MIS AÑOS 60
Seminaristas y amigos en Barbastro y Zaragoza
Capítulo 1º: INTRODUCCIÓN
Como tantos hace mucho tiempo, yo escribía un diario. Empecé cuando tenía 15 años, es decir, al comienzo de los sesenta y no lo abandoné hasta el final de la década, cuando dejé de ser seminarista en España y me fui por Europa. Pero, en contraste con lo que hace la inmensa mayoría, me dio por guardarlo y también por no tirar las cartas que me escribían los amigos durante aquel período. Así que ahora me encuentro con un material entrañable, lo cual no significa lo mismo que de gran calidad literaria. Es entrañable, al menos para mí y pienso que también para los amigos que voy a ir enumerando. Y lo es porque a través de lo que yo plasmaba en mis cuadernos y de lo que me escribían los amigos, podemos hoy, 40 años después, reproducir esa atmósfera, a veces agobiante, otras ingenua, en ocasiones de gran vibración "apostólica", en muchos momentos simplemente gris, en la que unos cuantos jóvenes nos movíamos en aquellos tiempos entre religión y sociedad, primero en una ciudad-pueblo como Barbastro, que acababa de sobrepasar los 10.000 habitantes y más tarde en una capital de provincias como Zaragoza y en otros lugares. Por eso no he querido tirar mis diarios y cartas sino ofrecerlos como homenaje a todos cuantos vivieron conmigo durante aquellos años
No pretendo hacer una exposición histórica sino algo mucho más humilde: presentar retazos de nuestras vidas a través de los cuales se revelan nuestras ideas y sentimientos, nuestras ilusiones y problemas, nuestra espiritualidad y también nuestras pequeñeces. Pero hay que tener en cuenta que son eso, retazos, y no todo el conjunto de nuestras vidas en aquellos años. Muchos aspectos no aparecen o si lo hacen es tan sólo de pasada. En los diarios y en las cartas se escribe lo que más nos llama la atención en el momento concreto en que decidimos plasmarlos en un papel. Tengo recuerdos y vivencias que no están en mis diarios ni en las cartas, pero también es verdad que estos últimos (diarios y cartas) me han ayudado a recordar muchos momentos y sentimientos de aquellos años de la llamada "década prodigiosa". En cualquier caso, así es como yo los viví en gran medida; otros, seguramente, vivieron los mismos hechos de otra forma y se sorprenderán por mis apreciaciones.

El Seminario, sobre todo el de Barbastro, era en aquel entonces una isla de la que salíamos fundamentalmente en vacaciones y también en los largos paseos semanales en filas de dos en dos con sotana y fajín, y en nuestra asistencia a los actos litúrgicos en la Catedral. Los que teníamos la familia en la ciudad conseguíamos escapadas extras a casa aprovechando motivos circunstanciales. Vivíamos una realidad de internado, aunque bastante relajada si la comparamos con lo que ocurría en épocas anteriores.
Pero más allá de los inacabados muros que rodeaban el Seminario la ciudad estaba despertando tras los años difíciles de la posguerra y se apuntaba al desarrollismo impulsado por los gobiernos tecnocráticos del franquismo. Ya en 1958 comenzaron las obras del Canal del Cinca que supondrían la llegada a Barbastro de numerosos obreros procedentes de zonas todavía más atrasadas que la nuestra (especialmente de Andalucía). Son años de mecanización agraria, celebrándose ya en 1962 la 1ª Feria Exposición de Maquinaria Agrícola y del Automóvil. A comienzos de los 60 se iniciaron igualmente las gestiones para la concesión e instalación del Polígono Industrial y en 1966 comenzaba la primera fase de la Cooperativa de Viviendas que supondría el despegue de la margen izquierda del río Vero con el consiguiente trasvase de población hacia la misma desde otros barrios que sufrirían una importante pérdida de habitantes (el Entremuro y el Coso básicamente). En 1960 se recibían por primera vez imágenes de TV y recuerdo haber visto en el chalet de Lacambra, situado en lo alto de la ciudad, la final de la 5ª Copa de Europa entre el Real Madrid y el Eintracht de Frankfurt.
