EL VALLE SAGRADO DE LOS INCAS
Al día siguiente reanudamos nuestros tours, esta vez hacia el Valle Sagrado de los Incas. Y nuevamente llegamos tarde a la cita con el autobús. Gladys fue una vez más nuestra anfitriona, pero tuvimos que ir precipitadamente a ver a la secretaria de Javier para que nos aclarara el programa del día siguiente en Machu-Pichu. Tal era la confusión que llevábamos encima con tanto detalle del programa que, ignorando las entradas que desde el principio habíamos adquirido, pensé que en el autobús pretendían cobrarnos de nuevo y me cerré en banda públicamente ante el nuevo guía que confesaba una y otra vez humildemente que él era un mandado y que esas cuestiones dependían de las agencias de viajes. Cuando descubrí mi error al echarme la mano al bolsillo no pude evitar un ataque de risa y en la primera parada le pedí disculpas al perplejo guía.
En esta excursión hicimos nuevas amistades. A los madrileños del primer día añadimos el conocimiento del matrimonio canadiense que regalaba lapiceros a los niños, siendo el idioma inglés del marido un auténtico galimatías para nosotros; llegamos a cantarles la casita en Canadá y ellos tan contentos. Más tarde se incorporarían a la excursión los señores bolivianos Del Castillo. El celebraba los 50 años de no sé qué, y se movía por el monte, pese a su avanzada edad, como un auténtico sarrio del Pirineo. Ella, que pronto sospechó mi condición religiosa (sobre todo al oirnos cantar el "Perdona tu Pueblo, Señor" simulando un viacrucis por la subida de Ollantaitambo). Y su hija que sabía bailar sevillanas y movía con gracia sus ágiles brazos. Por fin se desató la señora y me preguntó si yo era hermano de La Salle, todo ello debido a que sus hijos habían estudiado en colegios de esta congregación. Tras conocer mi condición clerical no cesó durante todo el viaje de entonarme canciones religiosas de romerías siguiendo atentamente con su mirada devota las impresiones que en mí producían sus trinos. Al final me darían una carta para entregarla a un cura de Zaragoza antiguo conocido suyo en La Paz.
El autobús se detuvo obligatoriamente en el mercado de Pisac. Mereció la pena tal parada pues aprovechamos para sacar instantáneas de su colorido y costumbrismo, aunque al final tan sólo Maximina compró algo. Dimos alguna vuelta por el menguado pueblo y continuamos el viaje. Los madrileños, en cambio, no paraban de adquirir cuanto les caía a mano, gastando de esta forma, decían, el dinero que habían ahorrado ante el fracaso de la adopción. Y a la salida conocimos a Luis Alberto, policía municipal que nos endosaron para "custodiar" nuestro viaje. Se sentó en la parte de atrás junto a nosotros y poco a poco fuimos ganando mutuamente confianzas. Era muy discreto y respetuoso, sobre todo desde que conoció mi condición de cura, y aunque se manifestó católico practicante mantenía cierto desconocimiento sobre las obligaciones celibatarias de los clérigos. Era a la vez estudiante y se lamentaba del escaso monto de los ingresos de un policicía (del orden de las veinte mil pesetas mensuales). Hablamos largo y tendido de aquellas tierras, mientras por delante el guía manifestaba con sus miradas los celos que le iban consumiendo ante la competencia del policía. Llegados al restaurante en donde teníamos pagado un buffet libre de 4 soles, el guardia hizo intención de apartarse para buscar algún sitio más barato donde alimentarse, pero cual grandes capitalistas le invitamos a compartir nuestra mesa pagándole la cuota ante la reacción no precisamente satisfecha del guía principal que se debió sentir rebajado por ello. La verdad es que Luis Alberto aprovechó la ocasión para llenarse el plato tan ampliamente que nos hizo reconocer que tal vez fuera cierto lo de la presunta estrechez de su salario. Durante la comida compré un cassette que me ofreció una cantante autóctona que previamente nos dedicó lo mejor de su repertorio acompañada por un arpista.
