DE VIAJE POR EL INTERIOR DEL PAIS

No hemos hablado todavía de Pilar, pero llegados a este punto es indispensable hacerlo. Pilar es una amiga de JC a la cual conoció en el gimnasio al que iban ambos, y era la dueña de la agencia de viajes Promotur a la que acudimos para que nos organizara el viaje por el interior que pensábamos realizar con la madre de JC. Pilar era una especie de ejecutiva agresiva, con una chica joven ayudante a la que siempre pensamos que tenía como reprimida (era muy tímida). Era una forofa de Fujimori (del "chino") que ponía verde a cuantos se le pudieran oponer (se puso como una fiera cuando le comentamos los rumores sobre el golpe de Estado que nos acababa de informar Pilar Coll por teléfono: era imposible, según ella, puras infundias). Mi condición de extranjero hacía que ella se esforzara en este aspecto para que yo a mi vuelta a Europa diera "su" auténtica imagen de gran político. Pilar era un torbellino unida a un teléfono y a un fax, aunque me miraba con una cierta prevención o desconfianza, al menos durante la primera sesión en que nos vimos. Pilar fue, en definitiva, la que nos organizó los viajes, nos sacó los billetes de avión (100 dólares por persona por recorrer Lima-Cuzco-Arequipa-Lima), y nos dió instrucciones muy precisas para evitar que fuéramos sableados por los desalmados cusqueños y arequipeños. Nos indicó incluso lo que debíamos pagar a taxistas, hoteles, autobuses, los trucos para que no se aprovecharan de mi condición de extranjero, y nos cantó las maravillas del hotel de Arequipa de nombre "La Casa de mi Abuela" ("te va a encantar", me dijo), que yo en principio confundí con la casa de su abuela, agradeciendo la confianza y familiaridad con que nos obsequiaba. JC la admiraba.
El taxista nos cobró esta vez 15 soles (algo más de mil pesetas) por llevarnos sobre las cinco de la madrugada, de noche, al aeropuerto en donde debíamos embarcarnos rumbo a Cuzco. Para la madre de JC era su primer viaje en avión y le recomendaron que tomara su pastilla, por lo cual se pasó durmiendo la mayor parte del mismo. Tras facturar nuestros bultos tuvimos que realizar algo que ya venía siendo habitual: el pago de diversos impuestos, tanto al Ayuntamiento como al aeropuerto; no eran grandes cantidades pero producía una sensación de abuso y explotación cutre que nos disgustaba profundamente. El avión de Aeroperú era pequeño y yo, una vez más, apenas cabía en mi asiento. Las azafatas mejoraron con respecto a las paraguayas. El viaje a Cuzco resultó bonito, por encima de los Andes, aunque el día permaneció nublado sobre todo en su tramo final. El desayuno, una vez más, resultó de plástico.
CUZCO
Cuzco nos recibió medio lloviendo y con 7 grados de temperatura. Contrastaba con Lima en donde gozamos de una temperatura de primavera, necesitando tan sólo algún jersey por la noche. En Cuzco utilicé el anorak desde el principio.
Estábamos tan prevenidos por Pilar que arrebaté de las manos de uno de los trabajadores del aeropuerto los billetes resguardo de las maletas que previamente le había confiado sin pensar. Y luego aparecieron los taxistas. Una multitud de ellos nos reclamaban desde puertas y ventanas del aeropuerto ofreciéndose a conducirnos a la ciudad por dos soles. ¿Dos? Eso no era lo que nos había dicho Pilar. Me atreví a pasar por un pasillo estrecho entre los brazos pedigüeños de los taxistas y cuando casi con soberbia les comuniqué oficialmente (esta vez sí que hablé yo en cuestiones económicas) que sólo estaba dispuesto a pagar un sol (70 pts.) uno de los taxistas no se lo pensó más, agarró nuestros bultos y nos introdujo en su taxi, desvencijado como los de Lima.
Nos llevó hasta Cuzco, que me produjo una primera impresión bastante decepcionante. Nos guió hasta el hotel San Agustín (recomendación de Pilar), entramos en el mismo y al no coincidir los precios con los que llevábamos apuntados optamos por dirigirnos a otro, tarea que realizó el mismo taxista. Entramos en el segundo, preguntamos precios, subimos a la habitación para echar un vistazo y, al no convencernos, salimos dignamente, conduciéndonos el mismo taxista a continuación al hotel Colonial Palace en donde, tras inspeccionar varias habitaciones y regatear el precio, decidimos por fin ubicarnos, siempre acompañados por el mismo taxista, el cual se nos ofrecía para agenciarnos los tours que íbamos a realizar durante nuestra estancia en el altiplano. Le dimos dos soles, porque darle uno tras tantos servicios y tiempo ya lo considerábamos un abuso pese a las indicaciones de nuestra amiga de Promotur.
