OTRA VEZ EN LIMA Y CON ELECCIONES GENERALES
Al día siguiente volamos de regreso a Lima. En el aeropuerto de Arequipa saqué una foto de una imagen del Corazón de Jesús y de otra de la Virgen, ambas de gran tamaño, que se encontraban junto a la puerta de embarque. La religiosidad popular se manifestaba hasta en esos detalles. En la España actual eso ya es impensable. No desayunamos en el hotel en que habíamos dejado 61 soles, debido a lo temprano de la hora y a que supusimos que lo haríamos en el avión. Pero éste inesperadamente le dió por regresar a Cuzco a recoger pasajeros que habían quedado en tierra por culpa de que su avión no había podido despegar por no estar revisado y en buenas condiciones. El desayuno, por consiguiente, tuvimos que retrasarlo hasta las once de la mañana, una vez ya en vuelo de Cuzco a Lima, pero una de las azafatas se compadeció de nosotros nada más despegar de Arequipa y nos regaló un cruasán para los tres, el cual apenas salió de su mano ya cayó en nuestros estómagos.
Al salir del aeropuerto de Lima una legión de taxistas intentó prestarnos el servicio. Nos lo ofrecían a 20 soles (mil cuatrocientas pesetas) y nos pareció excesivo. Yo, como extranjero, permanecí callado pero digno para no alimentarles falsas esperanzas. Lo dejamos en manos de Maximina que, como dueña de una tienda podía tener más experiencia y conseguir una sustanciosa rebaja. Y lo logró, sin apenas decir nada, sin gesticular lo más mínimo. Por 10 soles, pero con la condición puesta por el taxista de compartir el taxi con otro pasajero que pagara el resto. Esperamos dentro del taxi y por fin apareció el chófer con el nuevo inquilino también procedente del avión. Primero lo dejamos al otro en su casa y después nos dirigimos hacia Lurigancho. Lima nos pareció una vez más terrible, con un increíble caos circulatorio y toda la población en la calle acudiendo a las urnas (a las "ánforas" como dicen en Perú). Sobre los tejados de los puestos electorales se veían militares con ametralladora en mano y dispuestos a repeler agresiones terroristas. Un enorme cartel en una de las calles que atravesamos situada junto a algún acuartelamiento decía esta terrorífica frase: "Estamos en guerra. Tenemos orden de disparar". El taxista paró en un "grifo" (gasolinera) y repostó el vehículo. La carretera estaba imposible de coches, ruidos y polvo. Recordamos la placidez de Machu-Pichu, la tranquilidad de Arequipa, la suavidad de Cuzco. Maximina tenía prisa por llegar y acudir a votar. Y tras más de una hora de recorrido logramos llegar a nuestra casa en donde Jacque y Quique nos estaban esperando.
Aquella tarde descansamos y dormimos una reconfortante siesta, lejos del fragor de la inmensa capital peruana. La televisión no cesó en todo el día de dar cumplida información del desarrollo de los comicios. El programa me pareció, los ratos en que pude verlo, muy semejante a los que dan en España con los mismos motivos. La libertad de expresión era total. Al principio los resultados no parecían ser muy optimistas para Fujimori, cuyos candidatos habían obtenido en torno al 38% de los votos. Pero la abstención y el voto "viciado" de algunos partidarios de la oposición consiguieron a su pesar que con tal porcentaje lograra la mayoría de escaños en el nuevo Congreso, sobre todo teniendo en cuenta que el partido siguiente no llegaba al 10% de los votos. En casa, a pesar de que el sugrafio es secreto, estaba claro que no habían mantenido una postura unánime a la hora de votar. Para cambiar de tema me dediqué a enseñarles a jugar al "continental" con la baraja que unos días antes habíamos adquirido con ese fin. No se había jugado nunca a los naipes en aquella casa ya que Maximina había impedido que se adquirieran costumbres que luego pudieran derivar en vicios perniciosos. Y fue un juego ingenuo, con el nerviosismo que se pone en lo primerizo, casi en lo prohibido. No pudimos terminar la partida y quedó pendiente para continuarla en otra ocasión, la cual nunca llegó.
