LA CONEXIÓN PERVERSA: LA ECONOMÍA CRIMINAL GLOBAL
(Manuel Castells: "La era de la información. Economía, sociedad y cultura". Vol. 3: "Fin de milenio", cap. 3)
Durante los últimos años, la comunidad internacional ha experimentado un número creciente de convulsiones políticas, cambios geopolíticos y reestructuraciones tecnológicas. Sin duda, el crimen transnacional organizado, una nueva dimensión de las formas más ««tradicionales»» del crimen organizado, ha surgido como uno de los desafíos más alarmantes. El crimen transnacional organizado, con su capacidad para extender sus actividades y apuntar a la seguridad y las economías de los países, en particular de los que están en vías de desarrollo o en transición, representa una de las mayores amenazas que tienen que afrontar los gobiernos para asegurar su estabilidad, la seguridad de su pueblo, la conservación de todo el tejido de la sociedad y la viabilidad y ulterior desarrollo de sus economías.
Naciones Unidas, Consejo Económico y Social, 1994, pág. 3.
Las organizaciones criminales internacionales han llegado a acuerdos y tratos para dividirse las zonas geográficas, desarrollar nuevas estrategias de mercado, elaborar formas de asistencia mutua y solventar conflictos [..]. todo ello a escala planetaria. Nos enfrentamos con una genuina contrapotencia criminal, capaz de imponer su voluntad a los estados legítimos, socavar las instituciones y fuerzas de la ley y el orden, trastornar el delicado equilibrio económico y financiero, y destruir la vida democrática.
Comisión Antimafia del Parlamento italiano, 20.3.1990
El delito es tan antiguo como la humanidad. Pero el delito global, la interconexión de poderosas organizaciones criminales y sus asociados en actividades conjuntas por todo el planeta es un nuevo fenómeno que afecta profundamente a la economía, la política y la seguridad nacionales e internacionales, y, en definitiva, a la sociedad en general. La Cosa Nostra siciliana (y sus asociadas, la Camorra, N'dranghetta y Sacra Corona Unita), la mafia estadounidense, los cárteles de Colombia y de México, las redes criminales nigerianas, los yakuzas japoneses, las Tríadas chinas, la constelación de mafias rusas, los traficantes de heroína turcos, las cuadrillas armadas de Jamaica y una miríada de agrupaciones criminales regionales y locales de todos los países se han unido en una red global diversificada que transciende las fronteras y vincula negocios de toda clase. Aunque el tráfico de drogas es el segmento más importante de esta industria mundial, el de armas también representa un mercado de alto valor. Además está todo lo que recibe valor añadido precisamente por su prohibición en un entorno institucional determinado: contrabando de todo de cualquier sitio a cualquier otro, incluidos material radioactivo, órganos humanos e inmigrantes ilegales; prostitución; juego; usura; secuestro; fraude y extorsión; falsificación de objetos, billetes bancarios, documentos financieros, tarjetas de crédito y carnés de identidad; asesinos de alquiler; tráfico de información delicada, tecnología u objetos de arte; ventas internacionales de objetos robados; o incluso vertidos de basura ilegales de un país en otro (por ejemplo, la basura de los Estados Unidos pasada de contrabando a China en 1996). La extorsión también se practica a escala internacional, como en el caso de los yakuzas sobre la grandes empresas japonesas del exterior. En el núcleo del sistema está el blanqueo de dinero por cientos de millones (quizá trillones) de dólares. La economía criminal se vincula con la economía formal a través de complejos planes financieros y redes comerciales internacionales, penetrando así profundamente en los mercados financieros y constituyendo un elemento crítico y volátil en una frágil economía global. La economía y la política de muchos países (como Italia, Rusia, las repúblicas de la antigua Unión Soviética, Colombia, México, Bolivia, Perú, Venezuela, Turquía, Afganistán, Birmania, Tailandia, pero también Japón, Taiwán, Hong Kong y una multitud de pequeños países entre los que se incluyen Luxemburgo y Austria) no pueden comprenderse sin considerar la dinámica de las redes criminales presentes -en su funcionamiento diario. La conexión flexible de estas actividades criminales en redes internacionales constituye un rasgo esencial de la nueva economía global y de la dinámica social/política de la era de la información. Existe un reconocimiento general de la importancia y realidad de este fenómeno, que están atestiguadas por abundantes datos, principalmente de informes periodísticos bien documentados y de las conferencias de las organizaciones internacionales. No obstante, los sociólogos prescinden en buena medida del fenómeno cuando se trata de comprender economías y sociedades, con el argumento de que los datos no son verdaderamente fiables y que adolecen de sensacionalismo. No estoy de acuerdo con estos planteamientos. Si se reconoce un fenómeno como una dimensión fundamental de nuestras sociedades, e incluso del nuevo sistema globalizado, debemos utilizar cualquier dato disponible para explorar la conexión entre estas actividades criminales y las sociedades y economías en general.