En Ollantaytambo perdimos al guardia (¿ordenó el despechado guía marcharnos de allí sin esperarlo? Siempre nos quedará la duda) pero ganamos un fascinante espectáculo: el de sus ruinas con el grandioso escalonamiento de sus terrazas. Y conectamos en crudo con el mundo de los niños mendicantes, que ya en Cuzco nos entristecían la comida cuando tras el cristal del restaurante nos hacían indicaciones del tipo del pobre Lázaro. En Lima, en uno de los viajes en combi, hablamos con un chavalillo de tan sólo 8 años que en lugar de jugar nos confesó dedicarse a ayudar a su madre "a arreglar caños" y otros menesteres durante los domingos. Tanto este chaval como una amiga que le acompañaba contaban con algún hermano que se les había muerto de niño, en consonancia con la abundante mortalidad infantil que aqueja a este país. En Lima se calcula que unos 300.000 niños viven en la calle.
"No. No tienen tamaño sus tobillos; no es su espuela
suavísima, que da en las dos mejillas.
Es la vida no más, de bata y yugo.
No. No tiene plural su carcajada,
ni por haber salido de un molusco perpetuo, aglutinante,
ni por haber entrado al mar descalza,
es la que piensa y marcha, es la finita.
Es la vida no más; sólo la vida."
César Vallejo ("Dos niños anhelantes").
En el Valle Sagrado de los Incas nos topamos con multitud de chavales, diseminados por las ruinas, que trataban de ofrecernos sus canciones en quechua, sus danzas, intentaban contarnos las leyendas del lugar, servirnos de guías, posar para nuestras fotos o que simplemente nos mendigaban una propina. Eran niños que tal vez habían terminado sus clases de la mañana, aunque digo que "tal vez" porque en el medio rural peruano no estudian actualmente 45 de cada cien niños, según leimos en la revista "Quehacer", nº 79. Sus extremidades inferiores denunciaban una crónica ausencia de limpieza. A uno de ellos llegamos incluso a proponerle darle una buena propina si aceptaba someterse a un lavado en profundidad, a lo que naturalmente se negó. Fieles a nuestro estilo de no dar limosnas les sorprendíamos adelantándonos a ellos cantándoles canciones de Aragón o infantiles; algunos se reían en medio de su perplejidad, a otros poca gracia les haría esta inesperada competencia, y había quien decía que lo nuestro no tenía comparación con la belleza del canto andino en quechua.
Hicimos nuestra última escala en Chincheros, pueblo con aire castellano, iglesia tenebrosa con inquietantes imágenes de santos, y cuya única población a la vista fue la de las vendedoras artesanas que nos incordiaban con su mendicante "señoooor, cómpremeee..." Seguro que los madrileños cayeron en la trampa, que no nosotros. Y enfilamos un interminable regreso a Cuzco, amenizado, naturalmente, por las pías canciones de mi señora amiga boliviana. El guía hizo las paces tácitamente con nosotros recostándose en ocasiones en la parte posterior del autobús junto a nuestros asientos.
EL TREN A MACHU-PICHU
Madrugamos temprano al día siguiente para no perdernos el tren que debía conducirnos al majestuoso Machu-Pichu. El conserje del hotel nos aconsejó que no fuéramos a pie a aquellas tempranas horas a la estación ya que el día anterior habían desnudado como quien dice a un par de yankis del hotel arrebatándoles todas sus pertenencias. Fuimos en taxi y tras incorporarnos al vagón de primera clase comenzamos la más asombrosa aventura de nuestro viaje a través del Perú.