DE BRUCES CON LA CORRUPCION
He olvidado decir que en Arequipa descubrimos con horror algo que podía ponernos en un serio aprieto. JC había dejado a su madre su propio pasaporte alegando que él perdía las cosas con cierta facilidad. Maximina lo puso en su bolso pero quiso la mala fortuna que junto al mismo hubiera un frasquito de alcohol que ella llevaba para curarse una pequeña herida de uno de sus dedos. Y ese frasquito desparramó su alcohol provocando que el nombre de JC en su pasaporte, y sólo (¡qué casualidad!) su nombre, quedara borrado completamente. Mi amigo se puso lívido al descubrir el terrible accidente. Debió pasar por su imaginación todo lo imaginable, hasta la imposibilidad de su vuelta a España. ¿Habría sido inútil su estancia de año y medio en la madre patria? JC estaba desolado y abatido como nunca le había visto. Yo intentaba quitarle hierro al asunto, pero por mis adentros no las tenía todas conmigo y llegué incluso a pensar en recurrir al Embajador español en Perú para pedirle que intercediera.
No nos quedó más remedio que acudir el lunes al edificio de la policía en que se tramitaban todos estos documentos. Los periódicos en el exterior proclamaban la victoria de Fujimori. Nos introdujimos conscientes de afrontar una empresa nada fácil y topamos con un personaje delgado de carácter oscuro que nos preguntó cuál era la causa de nuestra presencia allí. Expuesto nuestro caso nos hizo permanecer de pie en uno de los rincones mientras él desaparecía hacia el interior para comenzar sus gestiones. No tardó mucho rato en reaparecer con su constante cara de circunstancias para indicarnos que el asunto no era fácil, que si queríamos podíamos intentar acudir al director general pero que los trámites podrían resultar complicados. Claro que parecía que había alguna esperanza (y lo decía en voz bastante baja como el resto de su plática) si estábamos dispuestos a pagar 80 dólares a los policías del interior. Yo hice un aparte con JC para conocer su intención y hasta para proponerle incluso que acudiéramos al Embajador español para que nos echara una mano. Pero JC no lo consideró oportuno y optó por pagar, pues ya sabía previamente que la torta le iba a costar un pan y que poderoso caballero es don dinero, como había ya comprobado en otras ocasiones antes de viajar a España como emigrante.
El intermediario, al conocer la positiva disposición de JC, le hizo rellenar unos impresos y nos condujo al edificio de enfrente en donde podían hacer a mi amigo las fotografías de tamaño carnet que necesitaba para el pasaporte. Iba delante nuestro, con un andar sibilino, casi sin pisar el suelo, oscuro, casi repugnante, pero dominando un terreno ya otras veces transitado. Nosotros le seguíamos conscientes del atraco pero sin poder impedirlo. Le hicieron las fotos, a un JC cuyo rostro imitaba en oscuridad y seriedad al del intermedia-rio. Este nos hizo esperar en un nuevo rincón, esta vez de la agencia fotográfica. Volvió al cabo de unos quince minutos para traernos la noticia de que había posibilidades pero que el jefe no había llegado todavía a la oficina. De nuevo otra espera y finalmente nos condujo de nuevo hacia el edificio policial, pero esta vez nos llevó a una entrada por la que circulaban los coches y en cuyo pórtico nada menos que tres grandes carteles colocados en el muro nos prevenían de lo siguiente: "Tenga cuidado con personas sin escrúpulos que intentarán aprovecharse de usted..." El intermediario naturalmente ni siquiera los miró y permaneció conmigo debajo de los mismos mientras JC era conducido por un policía para rellenar nuevos impresos y dejar las huellas digitales. Yo opté por revelar al corrupto mi condición sacerdotal y el muy ladino me confesó que formaba parte de un grupo de oración en una parroquia de la ciudad. Mi cara de alucine no debió pasarle desapercibida pero su expresión de póker no se modificó ni siquiera cuando puso verde a Fujimori por la corrupción consentida y a los policías por la corrupción realizada. Dentro JC tenía que aguantar improperios semejantes dichos por el policía que luego le cobraría la comisión.
