La «convicción»
bajo sospecha
(en M.
Fraijó: “A vueltas con la religión”, cap. 1º, 2)
Podemos entender por
“convicción” una especie de seguridad que impregna la vida de una persona, pero
que no se puede demostrar. Es algo de lo que se vive, pero que, si se nos exige
que lo demostremos, nos viene enseguida a la mente la respuesta de san Agustín
cuando le preguntaron qué era el tiempo: «Yo sabía explicado hasta que tú me
preguntaste». La convicción es siempre una especie de seguridad sin garantías.
Esta ausencia de garantías se acentúa cuando la convicción es de índole
religiosa. El hombre religioso no posee garantías ni sobre su convicción más
elemental: la existencia de Dios. La convicción religiosa no suele transformarse
en certeza. Es seguridad interior con pobres apoyos externos. De ahí la alta
probabilidad de que todo hombre, incluso el más dotado religiosamente, haya
prestado a Dios alguna vez el homenaje de la duda. Es más: cabría incluso dudar
de la profundidad de una convicción religiosa sin noches oscuras ni titubeos
esenciales. Las religiones que «prohíben» la duda suelen desembocar en el
fundamentalismo. De ahí que hablemos del «homenaje de la duda». Ninguno de los
dioses evocados por las tradiciones religiosas de la humanidad ha sido tan
explícito que no haya dejado espacios abiertos a la duda y a la pregunta. M.
Heidegger llegó a hablar de la «piedad de la pregunta». Probablemente coincide
con lo que acabamos de llamar «homenaje de la duda». El mundo conocido no se
reconcilia sin violencia con la existencia de dioses buenos y poderosos. Este
desajuste será siempre fuente de inquietudes, dudas y preguntas. Y, en
definitiva, será el responsable último de que la convicción religiosa se prohíba
a sí misma severamente convertirse en certeza.
En realidad, la ausencia de
garantías no es una enfermedad que afecte sólo a la convicción religiosa. Otras
parcelas significativas de la vida humana se inscriben en el mismo registro. No
hay certificado de garantía para el amor, la amistad, la fidelidad o la belleza.
Son realidades que exigen confianza, riesgo y apuesta. No se da fe -aseguraba
Kierkegaard- sin riesgo. Y por fe entendía el apasionado pensador danés «la
contradicción que se establece entre la pasión infinita de la interiorización
del individuo y la incertidumbre objetiva».
Siempre hubo hombres de profundo
calado humanista que supieron valorar en todo su alcance la apuesta del hombre
religioso. Percibieron la profundidad que puede acompañar al itinerario
religioso de los seres humanos. Captaron que, para el creyente profundo, Dios no
es un dispositivo cómodo, sino más bien una sobrecarga. En efecto: además de
soportar, como los demás, el sinsentido de tantos episodios de la historia
humana, el creyente tiene que hacer teodicea, es decir, tiene que justificar el
permanente y misterioso silencio de su Dios frente al drama del hombre. Tarea
nada envidiable.
La convicción religiosa ha
conocido, pues, pronunciamientos amables. Pero también se oyeron voces críticas.
La principal de ellas tal vez sea la de Nietzsche. Al definir al hombre como
«animal no fijado», es coherente que Nietzsche rechace las convicciones. Es
inevitable que éstas «fijen»al hombre. De ahí el contundente veredicto
nietzscheano: «Las convicciones son prisiones». Es mejor flotar que conocer
asideros firmes. El convencido -viene a decir Nietzsche- no sabe lo que se
pierde. Es un miope, un pobre «epiléptico del concepto». En lugar de llamar a
todas las puertas, el convencido se encariña únicamente con una. Y ante ella se
detiene con mezcla de tozudez y pereza. Su horizonte se vuelve progresivamente
raquítico. Nietzsche se lo imagina corto de visión, fiel a un solo partido,
parcial, riguroso e inflexible en la determinación de los valores. En
definitiva, el convencido es un hombre de fe y, como tal, un pobre alienado. La
fe -sea religiosa o de cualquier otro signo- descentra y enajena al
hombre.
Además -Nietzsche insiste
machaconamente en ello-los convencidos propenden al fanatismo. La lista de
fanáticos presentada por nuestro filósofo incluye a Lutero, Savonarola,
Rousseau, Robespierre y algunos otros. Eran hombres que querían salvar al mundo atrincherados en una sola idea. Nietzsche llega a la
conclusión de que tal vez las convicciones sean peores enemigas de la verdad que
la mentira misma.
