A PROPÓSITO DEL DÍA DEL SEMINARIO
Aprovecho que recientemente hemos celebrado el Día del Seminario para escribir algunas de las reflexiones que tal fecha me produce.
DESCENSO DRÁSTICO DEL NÚMERO DE SEMINARISTAS
En primer lugar, no descubro nada si creo advertir que las Campañas desde hace muchos años están marcadas por el hecho de la clara disminución de seminaristas. Creo que fue en 1963, precisamente el año en que yo entré en el Seminario de Barbastro, cuando el número de seminaristas españoles llegó al máximo; a partir de ese momento no ha hecho más que decrecer y lo sigue haciendo especialmente en la Diócesis de Zaragoza que es en la que actualmente trabajo como cura. En ella hemos descendido hasta el número actual de 10 seminaristas, cuando en la década anterior se estaba en torno a los 30.
ALGUNAS CAUSAS DE ELLO
Las razones de esta disminución hay que buscarlas en muchos campos. Empecemos por algunos no directamente eclesiales:
1) En el demográfico, con la fuerte disminución de la natalidad que se viene constatando desde hace más de 25 años y que ha llevado a muchos padres a contentarse con tan sólo un hijo o hija, ni siquiera con la llamada "parejita" de hace unos años. Antiguamente, cuando el número de hijos era bastante superior, se solía enviar a uno de ellos al Seminario, lo cual no ponía en peligro la continuidad del clan familiar y del apellido; hoy, en cambio, esta costumbre ha desaparecido.
2) En el social, con la pérdida de prestigio de la Iglesia y, por consiguiente, de sus principales representantes en la mentalidad de la gente. Ya no es la organización que determinaba en gran medida la vida de nuestra sociedad, ya no dispone del poder de antes, ya no es tan tenida en cuenta. Por otra parte, ya no se ve el acceso al sacerdocio como un acenso en la escala social sino más bien como todo lo contrario ("mal empleado para cura"), habiendo muchas otras profesiones que gozan de bastante más prestigio (y, por supuesto, de mejor sueldo).
3) En el educativo, con la extensión de la escolaridad a todas las capas sociales a través de múltiples centros de enseñanza, tanto públicos como privados, frente al hecho de que hace unos cuantos años (ya bastantes) para muchas familias la única posibilidad de que sus hijos estudiaran era que lo hicieran becados en el Seminario en virtud de las facilidades que ello suponía para unas economías maltrechas.
4) En el terreno de los valores sociales imperantes que ha llevado a los valores religiosos (fe, práctica religiosa, etc.) a ocupar puestos muy secundarios en una sociedad preocupada por otras cuestiones relacionadas con la economía, el nivel de vida, el confort, las nuevas tecnologías, el turismo, la imagen, etc.
Esto no significa que hayamos pasado de una sociedad más auténticamente religiosa a otra que lo es menos. Cada época ha tenido sus propias vivencias religiosas, sus maneras de expresarlas, sus convicciones y también sus seminaristas y sacerdotes. En todas ha habido y hay sus luces y sus sombras. No me atrevo a afirmar que actualmente la fe sea más auténtica y que los cristianos (menos en número) sean más consecuentes con su fe. Sería injusto con la fe de los que nos han precedido y presuntuoso con nuestra fe actual. Ni puedo afirmar que actualmente uno que se mete en el Seminario tiene una vocación más depurada que la que tenían los seminaristas de antes. Es verdad que hace años ir al Seminario no era sólo ir a prepararse para ser cura: era introducirse en un proceso que podía llevar a ser sacerdote con todas las adherencias religiosas y también sociales que esto representaba. Pero ahora ocurre tres cuartos de lo mismo: el que se mete en un Seminario lo hace también con "adherencias", aunque sean distintas de las de antaño. Y si entonces había seminaristas generosos y otros que pensaban utilizar el sacerdocio para otras finalidades o por otras razones menos santas, también ahora me da la impresión de que sucede lo mismo, aunque en otro contexto social y religioso.
UNA CAMPAÑA "SUI GENERIS"
En algunas ocasiones, yo que tengo alumnos seminaristas, les he preguntado sobre las Campañas Vocacionales y no he obtenido respuestas muy claras que me permitan pensar en semejanzas con otras campañas laicas que intentan introducir algún que otro producto o provocar determinadas reacciones. Lo que más me ha llamado la atención es que no parecen basarse en serios análisis de la realidad, en profundos acercamientos para conocer la situación de las personas hacia las que va dirigida la Campaña. Por otra parte, los pósters elegidos (a excepción quizás del de este año) no han sido precisamente atractivos desde los gustos actuales sino más bien un ejemplo de estéticas pasadas de moda. Otra de las características de estas Campañas es que van dirigidas a chicos jóvenes, como si el ser cura fuera algo únicamente apto para estudiantes o gente joven en general.