Pasada una larga espera al otro lado de la calle, volvió nuevamente el volátil intermediario con el pasaporte ya en regla. Metió a JC en cabina apartada dentro de los locales del fotógrafo y allí le cobró la "coima" (comisión) para la policía, además de los 16 soles, importe normal del pasaporte, que ya le habían sacado previamente. El oscuro, por su parte, pidió otros 10 dólares como propina por sus servicios, pero sólo se le dieron 10 soles que agarró rápidamente sin más discusión, desapareciendo a continuación en busca de otras víctimas. Horas más tarde, cuando comiendo en casa de los Chunga comentamos el caso, el cuñado de Angel, también él policía, nos dijo que en su departamento nos lo podían haber hecho por tan "sólo" 50 dólares extra.
LOS ULTIMOS DIAS. PACHACAMAC
Disfrutábamos de la última semana de nuestra estancia peruana y tras consultar con Pilar acerca de otros posibles viajes turísticos por el interior del país y constatar las dificultades de comunicación con el norte (Trujillo, Cajamarca, Huaraz) y el poco tiempo a nuestra disposición, optamos por continuar en Lima conociendo nuevos lugares tanto en su interior como en las afueras. Quedamos citados con unas amigas para acudir a un "salsódromo" el jueves, con la pretensión de poder observar en vivo, además de salsas, también alguna demostración de la tan proclamada por JC "marinera de Lima". También nos organizamos para reunirnos con los de Pastoral Juvenil y visitar Villa El Salvador y tal vez el "Bartolo", además de unas librerías especializadas que nos habían recomendado y en donde adquirir bibliografía sobre la situación e historia del Perú. Mientras tanto recorrimos el Museo de la Nación ("el orgullo de ser peruano" era su lema) y el del Oro. En ambos apreciamos unos contenidos muy interesantes pero una desastrosa presentación. Sus objetos expuestos estaban normalmente amontonados (sobre todo en el segundo) y con una iluminación que daba pena. En el Museo del Oro, con numerosas piezas de las culturas Mochica, Chimú y Nazca, nos sorprendió que se entrase por toda una planta en la que no era oro lo que relucía sino una gran cantidad de armas de diferentes épocas, entre las que encontramos pistolas regalo de Franco a unos nazis.
El martes lo dedicamos a Pachacamac. Cogimos un taxi en Lurigancho que nos dejó junto al Congreso de los Diputados, cuya plaza y escalinata estaban tomadas por miembros del Ejército con sus armas en la mano. Allí se encontraba igualmente el Museo en donde se muestran los horrores llevados a cabo por la Inquisición española, museo que por segunda vez nos resultó esquivo al no abrirnos sus puertas por estar momentáneamente cerrado al público no recuerdo por qué razones. JC me hizo entrar en la iglesia de las Nazarenas en donde se venera al Señor de los Milagros, situada frente al Congreso, en donde piadosos limeños rezaban ante un oscuro cuadro de Cristo situado en medio del retablo pidiéndole ayudas sin duda justificadas dado el estado actual de las cosas por estas tierras. Nosotros nos unimos a sus rezos e intenciones.
Caminamos a continuación por las aceras de Abancay en medio de una muchedumbre de vendedores cutres que exhibían de todo entre ruidos y atascos de innumerables vehículos. Encontramos incluso mesas con máquinas de escribir utilizadas, al igual que junto al edificio de la municipalidad de Lurigancho, por personas que a cambio de una cantidad de dinero se prestaban a rellenar tus impresos. Envolvía todo ello ese olor a aceite de maíz frito tan típico de las ciudades del Perú. Y agarrábamos con fuerza la mochileta en la que portábamos nuestros enseres así como la prestada máquina de fotos que en algún momento utilizamos para plasmar el ambiente. Abancay, la terrible Abancay actual, parece estar infestada de rateros que aprovechan cualquier descuido, según nos habían informado y prevenido, pero no vimos ni experimentamos nada de eso.