Pese a que pudimos optar por tomar el "tren de turistas" pagando, eso sí, una cantidad mucho más elevada pero "disfrutando" de la aséptica comodidad y rapidez europeas, preferimos juntarnos con la multitud que en aquellos días abarrotaba el tren debido especialmente a las elecciones, las cuales provocaban traslados para ir a votar a las localidades en que cada uno estaba censado. Hay que tener en cuenta que en Perú el voto es obligatorio y que su incumplimiento lleva consigo multas de 200 soles para los presidentes de mesa, de 100 para los vocales y (no conseguí aclararme) de 80, 60 ó 20 soles para el resto. La comparación entre ambos trenes, una vez pasada la aventura, me llenó de indignación: ¿por qué se obliga al personal "normal" a viajar en las terribles condiciones que luego comentaremos cuando, como la realidad demuestra, se puede viajar en trenes mucho más modernos que ya existen? Todo esto provoca la separación de dos categorías de personas: los turistas extranjeros con dinero y los sufridos currantes nacionales. No es preciso decir, pero lo digo, que a estos últimos les corresponde el papel de seres de segunda categoría. Y esto engendra, me imagino, complejos, minusvaloraciones, actitudes pedigüeñas hacia el rico, cuando no envidia o mala sangre. Toda una terrible pedagogía que empieza ya desde los niños.
Pero los ricos se pierden el tren de Machu-Pichu. el auténtico, el de la aventura, y, en gran parte, se pierden el Perú real. Nosotros lo ganamos, no saliendo de nuestro asombro ya desde el principio. A buen paso conseguimos subirnos al mismo y ocupar nuestros asientos numerados. Nos habían sacado billetes de primera pero, dadas las características que nos rodeaban, supongo que la diferencia con los vagones de segunda estribaría no tanto en la colocación de los nuestros al comienzo del tren sino más bien en que los asientos eran de "escay" mientras que los de segunda debían ser simplemente de madera. Por lo demás no habían ningún signo de distinción: todo estaba bastante deteriorado e incluso al wáter le faltaba la puerta. El personal, aparte de otros turistas que habían querido tener nuestra misma experiencia, presentaba los rasgos normales de la población peruana. A nuestro lado se sentó un mozo de veintitantos años, que trabajaba en Lima en cuestiones de turismo y que aprovechaba las elecciones para ir a visitar a su familia que vivía en un pueblo incomunicado y a la que no veía desde hacía unos dos años. Al otro lado, ya que era un vagón corrido, tres jóvenes y un adulto, enfrascados en lecturas tales como "Selecciones" y una Guía para combatir la artrosis. El resto eran personajes del común. La situación, por tanto, no auspiciaba de inmediato aventuras sino la normalidad de un viaje provinciano.
No había empezado a discurrir el viaje cuando ya se habían ido montando los personajes que iban a dar el tono: los vendedores. Empezando suavemente acabaron siendo multitud. Los había de todos tipos, mayores y pequeños, hombres y mujeres, con atavíos normales y con los atuendos propios de las culturas andinas en aquellas inmensas mujeres, todas con sus "polleras", que pasaban y traspasaban por el pasillo anunciando con su sonsonete la múltiple gama de sus mercancías. Allí se podía comprar de todo porque todo se ofertaba: desde barajas a tabaco pasando por linternas, relojes, periódicos del día anterior, lápiz de labios y carretes de fotos. Pero lo más sorprendente sin duda era la oferta de comestibles: cebollas, tamales, plátanos, mana, rocoto relleno, papitas... Incluso comida caliente: aparecían las grandes matronas, o tal vez brujas, con su caldo de gallina y sus cazos para distribuirlo; te vendían asados de cordero y cabezas de cerdo; te ofrecían huevos duros ("huevo cocinado, huevo", cantaban a voz en grito niñas de piel morena) con una cuchara no precisamente esterilizada. El vagón se iba llenando por momentos cada vez que nos deteníamos en una estación, y fueron muchas las paradas. La gente iba abarrotando los pasillos. Pero las vendedoras, y cada vez más gordas me parecían a mí, seguían desfilando haciéndose increíbles huecos por entre una concurrencia ya acostumbrada a este desafío a las leyes de la física, y que participaba en el juego comprando y consumiendo. Nuestro vecino se decidió primero por unas cebollas y más tarde abordó una cabeza de cerdo ("chancho") que se columpió peligrosamente por encima mío en las manos de la vieja vendedora en el largo rato que el mozo tardó en encontrar el dinero correspondiente ante la impaciencia de la anciana.