Tras instalarnos los tres en una misma habitación con baño incluído, pasamos a desayunar en el mismo hotel y a tomar el primer mate de coca. Cuzco está a casi 3.400 metros de altitud y a los no acostumbrados les provoca el llamado "soroche", mal de altura que te produce dolores de cabeza y te atonta durante toda la estancia. Para evitarlo nos recomendaron que tomáramos abundante mate, ingiriéramos pastillas de coramina (compramos un montón) y nos acostáramos por espacio de dos horas nada más llegados a esta ciudad de 300.000 habitantes (aunque las cifras oscilaban entre las 150 y las 600 mil). Así lo hicimos sumamente obedientes en aquel hotel discreto, con un artístico patio en el centro con fuente y peces de colores incluídos (alguno de los cuales acabaría sin duda en nuestro wáter cuando a causa de las restricciones debíamos llenar un balde de agua en la fuente para arrojarla por él), y con una recepción llena de cuadros de estilo cuzqueño, artesanía típica, armaduras y una televisión en tonos verdes que echaba un poco para atrás. Conseguimos rebajar el precio a 23 dólares diarios por la estancia de los tres incluídos los desayunos. Nos prestaron una estufa dotada de una resistencia mínima, a la que ampulosamente denominaban "calefacción".
Cuando hacia las once de la mañana decidimos levantarnos, no pudimos lavarnos por falta de agua. Estábamos en plena temporada de lluvias pero era igual: solamente disponíamos de agua desde las seis a las diez de la mañana y desde las seis a las ocho de la tarde. Y salimos a visitar la ciudad. Intentamos dirigirnos en primer lugar a las oficinas de los restauradores españoles, pero aquella sencilla operación (los teníamos a apenas dos cuadras) nos llevó mucho tiempo debido a que no aparecía su número en la calle y a que ni siquiera los guardias se aclaraban. Cuando por fin logramos descubrir que estaban dentro de un convento de la Merced habíamos llegado tarde para cumplir en días sucesivos el plan de visita de la zona que nos habían preparado. No obstante, la diligente secretaria (que si bien hablaba mucho y despacio acababa por envolvernos con sus explicaciones y confundirnos más que aclararnos) consiguió recomponer el plan y nos conectó con una agencia de viajes que aquella misma tarde nos organizó el primer tour. Allí conocimos a Javier, uno de los arquitectos restauradores, super amable y agradable, tan es así que incluso nos invitó a comer en el restaurante "El Truco", famoso en las guías turísticas porque incluye (¿cuándo?) espectáculo de canciones. El tal restaurante tenía, no obstante, un "menú ejecutivo" muy barato (4 soles, 280 pts.) pese a su elegancia, lo cual era sorprendente.
La comida se prolongó más de lo previsto y recibimos la primera pero suave reprimenda de la agencia, a la vez que conocimos a Gladys, la encargada que hablaba suavemente y sin perder jamás su sonrisa cual gheisa japonesa. Nos introdujeron en un pequeño autobús con el que recorrimos parte del casco viejo de la ciudad, empezando por Qoricancha y siguiendo por la Catedral. El primero es una especie de palacio castellano construido sobre parte de un palacio inca, cuyas abundantes piedras y paredes recorrimos acompañados por un guía-catedrático-culto algo mayor ya y muy crítico con la actuación de los españoles durante la conquista. A JC no le pareció elegante su postura. Yo prescindí bastante de sus rollos y me dediqué a observar por mi cuenta sacando las oportunas fotografías. Un matrimonio de españoles, venidos a Perú con la intención frustrada luego de adoptar un niño peruano, quedaron más sorprendidos por las críticas pero tuvieron que resignarse ante la elocuencia pedagógica del en parte pedante guía.
