consecuencia, empleaban. A la hora de pagar nos costó un poco acostumbrarnos al lío de manejar tres monedas diferentes: los intis, en billetes mugrientos de lo más, mil de los cuales constituían un viejo sol, y un millón formaban el nuevo sol. Al final pagaba normalmente JC que era el que más se aclaraba.
Con varios taxistas entablamos conversaciones del mayor interés, sobre todo con los jóvenes. Por lo general se manifestaban a favor de Fujimori, seguramente porque pensaban que lo peor ya había pasado y que cabía la esperanza de ir mejorando, aunque algunos cifraban en unos 20 años el tiempo necesario para igualarse en bienestar a la situación del vecino Chile. Mostraban interés por conocer cómo se vivía en España y reconocían lo difícil que era sobrevivir en Lima con los sueldos que se daban, razón por la cual consideraban imprescindible el pluriempleo.
DE GUARDIAS Y TELÉFONOS
En los recorridos por la ciudad siempre me resultaron chocantes los guardias urbanos. Muchos de ellos se encontraban cachazudamente sentados en unos pequeños estrados de hierro desde los que más que dirigir la inmensa y caótica circulación la contemplaban. Nunca los vi intervenir, a no ser los que estaban de pie en plena calle. Nos decían que en el momento de imponer multas había costumbre de obviarlas dándole al guardia o policía una cierta cantidad, siempre bastante inferior a la multa, aunque la cifra era algo mayor si el infractor no era taxista.
Otro de los elementos que me llamaban la atención eran los teléfonos. No había muchos, ésa era la verdad, y siempre contaban con una cierta cola de espera. Junto a ellos estaba la persona que se montaba por su cuenta un puesto de venta de "rines" (fichas de teléfonos) a 25 céntimos (17 pesetas) la unidad. Algunos de los aparatos los vimos encerrados entre rejas para evitar los robos abundantes que en ellos se producían. Para llamar a España utilicé siempre los centros oficiales en donde, a veces tras ciertas colas, te introducías en una cabina numerada desde la que efectuabas la conversación. Me solían cobrar 1.400 pts. por los tres minutos (a excepción de los sábados o domingos en que era más barato) y me chocaba que en ocasiones no sólo me pidieran el número de España sino incluso el nombre de la persona con la que quería hablar. E igualmente destacaban los limpiabotas, ya fueran chavales ambulantes que siempre te señalaban la suciedad de tus zapatos al pasar a tu lado, o ya fueran los instalados en plena calle con su estrado correspondiente, las revistas para la espera e incluso su marco con la lista de precios según la calidad del servicio. JC utilizó en una ocasión uno de ellos, el cual le realizó un auténtico trabajo de artesanía, cambiándole incluso el color de los zapatos y cobrándole por todo unas 700 pts. que obligaron a mi amigo a ir a la esquina en donde se encontraban los cambistas de dólares mientras yo me quedaba conversando con el artista. Fue cuando me dijo que guardaba su "templete" en la playa a una cuadra de allí, sorprendiéndome yo de la cercanía del mar en aquella zona hasta que me hizo caer en la cuenta de que a los aparcamientos los llamaban "playas".
DE CUADRAS Y ESTUDIANTES
Por cierto que el uso del término "cuadra" era altamente frecuente y digamos que bastante práctico. Sabido es que coincide con el peninsular manzana de casas, o incluso con el uso del término bocacalles para indicar la situación. En Perú todas las distancias se medían por cuadras. Al taxista había que decirle no sólo la calle sino también la altura de la cuadra (cuadra 17, por ejemplo) y de ello lógicamente dependía el precio del viaje. Aparecían incluso numeradas en carteles en las esquinas de las calles. Es todo un invento que pensábamos irlo introduciendo a nuestra vuelta a Zaragoza.
Digamos, por último, que desde el principio me impresionó el aspecto de los estudiantes de colegios e institutos. Iban todos con uniforme, generalmente el mismo, consistente en pantalones o faldas oscuras y camisas o blusas grises, junto con zapatos oscuros. Todo ello les daba un aire de oscuridad y tristeza que contrastaba con su natural bullicioso como corresponde a su edad. La gente, sin embargo, por lo que yo hablé con algunos, se había acostumbrado a este aspecto impuesto, según creo, desde tiempos de Velasco Alvarado. En una de las ocasiones nos topamos incluso con algo que parecía una manifestación de estudiantes precedida por una pancarta. Recordando los temores expresados por JC en España ante las manifestaciones a causa de los asaltos que las mismas sufrían en Perú por parte de la policía, me parecía extraña la paz que rodeaba el acontecimiento. Acercándonos algo más descubrimos que en realidad se trataba de una procesión de estudiantes, con una pancarta pidiendo la protección de una virgen a la que llevaban en medio en una peana y con gran devoción.
Hasta aquí una serie de aspectos de esta Lima llena de gente que en determinados momentos me hacía recordar a los gallegos, sobre todo a causa de que ante determinadas preguntas que les dirigías te solían responder con un "más o menos" que te dejaba como antes y sin saber a qué atenerte.