DE REGRESO


Cenamos en casa con las maletas ya preparadas. Quique me inmovilizó haciéndome una caricatura que repitió abundantemente sin conseguir el resultado apetecido. El padre de JC vino a despedirse así como su tío. Sus hermanas se divertían rechirando la bolsa en que guardábamos lo que nos llevábamos para España. Su madre se mantenía firme pese al dolor que de seguro le producía la inmediata separación del pequeñín Carlitos (que así le llamaba). Todos esperábamos en vilo la llegada de la misma furgoneta que catorce días antes nos había recogido del aeropuerto. Tardó pero llegó y en ella nos montamos apurando en el trayecto la foto que quedaba en el carrete. Sentados en el suelo del vehículo con Jani a nuestro lado y los otros enfrente o a la espalda, Lima se nos marchaba a borbotones guardando en cada esquina y en ventanas los sueños de un futuro algo mejor que aquel presente gris oscuro que pasados y actuales dirigentes le habían impuesto. La Lima de entre el puente y la alameda, la Lima de crueles asentamientos a pocos metros de distancia de nuestra casa, la Lima terrible de Abancay, Lima seca de un Rímac cargado de desiertos bajo un sol antes dios y ahora creador de restricciones de agua y luz. Cruel Lima masoquista pero llena de fuerza en la rabia contenida de sus gentes que luchan contra no se sabe bien qué espantosos dragones de la muerte en senderos o en milicias convertidos.

Al aeropuerto no podían entrar los acompañantes, pero, una vez más, con propinas todo se arregla y dentro nos juntamos. Acudieron la madre y hermanos de Ángel para confiarnos una bolsa con regalos para Sonia y su hermanito, consorte y la dormilona Shenia. Volvimos a pagar los impuestos y esta vez fue JC el peor parado ya que frente a los 17 dólares que a mí me cobraron él tuvo que desembolsar nada menos que 47 que le salieron del alma juntamente con las pestes que echó fuera. Es tal el dominio del dólar en estas tierras que no sólo me cobraron en esa moneda sino que incluso las vueltas me las dieron en centavos yankis. Vivir para ver, imperialismo sin complejos ni ocultamientos.

JC se envolvió en un manto de tristeza reflejado en su rostro cuando los abrazos le unieron y separaron simultáneamente de su familia. Allí quedaban ellos retenidos, casi confinados, a luchar con las sombras de la noche continua que se ha echado sobre el imperio inca. Nosotros volábamos hacia un mundo distinto, viejo pero con dinero que todo lo renueva. Allí quedaban ellos en el nuevo, con viejas ilusiones que siguen esperando nuevos tiempos todavía no atisbados. El avión paraguayo se alejaba del mar y de los Andes; repetía escala en Sta. Cruz y enfocaba Asunción; pero en Lima quedaban trozos nuestros, familia y la vivencia de unos días plagados de recuerdos.


ASUNCIÓN OTRA VEZ


Al llegar a Asunción nos cachearon a fondo buscándonos la droga que jamás negociamos. Ante tamaño sobo JC protestó en mala hora. El joven funcionario se las hizo pagar obligándole a esperar a un lado el final de la larga cola de viajeros cuyos bolsos y maletas eran olfateados sin desmayo por el adiestrado perro policial. Yo, que ya había superado todos los trámites, contemplaba a distancia el rostro cabreado del peruano, más oscuro que nunca y no a causa del moreno oceánico. A mis gestos de interrogación apenas respondía tras su mirada en rabia. Después le conminaron a abrir todos sus bultos y varios policías le olieron hasta la colonia que llevaba buscando materiales ilegales. Salió absuelto debido a las inexistentes pruebas pero musitando expresiones irreproducibles por lo bajo. Más tarde conocimos que a las dos horas de tan riguroso examen fue detenido un pasajero que portaba drogas y multitud de dólares ajustados al cuerpo.