Mi entrada en el Seminario resultó algo fuera de lo normal, no ya sólo porque mi padre hubiera dejado de ser Alcalde de la ciudad hacía tan sólo un lustro ("el hijo del ex-alcalde se mete a cura"), sino porque en aquel tiempo los seminaristas entraban a los 11 años de edad. Yo estaba cerca de los 17 y se me consideró por ello como "vocación tardía". Cuatro décadas después yo sería considerado hoy más bien como vocación "tempranísima" dados los parámetros actuales. Pero en aquel tiempo mi caso era excepcional aunque no único: años antes había ingresado Miguel Donado con su carrera de Derecho ya terminada, por lo cual le concedieron el privilegio de disponer en el Seminario de dos habitaciones, una de las cuales la utilizaba como su biblioteca particular. Eso es al menos lo que me contaron, puesto que no coincidí con él. Yo no tuve tal privilegio, pero me instalaron en la habitación más grande y con mejores vistas desde la que, situada en la fachada principal del edificio, se dominaba la carretera de Huesca y el vecino e incipiente por aquel entonces barrio de Santa Bárbara. Este privilegio, no obstante, lo perdí definitivamente en el 2º año, supongo que porque mis "superiores" consideraron que ya me había aclimatado a los rigores del centro y podía aguantar en un cuarto normal e interior.
Entré en el Seminario un año después de que en Barbastro se creara la JOC, aunque ni mis amigos ni yo nos enteráramos, estudiantes como éramos de bachillerato en el colegio de los Escolapios de la ciudad, colegio de pago y de fámulos. Entré en el Seminario y tuve que dejar a mis amigos en la puerta, pero sólo físicamente, ya que de alguna forma se introdujeron también conmigo pues me sentí unido a ellos en todo momento, vinieron a visitarme frecuentemente, nos reencontramos en vacaciones y, sobre todo, organizamos una auténtica red de cartas de correo durante aquellos años en que no se habían inventado los mensajes de los móviles. No se pueden entender mis reacciones, ideas y sentimientos si no se tiene en cuenta a mis amigos de Barbastro. Yo les había servido de revulsivo con mi vocación y provocado que se interrogaran a su vez acerca de si en ellos había una llamada semejante; pero ellos me espoleaban también al narrarme sus preocupaciones, sus amores y sus apostolados. Gracias a sus cartas, y también a Pedro Escartín que me traía noticias de sus reuniones, yo disfruté de una información privilegiada. Y luego, una vez dentro, asumí nuevas amistades, esta vez con los compañeros del Seminario, amistades que me ayudaron a disfrutar de la cotidianidad y también a superarla, a luchar juntos por obtener un centro más acorde con los tiempos que iban llegando, a vivir y revisar juntos nuestra fe, pero que no estuvieron exentas de altibajos, sobre todo a medida que yo iba madurando y necesitaba un ambiente más amplio y menos encerrado en nuestros pequeños círculos.
Entré en un Seminario en el que me pusieron, como a todos, bajo la supervisión del prefecto Antonio Plaza, que por aquel entonces contaba tan sólo con 28 años y ocupaba la habitación central del pasillo en el que se ubicaban nuestros dormitorios. Por aquel cuarto teníamos que desfilar periódicamente y se singularizaba en su exterior por un piloto de luz verde que se tornaba en roja cuando el prefecto estaba ocupado en compañía del seminarista llamado a repaso. El rector era Lino Rodríguez, de 37 años cuando yo entré, que tenía su morada junto con D. Ángel Ximénez de Embún (el director espiritual, de cerca de 60 años) en un pasillo más bien oscuro y alejado de nuestra zona "residencial". Quedaba claro, por tanto, que nosotros teníamos que habérnoslas con Plaza, como así sucedía ordinariamente. A él teníamos que rendir cuentas de nuestros actos, entregarle nuestras cartas abiertas y él, como gustaba de proclamar, se encargaba de darnos la información de lo que sucedía en el exterior convirtiéndola en "papilla" para nuestra más fácil asimilación y digestión. Vamos, que para él éramos todos claramente menores de edad.