En el Grao tomamos un autobús que cubría el trayecto que pasaba junto a Pachacamac, tras intentar sin éxito que algún taxi nos llevara hasta allí: ninguno conocía la ubicación de estas insignes ruinas situadas junto al Pacífico. El viaje en autobús, en cuyo interior tuve que permanecer de medio lado por no caber mis piernas entre asiento y asiento, resultó alucinante una vez más, amén de larguísimo, sobre todo hasta que salimos de la ciudad: se subía por las aceras, remontaba terraplenes, atajaba por callejas increíbles. Finalmente nos dejó en nuestro destino, aparentemente casi en medio de un desierto. Era Pachacamac.
Esta vez fue Rosana, mozuela de la edad de JC, la guía que se ofreció a acompañarnos por este Oráculo Pre-Inca construido en adobe y donde se rendía culto al dios del mismo nombre. Había estado en Japón por trabajos relacionados con el turismo y vivía en el pueblo de al lado de las ruinas. La invitamos a un refresco que nosotros consumimos rápidamente mientras ella conservó dosificándoselo a lo largo de todo el recorrido a pie bajo un potente sol apenas aliviado por la brisa del Océano. Acordamos pagarle 10 soles, rebajando en dos los que nos pidió al principio. Pero Rosana los valía y mucho más, convirtiéndose desde el principio en la mejor guía de todo nuestro viaje. Con ella y atentos a sus explicaciones visitamos el convento de las vírgenes reservadas a los tiranos de turno, los templos con sus rampas en lugar de escaleras y, con la inmensidad del Pacífico ante nuestros ojos, escuchamos su relato de la leyenda de Kaviyaka y Kuniraya. Dos islas rocosas situadas enfrente mismo eran la prueba convertida en piedra de lo que Rosana nos relataba cumpliendo su papel a la perfección: en eso se habían convertido la princesa Kaviyaka y su hijo pequeño, fruto éste de una simiente de lúcumo suministrada por el príncipe-mendigo Kuniraya. Y es que está visto que en Perú hay frutas que pueden dejarte embarazado.
Degustamos un inmenso ceviche de lenguado al aire libre de un restaurante con camarero algo despistado y canciones del pasado. Luego sucumbimos a la tentación de extender nuestros cuerpos sobre el tupido césped que acariciaba nuestros pies. Fue una profunda y agradable siesta ecológica a pocos kilómetros del mar pacífico en un restaurante como este "Napoleón" con nombre de guerra. Y de allí nos sumergimos en la Playa del Silencio, disfrutando de arenas húmedas por las brillantes olas del atardecer, esquivando sedales de los pescadores y observando los saltos de algunos jóvenes que gozaban de una tarde de surf sobre sus tablas. Las viviendas cercanas extendían sus patios hacia el mar, amenazando con dominar y ocupar la playa. Nos fuimos a las rocas para disfrutar del mar rompiéndose entre ellas y asustando a montones de enormes arañas, mientras multitud de peces brincaban sobre el agua inconscientes del peligro que para ellos representaban las numerosas gaviotas que acechaban desde pocos metros de altura. Aprovechamos el sol en nuestros rostros y adquirimos un moreno espectacular y envidiado más tarde al llegar al neblinoso otoño de Zaragoza. Fue una tarde de paz, de acuerdo con el mar, pero preludio, ¡ay dolor!, de la guerra que pronto se iba a desencadenar.