El adelanto en el viaje obligó a LAP a ingresarnos en un hotel de la ciudad corriendo con todos nuestros gastos de estancia y alimentación. Así llegamos al Manduvirá Hotel situado justo enfrente del Excelsior al que, por error debido a su ubicación junto a la parada de nuestro autobús, creímos ingenuamente que estábamos destinados. El hotel resultó digno, con una ducha que tras las penurias de Lurigancho nos pareció casi voluptuosa de placer. La comida, en cambio, fue una repetición de lo mismo en comida y cena: la dura carne paraguaya. Enseguida conectamos con Juan el marista, nos prestó su máquina de fotos, pues la empresa nos había organizado una excursión a las Cataratas de Iguazú y aquello había que reflejarlo gráficamente, y nos acompañó en una primera vuelta por la ciudad (de las muchas que dos días después daríamos con él) en donde como lugar más curioso nos introdujo en un cementerio en el cual tras el cristal de cada nicho se podía contemplar el ataúd de su difunto morador. El recorrido a pie por las callejas de aquel pueblo-cementerio resultó en cierta medida estremecedor. Aquella noche dimos una vuelta por el centro de la ciudad, nos tomamos un helado italiano que hizo honor a su nombre y charlamos un rato con un menudo limpiabotas de ocho años, vecino de las chabolas de junto a Palacio, que a las once de la noche todavía se las ingeniaba en busca de clientes. Apenas entendíamos su hablar mezcla de castellano y guaraní, pero tuvimos que salir más bien por piernas cuando tras darle quizás demasiadas confianzas acabó por jugar contra nosotros lanzándonos escupitajos. Niño, al fin y al cabo.


LAS CATARATAS DE IGUAZU


Por 50 dólares nos puso LAP un pequeño autobús, aunque con aire condicionado, que nos condujo a Brasil al día siguiente superando los más de 350 Km de distancia que de allí nos separaban. Paraguay es liso casi como la palma de la mano, con un pequeño promontorio de unos 800 metros de altura por el que sube la carretera y que casi nos mostraron con orgullo como monumento turístico nacional (más bien diría yo que como curiosidad geográfica). El guía esta vez se llamaba Carlitos (así le decían) y al final del recorrido nos dió incluso una tarjeta con sus señas profesionales y su dirección. Era "receptivo" (así decía su tarjeta), recién promocionado y, como tal, muy pendiente de nosotros y de su curriculum. Nos sorprendió a todos iniciando el recorrido hablándonos contra la anterior dictadura de Stroessner y contra los intentos de una parte del Partido Colorado (oficialista) de prolongarla promocionando a un tal Argaña que incluso recibía dinero desde Brasil del anterior dirigente del país. Nos indicó el lugar en donde fue asesinado otro terrible dictador: el Somoza nicaragüense (asesinado por la banda de Stroessner, según nos había dicho Juan, ante la amenaza económica que representaba para el status quo de aquel tiempo). Y luego Carlitos fue un buen cumplidor de su papel, aunque le desbordó nuestra vitalidad cuando decidimos en el viaje de vuelta pasarnos todo el tiempo jugando a claves, representando el cuento de Blancanieves, brujuleando como extraterrestres y organizando mil y una lindezas cachondas en aquel refrigerado autobús en donde, no obstante, la otra mitad de sus ocupantes permanecieron en un reparador sueño. Comimos a las 2 de la tarde, tras haber salido a las siete y media de la mañana, en un enorme buffet de condimentación bastante salada, por 8 dólares más un plus por cada bebida. Y llegamos a Iguazú con todo el calor de después de comer.

