AREQUIPA
Cuando al día siguiente tomamos el avión muy de mañana rumbo a Arequipa, tras pagar los impuestos de rigor y saludar a la monja del tren a la que declaré mi condición sacerdotal provocando su entusiasmo, tuve que apagarle los humos a un cretino yanki que pretendía ocupar el espacioso asiento que esta vez sí nos había tocado en suerte. Volamos junto a un volcán llamado Savankaya que echaba más humo incluso que el yanki y aterrizamos en la segunda ciudad del país, con un millón doscientos mil habitantes que, dicho sea de paso, nunca averiguamos dónde se ocultaban en su mayoría. Yo pensé, inculto provincianito, que llegábamos a una ciudad costera, pero me encontré en una planicie de 2.300 metros de altitud. Desde arriba me pareció un desierto contrastando con el verdor de Cuzco; desde abajo me pareció casi lo mismo. Y además estábamos rodeados de inmensos volcanes de cinco y seis mil metros de altitud, entre ellos el típico Misti.
Nos hospedamos en "La Casa de mi Abuela" siguiendo las instrucciones de Pilar tras pagar 6 soles (420 pts.) al taxista. Pero la situación había cambiado. Estábamos al sur del Perú que, por esas cosas del cambio de hemisferio, resultaría el norte, y suele ocurrir que en Europa el norte está más desarrollado que el sur. Era, por tanto, como si estuviéramos en Cataluña, por utilizar una referencia y salvando las distancias. Incluso en el aeropuerto se vendían en las tiendas pasaportes de la República Independiente de Arequipa. Esto en España sería casi un problema nacional; en Perú no pasaba de ser un mero cachondeo. El taxi nos pareció casi de lujo, comparado con los anteriores, y aceptamos pagarle más de lo que Pilar nos había indicado. La ciudad parecía limpia, y sin "pericotitos" (ladrones) como nos dijo el chófer alardeando de ello. El hotel era una antigua casona habilitada para el turismo, con un precioso jardín delantero sobre cuyo bien cuidado césped unos cómodos veladores nos sirvieron de aposento para el desayuno y la comida. Las habitaciones eran aceptables, sobre todo la de Maximina. Y no padecimos restricciones de agua ni de luz, pese a no haber llovido desde hacía mucho tiempo. Los contrastes con Lima y Cuzco eran considerables. Encima disponíamos de bebidas en la habitación colocadas en una especie de caballito de madera.
Maximina es de un pueblo cercano a Arequipa, razón por la que habíamos venido a esta zona del Perú. Tras visitar la Catedral (de espléndida fachada toda ella de blanca piedra sillar de las zonas volcánicas) y la Plaza de Armas, la animamos a darse una vuelta por su pueblo mientras nosotros aguardábamos su regreso haciendo unas gestiones. La introdujimos en un taxi y partió contenta a encontrarse con una de sus hermanas. Nosotros, entre tanto, optamos por seguir los consejos del guardia Luis Alberto y nos dirigimos a la comisaría de "turismo" para denunciar el robo de la tarjeta electoral de JC. Nos recibió una chica policía en tono y estilo amable. JC montó la escena y respondió con habilidad a las preguntas que le hicieron sobre las circunstancias del robo. Nos enviaron a adquirir los impresos de denuncia a un Banco de la ciudad (¿cómo no tenían ellos?), quedándome más sorprendido aún al comprobar que los impresos no se vendían en el citado Banco sino que se los compramos a una vendedora ambulante delante del mismo. Todo salió bien y por la tarde pudimos recoger el certificado de nuestra denuncia que iba a facilitar a JC el impago de la multa por no acudir a votar. Ahí estaba la madre del cordero. A una cuadra de distancia una gran fila de ciudadanos que bordeaban con creces la manzana intentaba adquirir en el último día previo a las elecciones la tarjeta electoral con la que poder cumplir sus obligaciones de voto y no ser multados. La cola no avanzaba apenas y de vez en cuando se oían protestas ("¡a la cola, a la cola!") ante algún intento de ciertos espabiladillos. A la hora de comer surgieron hornillos en donde el personal fue calentando sus viandas.
