DEL CATOLICISMO TRADICIONAL AL CONCILIAR:
DEL SAGRADO POSEÍDO AL ENCARNADO
(Cap. 9 del libro de José María Mardones “La transformación de
la religión”. PPC, Madrid, 2005)
Queremos captar el cambio o metamorfosis de lo sagrado que ha
acontecido dentro del catolicismo. Cuando nos lanzamos a esta indagación tenemos
algunos presupuestos de fondo que es bueno explicitar: entendemos que la idea o,
mejor, el “imaginario” de lo religioso, aun dentro de una tradición religiosa,
cambia, no es rígido. Estos cambios vienen propiciados las más de las veces,
como estamos viendo, por los movimientos socio-culturales, en concreto, en
nuestro caso, por el conglomerado de vicisitudes que denominamos
modernidad.
Aventuramos la hipótesis de que en cada momento socio-cultural hay
un “imaginario” o conjunto de representaciones y vivencias dominantes sobre
Dios, lo sagrado, las relaciones con lo divino, etc. Las personas participamos
de este “imaginario” fundamental que es, como diría P. Ricoeur, “lo creíble disponible”, es decir, el marco
intelectual, emotivo, lingüístico, imaginativo... que es característico de cada
momento.
Pretendemos mostrar algunos de estos cambios ocurridos en el
“imaginario” cristiano católico. Lo vamos a hacer comparando los momentos que
podemos denominar tradicional o anterior al Concilio Vaticano II y el posterior.
A los cuarenta años del Concilio podemos dirigir esta mirada, necesariamente
esquemática, de carácter tipológico, que quisiera dar cuenta de, o al menos
sugerir, algunos de los cambios de lo sagrado-religioso dentro del
catolicismo.
1. El “imaginario” tradicional católico o lo sagrado objetivo y
poseído.
Elegimos unos cuantos indicadores a fin de construir una cierta
tipología que proporcione una idea o recuerdo -todavía muy cercano o presente en
nuestros días- de un tipo de catolicismo que va a encontrar un correctivo o
cambio en la propuesta conciliar.
a) La vivencia tradicional de lo sagrado en el mundo
católico
Cuando nos preguntamos por el mundo religioso y la experiencia de
lo sagrado en el que fuimos educados muchos de los que seguramente leerán estas
páginas, tendremos que decir con el teólogo alemán K. Berger que, básicamente, lo sagrado católico preconciliar era experienciado por
el niño como un sagrado situado en «las cosas sagradas». Lo sagrado
estaba en el cáliz, el copón, la patena, el vestuario de la misa, el sagrario
-que contenía la sagrada hostia-, el agua bendita... Se fuera o no monaguillo,
una gran mayoría teníamos esta sensación de estar en presencia o cercanía de lo
sagrado ante estas cosas. Lo sagrado moraba allí.
También las personas, desde las manos «consagradas» del
sacerdote, del obispo, a las personas de los religiosos o religiosas, con
sus vestidos distintivos, denotaban una presencia de lo
sagrado.
Asimismo había lugares sagrados: se privilegiaban, hasta hoy mismo,
unos “espacios sagrados”, iglesias, capillas, ermitas, santuarios, donde lo
sagrado estaba, aparecía y se manifestaba. Sin duda, algunos de estos espacios
eran especialmente sagrados por ejemplo los grandes santuarios elevados en honor
de Nuestra Señora y bendecidos por las apariciones y milagros de
Había y hay unos tiempos sagrados. El año litúrgico da relevancia a
unos tiempos sobre otros. No es lo mismo Navidad, Cuaresma, Pascua que «el
tiempo o los domingos ordinarios»; no es lo mismo un día cualquiera que la
fiesta del santo patrón, Santiago o
A estas alturas quizá podemos ya generalizar y decir que lo sagrado
aparecía en este mundo del catolicismo tradicional como un sacro objetivo, fijo,
ligado a un mundo establecido mediante un orden bien determinado. Cada cosa
ocupa su lugar en este universo y, sobre todo, lo sagrado estaba situado de tal
manera que se sabía dónde estaba y cuándo se podía tener acceso a
él.