LA VOCACIÓN SACERDOTAL
Todo lo anterior me ha llevado a reflexionar una vez más sobre la cuestión de las vocaciones desde mi doble condición de sacerdote, con casi treinta años en ejercicio, y sociólogo. Mi reflexión intenta aportar un punto de vista más, y si puede contribuir a aclarar las cosas, pues mejor que mejor.
En primer lugar me pregunto sobre la vocación en sí. Mi respuesta, como creyente, es que asumo que Dios llama, que nos llama a colaborar con Él en la construcción de su Reino, que nos llama a seguirle, en definitiva. Otra cosa es que llame específicamente para ser curas. Y otra cosa es que ésta sea "la llamada" por excelencia. Me preocupa especialmente ese sentido elitista que se haya podido crear (los "elegidos" de Dios) y esa espiritualidad que en ello se ha apoyado. Me preocupa esa sensación de tener una vocación "superior" a otras, sensación que pueden sentir muchos curas o seminaristas, sobre todo si la comparamos con la de ser un "simple" lector, un visitador de enfermos, un catequista, etc. Yo no pienso que haya vocaciones superiores: hay llamadas de Dios a seguir a su Hijo, a la santidad, y hay diversidad de tareas, dedicaciones, estados, etc., dentro de la Iglesia de Dios, todo lo cual supeditado a la construcción del Reino de Dios en el seguimiento de Jesús.
Hay llamadas de Dios (a todos nos las dirige, aunque no todos las oyen o quieren oirlas, o quieren responder). Y luego hay preferencias del llamado: a uno le gusta más el ministerio sacerdotal, a otro el ministerio de la catequesis, a otro o a otras... A mí me gustaba lo de ser cura y me aceptaron en el Seminario. Poco a poco fui interiorizando, por mí mismo y con ayuda de otros, que Dios me llamaba a ser cura. Y en ello he estado. ¿Pero ha sido Dios el que me ha llamado específicamente a esto, además de la llamada general que he comentado? Yo, que estoy contento con ser sacerdote y que deseo continuar como tal, quiero creer que Dios está contento con que yo haya concretado su llamada al seguimiento de Jesucristo optando por lo que he optado. Pero supongo que también lo estaría si su llamada la hubiera respondido eligiendo seguir a su Hijo por otros derroteros. Aunque hablando de Dios, uno tiene que reconocer que te topas con un Misterio, aunque un Misterio de Amor, y que nadie, repito, nadie puede presumir de conocer sus intenciones ni comprender perfectamente sus actuaciones.
Porque, además, según tengo entendido, hay grupos, organizaciones, movimientos, etc., en que parece que no es el supuesto "llamado" el que decide y pide ingresar en un Seminario, sino que es el director, el padre espiritual, o un miembro relevante de la organización, el que decide quién debe entrar en el Seminario y "hacerse" sacerdote. A veces se comenta que, tras un Encuentro especial de la organización o movimiento, surgen muchos miembros que se declaran dispuestos a dar ese paso. No me encaja todo esto muy claramente con la especial llamada de Dios a una persona individual al sacerdocio en la Iglesia, tengo que reconocerlo.
¿EXISTE LA VOCACIÓN EPISCOPAL?
Una llamada que, en cambio, no parece ser concebida ni vivida de la misma forma en el caso del episcopado. ¿Por qué no se habla entonces de que Dios llama a uno a ser obispo y de que esta persona lo siente como tal? Más bien se tacharía de presuntuoso a quien eso afirmase, o se diría que tiene deseos de ascender, o cosas por el estilo. Se dice, en cambio, que es la Iglesia, por medio actualmente del Papa, la que lo designa para tal ministerio, lo cual me parece más lógico teológica y organizativamente hablando. Yo creo, por tanto, que es más bien la Iglesia la que concreta las llamadas generales de Dios y encarga a los particulares los servicios o ministerios que ella necesita para colaborar en la construcción del Reino. Lo cual no quita ni un ápice a la importancia del servicio prestado.
¿EN UN SEMINARIO?
Otra cuestión importante es el hecho de que para ser cura haya que pasar unos años (normalmente seis) residiendo en un Seminario y estudiando filosofía y teología. Quiérase o no, el seminario supone una segregación de la vida cotidiana, un apartar a los seminaristas constituyéndolos como grupo "especial", lo cual produce inevitablemente una sensación de formar un estamento aparte, que requiere unos cuidados muy especiales y un control también especial. Es, en definitiva, una formación de "élite" dentro de la Iglesia, lo cual produce lógicamente una sensación de pertenecer a una élite (sensación reforzada incluso por las disposiciones romanas de mantener apartados a los seminaristas de otros escolares). Llegamos de nuevo, por tanto, aunque por otra vía, al concepto y sensación de "elegidos".