La vuelta a la ciudad tuvo visos de eternidad. Vimos, desde la ventanilla del autobús, la única pintada de propaganda en favor de Sendero que tuvimos ocasión de descubrir. Las sombras de la noche fueron apagando poco a poco el recorrido hasta que de nuevo nos vimos enfrascados en la vorágine del tráfico limeño. Añoramos el océano tan cercano y lejano al mismo tiempo, mientras intentábamos inútilmente durante varios minutos atrapar algún taxi que supiera guiarnos a la casa de Choly, el hermano de Ángel, en donde habíamos sido invitados a cenar anticuchos. El taxista que finalmente conseguimos logró con alardes de habilidad portentosa sortear los mil obstáculos, piedras y barreras de las congestionadas calles y carreteras: de repente un golpe en los bajos, después adelantando por sobre la acera, ocupando huecos inverosímiles. Cuando llegó al barrio en cuestión tuvo la santa paciencia de indagar, preguntando por doquier, la exacta dirección que pretendíamos. Nos bajamos del coche agradeciéndole sus esfuerzos y enseguida encontramos la casa guiados por los gritos que de ella procedían. Era una fiesta como las que se suelen hacer por las casas, nos decían, con un aparato de música a toda potencia, hermanos, primos y sobrinos en cantidad, incluída la madre de Ángel venida de Trujillo para la ocasión. Tras refugiarnos en el cuarto de aseo para reciclarnos desde la vivencia hermosa y pacífica del Océano, nos zambullimos en aquella orgía colectiva de gritos y de salsa magnética. Chupábamos en común de cervezas esparcidas por el cuarto, bailamos al rebullo sudor contra sudor, contuvimos al cuñado cuantas veces (y era siempre) intentaba llevarnos a su huerto de cachondeo, charlamos con la madre (en la medida en que el ruido lo permitía) de sus españoles hijos tan añorados en la distancia y comimos la carne con arroz y fuerte picante que desde la cocina en ágiles platos se nos echaba encima. Menos mal que el cuñado nos devoró el picante agarrándolo sin más de nuestros platos. Los vecinos, en tanto, no nos mostraron sus encallecidas orejas y la fiesta pudo continuar como otras veces. Y los anunciados anticuchos tampoco hicieron acto de presencia.
Cuando llevados por emociones contrapuestas vividas a lo largo de la jornada llegamos por fin al hogar materno, un aviso urgente traído aquella misma tarde iba a cambiar completamente el horizonte de nuestra estancia. Nuestro avión adelantaba su regreso dos días y debíamos partir mañana mismo. Demasiado pa'l cuerpo tras la fiesta. Cosquillas en los pies. Temblor ante la marcha. Frustración de todo lo que aún nos restaba por hacer. Tristeza en los ojos preludio de la cruel despedida que quisiéramos evitar al día siguiente.
Y llegó el miércoles terrible.
AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS
Los Alfaro amanecieron todos ellos con su traje de fiesta. Hasta Maximina lució por primera vez en nuestra estancia con falda de mujer. Habíamos quedado en acudir a ver el vídeo que hace más de un año les remitimos desde Zaragoza para que pudieran constatar cuál era la situación en las Españas del pequeño de la familia. Los problemas técnicos derivados del diferente sistema utilizado en Europa y América nos llevaron a indagar desde el Centro Español de Lima el lugar en que podríamos verlo en esta capital. Allí dos secretarias de las de nueva hornada, muy habladoras y movidas pero no demasiado eficaces, nos tuvieron buscando direcciones de colegios religiosos en donde una abundante representación hispana pudiera presagiar que tenían un video que pudiera servirnos. Por fin en el Colegio S.Agustín, un tal padre Pablo (gran estrella de la TV como luego supimos) nos dio toda clase de facilidades para que acudiéramos a su centro. Y allí quedamos citados con toda la familia. No sabíamos, Dios sea testigo, lo que nos esperaba.
La puerta del Colegio estaba fuertemente vigilada y una verja potente impedía de momento nuestro acceso. Entregamos a un conserje tenebroso (¿recordáis el intermediario policial?) nuestros documentos y pasaportes, y hubimos de esperar pacientemente a un sinfín de llamadas que desde su cabina de control dirigía a miembros del interior del edificio. La espera resultaba bastante absurda y nadie nos daba ninguna explicación. Cuando ésta llegó fue desazonadora. Se nos impedía el acceso debido a que las salas de proyección de videos estaban ocupadas por los alumnos que sufrían en aquellas horas los exámenes de rigor. ¿Pero y las facilidades del P. Pablo? No valían nada para aquel oscuro funcionario.