b) La participación en lo sagrado
Los fieles participábamos en este mundo de lo sagrado-religioso
mediante unos comportamientos que reconocían la presencia de lo sagrado ahí
delante: tales eran la serie de signos y gestos que eran prescritos o adecuados:
arrodillarse durante la consagración, al recibir la comunión, no masticar la
sagrada forma, hacer la señal de la cruz al entrar en la iglesia, tomar el agua
bendita, hacer la genuflexión al pasar delante del Santísimo,
etc.
Asimismo, los ritos litúrgicos estaban presididos por un gran rubricismo: se debían realizar estrictamente según el orden
establecido, que se sacralizaba a su vez como rígido e inamovible y que
comportaba incluso condenas para el sacerdote que, por ejemplo, se olvidaba de
mezclar unas gotas de agua con el vino, etc. Sabemos cómo esta concepción
objetivista de lo sagrado ha llevado a «magificar» las
palabras de la consagración, perdiendo -especialmente la mayoría de los fieles
y, a veces, los mismos sacerdotes- una idea más exacta de la consagración y de
la pluralidad de las presencias de Jesucristo en la misma celebración
eucarística. Incluso se llegó a discutir si la consagración de pan fuera de la
misa era válida; películas como El renegado dieron pie a
ello.
c) El «imaginario» doctrinal
La forma de concebir o representar a Dios, tanto en la predicación
como en la teología, se asemejaba a una racionalización objetivante, tan clara y distinta, con propuestas -véase el
Catecismo- que no cuestionaban ni un ápice las representaciones de fondo
que se proponían. La imagen de Dios, el pecado original o cualquier otra
doctrina se presentaba con una objetividad, claridad, verdad y seguridad por
encima de cualquier relatividad histórica o de la mediación
conceptual.
A. Vergote ha denominado, con mucho
acierto, «racionalización sobrenaturalista» a esta
cosificación del lenguaje religioso que ha perdido la conciencia de que eran
hombres los que hablaban de Dios y de lo divino, es decir, que hablaban de lo
ausente, de lo no a mano ni disponible objetivamente. Podríamos hablar de un
olvido o pérdida de la conciencia de «analogía» o del uso simbólico del lenguaje
cuando hablamos de lo divino. La teología culta lo sabía, pero la realidad
dominante se desdecía desde sus hábitos ordinarios.
Quizá ha sido la realidad crítica, descreída y relativista de
nuestra época la que ha devuelto a muchos la «docta ignorancia» o «agnosia» que
late siempre en nuestro hablar y saber acerca de Dios. La teología negativa ha
vuelto a ser reivindicada.
d) Los mediadores oficiales
El «imaginario» religioso católico predominante se remitía a los
«doctores de
Diríamos de una forma sociológica más abstracta que el modo de
mediación de lo sagrado era fuertemente institucional (68): tendía a
privilegiar un soporte objetivo: un rito que te ponía en relación «directa» con
Dios, una persona portadora de un carisma y una función que te aseguraba la
correcta interpretación y comprensión, etc.
e) La relación personal con Dios
Podemos esquematizar el tipo de relación personal que se establecía
con Dios apuntando algunos datos como los siguientes.
La imagen que predominaba era la de un Dios intervencionista
en el mundo. De ahí que se manejara un concepto «providencialista» de la
vida: todo, de algún modo, remitía al querer o voluntad divina, tanto lo
bueno como lo malo, el éxito como el fracaso, la salud como la enfermedad. La
vida era vivida como resultado del querer siempre misterioso, inescrutable de
Dios. Dios aparecía así cercano-lejano y produciendo miedo en sus
incomprensibles designios.
