A PROPÓSITO DE

LOS PROBLEMAS DE UN GRUPO

(Textos del libro de . del Sagrario Ramírez: "Dinámica de grupo y animación sociocultural", Marsiega, Madrid, 1983, cap. 3º)

Según Utterback, la resolución de problemas exige seguir las siguientes etapas:

 

- Definir el problema y exponerlo claramente, lo cual no es ciertamente fácil. Parece comprobado que cuando un grupo analiza su problema para buscarle una solución, aun cuando no logre resolverlo totalmente, este proceso de clarificación provoca una descarga emocional, reduce los sentimientos de ansiedad y hostilidad y logra que el grupo pueda consagrarse mejor a sus tareas.

- Examinar los orígenes del problema.

- Estudiar los criterios que deben seguirse para evaluar las posibles soluciones.

- Examinar el valor de las soluciones propuestas por cada uno.

- Considerar las medidas que deben adoptarse para aplicar la solución exigida.

El animador debe conducir y orientar al grupo para que siga detenida y seriamente estas etapas, analizando con profundidad el problema y, sobre todo, con enorme delicadeza, ya que en los conflictos suelen mezclarse actitudes personales y emocionales que, si no son cuidadosamente tratadas, pueden inferir a algunos miembros heridas dolorosas o profundas frustraciones que les impidan continuar en el grupo.

A la hora de definir un problema conviene no confundir los términos. No es lo mismo el problema, la causa y la solución. A veces se dice: "Mi problema es que necesito dinero, o un local o dos personas más para sacar el trabajo adelante". Se esboza como problema lo que es la solución, ya que si tengo el dinero o el local o las dos personas más, el problema desaparece.

Otras veces se pretende definir el problema en estos términos: "El problema consiste en que la gente es pasiva". En realidad, ésta es la causa que genera unos determinados problemas.

Para definir correctamente un problema es útil fijar claramente el "debiera" respecto al "es", según nuestros criterios. Por ejemplo, nosotros pensamos que a la reunión "debieran" asistir por lo menos el 50 % de los miembros y asiste el 5 %. Esta diferencia entre el "debiera" y el "es" constituye un problema. El problema existe sólo cuando se da un desvío claramente significativo, siempre según nuestros criterios. Quizá la asistencia de un 45 % no es todavía problema.

Frecuentemente se dedica mucho más tiempo a pensar en las soluciones que a analizar y definir los problemas. Es un error. Porque un problema bien planteado facilita por sí mismo la solución. Dedicar horas a estudiar un problema a la larga es un ahorro de tiempo y energías.

 

PRINCIPALES PROBLEMAS EN LA VIDA DE UN GRUPO

 

- La falta de participación.

La participación puede definirse como el acto de compartir algo en común, es decir, entre varios individuos. Esto significa que hay unos que dan y otros que reciben. La falta de participación en un grupo, según Bradford, puede deberse a:

. Que el objetivo no parece importante.

. Temor por el trabajo o por la solución del problema que aborda el grupo.

. Que el grupo carece de capacidad para resolver problemas.

. Los componentes del grupo consideran que su trabajo va a ser inútil.

. Que hay conflictos internos en el grupo producidos porque éste se siente frustrado por estar realizando un trabajo demasiado difícil o demasiado fácil, por luchas internas por el poder o por el prestigio, etc.

Hay dos puntos básicos para conseguir la participación en un grupo: que todos los miembros tengan un claro conocimiento de los objetivos y de los medios para alcanzarlos y que se reconozcan las aportaciones y esfuerzos de cada uno. Si algunos miembros son excluídos de la fijación de objetivos, si no están bien definidos sus papeles o si se ignoran o no se aceptan sus propuestas de forma sistemática, se mantendrán al margen e la vida del grupo y su participación será escasa o nula.

Cuando la participación del grupo o de algunos de sus miembros es reducida, el animador deberá analizar con el grupo a cuál de estas causas se debe la poca participación y buscar conjuntamente los medios o los cambios necesarios para lograr una plena y eficaz participación.

 

- Falta de unanimidad.

En el grupo democrático, en el que todo se trata y se resuelve en común, es difícil en algunos casos lograr la unanimidad y cuando se discute largamente sobre un tema sin alcanzarla, empiezan los nerviosismos, aparecen las tenciones y la agresividad, y para resolver la situación se suele recurrir a la votación. Con esto tan sólo se desplaza el problema ya que la minoría, cuya opinión no ha sido aceptada, se siente frustrada.

Hay un chiste que dice que en aritmética 8+7=15 pero que en una democracia 8+7=8. En este caso habría 8 miembros satisfechos y 7 insatisfechos.