Quique y su novia decidieron dejarnos pues el tiempo corría y se requería su presencia en su Escuela. Decidimos entonces buscar un teléfono para intentar conectar con el televisivo. Tras una larga vuelta a la manzana y abrir la mochila a las miradas inquisitivas de un nuevo control pudimos llegar hasta una cabina ubicada a la entrada de un centro comercial. El P. Pablo no parecía ver problema alguno para nuestra entrada y nos aconsejaba volver al colegio en donde esta vez nos dejarían entrar. Así lo hicimos pero sólo se nos permitió la entrada a dos personas, mientras que las restantes quedaban de rehenes en la acera exterior. En nuestra carrera de obstáculos pudimos sortear a otro funcionario que nos ponía pegas en todas direcciones alegando que no había espacio para todos pues el video se encontraba en una sala donde trabajaban otros técnicos, y logramos llegar al despacho de Pablito quien circunstancialmente estaba acompañado por un bisoño periodista que pretendía entrevistarle. Y el mencionado Pablo fue incapaz, pese a sus tablas y movimientos de ejecutivo, de solucionarnos el problema, aunque pudo haberlo hecho si se hubiera esmerado un poco más. Pero, eso sí, al saber nuestra partida de aquella misma noche manejó con gran soltura el teléfono inalámbrico llamando a diestro y siniestro, recomendando a la telefonista del colegio que diera a sus llamadas el calificativo de urgentes. Sobre su mesa sonreía un Julio Iglesias desde una foto suya dedicada al fraile que teníamos delante esbozando sus mejores y dinámicas sonrisas. Pablo había residido en Zaragoza hacía algún tiempo, pero ni siquiera se le ocurrió aprovechar nuestra ocasión para remitirnos al Ebro con alguna salutación para sus colegas del otro lado del mar. Pese a las urgencias que expresaba la estrella a la secretaria, la estancia en aquel despacho resultó interminable mientras el desespero podía cundir en los pacientes miembros de nuestra familia apostados en el exterior. Todo fue en vano y el video hubo de esperar para mejor ocasión. Salió el televisivo hasta la puerta en donde se lo presentamos a Víctor para quedar con él algunas semanas más tarde, y allí nos despedimos hasta nunca, al menos por mi parte. Y entonces comenzó la gran carrera que aquella mañana nos tenía preparada el destino.
Resultó que JC, por ser peruano y deber permanecer tres días en tierras paraguayas por culpa del adelanto del viaje a esta capital, necesitaba visado paraguayo para permanecer en ella. ¡Y no llevábamos con nosotros nuestros pasaportes! Maximina y Jani tuvieron que partir a toda prisa en taxi hacia su casa para recoger todos los papeles y traerlos a la agencia de viajes a la que con JC nos íbamos a dirigir para solucionar nuestra partida. Con el resto nos despedimos quedando citados en conjunto para ir a comer. Invitábamos los españoles y aquello era sagrado. En la agencia de viajes continuó nuestro vértigo. La secretaria nos comunicó que debíamos acudir sin demora a la Embajada del Paraguay para que le pusieran el visado a JC (yo, como español, no lo necesitaba). A las doce y media de la mañana se cerraban las oficinas. Tras angustiosa negociación telefónica con la funcionaria de turno logró nuestra chica que nos esperaran hasta la una y cuarto, aunque ¡ni un minuto más!, como tronó una voz desde el otro lado del hilo. Eran casi las doce y cuarto y desconocíamos cuándo aparecerían los viajeros del taxi. Entre tanto nos fuimos al Colegio Champagnat de los Maristas situado al otro lado de la calle y logramos despedirnos de César Augusto (¡casualidad de nombre!), que así se llama el delegado peruano de Pastoral Juvenil y que allí daba clases por las mañanas. No pudo ser el mantener con él la larga conversación que teníamos prevista en un principio. Una foto en el jardín del Colegio dejó constancia de nuestro empeño y de su buena acogida. Y nos fuimos a endulzar a la pastelería situada frente a la agencia de viajes, en donde nos pegaron una clavada por un deleznable pastel de manzana.