Esta comprensión-relación con Dios conducía a una religiosidad
tendente a la milagrería y el maravillosismo: el
catolicismo de las rogativas, de las bendiciones, de la oración de petición
sobredimensionada, como si todo dependiera casi mágicamente de Dios,
propiciaba una «causalidad de domingo», como la denomina E. Troeltsch. Este providencialismo era un peligro atemperado
por el realismo y el sentido común de los fieles y de la misma religiosidad,
presente en expresiones que han quedado como refranes: «A Dios rogando y con el
mazo dando» o «al destino se le sale al camino».
La religiosidad preconciliar era
predominantemente devocional. Usaba la mediación de María y de santos
para paliar la distancia de la imagen predominante de Dios. En particular,
Tres devociones acaparaban la atención católica, especialmente
desde finales del siglo XIX. Son las llamadas «tres devociones blancas»: el
Santísimo (la sagrada hostia), María y el papa. Habría que indicar, lo cual es
muy importante, pues da idea de la autoconciencia objetivadora que predominaba, que estas devociones eran
vistas y vividas separadas, autónomas, como cosas en sí.
Finalmente, indiquemos que la salvación era predominantemente entendída, como ha señalado críticamente K. Rahner, en una
suerte de simetría equivalente entre salvación-condenación. La amenaza de la
condenación pendía sobre el crevente a igual distancia
que la salvación. La pastoral usó y enfatizó tanto el «temor al infierno» o
la condenación que parecía que la redención y la bondad de Dios estuvieran
realmente lejos. No era, ciertamente, diríamos con un tono jansenísta, una gracia barata.
2. La reconfiguración o resimbolización
de lo sagrado católico en la modernidad del siglo XX
El Concilio Vaticano II es el punto de llegada y cristalización
oficial de una serie de tendencias y corrientes que pugnaron durante mucho
tiempo dentro de
Este concilio pastoral representó, a la vista de observadores
protestantes de la altura teológica de P. Tillich y K.
Barth, una inesperada renovación eclesial católica que venía desde donde menos
cabía esperar: «desde arriba», desde la cúpula del pontificado. Cabe discutir si
tal renovación o puesta al día llegaba ya tarde, como opina E. Poulat, vistas las cosas desde la situación francesa, o si
precisamente por proceder de «arriba», desde la iniciativa jerárquica
papa-obispos-teólogos, ha carecido de tiempo y energía suficiente para su real
asimilación e implantación en la mayoría de los fieles. Y todavía cabe
preguntarse si las contra reacciones a que ha dado lugar, incluso desde las más
altas instancias, no han neutralizado los efectos
pretendidos.
Dejamos estas cuestiones para centrarnos en lo que podemos
denominar el trabajo de resimbolización o cambio de
«imaginario» -otros dirán, centrándose más en lo teológico, «cambio de
paradigma»- que supuso el Vaticano II. De nuevo esquematizamos y simplificamos
las cuestiones casi al máximo para tratar de obtener una idea acerca de los
cambios en la concepción de lo sagrado que venimos
persiguiendo.
a) Desde lo sagrado objetivado y localizado a lo sagrado
encarnado
El giro dado por el Concilio Vaticano II se puede ver, sin duda,
como una vuelta a recuperar lo más propio y característico cristiano: Dios se
encuentra, se le puede encontrar, no sólo en espacios y tiempos sagrados, sino
en el corazón mismo del mundo, de la profanidad. Dios, el Dios de Jesucristo, es
el Dios encarnado en las entrañas de la realidad y de lo humano. Quien se
encuentra profundamente con la realidad y con lo humano se tropieza, aunque le
ponga otro nombre, con el Dios de Jesús.