EL CONVENTO Y Mª ELENA
Nos recomendaron visitar el convento de Sta. Catalina (otra vez esta santa) por ser el lugar más significativo de la ciudad. Allí nos acogió Mª Elena la de la melena. Era ésta una guía cuarentona, de buen ver, provista de una media melena con la que jugueteaba entre explicación y explicación. Se nos ofreció por una aportación voluntaria nuestra y yo no conseguí sonsacarle cuál era el montante de una adecuada propina voluntaria. Era la voluntad y basta. Pues bueno, la aceptamos así y ya lo pensaríamos durante el recorrido.

El convento era una verdadera joya, especialmente en sus aspectos sociológico-históricos. De gran extensión (más de 3 hectáreas) constituía un auténtico pueblo ya que cada una de las monjas en su época de esplendor procedía de las familias pudientes de la ciudad (una ciudad de corte y origen netamente español) y contaba con casita propia dentro del convento en la cual era servida por sus doncellas que previamente había traído consigo desde el "mundo" y que también moraban en la casita. Nos chocó el color fuertemente rojizo de sus fachadas, precisamente por ser el rojo un color no muy adecuado en un cenobio precisamente por sus connotaciones pasionales y eróticas, pero tratándose del rollo sociológico allí introducido cualquier cosa era posible. Y nos encantaron sus recoletas calles y plazas con vistosas flores amarillas y tranquilas fuentes. Las monjas se lo habían organizado bien. Las actuales, en cambio, se limitaban a ocupar una pequeña parte del recinto, superada ya, por otra parte, la división clasista y las costumbres anteriores no muy evangélicas. Ahora hacían vida en comunidad y como Dios manda.
Mª Elena era una precisa máquina de explicaciones, al término de las cuales nos precedía contorneándose en plan pavo real, sin apreciar que JC la imitaba detrás suyo con bastante acierto. Nos hizo propaganda sobre las elecciones, aunque luego desmayada y lánguidamente confesaba: "Mañana hay que ir a votar, ¡qué flojera!" Menospreciaba la Alhambra de Granada como si de obra menor se tratara. Se sentía como muy culta y superior ante nosotros, y sus insinuaciones contorneantes no pasaban de ser condescendencias imposibles hacia nosotros, pobres enanitos. JC acabó por confirmarle sus temores acerca de nuestra ignorancia cretina cuando en un rasgo de valor y erudición le insinuó la importancia de un olor especial que se percibía en el ambiente. MªElena le contestó casi despreciativamente que aquello procedía simplemente de la cocina del restaurante que se encontraba allí mismo al lado. JC a partir de ese instante no se atrevió a insinuarle nada más y ella pareció agradecérselo. Le hicimos una foto en un descuido pero con interesante fondo rojo en contraluz y ella coquetamente pareció sentirse complacida al menos por una vez en toda la gira.
VA DE IGLESIAS
Por la tarde, y ya con Maximina, nos dedicamos en principio a visitar iglesias. Nos costó Dios y ayuda llegar a la de S. Francisco pese a que disponíamos de un pequeño plano de la ciudad, ya que al preguntar a la gente cada uno nos daba una orientación diferente y además el plano estaba equivocado. Allí oímos una especie de misa de sábado para el domingo, con un fraile (¿español?) inexpresivo y más con asma que con alma en su decadente dejadez y gordura; en cambio a su lado un monaguillo con voz monstruosa de niño repelente o predicador pomposo daba la nota fantasmal al triste espectáculo. Para colmo no había retablo en que descansar la vista cuando inundaba el tedio, y un otro fraile aporreaba el armonium con cantos religiosos del año la pera. El público asistente, que no a otra cosa parecíamos reducidos, era lo más digno del asunto, mas sólo pudimos dar rienda suelta a nuestras contenidas emociones cuando nos saludamos efusivamente en la paz. El cura ni siquiera se dignó pronunciarnos un sermón y casi temimos que nos dejara sin comulgar. Una Virgen delgada con ampuloso manto, como todas, parecía triste al contemplar desde lo alto la penosa función. JC al salir comentó que no era de extrañar la ausencia de las gentes de estas tristes misas de puro cumplimiento. Afuera en la plaza de la iglesia numerosas parejas de enamorados suplían la ausencia de cariño que dentro lamentábamos.