GLOBALIZACIÓN ORGANIZATIVA DEL CRIMEN, IDENTIFICACIÓN CULTURAL DE LOS CRIMINALES
En las dos últimas décadas, las organizaciones criminales han llevado a cabo sus operaciones cada vez más a escala transnacional, aprovechándose de la globalización económica y de las nuevas tecnologías de comunicación y transporte. Su estrategia consiste en ubicar sus funciones de gestión y producción en zonas de bajo riesgo, donde poseen un control relativo del entorno institucional, mientras que buscan sus mercados preferentes en las zonas de demanda más rica, a fin de cobrar precios más altos. Éste es claramente el caso de los cárteles de la droga, ya se trate de la cocaína de Colombia y la región andina o del opio/heroína del Triángulo Dorado del sureste asiático, o de Afganistán y Asia central. Pero también es el mecanismo esencial en el tráfico de armas o de material radioactivo. Utilizando su relativa impunidad en Rusia y las repúblicas de la antigua Unión Soviética durante el periodo de transición, las redes criminales, tanto rusas/ex soviéticas como de todo el mundo, se hicieron con el control de una cantidad significativa de suministros militares y nucleares para ofrecerlos al mejor postor en el caótico escenario internacional posterior a la guerra fría. Esta internacionalización de las actividades criminales hace que el crimen organizado de diferentes países establezca alianzas estratégicas para colaborar, en lugar de combatirse, en los ámbitos de cada uno, mediante acuerdos de subcontratación y empresas conjuntas, cuya práctica comercial sigue muy de cerca la lógica organizativa de lo que he denominado ««empresa red»», característica de la era de la información (volumen 1, capítulo 3). Es más, el grueso de las operaciones de estas actividades están globalizadas por definición, a través del blanqueo en los mercados financieros globales.
Los cálculos de los beneficios y flujos financieros originados en la economía criminal varían mucho y no son totalmente fiables. No obstante, hay indicadores del sorprendente volumen del fenómeno que estamos describiendo. La Conferencia de 1994 de Naciones Unidas sobre el Crimen Organizado Global estimó que el tráfico global de drogas suponía en torno a 500.000 millones de dólares estadounidenses anuales; es decir, era mayor que el comercio global de petróleo. Los beneficios generales de toda clase de actividades se situaron en una cifra tan elevada como 750.000 millones de dólares anuales. Otros cálculos mencionan la cantidad de un billón anual en 1993, que era casi la misma que el presupuesto federal de los Estados Unidos en ese momento. En un cálculo muy conservador, el Equipo Operativo Financiero del G-7 declaró en abril de 1990 que al menos 120.000 millones de dólares anuales procedentes de la droga se blanqueaban en el sistema financiero mundial. La OCDE informó en 1993 del blanqueo de al menos 85.000 millones de dólares anuales procedentes de los beneficios del tráfico de drogas. Sterling considera plausible que la facturación global de los "narcodólares" se sitúe en torno a los 500.000 millones de dólares. Una proporción significativa de los beneficios se blanquea (con una comisión para los blanqueadores de entre el 15 y el 25 % del precio nominal de los dólares) y en torno a la mitad del dinero blanqueado, al menos en el caso de la Mafia siciliana, se reinvierte en actividades legítimas. Esta continuidad entre los beneficios de las actividades criminales y su inversión en actividades legítimas hace imposible restringir el impacto económico del crimen global a las primeras, puesto que las últimas desempeñan un importante papel a la hora de asegurar y ocultar la dinámica general del sistema. Es más, el cumplimiento de los tratos también combina la diestra manipulación de los procedimientos legales y sistemas financieros en cada país y a escala internacional, con el uso selectivo de la violencia y la corrupción de numerosos cargos gubernamentales, banqueros, burócratas y personal encargado del cumplimiento de la ley.