A la salida llovía y JC adquirió por 2 soles una inmensa capa roja que vendían (¡cómo no!) a la puerta del recinto. Nos llevaron en autobús a la catedral. Llegamos a la maravillosa Plaza de Armas, una de las más hermosas que conozco, con porches a todos sus lados y un enorme jardín en medio, y nos introdujimos en el templo. Para todos estos monumentos disponíamos de una entrada con diversas casillas que nos iban taladrando, entrada que tuvimos que pagar religiosamente, resultando, eso sí, más cara para los extranjeros que para los peruanos. A la catedral se entraba por una primera iglesia colateral y en medio de cierta oscuridad recorrimos admirando sus numerosos cuadros, esculturas, tapices, etc. Una de las turistas no paraba de detenerse con los ojos cerrados aquejada por el terrible soroche. Nosotros no sentíamos ningún mal, pese a mi catarro que me embotaba ligeramente la cabeza. Admiramos al Señor de los Milagros, imagen de Cristo a la que se tiene gran devoción en la ciudad y que ha sido utilizada en numerosas ocasiones ante las calamidades, especialmente en tiempos de terremotos, cosa frecuente aquí, el último importante de los cuales tuvo lugar a mediados de los años ochenta.
A continuación nos sacaron en autobús de la ciudad y nos dirigieron a Sacsayhuamán, gran fortaleza-templo de los incas situada a unos 3.700 metros de altitud. Allí, donde se celebra la fiesta del Inti Raimi y donde una gran y elemental cruz recordaba la visita del Papa Juan Pablo II, llegamos al atardecer entre el sonido de un nativo tocando la quena y las llamas que arrastraban unas inevitables vendedoras de artesanía para que nos hiciéramos fotografías con ellas apoquinando a continuación la propina correspondiente. Nos hicimos las fotos pero evitamos las propinas. Sí, en cambio, compramos algunos objetos de piedra tras prolongados regateos, en uno de los cuales me hicieron un cambiazo por un objeto de tamaño menor al regateado cuando el vendedor, estando yo a punto de subir al autobús para marcharme, aceptó el precio de 15 soles (unas mil pesetas) que yo le había ofrecido desde los 34 soles de partida. Pero lo importante era Sacsayhuamán, la grandiosidad de sus piedras, perfectamente encajadas unas con otras. Daban ganas de quedarse, aunque, eso sí, una vez que los vendedores hubieran desaparecido.
Para finalizar el día recorrimos alguna que otra ruina inca, siempre agobiados por los vendedores que nos "atacaban" nada más que descendíamos del autobús o cuando volvíamos a él, nos detuvieron en una abundante tienda repleta de artesanía, especialmente en tapices, telas y jerseys, y regresamos a un Cuzco sumergido en la lluvia. Aquella noche cenamos en una pizzería, pequeña pero muy agradable y de buena cocina, tras ser conquistados por los camareros que salieron hasta la calle con la carta para convencernos de la bondad del establecimiento. No era un lugar barato, pero la verdad es que se cenaba bien y abundante, con unas pizzas muy suaves y deliciosas, una sopa de ajo que daba gloria, un pan también con ajo como aperitivo y un pisco-sauer de bebida que era una maravilla. Tras abandonar el restaurante acompañados por las reverencias de todos los camareros, y encontrarnos una vez más en los porches repletos de vendedoras con todos sus productos expuestos a esas horas componiendo un cuadro de intenso colorido y olor a caldo de gallina degustado por ellas como grasienta cena, entramos en una tienda en donde nos sorprendió un inmenso belén de 1.300 dólares y nos dirigimos a "Varalloc" un bar con ambiente de progres y luz discreta, que nos había recomendado Javier, y en donde ingerimos un inmenso vaso de mate de coca. Tan es así que yo aquella noche hacia las dos de la madrugada me levanté corriendo para expeler una tan larga y cálida meada (la coca es diurética) que a punto estuvo de provocarme un desmayo por la fuerte bajada de tensión que me produjo. Entonces me dí cuenta de que la coca bajaba la tensión, lo cual no era muy conveniente para una persona como yo que normalmente tiene problemas por su baja tensión. A partir de entonces disminuí radicalmente mi consumo de coca.
El segundo día en Cuzco lo dedicamos a descansar tranquilamente. Efectué una nueva llamada a España y nos dirigimos al encuentro de Javier para que nos mostrara sus restauraciones. No había llegado todavía a su oficina cuando nos acercamos a ella por lo cual optamos por aprovechar la entrada que ya teníamos pagada y visitar lo que nos quedaba por ver en la ciudad. Así que empezamos por el convento de Sta. Catalina en cuyo interior disfrutamos con una copiosa pinacoteca, aunque tristemente iluminada, llena de cuadros de estilo cuzqueño con vírgenes adornadas por generosos mantos, admiramos sus esculturas de carácter hiperrealista, e incluso sobornamos al vigilante para que mirara hacia otro lado mientras nosotros fotografiábamos unos frescos polícromos que encantaron especialmente a JC, que fue el sobornador. El guardia aceptó la propina sin remilgos, advirtiéndonos únicamente que no hiciéramos ruido para que no se enteraran las monjas que se encontraban en salas cercanas.