Tampoco era música lo que nos faltaba. Fue sobre todo al comienzo del viaje, cuando la ocupación del pasillo no había llegado a su cénit. Primero fue uno que se definía como estudiante y que solicitaba nuestra ayuda con sus cantos de guitarra. Más tarde apareció una media familia formada por el padre con la guitarra y dos hijas con instrumentos tales como botellas de anís a las que sacaban su conocido sonido. Todos ellos se presentaban como artistas que no como mendigos. Y supongo que todos sacarían unos soles con los que afrontar sus penurias económicas.
El asombro alcanzó su culmen cuando tras una de las paradas de rigor apareció entre los nuevos viajeros un mozuelo de unos 18 años, tan moreno o quizás más que los restantes, quien a toda prisa trataba de colocar los numerosos fardos que arrastraba, ocultándolos a la futura vista de los revisores para así evitar pagar una sobretasa. Tras colocar varios de ellos en los maleteros dispuestos sobre las cabezas de los pasajeros, con toda la rapidez y agilidad de que era capaz, se dirigió de improviso al asiento ocupado por JC y sin darle tiempo a reaccionar pretendió colocar bajo el mismo un enorme fardo recubierto por una sábana blanca y atado con varios nudos. En su excitación no acababa de asumir que era mucho fardo para tan poco espacio. La concurrencia seguía con interés toda la operación mostrando su solidaridad con el muchacho que sudaba la gota gorda e incluso se hería y manaba abundante sangre, intentando algo que parecía imposible. Fue entonces cuando le sugerimos, llevados también nosotros por el deseo de contribuir al éxito final del intento, que repartiera el inmenso fardo en varios más pequeños para facilitar su cabida. Cuál sería nuestro asombro cuando al desanudarlo apareció ante nuestros ojos nada menos que... ¡un carnero desollado! Rápidamente disparé mi máquina de fotos para no perderme tan sublime momento. Nos dijo que lo esperaban en una de las estaciones para allí entregar tan preciada mercancía. Y en verdad que una de las veces desocupó el espacio y bajó a toda prisa al andén para cumplir con su cometido, pero volvió a subirlo por no sé qué problemas técnicos que encontró. Luego nos olvidamos del carnero al hacérsenos habitual todo el maremágnum que impregnaba el vagón. Un vagón que, por cierto, no me pareció maloliente sino todo lo contrario ya que de vez en cuando aromatizaban el ambiente las hierbabuenas y demás hierbas que vendedoras de turno iban ofreciendo a los viajeros. Y también es verdad que ni una sola mosca nos importunó durante el viaje, lo cual hubiera estado harto justificado. Al lado de JC, de pie como un noble hijo de Incas y orgulloso de serlo, un inmenso y robusto joven campesino aguardaba en tremenda seriedad el momento del desalojo de nuestros codiciados asientos sin dirigirnos siquiera la mirada.
El tren discurría con una lentitud sólo comparable a la de la "burreta" de Barbastro en los tiempos heroicos de los años cincuenta de los que puedo acordarme. Téngase en cuenta que no hicimos más de unos 120 kilómetros y que para ello tardó unas cinco horas a pesar de que era bajada. Para elevarse sobre los cerros de Cuzco necesitó un largo y lentísimo recorrido en zig-zag, hacia delante y hacia atrás, pasando junto a las humildes casas de los moradores de los barrios altos. Era muy interesante observar cómo encima de los tejados habían sido colocadas pequeñas cruces protectoras así como -y esto era lo más sorprendente- diminutos toros con la intención de conseguir el mismo objetivo. ¿Protegerían de las brujas? Tal vez, pero no oímos hablar de la existencia de las mismas en toda la zona. El caso es que ahí estaban los protectores y repetidos en todos los tejados. Por lo demás, el recorrido era precioso atravesando valles y montañas de limpios verdes y bajo claros cielos. A veces daba la impresión de que cruzábamos la selva, especialmente en los últimos tramos del recorrido, y en realidad así era ya que a partir de ahí comenzaba la misma. Hay que tener en cuenta que, para sorpresa mía, el viaje a Machu-Pichu, tras la primera subida es constantemente en descenso, y un descenso de más de mil metros.