En las fuentes del crimen global se encuentran organizaciones con arraigo nacional, regional y étnico, la mayoría con una larga historia, enlazada con la cultura de países y regiones específicos, su ideología, sus códigos de honor y sus mecanismos de vinculación. Estas organizaciones de base cultural no desaparecen en las nuevas redes globales. Por el contrario, su interconexión global permite a las organizaciones tradicionales sobrevivir y prosperar escapando a los controles de un Estado determinado en un momento difícil. Así, la Mafia estadounidense, tras los devastadores golpes que le asestó el FBI en los años ochenta, está reviviendo en los noventa mediante los nuevos aportes de la Mafia siciliana y las alianzas con las Tríadas chinas, las mafias rusas y una variedad de bandas étnicas.
La Mafia siciliana sigue siendo una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo, utilizando su control histórico del sur de Italia y su profunda penetración en el Estado italiano. Sus vínculos con la Democracia Cristiana (que, al parecer, incluyen a Andreotti, la figura cumbre del partido durante casi medio siglo) le permitió extender su presencia a todo el país, conectarse con el sistema bancario y, mediante éste, con toda la élite política y empresarial del país, llegando incluso muy cerca del Vaticano a través del Banco Ambrosiano, que parece haber estado bajo su influencia. En 1987, un acuerdo entre la Mafia siciliana y el cártel de Medellín abrió el camino para trocar heroína de Asia/Europa por cocaína de Colombia. De este modo, los colombianos pudieron entrar en el mercado de heroína de los Estados Unidos, que hasta entonces se repartían las mafias siciliana y estadounidense y las Tríadas chinas. Mientras utilizaban la infraestructura siciliana, los cárteles de Colombia pudieron distribuir su cocaína en Europa, pagando una cuota a los sicilianos. Ésta fue sólo la mejor documentada de una serie de jugadas internacionales de la Mafia siciliana, que incluyó una profunda penetración en los mercados criminales de Alemania e importantes apropiaciones especulativas de bienes raíces y divisas soviéticas durante el periodo de transición (véase más adelante).
Cuando el Estado italiano trató de recobrar su autonomía enfrentándose a la Mafia, una vez que se hubo sacudido el dominio de los democristianos y otros partidos políticos tradicionales sobre el país a comienzos de los años noventa, la reacción de ésta alcanzó una brutalidad sin precedentes, llegando al asesinato de figuras destacadas en las operaciones anticrimen de Italia, como los jueces Falcone y Borsalino. La reacción popular, las revelaciones de los medios de comunicación y el desmoronamiento parcial de la política corrupta italiana debilitaron considerablemente el poder de la Mafia en la propia Italia, con la captura y encarcelamiento de su sangriento capo di tutti capi Tato Riina. No obstante, la creciente internacionalización de sus actividades en los años noventa permitió a sus miembros recuperar su prosperidad, aun cuando tuvieran que renunciar a parte (pero no la mayor) de su control sobre las sociedades locales y las instituciones gubernamentales italianas.