Nuestro trato con curas, sin embargo, no se limitaba a los anteriores. En la casa se encontraban también Tomás Arcas, prefecto del Menor, y los canónigos y profesores Raúl Gabás y Raimundo Martín, años más tarde Vicario de la Diócesis. Los restantes profesores eran también sacerdotes, aunque recuerdo con especial cariño al laico profesor de pintura que nos introdujo por los campos de la acuarela y del óleo, el Sr. Gascón. Y ¿cómo no destacar al mencionado Pedro Escartín? Entró en contacto con nosotros cuando hacíamos 6º de bachillerato en los Escolapios, con sus 26 años y sus estudios recién terminados, y se dedicó a acompañarnos, algo realmente novedoso en aquellos tiempos en que no se practicaba pastoralmente más que llevar a los jóvenes a Ejercicios Espirituales, junto con la obligatoriedad de la misa y rosario diarios. Formó grupos y nos puso en acción y revisión ayudado con numerosos cuestionarios que nos repartía calcados en papel cebolla (las famosas "encuestas" de Pedro); nos abrió al mundo de la Acción Católica, en concreto al de la JIC (Juventud Independiente Católica); nos hizo descubrir la montaña a través de las acampadas del verano; e hizo cosas tan "extravagantes" para entonces como salir de excursión en bicicleta con nosotros o acompañarnos al cine. En lo único en que no estaba era en los guateques, aunque luego nos ayudaba a revisarlos. Y, sin embargo, no fue el "cura" que me llevó al Seminario, expresión con la que se quiere dar a entender al sacerdote con quien consultas tu vocación y que te hace un acompañamiento espiritual en esa dirección. Podemos decir que a mí no me llevó al Seminario ningún cura; pienso que influyó mucho más el ambiente cristiano e incluso vocacional que viví en mi propia familia (tengo además una hermana que es miembro de un Instituto Secular). A medida que fueron pasando los años nos fuimos desligando de Pedro e incluso a veces distanciando, pero eso no quita para que quede constancia de mi agradecimiento por su apoyo gratuito de aquellos primeros tiempos y por ser pionero en pastoral juvenil.
La vida exterior, por tanto, se detenía a las puertas del Seminario, si bien lograba colarse tímidamente a través del periódico "Ya", de propiedad episcopal, que se nos leía durante las comidas (subrayadas en rojo previamente las noticias que debían relatarse), a través de la televisión muy controlada desde arriba y a través de algún transistor o, en su defecto, de radios de galena. Pero los amigos supieron romper las barreras por medio de sus frecuentes visitas (no todas, ni mucho menos, mencionadas en los textos que siguen para no cansar al lector) y especialmente mediante una amplia correspondencia desde sus lugares de estancia. Y de nuevo fue Escartín el que de palabra nos informaba, al menos a mí en los ratos de charrada que teníamos, de hechos eclesiales que no aparecían en la prensa pero que él conocía por otros medios, como, por ejemplo, las manifestaciones antifranquistas de los curas en otros lugares de España. Curiosamente no lo reflejé en mi diario. La verdad es que yo entonces era lector de ABC y mis ideas políticas no iban mucho más allá. Pero todo se iba grabando en la mente de uno.
Más allá de nuestras fronteras, Martin Luther King acababa de proclamar el 28 de agosto de 1963 su famoso "Tengo un sueño" ante más de 200.000 personas que se manifestaron en Washington en repulsa contra la discriminación racial de los negros. Meses antes, en febrero, los Beatles consiguen su primer número uno con su disco "Please please me". En mayo se instaura el franquista Tribunal de Orden Público encargado de juzgar los delitos políticos. En octubre muere Edith Piaf. Y en junio, tras el fallecimiento de Juan XXIII, es elegido Pablo VI en pleno desarrollo del Concilio Vaticano II que iba a cambiar radicalmente nuestros horizontes y nuestro estilo de vida.
La presencia femenina se limitaba por aquel tiempo en el Seminario, sobre todo en Barbastro, a las monjas que llevaban la gestión de la cocina. En realidad no eran "monjas" sino integrantes de la Hermandad de Jesús Maestro, pía unión fundada precisamente por el director espiritual del Seminario (el "Padre", como era llamado normalmente) y a la que pertenecía entonces (años más tarde la abandonaría) mi hermana Marité. Con ellas trabajaban unas cuantas chicas jóvenes, bastante "invisibles" por estar prácticamente "encerradas", que constituían motivos "ilícitos" de conversación o arrobo para célibes seminaristas.
El Seminario de Barbastro disponía de una biblioteca que recuerdo, sin embargo, no tanto por sus obras filosóficas o teológicas sino por las de Literatura, especialmente por sus numerosas piezas de teatro. Allí devoré, aunque sin la debida preparación y suficiente provecho intelectual o artístico, todo el teatro contemporáneo español que pude, así como gran parte del europeo y del norteamericano principalmente, sintiéndome por ello muy a gusto cuando llevamos a escena o a teatro leído alguna de las obras. Pasamos bastantes ratos en esta biblioteca, aunque muchas veces debido al trabajo de fichar libros que nos encomendaban.