En el fondo hay un desplazamiento o cambio notable: lo sagrado, que
en la concepción preconciliar corre el riesgo de
naturalizarse y hacerse cósmico y ser percibido como el sobrepoder o poder y sentido de la realidad -lo que R. Otto
denominará como lo fascinante, lo terrible y lo mayestático-, lo percibe todo
hombre religioso -de ahí la persistencia de lo que M. Eliade ha llamado el
catolicismo cósmico de la religiosidad popular católica-; ahora bien, lo
propiamente cristiano, sin negar lo anterior, pone el énfasis en la encarnación
de Dios». Lo sagrado ahora es lo humano, el ser humano en necesidad, en cuanto
destinatario privilegiado del amor y misericordia divinas.
Las consecuencias de este giro o desplazamiento no son pocas. De un
énfasis en la objetividad de templos, cosas, espacios, tiempos y personas, se
pasa a acentuar la presencia de Dios en el hombre y lo que posibilita o no la
realización de este ser humano. De ahí que el ser
humano y sus vicisitudes sociales, políticas, económicas y culturales pasen a
ser lugares de encuentro con Dios. ¿Dónde se encuentra a Dios? Allí donde se
juega el destino del hombre, es la respuesta. Por esta razón cobra una
relevancia especial la mirada a la realidad, la atención a las situaciones de
pobreza, desigualdad, injusticia, como los movimientos sociales o los impulsos
de libertad, democracia, universalidad, derechos humanos, etc. Es decir, los
«gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (GS 1,1). El
Concilio puede llegar a establecer una especie de humanismo que es toda una
antropología y una espiritualidad, cuando dice a continuación: «Nada hay
verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (ibid.).
b) El único mediador
El Concilio efectúa otra resimbolización
dentro de la religiosidad católica: del centramiento
católico -de hecho, mariano- se pasa al cristológico.
Cristo es el centro y el único mediador o salvador entre Dios y los hombres. En
su estela se puede colocar a María y los santos, pero sólo en su estela, dentro
de una concepción de cuerpo místico de Cristo.
Jesús es propuesto como el cristalizador de la cercanía amorosa de
Dios, de su entrega incondicional, de su fidelidad al hombre, de cómo hay que
entender y concebir a Dios mismo. Todo esto lo sabe el cristiano por y en Jesús.
En el centro del corazón, de la cabeza y de la vida tiene que estar Jesucristo.
No se nos ha dado otro mediador. Y desde él y en él somos hijos y enviados a ser
sus continuadores en la tarea de llevar toda la realidad hacia
Dios.
Se advierte la purificación de un marianismo excesivo y el cristocentrismo del Concilio. Lo que se ha denominado como
un acercamiento a los «hermanos separados» es, en realidad, la recuperación de
la centralidad de Jesús mismo para la fe cristiana.
Añádase la propuesta de espiritualidad de fondo que late: la de la
igualdad fundamental de todos los cristianos como hijos y enviados,
representantes de Jesucristo mismo, antes o por encima de la diversidad
funcional y de carismas de los miembros de la comunidad
cristiana.
e) La preeminencia de la salvación
Salvación y condenación no están equidistantes. Si se ha entendido
bien al Dios de Jesucristo, que “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo”
(Jn 3,16), no estamos ante un dilema en igualdad de
posibilidades. Podemos expresarlo a la manera paulina: si Dios está con
nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8,33).
Dios está inclinado a favor del hombre, se encarnó para salvarlo y
elevarlo.
Se plantea un correctivo a la escatología preconciliar, demasiado centrada en el miedo y la
condenación. Hay un énfasis en la condición amorosa, en la fidelidad y amor
misericordioso de Dios. Este dato bíblico, oscurecido a menudo en la práctica de
la vida cristiana, es realzado mediante una relación más cercana con el amor
incondicional de Dios.
Incluso merced al trabajo de teólogos y teólogas se inicia un
cambio en el «imaginario» de Dios: de un Dios Padre, Creador y Juez, imagen
patriarcal de una cultura de este género, relegadora
de la mujer, se va pasando hacia un Dios Padre-Madre. Se acentúa el
carácter simbólico de estos nombres aplicados a Dios y se advierte la
conveniencia de llamar a Dios «Madre», ya que, como diría el profeta Oseas,
tiene entrañas (órgano femenino) de misericordia.