En este proceso de internacionalización, la Mafia italiana coincide con las Tríadas chinas, en la actualidad una de las redes mayores y mejor articuladas de las organizaciones criminales del mundo, que cuenta, sólo en Hong Kong, con unos 160.000 miembros, divididos en el 14k, el Sun Yee On y el Grupo Wo. Otra red poderosa, la United Bamboo, está afincada en Taiwán. Como las mafias italiana y estadounidense, las Tríadas también están arraigadas en la historia y la etnia. Se originaron en el sur de China en el siglo XVI como un movimiento de resistencia contra los invasores manchúes de la dinastía Qing. Huyeron de China tras la revolución comunista y se extendieron por todo el mundo, sobre todo en los Estados Unidos. La pérdida de su base de Hong Kong en 1997 se previó diez años antes con un movimiento a gran escala hacia la internacionalización y la diversificación, utilizando fundamentalmente a los inmigrantes chinos ilegales en los Estados Unidos, Europa y Canadá, con frecuencia introducidos clandestinamente en el país por las Tríadas, y en algunos casos mantenidos bajo su control. La Place d'Italie en París y el antiguo (alrededor de Grant Street) y el nuevo (alrededor de Clemen Street) Chinatown de San Francisco son testigos de la proliferación de empresas chinas, algunas de las cuales puede que sirvan de apoyo y mecanismo para blanquear dinero a una amplia variedad de actividades criminales, la más importante de las cuales continúa siendo el tráfico de la heroína proveniente del Triángulo de oro, controlado históricamente por los ejércitos de los señores de la droga, en su origen miembros del ejército de Chiang Kai-Chek y respaldados por la CIA durante la guerra fría.
Los yakuzas japoneses (los boryokudan, es decir, los violentos) tienen una existencia semilegal en Japón y están abiertamente presentes en un amplio conjunto de empresas y actividades políticas (por lo general, asociaciones políticas ultranacionalistas). Las bandas más importantes son Yamagachi-gumi, con 26.000 miembros en 944 bandas interconectadas; Inagawa-kai, con 8.600 miembros; y Sumiyoshi-kai, con más de 7.000 miembros. También se originaron en las redes de protección creadas por los samurais desafectos entre la población pobre de las ciudades en los primeros estadios de la urbanización japonesa en el siglo XIX. Al igual que ocurrió con las otras organizaciones, la protección se convirtió en opresión de sus propios miembros. Durante mucho tiempo, los yakuzas japoneses se sintieron tan seguros en su tierra que su actividad internacional se limitó al contrabando de armas de los Estados Unidos a Japón y a proporcionar esclavas sexuales de otros países asiáticos a los burdeles y nigth clubs japoneses. No obstante, siguieron la globalización de las empresas japonesas y pasaron a exportar a los Estados Unidos su práctica habitual de chantaje y extorsión a las empresas, intimidando a los ejecutivos japoneses del extranjero con sus sokaiyas (provocadores violentos). También imitaron a las empresas japonesas realizando grandes inversiones en bienes raíces, sobre todo en los Estados Unidos, y manipulando valores en los mercados financieros. Para operar en los Estados Unidos y Europa, hicieron diversos tratos con las mafias siciliana y estadounidense, así como con varios grupos criminales rusos.
La espectacular expansión de diversas redes criminales rusas ha sido noticia de primera plana en todo el mundo en los años noventa. Aunque algunos dirigentes de estos bajos fondos están relacionados con la antigua tradición rusa de vorovskoi mir ("comunidad de ladrones" o "mundo de ladrones"), actualmente el crimen organizado en Rusia y las repúblicas ex soviéticas es el resultado de la transición caótica e incontrolada del estatismo al capitalismo salvaje. Ciertos miembros de la nomenklatura soviética, "capitalistas" extremadamente emprendedores que aspiran a convertirse en "los barones ladrones" de fin de milenio, y una miríada de bandas étnicas (la chechena la más brutal y envilecida) constituyeron redes criminales en los eriales creados por el derrumbamiento de la Unión Soviética. Desde allí se extendieron por todo el mundo, vinculándose con el crimen organizado de todas partes, convergiendo o compitiendo, compartiendo los beneficios o matándose entre sí, según las circunstancias.