SEMINARISTAS JÓVENES
Cuestión no menos importante es que al pensar en personas que se preparan para el sacerdocio, se piense básicamente en chicos jóvenes. Si antes yo no lo hubiera puesto en cuestión, actualmente, tras mi vida de cura, ya no lo veo tan claro. Porque no considero que haya que unir sacerdocio ( = presbítero, "anciano") con juventud. Precisamente lo que se necesita, en esto como en casi todo puesto de parecidas características, es madurez, equilibrio, experiencia. Yo pienso que lo más apropiado es que fueran personas con estas características las que se prepararan para el sacerdocio. Pero lo más frecuente es que actualmente lo hagan chicos jóvenes (aunque algunos ya no lo son tanto) a los que les queda mucho que aprender, no ya teológica y eclesialmente sino vitalmente. En una empresa civil esto supondría un auténtico despilfarro de energías y recursos.
¿Por qué no van dirigidas estas Campañas (si es que hay que hacer Campañas) a esas personas maduras que existen en todas las comunidades? No necesitarían seis años más otro de "practicas", ni seguramente haría falta toda la infraestructura que se ha montado en los Seminarios actuales. ¿Puede estar el "problema" en que esas personas son, por lo general, personas casadas? ¿O el problema radica igualmente en que eso supondría inevitablemente un discernimiento comunitario y una profundización en las condiciones requeridas para acceder al sacerdocio, con el inevitable cambio de algunas de ellas?
Con todo, yo, este curso (como habitualmente) estoy encantado con los alumnos que tengo y admiro su generosidad y hasta su valentía al constatar lo pocos que son y sin que por ello se desanimen. Desde aquí les envío un cariñoso saludo y mi deseo de que sigan adelante con todas las ganas del mundo ya que merece la pena.
¿HAY QUE HACER CAMPAÑAS?
He dicho antes "si es que hay que hacer Campañas". Lo normal es que las Campañas lleguen no sólo a los de "dentro" sino también a los de "fuera", a todos en general. Esto hace suponer que en la mente de quienes las designan se considera que puede haber "candidatos" potenciales que se encuentren fuera de los circuitos eclesiales más dinámicos y vivenciales. Esta concepción vuelve como muy "individualista" la vocación, la saca de la comunidad eclesial viva, casi trata de provocar "conversiones" de personas que hasta ese momento han permanecido como al margen de la misma. Entiendo lo de las conversiones, ¡cómo no!, pero para otra cosa, no para hacerse cargo de un servicio que es considerado como el servicio clave dentro de la comunidad.
DIOS NO ES RESPONSABLE DE QUE HAYA POCOS SEMINARISTAS
Otra cuestión que me choca es la insistencia en pedir a Dios vocaciones sacerdotales, llegando incluso a organizar "maratones" de oración vocacional. Desde hace tiempo me da la impresión de que con ello de alguna manera se le hace responsable de que nos haya "suficientes" sacerdotes. Es como si hubiera que recordarle que no se durmiera en este tema. Y que a nosotros lo que nos toca es rezar y esperar a que sea lo que Dios quiera. A mí no me parece un buen planteamiento. Porque Dios sigue dirigiéndonos su palabra y sus llamadas. Otra cosa es que nosotros le hagamos caso. ¿Por qué no insistimos más bien en tratar de discernir lo que Dios quiere decirnos a través de la situación actual? Igual nos está invitando a buscar nuevas vías e incluso nuevos ministerios y nosotros no acabamos de comprender esto o no queremos entenderle. Dios no es el culpable de la falta de respuestas a sus llamadas.
OTRAS CAUSAS ECLESIALES
Lo que sí es cierto es que cada vez (al menos en nuestra Diócesis) hay menos seminaristas y que en estos momentos su número se ha reducido drásticamente y amenaza con llegar a ser inexistente o prácticamente irrelevante. ¿No habrá otras causas, además de las anteriormente enunciadas, que hayan conducido a esta situación? ¿No habrá que buscarlas más en el interior de la Iglesia que en el ambiente social en que nos movemos? Me da la impresión de que se tiende a echar balones fuera más que a revisar en serio la vida y estructuras de la Iglesia.
UN CIERTO CALLEJÓN SIN SALIDA
Se viene subrayando en los últimos años la falta de interés del clero por suscitar vocaciones sacerdotales. Además de que parece claro que el término "sacerdote" es muy discutible, ya que en todo caso Jesucristo es el único sacerdote de la Nueva Alianza, y que, por otro lado, paradójicamente, todos los cristianos somos sacerdotes, yo no hablaría de falta de interés sino de un cierto callejón sin salida.