Javier nos presentó a su compañero (cuyo nombre no recuerdo en estos momentos). Este nos mostró el taller de restauración de pinturas y nos fue explicando el trabajo que se realizaba. A continuación nos condujo por el convento de la Merced presentándonos a los delineantes y nos llevó a la iglesia de la Compañía en donde un buen número de operarios arreglaban el suelo, trataban de descubrir nuevos vestigios artísticos, o limpiaban y restauraban pinturas. Los andamios de la iglesia merecían, a causa de su primitivismo, una foto que no hicimos. En cambio sí que nos detuvimos ampliamente en la contemplación de las secuencias fotográficas que mostraban los sucesivos pasos en la restauración de las pinturas. Una experta cuzqueña nos iba detallando todo minuciosamente apreciándose en ella el orgullo que sentía ante tal hazaña, adobado todo ello por la risueña cara de satisfacción de Javier que parecía el abuelo al que se le cae la baba admirando todo aquello que han sido capaces de hacer sus queridos nietos. Luego nos subió al tejado, pese a que el lluvioso día imponía cierto respeto en las resbaladizas tejas, y desde allí admiramos la restauración de la cúpula, ante la cual quiso ser fotografiado el bueno de Javier, y contemplamos extasiados la belleza de la ciudad, la uniformidad de sus tejados marrones y el horizonte en que se encuadraba. Allá abajo, en el fondo, la madre de JC, que debido a su cansancio no se había atrevido a acompañarnos, descansaba en un banco de la plaza tal como le habíamos indicado aguantando estoicamente con el paraguas abierto el chaparrón que se le venía encima. En todo este ajetreo JC perdió la gorra que yo en un rasgo de generosidad le había regalado bastantes meses antes y con la que incluso llegaba a acostarse por las noches. Su pérdida la lloró amargamente, pero no sería la última.
Decidimos comer en el mismo restaurante del día anterior y tras una reparadora siesta, prolongada en el caso de Maximina, nos dirigimos JC y yo en búsqueda de nuevas sensaciones estéticas por la ciudad. Volvimos a Qoricancha, deambulamos por callejas y acabamos resguardados en una tienda de los rigores de un fuerte aguacero que durante bastante rato se adueñó de la ciudad. Hicimos tarde para ver el museo del Arzobispado (también incluido en nuestra entrada), pero pudimos fotografiar un curioso cartel situado en su pórtico en el que el Arzobispo desanimaba públicamente a cuantos intentaran acercarse a él para obtener recomendaciones.
Javier nos había animado para acudir a un concierto que ofrecía la coral Inti de Cuzco con motivo de su 25 Aniversario. Pero en el trayecto no reparamos en la potencia de la lluvia y acabamos empapados. Tan es así que sucesivamente (para no perder nuestra buena localidad en la sala del concierto) fuimos acercándonos a nuestro hotel para cambiarnos de ropa. El espectáculo estaba programado para las 7 de la tarde pero comenzó 50 minutos más tarde. La coral lo hizo bastante bien, en medio de un escenario rodeado de las fotografías de los miembros insignes de la asociación; pero lo que centró especialmente nuestra atención fue la figura y ademanes del presentador, vestido de etiqueta y con calcetines blancos que le daban un cierto aire de bailarín de claqué. Era rimbombante hasta el ridículo y por ello resultaba pueblerino con pretensiones. Empezó por destacar que la máxima aspiración de la mujer era llegar vestida de blanco hasta el altar, nos hizo poner varias veces de pie ante determinadas interpretaciones de la coral tal como, según dijo enfáticamente, se hacía en los grandes conciertos de todo el mundo, y nos fascinaba con sus ensayados gestos que contribuían a su pesar a dar un aire de cómica ridiculez a su discurso. Por lo demás tuvimos que aguantar mil y un discursos conmemorativos, ver entregar otros tantos premios, y nos regocijamos con los ademanes en este caso del director del coro que nos resultó sacado de otros tiempos pese a su aparente juventud. Me impresionó especialmente el intento final de convertir el concierto en un acto de exaltación del peruanismo histórico. En medio de la austeridad ambiental que producen las actuales dificultades económicas del país, las alusiones a un nuevo Imperio del Sol como en tiempos de los Incas me recordaban la parafernalia del discurso franquista que en una España devastada por una cruel guerra y aislada diplomáticamente insistía en caminar por rutas imperiales suspirando por la idealizada época de los Reyes Católicos.