Luego fuimos a otra, y seguimos con otro templo más, sumido en la penumbra de bombonas de gas. Aquello parecía la visita a los monumentos en pleno Jueves Santo, dirigidos por Maximina. En el último quedamos sorprendidos cuando una vez finalizada la misa el personal se dispuso en fila de a uno que partiendo de la puerta de salida llegaba hasta el mismo altar, siendo la iglesia bastante grande. Tras preguntar nos enteramos que estaban preparados para dar el pésame a la familia por uno de cuyos difuntos se había ofrecido la celebración.
LA POSADA DEL PUENTE
Merendamos en una cafetería a base de dulces y helados. La verdad es que la repostería peruana, al menos aquélla que fuimos probando, está bastante retrasada con respecto a la europea. Y luego decidimos ir a cenar a un buen restaurante típico ("picantería") celebrando de esta forma el encontrarnos en la tierra natal de Maximina. La camarera, la misma que no nos pudo poner un vaso más por penurias en la heladería, nos recomendó "La Posada del Puente". Paramos a un taxi el cual enseguida se ofreció a llevarnos por un sol y medio (unas 100 pts.) al mencionado restaurante cuya localización en la Avda. del Ejército dijo conocer perfectamente. Lo dijo, pero no era verdad. Nada más comenzar la carrera observamos con un cierto estupor que se metía por una calle de dirección contraria a la que llevábamos. Lo del estupor procede de que estábamos en pleno centro de Arequipa y no es muy normal que un taxista cometa esos errores. Pero tampoco le dimos demasiada importancia. La preocupación empezó a cundirnos más tarde cuando el chófer no parecía aclararse demasiado y daba vueltas y vueltas por la avenida cada vez más nervioso. Decidió preguntar a los viandantes, pero su azoramiento le llevaba a preguntar por la "Porsada" una y otra vez pese a nuestras rectificaciones en cuanto al nombre del restaurante. El reloj seguía avanzando y el conductor, para salir de alguna forma del embrollo, empezó a decirnos que a esas horas seguramente habrían cerrado ya porque era la víspera de las elecciones y que si queríamos nos podría buscar otro restaurante cercano a aquella calle. Accedimos ya que por aquel entonces nos habíamos convencido de que el tío no tenía ni idea y que mejor era un restaurante que ninguno. Pero tampoco lograba dar con lo que él mismo nos proponía. La cena se alejaba por momentos y todos, empezando por él, íbamos sintiéndonos cada vez más incómodos. Yo llegué a la conclusión de que no era él el taxista sino alguno de sus parientes, al cual se había prestado a hacerle el servicio ante la indisposición o imposibilidad del dueño. En definitiva, que estábamos siendo llevados por un pardillo que no tenía ni repajolera idea.