MACHU-PICHU
Por fin llegamos a nuestro destino y recalamos en una pequeña estación, más bien apeadero, en donde debíamos adquirir los billetes para el autobús que nos subiría a las mismísimas ruinas. Seguí las instrucciones de Pilar y no abrí la boca en el momento en que JC sacó los billetes así como cuando el revisor nos los cortó a la entrada del autocar: de esta forma pasé por peruano (?) y no tuve que pagar la sobretasa como extranjero. Pequeños trucos de turistas no muy pudientes. La subida hasta las ruinas resultó espectacular, no sólo por los vaivenes y saltos del vehículo en cada bache sino especialmente por la vista panorámica de las montañas circundantes, todas ellas sumergidas en una inmensa vegetación. Al llegar arriba hicimos valer el pase que nos había suministrado Javier y, tras ser saludados efusivamente por uno de los que estaban apostados en la puerta de entrada recordándonos las excelencias de tan bella ciudad como Zaragoza, penetramos en el recinto sagrado de los Incas.
Machu-Pichu era una especie de ciudad-santuario a la que los peruanos de aquellos tiempos debían acudir por lo menos una vez en la vida, algo así como La Meca para los mahometanos. Diversos caminos conducían y aún conducen desde diferentes puntos a través de las montañas a este privilegiado lugar. Y así lo fue hasta que los españoles llegaron aquí y acabaron con el esplendor de los Incas. Luego la maleza se encargó de cubrir sus edificios que poco a poco se convirtieron en ruinas. Y así permanecieron "protegidas" hasta que a principios de este siglo fueron descubiertas. Hoy son atractivo turístico pero corren grave riesgo si no se construyen muros de contención que eviten el corrimiento de sus tierras y el consiguiente desplome, el cual ya se ha iniciado en algunas edificaciones. Una vez descubiertas y liberadas de la maleza, no se tuvo la precaución de protegerlas reconstruyendo los tejados de paja primitivos y ello, en una zona de temporadas de lluvia que duran meses y meses, ha provocado una fuerte erosión en sus monumentos.
Nos unimos enseguida a un pequeño grupo que disfrutaba de la compañía y explicaciones de un guía bastante agradable. No era el pedante de Cuzco ni el arrugado y con pinta de dolor de estómago del Valle Sagrado. Con ellos recorrimos todo el recinto, desde el comienzo en altura hasta el final con la explicación de los suplicios de ejecución de los condenados. Recorrimos sus templos, las estancias del "curaca" (alcalde); la preciosa brújula en piedra cuyos vértices apuntaban a las cuatro grandes montañas que dominan el lugar; hicimos multitud de fotografías dando la lata a quienes creíamos que podían ayudarnos a cambiar el carrete cuya técnica nosotros no dominábamos; ayudamos en sus fotos a una pareja que de tantas que tiró debió agotar su presupuesto mensual; y acabamos perdiendo el maravilloso y pesado libro-guía que adquirí en Zaragoza. Cuando ya estábamos exhaustos la Coca Cola acudió en nuestra ayuda para calmar una sed alimentada por mucho rato de recorrido a pleno sol, y es que también allí había un puesto de venta de la misma. Maximina bebió igualmente, aunque ella anduvo protegida todo el tiempo por mi paraguas negro a modo de sombrilla de luto portada por señora.