El paso siguiente se vislumbra
fácilmente: lo contrario de un convencido es, para Nietzsche, un escéptico. Los
grandes espíritus son escépticos. Zaratustra es escéptico. El escéptico se asoma
a todos los abismos y, como Pilato, deja escapar siempre un tenue «¡qué es la verdad!» y ésta es la acusación más decisiva de
Nietzsche contra el cristianismo: que no es escéptico. Los cristianos están
abrumados de convicciones. Son incapaces de mirar libremente. Su permanente
decantación revela que carecen de perspectiva. Una perspectiva amplia impide
toda decantación particular. No hay que tener en cuenta a los hombres
convencidos. Tampoco a los cristianos.
Sólo el escepticismo pone al
descubierto la auténtica grandeza de un hombre. La fortaleza, la libertad y la
fuerza se prueban mediante el escepticismo. Para desear y lograr cosas grandes
es necesario ser escéptico. El creyente es un débil. Sólo la debilidad necesita
fe y exige incondicionalidad. El creyente, el convencido, es un ser dependiente
y enajenado. Es hombre de morada fija. Su pasión es la seguridad. Tiende a
definido todo.
En cambio, el escéptico, aunque
la sociedad le obligue a «consumir» las convicciones imperantes, no se somete a
ellas. Sabe que no hay metas firmes ni saberes seguros. Vive en una permanente
suspensión de juicio. No se adhiere a nada ni a nadie. Nietzsche condena
enérgicamente todo género de adhesión. Ningún valor se impone con suficiente
rotundidad como para reclamar una adhesión incondicional. Y en el mundo no hay
paraísos que reclamen preferencias. Nada es tan digno que merezca ser elegido.
La elección implica exclusión. y Nietzsche no está
dispuesto a renunciar a nada. Desea afirmarlo todo. Recalca con insistencia su
condición de filósofo de la afirmación sin fronteras.
Parecía necesario recordar esta
enérgica condena de la convicción religiosa y de cualquier convicción. Ya
anunciamos que los términos del enunciado de nuestro tema son altamente
conflictivos. Nietzsche representa, tal vez, la crítica más aguda de la que
puede ser objeto la convicción religiosa. Aquí habla el psicólogo que siempre
quiso ser Nietzsche. Y es indudable que, en algún sentido, las convicciones son
limitaciones. No ha sido Nietzsche el único pensador lúcido que insiste en ello.
También Unamuno vivía el tema con tintes dramáticos. Era consciente de que optar
por una convicción implicaba excluir otras
muchas.
En el fondo, está en juego el
problema de la finitud. Decía santo Tomás que el hombre era «en algún sentido,
todo». Parece, efectivamente, que aspiramos a la universalidad. Nos gustaría
beber en todas las fuentes y asomamos a todos los abismos. Pero, al mismo
tiempo, tenemos una cita segura con la finitud. Nuestros días y nuestras
posibilidades conocen el límite. Se impone el elogio de la opción humilde y
parcial. Nietzsche no vio que también la renuncia a la totalidad puede revestir
grandeza. Él pensaba en el superhombre. Pero no será éste el caso del hombre
religioso. El creyente no persigue el imposible ideal del superhombre. Desde
esta consciente renuncia a lo titánico puede adquirir dignidad y consistencia la
convicción religiosa. Optar por una convicción religiosa determinada en el marco
del pluralismo ideológico que nos circunda puede, y no sólo desde presupuestos
nietzscheanos, avivar la melancolía por lo no compartido. Pero, al mismo tiempo,
el hombre religioso sabe que el único camino hacia la deseada universalidad no
está en compartirlo todo, sino en compartir con todos o, al menos,
con muchos. Ni parece posible carecer de convicciones, ni es viable
poseerlas todas. Lo mismo ocurre en el campo religioso: la humilde adscripción a
una convicción religiosa, compartida con otros, puede no carecer de grandeza ni,
tal vez, de racionalidad.
***Trata de responder a las siguientes
cuestiones:
1) ¿Cuál es la tesis central aquí
expuesta?
2) ¿Estás de acuerdo con ella o en
desacuerdo?
3) Destaca algunas de las afirmaciones para subrayarlas o
refutarlas.
4) ¿Qué añade el contenido de este artículo a los “elementos” y
“criterios” anteriores? Comenta sus afirmaciones desde un punto de vista
sociológico.