INSTRUCCIÓN SOBRE LA EUCARISTÍA


Acaba de aparecer una Instrucción romana sobre la misa

El 25 de marzo de este año 2004 se publicó en Roma la Instrucción "Redemptionis Sacramentum" preparada por mandato del Papa Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe. La intención era que en esta Instrucción "se trataran algunas cuestiones referentes a la disciplina del sacramento de la Eucaristía" (nº 2) y que sea leída en continuidad con la Carta Encíclica de Juan Pablo II "Ecclesia de Eucharistia". No obstante, sigue diciendo en el mismo número, no se trata tanto de "preparar un compendio de normas sobre la santísima Eucaristía sino más bien retomar, con esta Instrucción, algunos elementos de la normativa litúrgica anteriormente enunciada y establecida, que continúan siendo válidos, para reforzar el sentido profundo de las normas litúrgicas e indicar otras que aclaren y completen las precedentes".


Denuncia de abusos

Aunque en el nº 4 la Instrucción afirma que "No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el santo Sacrificio del altar", lo cierto es que no enumera estas ventajas y se olvida de ellas en el resto del documento. En cambio, a partir de ese punto, se dedica casi única y exclusivamente con toda meticulosidad a enumerar y denunciar los "abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse".

Veamos bastantes de los abusos que el documento enumera y comenta:

- en la composición del pan (nº 48) y en la del vino (50);

- elaborar Plegarias Eucarísticas (51);

- que lean la Plegaria Eucarística los laicos (52, ya que sólo le compete al sacerdote);

- partir la hostia en el momento de la consagración (55);

- la no mención del Papa y del Obispo (56);

- cambiar los textos de las lecturas (59);

- la separación de la liturgia de la Palabra y la eucarística (62);

- leer el Evangelio por parte de los laicos (63);

- permitir a los laicos que prediquen en misa (65);

- tratar en la homilía sólo de política o de temas profanos (67);

- utilizar credos no aprobados (69);

- mala presentación de ofrendas distintas del pan y el vino (70);

- dar la paz fuera de su momento o bajar a darla a los laicos (71-72);

- hacer la fracción del pan los laicos (73);

- la costumbre de dar testimonios los laicos (74);

- unir el sacramento de la penitencia con la misa en una sola acción litúrgica (aunque puede haber curas que lo den en los confesonarios mientras se celebra la misa) (76);

- unir la misa a una cena (77);

- relacionar la misa con acontecimientos políticos o mundanos (78);

- introducir ritos de otras religiones (79);

- acercarse a comulgar en grupo y sin haber confesado los pecados graves (83);

- comulgar los no católicos o no cristianos (84);

- negar la comunión por el hecho de recibirla de rodillas o de pie (91);

- que los fieles tomen la hostia consagrada o el cáliz sagrado por sí mismos )94);

- que se lo pasen entre sí de mano en mano (94);

- distribuir a manera de Comunión, durante la Misa o antes de ella, hostias no consagradas u otros comestibles o no comestibles (96);

- que el comulgante laico moje por sí mismo la hostia en el cáliz o reciba en la mano la hostia mojada (104);

- celebrar la Eucaristía en un templo o lugar sagrado de cualquier religión no cristiana (109);

- utilizar para la celebración de la Misa vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente, lo cual vale también de los metales y otros materiales, que se corrompen fácilmente (117);

- no llevar todas las vestiduras sagradas (alba, estola, cíngulo, casulla y hasta amito si fuera menester) (122ss);

- llevar la Sagrada Eucaristía a casa o a otro lugar, contra las normas del derecho (132);

- permanecer expuesto el Santísimo Sacramento sin suficiente vigilancia (138);

- asumir los "asistentes pastorales" (los que suplen al cura en paraliturgias) aquello que propiamente pertenece al servicio de los ministros sagrados (curas), (no suceda que los sacerdotes, en las parroquias, cambien indiferentemente con diáconos o laicos las tareas pastorales, confundiendo de esta manera lo específico de cada uno) (149, 152);

- asumir los laicos las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote u otras vestiduras similares (153);

- llamar a los ministros extraordinarios de la sagrada Comunión como "ministro especial de la sagrada Comunión" o "ministro extraordinario de la Eucaristía" o "ministro especial de la Eucaristía" (156);

- distribuir la comunión los laicos cuando hay suficientes sacerdotes (157);

- confundir las celebraciones de la Palabra con la misa (165);

- asumir los curas secularizados funciones en la misa (168)...