Nos recibió una gran iguana que se cruzó en el camino del autobús. No fui lo suficientemente rápido como para preparar mi máquina y sacar una fotografía. Sí, en cambio, conseguí tomar a unos pequeños animales de grandes hocicos, como enanos osos hormigueros, que salieron al encuentro en cuanto descendimos del autobús. Y enseguida pudimos gozar de la primera vista de las inmensas cataratas ("mucho mejores que las de Niágara", como nos había adelantado Pilar). Impresionantes saltos de agua algo chocolatada se sucedían ante nuestros ojos soltando tal cantidad de espuma que provocaba el surgimiento de auténticas masas de vapor prestas a elevarse para convertirse en nubes. Allá, al fondo y a considerable distancia de nosotros, divisábamos a algunas personas disfrutando de una especie de playa. Pensé que hasta allí llegaría el sendero permitido a los turistas, pero me equivoqué. Pensé igualmente que podríamos atravesar incluso por detrás de la gran cortina de agua para contemplar e incluso oir un espectáculo apabullante, pero me volví a equivocar. La verdad es que tan sólo pudimos recorrer un trecho no demasiado largo ni complicado hasta que el camino, siempre en plan procesión de turistas, desembocó en una plataforma de dos pisos, cercana a una parte de la catarata y, ¡cómo no!, a las tiendas de souvenirs. Gozamos del espléndido paisaje, pero me supo a poco. Departimos hasta con monjas salesianas, una de ellas navarra, también en plan turistas. El calor y las aguas despertaron con fuerza nuestra sed que intentamos apaciguar con sendos polos brasileños. Y volvimos al bus al escuchar los gritos de un Carlitos nervioso por reunir a las gentes que le habían sido encomendadas.

La vuelta comenzó con malas perspectivas. Una huelga de celo de los guardias aduaneros provocó una interminable caravana paliada tan sólo por la puesta en marcha de nuestro aire acondicionado. La circulación de coches y personas era enorme entre Brasil y Paraguay, cargado todo el mundo con multitud de paquetes. Una vez superado el fuerte escollo, Carlitos nos detuvo en Ciudad del Este y nos acompañó en medio de un gran bazar humano que atestaba las calles a una tienda especial que resultó estar cerrada. Regresamos al autocar y emprendimos la vuelta. Para compensarnos, el incipiente guía volvió a prepararnos con esmero una buena ración de "tereré", tal y como había realizado en el viaje de ida. Ya a punto de llegar a Asunción se dirigió a nosotros para pedir perdón por sus errores y elogiar nuestra calidad como viajeros. Fue todo un detalle que aplaudimos, sobre todo teniendo en cuenta que el chico no había cometido ningún error más allá de su exceso de celo en ocasiones. En el hotel se ahorraron la carne de costumbre, aunque tuvieron el detalle de dejarnos sobre las mesillas de nuestras habitaciones un par de sandwichs a cada uno junto con una bebida refrescante.


CON JUAN, EL MARISTA DE ALFARRÁS


A las nueve de la mañana del día siguiente partimos del hotel con Juan que había venido a buscarnos. Nos llevó, digamos, a las cloacas de la ciudad, allí donde multitud de chabolas habían sido anegadas por el río Paraguay y en donde se hacinaba una población de pies descalzos en las que permanecían sin agua en su interior. Cerdos y basura compartían territorio con los humanos en una visión estremecedora, paliada tan sólo por la gran vegetación tan característica de todo el país. Allí pensaban montar un campo de trabajo con los niños chaboleros los jóvenes participantes en la campaña de Mano Abierta que estaban promoviendo Juan y los suyos. Allí, una casona destartalada entre el fango, daba fe con su rótulo de la presencia social de una Iglesia Católica cercana a los marginados.

En el viaje hacia Limpio, pueblo cercano en donde Juan vivía y desarrollaba su labor, recorrimos Asunción por multitud de calles y adquirimos una visión diferente de aquella triste ciudad que recorrimos nada más llegar de España. Ahora nos pareció una ciudad relajante, a diferencia de la terrible Lima peruana, arcadia feliz en donde refugiarse los jubilados de la tercera edad de todo el mundo. Sus millones de árboles, entre los que destacaba el "chivato" con sus hermosas hojas rojas que al caerse encendían el suelo que las recogía. Su gran vegetación por todas partes y entre ella sus casitas de una o dos plantas, aunque en determinadas zonas se observaran orgullosos rascacielos con los que nunca nos topamos. Su simbiosis con el campo verde al lado, sin rupturas cortantes con lo urbano. Su ausencia de ruidos, su silencio.