A propósito de esto, me decía el otro día un amigo cura que trabaja con jóvenes que dado que actualmente (y a Dios gracias) los grupos son mixtos, ¿cómo invitar en una reunión a una parte de los jóvenes, a los chicos, y dejar de lado a la otra parte, a las chicas, cuando se trata de catequesis de la vocación al sacerdocio? Éstas, por lo general, no lo entienden ni tampoco lo aceptan. Con lo cual la cuestión del sexo bloquea.
¿UN SEMINARIO APARTE?
Por otra parte, el Seminario se ha convertido desde hace años en una institución bastante alejada de muchos sacerdotes diocesanos así como de las comunidades. Reconozco, no obstante, que los encargados del mismo hacen grandes esfuerzos para que no continúe siendo así. Tampoco creo que la solución fuera la de sustituir a los Operarios por curas de nuestra Diócesis, aunque no me agarro en este tema a ninguna fórmula concreta: me es igual que sean Operarios o no. No sé si el cambio de ubicación de las instalaciones contribuirá a un cambio en la relación con el Seminario, si bien me manifiesto más bien escéptico al respecto. En realidad más que del edificio se trata del proceso que se sigue en la vía de acceso al sacerdocio, y del que ya algo he venido hablando. De todas formas, se diga lo que se diga, los números cantan, y el descenso drástico de seminaristas es un hecho innegable. En cualquier empresa civil el déficit de logros provocaría un drástico cambio. Aquí ni se vislumbra.
¿QUÉ MODELO OFRECEMOS HOY LOS CURAS?
Hablando de causas internas que pueden incidir sobre el número de vocaciones y también sobre la cualidad de las mismas, creo que habría que tener en cuenta, entre otras pero especialmente, el modelo de cura que observa la gente y que se plasma en las actuaciones y estilo de vida de los sacerdotes actuales. Para empezar, la edad media del clero ha subido espectacularmente. En estos momentos lo normal es encontrarte curas por encima de los 65 años e incluso de los 70. Esto es lo que ven los jóvenes a quienes van dirigidas fundamentalmente las campañas vocacionales. La imagen que se da es la de una profesión envejecida, casi caduca, e incluso como perteneciente a otras épocas pero con muy poco futuro.
Estos curas, lógicamente, tienen comportamientos, gustos e ideas propias de sus años. Se encuentran en edades en que la población civil se jubila o se ha jubilado. Tienen serias dificultades, en consecuencia, para entender a las jóvenes generaciones, lo cual es algo normal. Sus energías físicas han disminuido y sus conversaciones giran cada vez en mayor proporción en torno a sus achaques. Son beneméritos pero también con unos esquemas que, normalmente, ya no hay quien los mueva. Esto mismo les pasa a las personas de su edad que no son sacerdotes. Difícilmente pueden resultar un colectivo atractivo y que abre futuros.
Por otra parte, la escasez de sacerdotes ha llevado a cargar a los actualmente existentes con una serie de tareas predominantemente cultuales o burocráticas en detrimento del acompañamiento personal. Y es en la distancia corta, en el trato cotidiano o frecuente, en donde uno puede descubrir la realidad del otro y no quedarse meramente en lo externo. Su vida, por tanto, difícilmente puede resultar atractiva, además de que en ocasiones no es precisamente estimulante o radicalmente evangélica.
¿VEN ALTERNATIVAS LAS COMUNIDADES CRISTIANAS?
Hablemos finalmente de las comunidades cristianas (parroquiales o de otro tipo). Da la impresión de que ven con preocupación la disminución de sacerdotes a su disposición y el envejecimiento de los mismos, pero ello no parece llevarles a profundizar en el problema. No sé si es que están resignadas a que esto sea así, pero no suscitan debates sobre el tema, no se interrogan sobre el papel de las familias, no presentan alternativas sobre el papel de los sacerdotes, sobre la redistribución de los servicios en la comunidad, sobre la reorganización de la estructura eclesial. ¿Están esperando que se les den soluciones hechas?
RESUMIENDO
Sin entrar en la dualidad curas-laicos, no bien vista por muchos creyentes, incluso por bastantes sacerdotes, que preferimos hablar de ministerios y comunidad, y que dejo para otra ocasión, creo que es necesario seguir profundizando de manera muy abierta sobre las siguientes o parecidas cuestiones:
- El sentido de las vocaciones.
- Las causas de la drástica disminución del número de personas dispuestas a ser sacerdotes, incluidas especialmente las de dentro de la Iglesia.
- El perfil de las personas que podrían ser candidatas al sacerdocio.
- La diversificación de las vías de acceso al sacerdocio.
- El ser y actuar del ministerio presbiteral, el tipo de vida y el rol de los curas.
Pepe Nerín