Como puede apreciarse, la Instrucción es un autentico elenco de abusos que llegan a agotar. Abusos que se deben sobre todo, según el documento, a la "ignorancia" o a un falso concepto de "libertad". Junto a ello hay apartados dedicados a potenciar el culto de la Eucaristía fuera de la misa (adoración del Santísimo, procesiones, congresos, etc.). No hay, por el contrario, aplausos hacia lo positivo, por lo cual el documento tiene un tremendo aire de denuncia y de invitación a la denuncia. Por otra parte, se destaca especialmente el aspecto de la misa como "sacrificio" (nº 38), algo bastante cuestionado en el mundo teológico.


La Instrucción produce unas impresiones preocupantes

No soy un experto liturgista y no voy a entrar en disquisiciones o matizaciones respecto a cada uno de los apartados y afirmaciones que el documento ofrece. Pero, desde mi condición de presbítero y mi práctica pastoral eucarística en parroquias, campamentos, entierros, bodas, primeras comuniones, encuentros, pascuas juveniles, movimientos, etc., me permito expresar algunas impresiones que me ha producido la mencionada Instrucción:

- No parece un documento que, entre otras cosas, parta de una experiencia pastoral desde la base, es decir, desde la realidad de las eucaristías de parroquias normales y corrientes. Me temo que más bien sus autores son monseñores acostumbrados más bien a misas pontificales. Por otra parte, la misa parece ser confundida en bastantes apartados con un acto de piedad individual, en lugar de ser considerada como una celebración comunitaria, volviéndose a aceptar de manera incomprensible las llamadas "misas sin pueblo", es decir, aquéllas en las que el sacerdote no tiene fieles que le acompañen (nº 110).

- Curiosamente el documento, al referirse a los laicos, habla más de "derechos" que de deberes. Pero, observado de cerca, de lo que se nos habla es del "derecho a obedecer" lo que viene de arriba, de la jerarquía. Véase, como una muestra, lo afirmado en el número 12: "Todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia".

- Da la impresión de un documento rescatado de los años 50, tal como se prescribía entonces la celebración de la Eucaristía en tiempos anteriores al Concilio. La única novedad que he encontrado es el permiso a las mujeres para que sean monaguillas. Así en el número 47 se dice esto: "A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres", pero, eso sí, "según el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas".

- La Eucaristía se presenta como un sacramento fuera del tiempo, como si no tuviera nada que ver con la vida de la gente ni con la realidad del tiempo histórico. Nada que ver con lo que suene a encarnación. Pero lo cierto es que en este sacramento celebramos la muerte y resurrección de Jesucristo, las cuales no hubieran sido posibles sin el hecho de la su encarnación, de hacerse uno más, de anonadarse, de hacer del hombre Jesucristo y, en definitiva, de todo hombre el punto privilegiado del encuentro con Dios. No se ha aprendido, al parecer, nada de los errores históricos cometidos a propósito del rechazo a la inculturación.

- En casi todo momento da la impresión de que lo importante son las formas (las reverencias, las vestimentas, el cumplir las normas establecidas...) más que el espíritu que debe animar toda celebración, a pesar de que en el número 5 se afirme que "las palabras y los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él".

- Se constata una estructura absolutamente piramidal desde el principio del documento. No hay más que ver el capítulo 1º: el Papa, la congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el obispo diocesano gran sacerdote de su grey, los presbíteros, los diáconos. A los fieles, en ese mismo capítulo, se les concede el derecho "a que la autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz".

- En todo momento hay una preocupación especial por separar al clero de los laicos, señalando claramente lo que compete al sacerdote y que de ninguna manera puede ser realizado por los seglares. El protagonismo del cura es primordial, de ahí que se insista en que "solamente con precaución se emplearán términos como «comunidad celebrante» o «asamblea celebrante" (nº 42).

- La Instrucción refleja un punto de vista exclusivamente conservador. Y uno se pregunta: ¿mantienen este punto de vista todos los obispos? ¿Tanto han cambiado éstos que antes fueron sacerdotes y compartieron con curas y seglares otras prácticas e ideas litúrgicas distintas a las expresadas en este documento?