Machu-Pichu es espléndido y así dejamos constancia. Lo abandonamos con la satisfacción de haber llegado hasta allí y gozado cantidad. En la puerta nos esperaba, como a todos, el adulador de Zaragoza y entonces comprendimos sus desinteresados motivos: esperaba que como turistas le compráramos un certificado, firmado por las autoridades competentes, que certificaba nuestra visita a este monumental lugar. Pero nosotros, avezados ya por las muchas vicisitudes desde que salimos de España, no picamos el anzuelo y esquivamos el asalto con elegancia y sin timidez. A otros perros con esos huesos. Y también para otros parecía estar destinado el menú que se ofrecía en el restaurante ubicado precisamente enfrente mismo de la puerta de entrada al recinto. Los 23 soles por persona (unas mil seiscientas pesetas) nos parecieron excesivos para un menú turístico en Perú y optamos, junto a otros muchos, por descender al apeadero en donde se decía que había comida a módicos precios.
Lo que encontramos no fue tan maravilloso: un chiringuito junto a la vía del tren que por la cara de asco que puso JC, que fue el único en acercarse al mismo, no debía ser muy recomendable, y la terracita bajo techo de uralita en que por fin nos instalamos bajo la carretera en donde por 8 soles pagamos la comida de los tres. Eso sí, las servilletas eran de papel higiénico, en consonancia tal vez con el arroz blanco que yo tomé por única comida por exigencias de mi estado corporal. Pero a partir de ahí empezaron las penalidades.
DE VUELTA A CUZCO
Sacamos los billetes de vuelta, pero ya nos avisaron de que no tendríamos asiento. ¡Y el viaje podía durar unas 7 horas! El billete nos costó unas 500 pts. a cada uno (7 soles), pero nos dejó el amargo regusto de lo que intuíamos que se nos venía encima. Para colmo pronto se nos anunció que traía retraso, por lo cual nos refugiamos en el hall de la estación protegidos de la marabunta de vendedores ambulantes que cual caracoles tras la lluvia y al salir el sol habían aparecido por allí al olor de turistas, montando sus chiringuitos con rapidez y habilidad.
Serían las cinco de la tarde cuando por fin y lentamente apareció en el cercano horizonte el renqueante tren, a primera vista cargado hasta los topes, tal y como se desprendía de algunos viajeros que venían casi colgados del mismo. Pero había que tomarlo y lo tomamos. Pusimos por delante a Maximina y no sé cómo lo hicimos pero lo hicimos. Corrimos por las vías, empujamos lo nuestro y de pronto nos vimos en el interior del vagón. La madre de JC llevaba tal impulso que continuó avanzando todavía unos metros más allá de nuestra posición. Y entonces descubrimos con cierto pánico que allí donde llegamos allí nos quedaríamos porque no había más espacio para moverse. La gente se hacinaba como de costumbre, pero el cansancio del día y la falta de visión del panorama exterior al caer pronto las sombras de la noche, unido al fuerte calor y algunos mosquitos, quitaban al conjunto el encanto matinal que habíamos disfrutado. Quienes no faltaban, sin embargo, eran las vendedoras del caldo de gallina y los asados, así como los que ofrecían yogures a 70 pts. Era igual que protestaras la falta de espacio: venía la de la pollera y pasaba, no sé cómo pero pasaba, y atravesaba el pasillo sacando rendimiento a sus productos. Una niña junto a mí hizo de repente el típico movimiento de ponerse en cuclillas para evacuar y creímos con horror que eso era lo que intentaba; nunca llegué a saber si eso fue realmente lo que hizo, pero lo cierto es que no volvió a levantarse y acabó reclinando su cabeza sobre mi rodilla (yo iba de pie, como he dicho) durmiendo profundamente.
Maximina, a pesar de su edad, no inspiró compasión a ninguno de los hombretones que la miraban impasibles desde sus asientos y permaneció en pie con cara de sufridora. Una monja peruana con sus hábitos ofreció heroicamente su asiento, siendo ocupado sin más contemplaciones por un jovenzano que pronto se sumergió en un sueño reparador. Debió hallarse ella en un cierto éxtasis ajeno al tren ya que no fue siquiera capaz de darse cuenta de que a su espalda entonábamos casi ya sin aliento cantos gregorianos como si imploráramos la misericordia divina.