¿Se feminiza lo sagrado percibido en el misterio de Dios tras estos
cambios? Parecería que sí. En el fondo late una imagen maternal de Dios, más
Madre que todas las madres.
d) La des-ritualización de la
liturgia
Se pasa de una liturgia creadora de misterio y trascendencia
mediante la distancia, alejamiento del altar y del sacerdote, de espaldas al
pueblo, en una lengua incomprensible y «sagrada», como el latín, a la cercanía
del altar, a veces en el centro, con el sacerdote de cara al pueblo y hablando y
proclamando
Ahora bien, ¿no se ha perdido misterio? ¿No se ha esfumado lo
sagrado de las celebraciones, demasiado triviales y populacheras? Sabemos que
hay corrientes en el catolicismo que opinan de este modo y llegan incluso hasta
elevadas jerarquías de
No hay duda de que la «renovación litúrgica» conciliar ha sido
insuficiente. Tenemos la experiencia de la trivialización del rito, de su acartonamiento, de la
carencia de sugerencia y la pérdida de elementos ceremoniales, musicales, etc.
Pero nos tememos que, en el fondo de esta disputa, laten sensibilidades
distintas respecto a la concepción de lo sacro, de la trascendencia y del
misterio, que no están lejos de los giros que venimos advirtiendo
(69).
e) Palabra de Dios y palabra humana
El Concilio ha sido el impulsor de lo que podemos denominar como un
acercamiento menos ingenuo y literalista a
La lectura de
En el fondo se recupera la comunicación de Dios al ser humano, su
revelación histórica, pero mediada siempre por la historia humana. Un misterio
de lo sagrado siempre pasado inevitablemente por lo humano, en una situación
siempre ya interpretada, como se dice académicamente.
Avanzamos hacia un trato con lo sagrado, con el misterio de Dios,
que, con P. Ricoeur, podemos denominar como una
«segunda ingenuidad». Es decir, el trato cercano con Dios, su Palabra, etc.,
tras haber sido sometido a la distancia de la conciencia de las mediaciones y de
la crítica. Hay una asunción de la aportación reflexiva, crítica, de la
modernidad sobre lo sagrado: no hay presencia inmediata de Dios. Hay, como diría
Kierkegaard, «inmediatez tras la reflexión».
f) Una mayor libertad interpretadora
La renovación conciliar desató una gran creatividad teológica.
Pronto fuimos conscientes de la diversidad de interpretaciones acerca de la fe,
de los condicionamientos geográficos y culturales de cada teología o sesgo
interpretador. El pluralismo teológico, interpretativo, hizo su aparición casi
al mismo tiempo que los riesgos inherentes a él.
Se era más consciente de la imposible unanimidad de las
interpretaciones y del riesgo de relativismo. Lo que mostraba la faz humana y
limitada de todo discurso teológico -que encarecía una reserva siempre y una
cierta «teología negativa»- se veía, sin embargo, con gran temor y preocupación
desde la institución. La pérdida de unidad, la creación de distancia respecto a
la creencia oficial, se veía como peligro de disidencia.
Hemos conocido en el posconcilio estas
tensiones que han conducido a estrategias de la autoridad por ganar la unidad
doctrinal mediante el Catecismo romano y el control de las
publicaciones teológicas. Recurso vano: el boquete abierto por el Concilio ha
conducido hacia una libertad interpretadora que se manifiesta ya hasta en las
encuestas de opinión. El católico español, el europeo en general, ha obtenido y
practica la libertad interpretadora. Ya dijimos que nos encontramos ante un dato
del momento cultural que nos toca vivir y que, sin embargo, nos parece imposible
de torcer. Lo sagrado se vive de forma ya más personal e incluso subjetiva. El
indicador de la libertad interpretadora es una muestra.
g) La universalidad de lo cristiano
El énfasis en la encarnación de Dios como lo característico
cristiano conduce hacia la universalidad. Lo sagrado cristiano se expresa y se
reconoce en todo lo profundamente humano. Lo no universalizable y válido para todo ser humano no se puede
sostener como cristiano.