Los cárteles de Medellín y Cali en Colombia y los de Tamaulipas y Tijuana en México, y grupos similares surgidos del tráfico de drogas casi en cada país de América Latina organizaron una red de producción, gestión y distribución que enlazó las zonas agrícolas de producción, los laboratorios químicos, las instalaciones de almacenamiento y los sistemas de transporte para la exportación a los mercados ricos. Estos cárteles se centraron casi exclusivamente en el tráfico de drogas, originalmente de cocaína, pero después también de marihuana, heroína y drogas químicas. Establecieron sus grupos de extorsión y sus métodos de blanqueo de dinero autónomos. También cuidaron la penetración en la policía, los sistemas judiciales y entre los políticos, en una vasta red de influencia y corrupción que cambió la política latinoamericana y que ejercerá una influencia duradera en los años venideros. Por su misma esencia, estos cárteles (compuestos realmente por una red coordinada de pequeños productores bajo el control de los jefes de los cárteles mediante la violencia, la financiación y la capacidad de distribución) desde el principio estuvieron internacionalizados. Su objetivo esencial era exportar a los Estados Unidos, después a Europa y luego a todo el mundo. Sus estrategias eran, de hecho, una adaptación peculiar de las políticas de crecimiento orientado a la exportación inspiradas por el FMI teniendo en cuenta la capacidad real de algunas regiones de América Latina para competir en el entorno de alta tecnología de la nueva economía global. Se vincularon con organizaciones criminales nacionales/locales de los Estados Unidos y Europa para distribuir su mercancía, y establecieron un vasto imperio financiero y comercial de operaciones de blanqueo de dinero que, más que ninguna otra organización criminal, penetró profundamente en el sistema financiero global. Los traficantes de drogas colombianos y latinoamericanos, como sus semejantes sicilianos, chinos, japoneses o rusos, también están muy arraigados en su identidad nacional y cultural. Pablo Escobar, el líder del cártel de Medellín, hizo famoso el eslogan: "Prefiero una tumba en Colombia que una prisión en los Estados Unidos". Y logró cumplir su deseo. Su actitud, y actitudes similares entre los jefes del narcotráfico latinoamericano, refleja un oportunismo obvio, ya que confían en su control relativo de los jueces, la policía y el sistema penal de sus propios países. Pero sin duda hay algo más, un componente específico más cultural, en su postura contra los Estados Unidos y en su apego a sus regiones y naciones, un tema sobre el que volveré más adelante.
Las organizaciones criminales de base nacional y étnica que he citado son las más notorias, pero de ningún modo las únicas en el escenario global. El crimen organizado turco (que tiene una influencia significativa en la política y los organismos encargados del cumplimiento de las leyes de su país) es un actor importante en la tradicional ruta balcánica que trae heroína a Europa, una ruta utilizada ahora para toda clase de tráficos adicionales. Las diversificadas redes criminales nigerianas se han convertido en una fuerza reconocida no sólo en Nigeria y África (donde subcontratan su conocimiento del terreno a los cárteles internacionales), sino en el ámbito mundial, donde destacan, por ejemplo, en el fraude de las tarjetas de crédito. En cada país, y en cada región, las bandas y las redes de bandas se dan cuenta de sus posibilidades de vincularse con unas cadenas más amplias de actividades en este submundo que tiene una presencia dominante en muchos barrios, ciudades y regiones, y que ha sido capaz de comprar la mayoría de los activos de algunos pequeños países, como la isla de Aruba, frente a la costa venezolana.