El animador debe procurar que no se llegue a la decisión por votación sino que se consiga por un acuerdo después de una serena discusión, de modo que todos acepten algo que no querrían a cambio de que a su vez se admita parte de lo que ellos proponen, pues de esta forma es mayor la satisfacción de todos y menor la frustración.

Generalmente las situaciones que no pueden fácilmente resolverse por acuerdo son aquéllas en las que están implicados valores o principios y, más aún, si afectan a la afectividad porque entonces son impermeables a la lógica y cada uno se encierra fanáticamente en su posición. En este caso es inútil seguir discutiendo sobre la solución o decisión ya que sólo podrá encontrarse salida si, profundizando en el problema mismo, se logra que algunos varíen su actitud.

 

- El silencio prolongado de un miembro.

Es frecuente encontrar personas que hablan poco o nada y que se limitan a escuchar a los demás.

El animador, discretamente y sin presionar jamás, debe tratar de que salgan de su mutismo y aporten sus opiniones en la reunión, sobre todo en los casos en los que el silencio prolongado pesa de forma desagradable sobre el clima del grupo.

Varios investigadores han estudiado las diversas causas del silencio de las personas en una reunión de grupo y han encontrado causas de tres clases: 1) causas debidas a la persona (individuales), 2) causas debidas al grupo, 3) causas debidas al animador.

En las estadísticas y encuestas realizadas por estos investigadores se ha comprobado que las razones de tipo personal son más frecuentes que las debidas al grupo o al animador. De varios millares de respuestas recogidas se deduce que, por orden de importancia, los motivos del silencio son los siguientes:

 

. Temor a ser juzgado (7'6 %).

. Otros han dicho ya lo que se iba a decir (6'3 %).

. Temor a expresarse mal (6'2 %).

. Se está viviendo un gran problema personal (4'7 %).

. No se tiene una opinión muy definida (3'9 %).

. Se está escuchando a los demás (1'5 %).

. Se está pensando en otra cosa.

. Se considera incompetente en la materia de que se está hablando.

. Se está cansado.

 

Esto demuestra que 2/3 de las causas son individuales y, entre ellas, las más numerosas son las debidas al temor a ser juzgado o evaluado por los demás, expresado de una u otra forma.

Por lo tanto, puede fomentarse el índice de participación si se eliminan las causas que producen la inhibición. Si los miembros del grupo saben que no serán juzgados, que su opinión será tenida en consideración, que se tendrá en cuenta más lo que dicen que la forma de decirlo, etc., la mayoría de los motivos que dificultan la participación quedarán eliminados. De hecho, cualquier animador con experiencia se ha encontrado a menudo frente a grupos de los que pronosticaba que no hablarían y el pronóstico no se ha cumplido al crearse el clima apropiado. Hay dos reglas que no se pueden olvidar en estos casos: 1ª) formular las preguntas en el lenguaje y tono adecuados, 2ª) esperar con serenidad y paciencia sin temor al probable silencio inicial. Si se tienen en cuenta estas dos normas apenas hay grupo que se resista a participar.

Lo cual no es óbice para que una, dos o tres personas individualmente permanezcan calladas a pesar de todo.

En algunas ocasiones convendrá que el animador, fuera de la reunión, pregunte al miembro silencioso por la causa de su silencio, sobre todo si éste es persistente. No debe olvidar que un silencioso puede de hecho participar plenamente en una reunión y un hablador estar fuera de lo que se trata.

 

- El hablador impenitente.

Son personas que pronto se hacen notar en un grupo y que también pronto exasperan a todos. El animador, sin negarles el derecho a expresarse, debe pedirles y exigirles brevedad si es preciso. En algunos casos deberá resumir brevemente lo que han dicho y pasar la palabra a otro. Si este tratamiento no es suficiente tendrá que detenerle en seco y decirle: "Ya has hablado bastante. En el grupo hay otros que también quieren hablar".

 

- Las huidas del grupo.

Cuando en una reunión se abordan problemas delicados o temas muy sensibles para los miembros del grupo, se suelen producir huidas por temor a comprometerse, a herir a otros o a tratar un tema candente.

En estos casos el grupo quiere dejar el tema para otra ocasión, declara que carece de datos para abordar el asunto o incluso lo toma a broma. A veces estas objeciones son ciertas y se deben tener en cuenta, pero con bastante frecuencia son una forma de evadirse.

El animador puede revelar claramente al grupo lo que pasa y cómo, a su parecer, está tratando de eludir el enfrentarse con un problema delicado. Si después de esta clarificación, el grupo sigue queriendo evadirse, el animador no debe insistir.

 

***Responde a las siguientes cuestiones:

- Expón tu opinión sobre los criterios para resolver un problema y pon ejemplos concretos.

- Expón tu opinión sobre los problemas del grupo. ¿Añadirías alguno más? ¿Cuáles consideras como los más importantes? ¿Modificarías alguna de las “soluciones” propuestas?