- Resulta terrible el estímulo a la denuncia por parte de los laicos de cuantos "abusos" observen en la celebración (nº 184). Y de nuevo se presenta como un "derecho". ¿No saben los autores de este documento los males que ha creado y crea en la Iglesia, y en el resto de la sociedad, un ambiente en el que se fomenta la denuncia, la sospecha, la delación, el acusar a otros, el chivatazo en definitiva? ¿Por qué, en lugar de convertir a los obispos en vigilantes (nº 177) y a los seglares en denunciadores, no se estimula un ambiente de dar ánimos y de comprensión hacia quienes intentan acercar la realidad de la misa a la vida, ilusiones y problemas de la gente?

- Se prima lo preconciliar, mientras se ponen condiciones a lo promovido por el Concilio: el latín vale para cualquier circunstancia ("siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín", nº 112), pero si se utilizan las lenguas vernáculas "que se empleen textos litúrgicos que hayan sido aprobados, según las normas del derecho". Más aún, se considera la lengua vernácula como una excepción ("exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo...", nº 112). Lo mismo con la postura en la comunión: se puede comulgar de rodillas o de pie, pero a esta última postura se le ponen condiciones: "Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas" (nº 90). E igualmente "todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca", pero si quiere comulgar en la mano entonces aparecen los condicionantes que no son mancos: tiene que permitirlo la Conferencia de Obispos con la confirmación de la Sede Apostólica, y, además, "póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas", y aún más: "si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano" (nº 92). En definitiva, toda una serie de reservas para utilizar la lengua propia de cada sitio, para comulgar de pie o para hacerlo en la mano, prácticas todas ellas generalizadas y absolutamente predominantes desde hace 40 años, pero, al parecer de Roma, sospechosas o al menos peligrosas.


¿Ésos son los abusos?

Está claro que al mismo Jesucristo, siguiendo estas instrucciones, se le habría denunciado por el abuso de unir la misa con la Última Cena (nº 77). ¿No resulta todo esto sorprendente? ¡Qué diferentes son los abusos que denunciaba S. Pablo al contemplar cómo se humillaba a los pobres en las celebraciones eucarísticas! Pero de esto último, la Instrucción no dice ni media palabra. Tampoco coincide el mencionado elenco de abusos con los que cualquier asistente a misa puede detectar tan frecuentemente: convertir el Sacramento en un rito y en unas rúbricas; realizar celebraciones ritualmente ortodoxas pero carentes de toda vida; mantener pasivas a las comunidades por culpa de que el sacerdote se encarga de hacer todo; convertir la celebración eucarística en una práctica de piedad individual; actuar de tal modo el sacerdote celebrante que anula el carácter de servicio humilde, aspecto éste central en la Última Cena como lo manifiesta el lavatorio de los pies; "decir" misa (limitándose a leer lo que pone en el misal) en lugar de "celebrar", por lo cual los "fieles" se limitan a "oir" misa; etc.


Soluciones en falso para los problemas reales

No tienen los autores de este documento una palabra mínimamente amable y de ánimo para cuantos, sacerdotes y laicos, sí, juntos, intentamos acercar la misa a la gente, ayudarles a comprenderla y, sobre todo, a vivirla. Sólo saben hablar de abusos, normas y denuncias. ¡Qué pena! ¿No se dan cuenta de que tal conjunto de "desviaciones" de la norma pueden estar indicando algo? ¿Piensan acaso que las innovaciones se deben a un afán snobista o de mera improvisación? ¿No puede estar ocurriendo que tantas normas, a las que se les da un carácter sagrado e inmutable, pueden haber llegado a formar un marco que puede haberse quedado pequeño? Lo cierto es que, por más que releo el documento, no veo de qué forma puede contribuir a solucionar los graves problemas que se nos presentan en nuestra práctica eucarística habitual: la disminución y el envejecimiento de los asistentes, la ausencia de jóvenes, la participación, la conexión con la vida, el compromiso cristiano, la profundización en el misterio de Dios y de los hombres y mujeres de nuestro tiempo a través del testimonio del Cristo asesinado por presentar una alternativa de vida incómoda para el poder político y religioso y resucitado por el Dios Padre que quiere que todos nos salvemos.

Pepe Nerín