Sin pollera, pero tan gordo como ellas y jadeante por el esfuerzo, aparecía de vez en cuando el revisor, acompañado por esa persona que siempre lo hace en Perú al que trabaja y que no se sabe muy bien qué función desempeña. También nos parecía increíble que aquella masa humana pudiera abrirse paso entre la abigarrada carne humana que acampábamos en el estrecho pasillo. Pero su presencia nos aportaba alguna esperanza ya que nos voceaba el tiempo que faltaba para Ollantaytambo, lugar en el que nos esperaban autobuses para continuar por carretera hasta Cuzco. Así nos lo habían organizado por 250 pts. los guías que habían conducido a los turistas (nosotros entre ellos) por Machu-Pichu. Digo que nos aportaba alguna esperanza porque en realidad no acertaba nunca en sus previsiones horarias, aumentando frustraciones a lo que parecían horizontes de salvación de la pesadilla del tren.
Pero todo llega en este mundo y también Ollantaytambo. Cambiamos nuestros cantos por el Aleluya de Händel, que nunca encontró coros tan entusiastas ni lugar tan inhóspito. Así abandonamos el tren ante el regocijo de los que se quedaban y que veían aumentar su espacio vital, y tal vez la envidia propia de quien tenía todavía que aguantar unas cuantas horas más en ese tren de las delicias. Al bajar del mismo una refrescante pero a la vez molesta lluvia nos acogió en el andén acompañándonos hasta los dos autobuses que nos aguardaban. Y allí se organizó un auténtico fregado porque aparentemente no todos cabíamos en su interior. Tensos como náufragos que encuentran una tabla de salvación y no quieren desprenderse de ella así nos agarrábamos a los autocares como si nos fuera la vida en el intento. Nos echaban de uno a otro hasta que por fin logramos ser colocados en la parte delantera de uno de ellos. Nos veíamos como reyes, incapaces de creer nuestra nueva ubicación tan diferente de la del tren. Ibamos delante en línea nada menos que de cinco, incluídos el conductor y la guía. Era maravilloso, libres de la pesadilla del tren y sentados cual en tronos honoríficos. Mas, ¡ay!, qué poco dura la alegría en la casa del pobre. Topamos con un chófer que, alegando el al parecer incontenible calor que le atormentaba, mantuvo abierta durante todo el viaje restante (y fueron dos horas más) la ventanilla de su izquierda que nos arrojó tales corrientes de frío encima nuestro que acabamos ateridos pese a taparnos completamente con mi anorak (que presté a un acatarrado JC) y la roja capa antilluvia de JC. Yo le supliqué el cierre en varias ocasiones, pero todo fue en vano, y oculté mi incontenible rabia junto a mi cabeza bajo la tibia capa.
El último tramo del viaje resultó eterno. Hay que tener en cuenta que debíamos remontar unos mil metros hasta Cuzco, amén de superar los numerosos peajes cada vez que entrábamos en un municipio, lugar en el que solíamos toparnos con militares armados hasta los dientes que daban un aspecto tétrico al nocturno paisaje. No llegábamos nunca y encima la niebla que emergía como en los cuentos de terror del asfalto de la carretera daba todavía más aire fantasmagórico al itinerario. Por fin nos vimos sobre las diez de la noche en la capital imperial, nos acercamos al hotel para adecentar nuestras ropas y tomamos un ligero refrigerio en el bar de enfrente en donde nos despedimos de la familia boliviana que había venido en el segundo autobús, teniendo ellos la desgracia añadida de un retraso debido a que su vehículo destrozó una de sus llantas en el recorrido. También Maximina estuvo a punto de destrozarse al golpearse con un saliente de la puerta de nuestro hotel en la precipitación por cobijarse de la lluvia y entrar en su interior.