El reloj avanzaba implacable convirtiendo la espera en una inquietante película de suspense. Dieron las doce y media y se esfumaron; la una menos cuarto y no hubo nada; a la una nuestro ánimo rodó alicaído; la una y cinco contempló el rostro oscurecido de JC sumido en la más negra desesperación y a mí dando vueltas como un loco enjaulado en dos metros de acera. Todo estaba perdido y el futuro muy negro. Así debió sentirse Phileas Fogg cuando pensó llegar tarde tras 80 días de vuelta por el mundo. Y cuando ya el infarto estaba apareciendo, surgió renqueante el taxi que esperábamos. Sin darles tiempo a reaccionar nos metimos en el diminuto volkswagen como rayos gritando al conductor que volara hacia nuestro destino. Y voló, como hay Dios. Hizo causa común desde el comienzo y empezó una loca carrera contra el reloj mientras yo iba desgranando los minutos: "faltan cuatro...; ahora tres...; sólo quedan dos...", balbucía yo pendiente de las agujas. Y él dibujaba eses audazmente entre los coches, derrapando veloz como en las mejores películas de persecución callejera. Un atasco se opuso cuando ya casi el tiempo agonizaba y el avezado chófer nos propuso un "vueltón" por otras cuadras que podía tener más garantías. En ello concordamos y hubo suerte pese a que la una y cuarto quedó algo atrás en el tiempo. Cuando por fin llegamos, a punto de estallar con un JC lívido y sin fuerzas, el portero de la Embajada, joven y agitando sus brazos, nos esperaba inquieto delante del edificio. Pensamos renacer: lo habíamos conseguido. Luego vino el apéndice: permaneciendo fuera junto a la calle nos iba transmitiendo, entrando y saliendo de una puerta barrera, las órdenes que recibía de una persona oculta situada en el interior. Le hizo rellenar a JC un interminable cuestionario de unas 50 ó más preguntas, y era tal el estado de mi amigo que acabó por firmar, una vez rellenado, en el espacio dedicado al Embajador. La mano negra tras el portón ordenó la repetición de aquel maldito test. Pero nuestro fue el triunfo ya que logramos el sello salvador en pleno pasaporte.
LA ULTIMA COMIDA Y LOS REGALOS
Fue en "El rinconcito arequipeño" donde nos concentramos la familia en plan comida de despedida. El origen de Maximina fue determinante para elegir el sitio. Era un lugar popular, en donde dos cantaores con guitarra y "cajón" de madera acompañaban en plan folclórico los alimentos. Nos sacaron "ocopa" en primer plato (algo así como patatas con una rica salsa) y degustamos casi todos la "malaya" (una carne algo fuerte para los dientes pero de buen sabor y alimento). Tan agradable resultó la fiesta que ni siquiera nos importunaron los "gallos" que en su canto se escaparon más de una vez a los del espectáculo. Varias veces intenté desde allí conectar con Pilar y con Irene para quedar en vernos y devolverles la máquina de fotos pero me fue imposible tras mis muchos intentos al teléfono. Luego le encargaría a Jacque la entrega de la máquina a su dueña.
El avión despegaba hacia las once y tras esta comida todavía nos quedaba la difícil tarea de comprar los regalos. Víctor nos llevó a una Feria de Artesanía no muy distante en donde adquirimos contra reloj algunas chucherías regateando todo lo posible. De allí nos dirigimos a la "Marina" para meternos en cuantas grandes tiendas estaban esperándonos desde siglos. Fue una loca carrera junto a un JC en plena borrachera de ansias compradoras (loros, bolsas, figuritas, y hasta probar chalecos y comprar el tapiz encargado por Ángel desde España). No supimos muy bien si hacíamos corto o podríamos montar un puesto de venta en Zaragoza en plena Independencia. Lo hicimos sin poder saborearlo. Lo hicimos agarrándonos a restos de un Perú que se nos estaba escapando por momentos. Y aun hoy nos lamentamos de no haber adquirido más recuerdos no sólo en la Marina sino también en Cuzco en donde habíamos admirado la belleza de sus figuras de artesanía.