El pueblo era sencillo, con sencillas gentes y sencillas casas. Con multitud de vacas (hay 6 millones en todo el país, frente a los tan sólo 4 millones de habitantes), no demasiado bien alimentadas, por los campos y calles como en todo Paraguay. Visitamos las obras de la futura escuela que andaban levantando unos cuantos albañiles tal vez voluntarios en plan fin de semana comunal. Conectamos con críos deseosos de ser fotografiados. En una humilde casa de amplio jardín de polvo salpicado por flores un amigo de Juan nos mostró con orgullo un portal de Belén de gran tamaño que había construído con su esfuerzo. En un cercano Instituto saludé a un marista y tres maestras que con fe y entre risas descansaron sus cabezas bajo mis manos sacerdotales para que yo las bendijera, interrumpiendo de este modo momentáneamente el aburrido trabajo contable en el que se hallaban ocupadas. Luego nos acercamos a dos hornos comunales en donde un puñado de mujeres, acompañadas de niños casi en cueros, confeccionaban rústicos panetones o recogían frutas de los árboles. Después acudimos a comer a casa de Juan en donde compartimos mesa con Nicolás, otro marista oriundo de esas tierras. Y ya al principio de la mañana habíamos tenido otra buena ración de hermanos religiosos cuando visitamos en Asunción su Casa de Formación en donde bajo enormes árboles repletos de mangos todavía inmaduros se preparaba un gran asado en el que ingenuamente pensamos que participaríamos.

Al terminar la colación nos condujo Juan de nuevo a la capital, recorriéndola una vez más en abundancia buscando un lugar adecuado en donde JC quería satisfacer su antojo que no era otro que la adquisición de una hamaca. Logrado su objetivo y, tras visitar el cercano puerto fluvial sobre el gran río, acabamos metidos en un Encuentro de Jóvenes en el interior de un colegio de religiosas. Eran los de Mano Abierta dando comienzo de esta forma a su campaña de captación de jóvenes para los niños de las chabolas. Allí concluimos el sexto y último carrete de fotos, y prácticamente nuestras vivencias americanas.


FINAL DE TRAYECTO


De nuevo sometidos a un cacheo al pasar los controles de la aduana, nos reunimos con los amigos hechos en nuestra estancia en Asunción: Julián el médico navarro que había participado en Piura en campañas contra el cólera y que tenía que prepararse para las oposiciones del MIR; la pareja de sevillanos con pinta de extranjeros y que habían disfrutado de las incomodidades de la selva de Iquitos; las peruano-españolas residentes en Palma que descubrieron mi condición de cura; el señor Campoy, que llevaba 20 años trabajando en Cuzco, habiendo ingresado en Perú como laico voluntario comprometido en misiones; y el resto de peruanas que acabaron confundiendo en Madrid a mi hermana Pilar como a mi esposa. Nos adiestraron para no pagar la tasa de tránsito en el aeropuerto, tras haber ellos mantenido una bronca descomunal con la encargada del cobro. Por los altavoces se llamaba por última vez a una viajera con retraso: "Favor de presentarse en puerta 2 para proceder al embarque". Conseguimos asientos en el avión junto a las puertas de emergencia, con lo que nos regalamos con un plus de espacio para nuestras piernas. Y tras una brevísima escala técnica en Recife que sorprendió al sevillano en plena evacuación cuando nos desalojaron de la sala del aeropuerto para reemprender el vuelo, acabamos en un Madrid con 4 grados de temperatura y niebla, según nos comunicó por los altavoces la azafata de turno.

Estábamos en casa y con dinero, pues nos quedaban dólares ahorrados después de tantos días. Con seis horas de avance sobre Lima, donde quedaron, ¡ay!, tantas vivencias. Estábamos de nuevo en plena madre patria de tanto peruano que intenta un horizonte diferente al que le ofrece la tierra que Pizarro tomó hace cinco siglos menos algo. Lástima que esta España de nuevos ricos, aquejada por crisis de sobreabundancia, más que madre sea madrastra adusta y excluyente. Allá lejos, seguían resonando los gritos del cobrador de cada combi que repite su consabida letanía: "Al fondo hay sitio".

Pepe Nerín Baselga

América, 9 al 29 de noviembre de 1992,

Año del 5º Centenario.