Digamos, por ultimo, que el Seminario disponía de frontones, aunque en realidad nos limitábamos normalmente a jugar en el más grande de ellos. A este frontón subí con mis amigos o de paseo con los Escolapios a jugar en muchas ocasiones cuando estudiaba bachillerato. Yo creo que, en parte, me identificó con el Seminario mucho antes de entrar en él y me ayudó a sentirme como en casa una vez dentro. Y disponía también de varias mesas de ping-pong, deporte éste que practiqué en abundancia tanto en Barbastro como en el resto de seminarios en los que estuve. Todavía hoy, cuando ya los 60 (y esta vez no la década sino mi edad) se acercan a menos de un trienio, sigo jugando a lo mismo que hace más de cuarenta años.

El relato de estos años no se limita a mi estancia en Barbastro sino que se extiende también, aunque menos prolijamente, a la que vivimos en el Seminario de Zaragoza. Allí cambió todo y tuvimos nuestro peculiar "mayo del 68" un año antes, en enero del 67. Nosotros, pobres provincianitos aparcados en la capital del Ebro, nos las tuvimos que ver con una movida estudiantil en el propio Seminario, al que acabábamos como quien dice de llegar, que lo convulsionó todo durante más de un mes. Pero la estructura no cedió y acabó con los "revolucionarios" fuera del recinto sagrado, como tantas otras veces: nuestro curso (principal impulsor de las reformas) vio reducido su número a la mitad tras las vacaciones de verano. Zaragoza nos abrió nuevas perspectivas, especialmente porque nuestra relación con el exterior del Seminario fue mucho mayor que en Barbastro: la cercanía de la Universidad (en la que se vivió algo, esta vez sí, del mayo francés) y el disfrute del cine que se nos ofrecía en múltiples salas, tuvieron bastante que ver en una época en que comenzaba irreversiblemente el fin del franquismo en el poder.
¿En qué modelo de cura fuimos formados en estos Seminarios? Tal vez habría que distinguir entre ambos centros. En Barbastro predominaba el sacerdote rural, así como los seminaristas de los pueblos, y, lógicamente, ésa era la perspectiva que teníamos, mientras que en Zaragoza, dadas las diversas procedencias aragonesas de los seminaristas y el hecho de que los "superiores" del Seminario fueran "josefinos" (Operarios Diocesanos) no incardinados en la Diócesis, así como el peso específico de la ciudad en que residíamos, hacían más indefinible el modelo. Pero, en realidad, no creo que se nos ofreciera un modelo específico si por tal ofrecimiento entendemos que se analizara en profundidad el ejercicio de lo que es ser sacerdote, las circunstancias concretas en que nos iba a tocar desenvolvernos una vez ordenados, las opciones a tomar, etc. Ni siquiera se nos iniciaba en cuestiones prácticas como, por ejemplo, cómo celebrar misa, cómo elaborar un expediente en el despacho parroquial, etc., cuestiones éstas que tuve que aprenderlas sobre la marcha una vez cura acudiendo a mis colegas vecinos para que me lo explicaran. Y, por supuesto, no se nos solía poner en contacto con la realidad de la pobreza y la marginación. Todo esto lo tenía que aprender y hacer cada uno por su cuenta. En los últimos cursos, especialmente en el último, te enviaban a alguna parroquia, fundamentalmente para dar catequesis a los críos y hacer moniciones en las misas del domingo, pero sin realizar desde el Seminario un seguimiento adecuado. Todo dependía de que tuvieras suerte con el sacerdote que te tocara. Yo, gracias a Dios, la tuve y recuerdo especialmente a José Fernández Rillo, Ignacio Cendoya y Alfonso Milián, hoy obispo.
El contenido de mis diarios va variando con el tiempo. Al comienzo, y teniendo en cuenta mi situación de adolescente (aunque entonces nos considerábamos "jóvenes"), hay prolija enumeración de hechos, muchos de ellos triviales (y de los cuales he suprimido bastantes), junto con unas reflexiones muy pegadas a la tierra pero de una espiritualidad más bien de reflexiones piadosas y basada en términos como "entrega", "meterse con alguien", "hacer apostolado", "sacrificios", etc. Se nos orientaba básicamente a una relación individual con Jesucristo, el Salvador un tanto abstracto del género humano, más bien cerrada en sí misma y sin mayores dimensiones sociales. La comunidad era la del Seminario pero no se impulsaba tanto la solidaridad con los pobres. Cantábamos y rezábamos a la Virgen, pero no sé si fueron capaces de acercarnos a la María del Magnificat. ¿Tuvimos auténticos maestros espirituales o nos sumergieron más bien en una serie bastante amplia de actos en la capilla con el "liber chori" rojo (libro del coro) como acompañante permanente? No obstante, los Seminarios resultaron cuna de muchos militantes que luego, una vez "rebotados" (como se decía entonces) de los mismos, trasladaron su preocupación por los demás al terreno político, sindical o asociativo. Desgraciadamente ésos fueron los más inquietos y, tal vez por ello, no encontraron su sitio adecuado en las estrechas estructuras y mentalidades clericales de tantos dirigentes eclesiásticos. Su marcha del Seminario (más en concreto del de Zaragoza) empobreció inevitablemente a éste y todavía su déficit se sigue notando entre el clero actual.