Desde estas bases locales, nacionales y étnicas, arraigadas en la identidad y fundadas en unas relaciones interpersonales de confianza/desconfianza (impuestas naturalmente con ametralladoras), las organizaciones criminales se embarcan en una amplia gama de actividades. El tráfico de drogas es el principal negocio, hasta el punto de que la legalización de las drogas probablemente sea la mayor amenaza a la que el crimen organizado tendría que enfrentarse. Pero pueden confiar en la ceguera política y la moralidad equivocada de unas sociedades que no asumen la base del problema: la demanda impulsa la oferta. La fuente de la drogadicción y, por lo tanto, de la mayoría de los delitos del mundo, radica en los daños psicológicos causados a las personas por la vida cotidiana en nuestras sociedades. Así que, pese a la represión, habrá un consumo masivo de drogas en un futuro previsible. Y el crimen global organizado encontrará medios de suministrar a esta demanda, haciendo de ello un negocio muy rentable y la madre de la mayoría de los delitos restantes.
No obstante, además del tráfico de drogas, la economía criminal ha extendido su ámbito a una extraordinaria variedad de operaciones, creando una industria global cada vez más diversificada e interconectada. La Conferencia de las Naciones Unidas de 1994 sobre el Crimen Transnacional enumeró las principales actividades en las que participa este tipo de crimen organizado, además del tráfico de drogas:
1) Tráfico de armas...
2) Tráfico de material nuclear...
3) Contrabando de inmigrantes ilegales..
4) Tráfico de mujeres y niños...
5) Tráfico de órganos...
6) Blanqueo de dinero...
La clave del éxito y la expansión del crimen global en los años noventa es la flexibilidad y versatilidad de su organización. La interconexión es su forma de operación, tanto interna, en cada organización criminal (por ejemplo, la Mafia siciliana, el cártel de Cali), como en relación con otras organizaciones criminales. Las redes de distribución funcionan mediante bandas locales autónomas, a las que suministran bienes y servicios, y de las que reciben dinero en efectivo. Cada organización criminal importante tiene sus propios medios de hacer cumplir los tratos. La violencia despiadada (incluidos la intimidación, la tortura, el secuestro de familiares y el asesinato) es, por supuesto, parte de la rutina, con frecuencia subcontratada a asesinos a sueldo. Pero más importante es el "aparato de seguridad" del crimen organizado, la red de agentes de la ley, jueces y políticos que están en su nómina. Una vez que entran en el sistema, están cautivos de por vida. Aunque las tácticas judiciales de reducción de la sentencia y protección para los testigos de un delito han contribuido a la represión del crimen organizado, sobre todo en los Estados Unidos y en Italia, la creciente habilidad de los dirigentes criminales para encontrar paraísos seguros y el alcance global de los asesinos de alquiler están limitando de forma considerable la efectividad de los métodos de represión clásicos de los Estados Unidos de los años cincuenta y la Italia de los ochenta.
Esta necesidad de escapar de la represión policial articulada en los estados-nación hace esenciales las alianzas estratégicas entre redes criminales en su nuevo modo de operación. Ninguna organización puede abarcar por sí misma todo el globo. Es más, no puede extender su alcance internacional sin entrar en el territorio tradicional de otra potencia criminal. Por ello, en estricta lógica empresarial, las organizaciones criminales se respetan mutuamente y encuentran puntos de convergencia a lo largo de las fronteras nacionales y los territorios de cada una. La mayoría de los asesinatos son intranacionales: los rusos asesinan a rusos, los sicilianos asesinan a sicilianos, los miembros del cártel de Medellín y del cártel de Cali se matan entre sí, precisamente para controlar su base local/nacional desde la que pueden operar cómodamente. Es esta combinación de interconexión flexible de territorios locales, arraigados en la tradición y la identidad, en un entorno institucional favorable, y el alcance global que proporcionan las alianzas estratégicas lo que explica la fortaleza organizativa del crimen global. Lo convierte en un actor fundamental en la economía y la sociedad de la era de la información. En ningún otro lugar es este papel estratégico global más evidente que en el saqueo de Rusia durante y después de la transición del estatismo soviético al protocapitalismo salvaje.
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