Cuando ya habíamos arrojado la toalla y le pedimos que lo dejara y nos condujera a nuestro hotel, en donde al menos sabíamos que podríamos cenar si llegábamos antes de las nueve de la noche, cosa que en ese momento todavía era factible, no se le ocurrió otra cosa al aturdido conductor que acercarse a una mujer e intentar por última vez que le indicaran la dirección exacta de La Posada o Porsada. En desdichada hora se le vino a ocurrir tal idea. La buena mujer al comprobar que nos acercábamos a su chiringuito ambulante pensó que se aproximaban clientes y que podía sacar tajada de ellos, y sin hacer mucho caso de las preguntas del taxista se dirigió hacia nosotros hecha unas mieles, con su mejor sonrisa y abriendo los brazos para acogernos en buena hora. Pero lo grave fue que no sólo ella fue la que se acercó. A continuación, y salidos de no sabemos dónde, un grupo de unos cinco o seis adolescentes o jóvenes, no sé si socios de la mujer o de chiringuitos de la competencia, se abalanzaron sobre nuestro diminuto volkswagen, lo rodearon, y metieron una legión de brazos por las abiertas ventanillas intentando atraparnos como clientes y a voz en grito. Se armó una algarabía de mil pares de demonios. Desde los asientos traseros del vehículo observábamos casi con terror los gesticulantes brazos como si un enorme pulpo de mil tentáculos tratara de engullirnos. Y gritaban y gritaban, frases a veces tan chocantes como aquélla de "señor, que yo le conozco, que usted viene siempre por aquí..." dirigidas a mí con deseos de poseerme como cliente.
No sé cuánto tiempo duró aquella orgía de brazos y de gritos. JC, tan aterrorizado y a la vez entre risas como el resto en virtud de lo absurdo de aquella situación, intentaba hacer llegar al taxista la orden de que arreara, que saliera a toda pastilla de aquel embrollo. Por fin el chófer logró zafarse del enredo y arrancó rápido impidiendo que nos siguieran. Y cuando pudimos reponernos le dijimos que sin más demora, ni por supuesto más paradas para preguntar a nadie, nos condujera hasta "La Casa de mi Abuela". Aquí empezó la segunda parte, ya que el novato tampoco tenía muy claras las ideas acerca de la exacta ubicación de nuestra residencia. Nos llevó por calles totalmente oscuras, propicias para cualquier tipo de asalto a nuestro coche. Si el individuo hubiera sido un salteador no lo hubiera podido tener más fácil. Afortunadamente nada de esto ocurrió y volvimos a la luz de la Arequipa nocturna. Pero cuando ya nos íbamos acercando a nuestra calle de Jerusalén (que así se llamaba) se le presentó al conductor un problema añadido: la tal calle era de dirección única y no se entraba precisamente por la parte por la que nosotros nos encaminábamos. Se puso por la paralela, pero nunca encontraba el momento de entrar en la nuestra; más tarde la cruzó, pero algunas cuadras por debajo de nuestro hotel; y en ese momento no pudimos más y le dijimos que parara, que ya haríamos a pie el resto del recorrido. Habría pasado en conjunto algo más de una hora, según calculo. Y aunque nos cobró el doble de lo convenido (3 soles), los pagamos sin apenas protestar ya que nos había hecho un recorrido turístico casi por toda la ciudad y además pagando lográbamos dar por finalizada la pesadilla. Una vez fuera del vehículo no pudimos ya contener los nervios por más tiempo y estallamos los tres en una gran carcajada que se prolongó durante varios minutos mientras nos dirigíamos a nuestro hotel.
No acabarían por esa noche nuestros problemas. Habían pasado ya bastantes minutos de las nueve de la noche y la cocinera había abandonado ya nuestro hotel. Así que tuvimos que salir de nuevo a la calle, jurándonos, eso sí, que no tomaríamos aquella noche ningún taxi más, y caminando caminando por calles sin apenas gente llegamos al primer restaurante que encontramos y que resultó ser uno argentino. Era enorme y en un primer piso, pero había más camareros que clientes. Nos atendieron, por tanto, muy bien, pero ya el hambre había desaparecido bastante de nuestros cuerpos gracias a la merienda y a la aventura con el taxi. Pedimos una ensalada de la casa y nos trajeron una enorme en cada plato en la que se mezclaban las lechugas con las frutas. No pudimos terminarla y quisimos ponerle un broche suave solicitando al camarero que nos trajera un yogurt. Mas fue en vano, pese a que visitó otros establecimientos por ver si encontraba alguno. Curiosamente en el terrible tren de Machu-Pichu los había en cantidad.