Tras las primeras semanas de internado va emergiendo en mí una difusa insatisfacción, especialmente provocada por la comparación de mi "apostolado" con el que realizaba alguno de mis amigos en el exterior. Más adelante, la insatisfacción se extenderá a la convivencia en centros cerrados. Finalmente, la reflexión se irá haciendo más madura, más global, más propia de la edad en que me encontraba, y se distanciarán los días de plasmar en el papel mis impresiones. Por cierto que, no sé muy bien por qué, pasé un año entero sin escribir nada hasta que retomé el diario por oportuna indicación del prefecto.
Nos faltaron "maestros" que nos acompañaran (ya he hablado de la excepción que fue Escartín), aunque, eso sí, tuviéramos "superiores" volcados más bien en una disciplina cada vez más relajada. Tal vez la época no diera para más y el Concilio desconcertó a quienes podían tenerlo hasta entonces todo muy claro eclesiásticamente. En Zaragoza sentimos que nos quedábamos a la intemperie y llegamos incluso a reclamar un cura dedicado a nosotros.
Vivimos el final de un Seminario, el de Barbastro, y fuimos precursores de un nuevo tipo de residencia que sustituyera a los centros masificados de entonces. Entré en el Seminario en el año de mayor número de seminaristas en España y acabamos seis años después concentrados en Zaragoza seminaristas de tres diócesis aragonesas habiendo sufrido ya para entonces numerosas pérdidas. Empecé en un Seminario aparentemente autosuficiente y terminé en otro que hacía aguas. Casi cuarenta años después, Aragón se está quedando prácticamente sin seminaristas, el inmenso edificio del Seminario de Casablanca en Zaragoza se ha vendido y las perspectivas de futuro con el actual modelo son muy negras. Y, sin embargo, es posible que permanezca casi inalterado el estilo de espiritualidad y de vivir el sacerdocio del que entonces fuimos impregnados, e incluso parecen reforzarse las posturas más intransigentes en cuanto a rechazar un estilo de vida que a mí me parece más apropiado (y que intento propugnar desde esta página web) para colaborar con el Reinado de Dios en los tiempos que nos toca vivir.
Por razones de pudor intelectual y para no contribuir a un cotilleo que busca al personaje pero se queda sin el análisis de la situación global, me he permitido la licencia de cambiar de vez en cuando los nombres de los principales protagonistas (unos cuantos) de este relato así como de algunas circunstancias que pudieran contribuir más fácilmente a su identificación. A veces incluso he modificado algún detalle para no poner en "dificultades" a las personas aludidas. A quien no he podido cambiar ha sido a mí mismo, convertido en protagonista inevitable por ser el autor de los diarios. Me presento a través de ellos tal como era yo entonces, sin cuidar mi "imagen", sin presentarme como un "avanzado" ya que ideológicamente no lo era pero sin ocultar tampoco mis posturas críticas, por otra parte muy moderadas. Y, a pesar de exponerme al mal trago de exponer en público mis desnudeces vitales, me ha parecido que con todo lo escrito podría contribuir a aportar materiales para un análisis más ajustado de lo que fueron para nosotros aquellos años, con sus luces y sus sombras, aprender tal vez algo de cara al presente y futuro de la formación de "seminaristas" y facilitar también pasar un buen rato, tal vez melancólico pero siempre envuelto en los recuerdos de la amistad vivida, a quienes compartieron conmigo la década sobre la que se ha asentado en gran parte lo que luego hemos llegado a ser.
NOTA: Este relato de mis años 60 se extiende a lo largo de 26 capítulos que irán apareciendo todos los lunes. Por otra parte, sería interesante completar estas "memorias" con aportaciones de los muchos protagonistas de esta historia. Si me las enviáis, estad seguros de que os las publicaré con sumo gusto.