Esta tensión hacia lo humano lleva al cristianismo a valorar la
presencia de Dios en toda manifestación verdaderamente humana. La salvación está
presente fuera de los muros estrictos de
De esta concepción encarnacionista se
deriva una atención a todo fenómeno humano como lugar de la presencia y la
manifestación de Dios. De ahí deriva una actitud espiritual que se ha denominado
«mística de los ojos abiertos» (J. B. Metz), que lleva hacia la vivencia
sagrada de lo secular. En las honduras de lo profano late lo divino. Toda la
realidad está habitada por Dios, y el Espíritu gime y pugna por llevar a
plenitud, dar a luz en el seno de
¿No será ésta la espiritualidad que está esperando nuestro tiempo?
Hay que conjugar una postura que haga justicia profundamente a lo secular con
una inclinación profundamente mística que reconoce la presencia escondida de
Dios en toda ella. En un momento de declive de lo católico en Europa y España es
de particular importancia tener los ojos bien abiertos y la mente clara:
lo católico se juega en la causa del hombre, que es la de
Dios.
3. ¿Hacia dónde vamos?
El cambio propuesto por el Concilio ha sido drástico y profundo.
Cuando lo contemplamos en sus rasgos más sobresalientes tenemos que decir,
comparativamente, que se sitúa en otra galaxia religiosa.
La cuestión que nos inquieta es la del futuro de este catolicismo
en proceso surgido del Concilio. Responde a las raíces del evangelio y a las
voces de nuestro tiempo. Pero, ¿logrará conquistar los corazones de los
creyentes e implantarse en la realidad?
El giro conciliar vino decretado desde arriba, aunque recogiera,
sin duda, el sentir de muchas inquietudes de la base eclesial. Para unos, como
ya hemos indicado, llegaba ya tarde; para otros, demasiado pronto. Una
institución eclesial tan plural en la situación socio-cultural e ideológica de
sus fieles como la católica se ha resentido de las diferentes actitudes o
«velocidades» eclesiales. Incluso, como hoy sabemos y palpamos, en
Los historiadores, con su mirada de más largo alcance, suelen ser
menos impacientes que el analista social atento a los movimientos del presente y
a un tiempo histórico muy corto. Han sucedido muchas cosas en poco tiempo. ¿Son
cuarenta años un tiempo suficiente para efectuar un cambio de paradigma? Mental
y organizativamente han cambiado muchas cosas en
Y no sólo está la cuestión de la recepción y el cambio de
religiosidad dentro de
¿Cómo influirá esta «nueva situación espiritual» en el cambio de lo
sagrado-religioso dentro del propio catolicismo?
(67) P. Ricoeur hablará de un «mito
racionalizado», y teólogos como B. HÄRING, «De la caída del primer hombre al
pecado original. Observaciones sobre el Catecismo de
(68) Cf. J. P. Willaime, «La construction des liens socioreligieux: essai de typologie à partir de modes de
médiation du charisme», en: Y. LAMBERT / G. MICHELAT / A. PIETTE, Les
religieux des sociologues.
Trajectoires personnelles et
débats scientifiques.
París, L'Harmattan, 1997, pp.
97-108.
(69) Aún es reciente la instrucción Redemptionis sacramentum, de
***Trata de responder a las
siguientes cuestiones:
1) ¿Cuál es la tesis central del
artículo?
2) ¿Estás de acuerdo con ella o en
desacuerdo?
3) ¿Qué otras afirmaciones destacarías, bien para subrayarlas o
bien para refutarlas?