NO A LOS ABUSOS DE PODER
EN ORGANISMOS DE NUESTRA IGLESIA
Entre las claves del Cristianismo existe una fundamental a la que no podemos renunciar so pena de desvirtuar el seguimiento de Jesucristo. Estoy hablando del "servicio". Que no ocurra entre vosotros, decía Jesucristo, lo que suele ocurrir en la sociedad civil: que los que mandan abusan de su poder. Entre vosotros, insistía, no hay que mandar sino servir. Y lo expresó gestualmente lavando los pies a sus discípulos, apuntando a lo que había venido haciendo a lo largo de su vida..
Traigo esto a colación porque observo que en nuestra Iglesia se siguen dando comportamientos que van totalmente en contra de esta enseñanza de Jesús. Se sigue abusando en ocasiones del poder. Y no me estoy refiriendo ahora a actuaciones de clérigos, que no somos precisamente ejemplares como lo demuestran los no mínimos casos de abusos que han salido a la luz fundamentalmente en los Estados Unidos. También hay seglares que abusan, no sexualmente, aclaro, sino del poder que ostentan en alguna que otra institución u organismo eclesial. A veces da la impresión de que actúan con la mentalidad que se tenía en la época franquista en que toda disidencia se intentaba acallar e incluso castigar. Pero el caso es que la mentalidad de la sociedad y de los cristianos ha ido cambiando y ya no se acepta sin más que se produzcan, por ejemplo, despidos improcedentes legalmente sin que al menos se dialogue con el que puede ser despedido para evitar llegar a ese trauma, ni se intente dar explicaciones convincentes sino descalificaciones gravemente insultantes.
En algunos de nuestros organismos eclesiales ocurren cosas más o menos como éstas:
- que no se tolera a los disidentes, buscando convertir la vida eclesial, institucional o empresarial en una balsa de aceite en la que nadie se mueva;
- que se minimiza despectivamente el número de los que disienten ("algunos") mientras se magnifican los apoyos ("todos");
- que hay quienes se llenan la boca hablando de la necesidad de practicar la "denuncia profética", pero que reaccionan de malos modos cuando esta denuncia se dirige precisamente hacia sus comportamientos en el uso del poder;
- que desde el poder no se habla con aquél cuyo estilo no se comparte para intentar acercar posiciones, como nos dice el Evangelio que hay que hacer, sino que se le monta un tribunal para dictarle sin más la sentencia condenatoria definitiva sin posibilidad de defenderse;
- que se fomenta el chivatazo entre los trabajadores para acumular pruebas más bien de poca enjundia con el fin de utilizarlas contra el osado que se atreve a proponer alternativas y a quien ya se ha condenado de antemano;
- que ante actitudes semejantes se produce miedo a perder el puesto de trabajo entre quienes lo han alcanzado recientemente, lo cual provoca silencios forzados para no crearse problemas o servilismo hacia los que mandan;
- que se puede insultar gravemente al subordinado en aras de una "sinceridad" muy especial (y, por supuesto, muy poco evangélica) y sin estar el otro presente para defenderse;
- que cuando no se insulta directamente se adopta un tono paternalista falsamente dialogante, pero que queda al descubierto cuando te "atreves" a presentar una visión diferente: se te descalifica sin pensarlo dos veces;
- que cuando no se tienen argumentos se manda callar al discrepante o se le desprecia diciéndole que "le da igual lo que digas";
- que cuando el dirigente comete errores no tiene que reconocerlos e incluso pedir perdón por ellos sino que lo que hay que hacer es poner en marcha el ventilador y procurar hacer corresponsables del error a los demás por ser "culpables" de oponerse con firmeza a esos abusos;
- que cuando les coges en un "renuncio" niegan rápidamente que lo hayan dicho, o sea, que donde dije Diego digo digo, o afirman sin rubor que han hecho el "paripé" a sabiendas;
- que se puede practicar el nepotismo y colocar con contrato a la mujer o al marido en la "empresa" en la que tienes un puesto dominante sin que nadie te pare los pies;
- que no pasó a la historia aquello de "mantenella y no enmendalla".
Especialmente preocupante es la consideración de "menores de edad" en que se tiene a muchos voluntarios en alguno de nuestros "organismos". Da la impresión de que no se quiere renunciar al "centralismo", a que las "verdades" del que "manda" en el centro de la institución sean seguidas a ojos cerrados por la "periferia" y por los voluntarios, los cuales, no lo olvidemos, son una avanzadilla de la comunidad cristiana que gratuitamente y por amor a los marginados entregan su tiempo y su vida. Se pretende imponer de hecho la filosofía del predominio técnico (no compartida, ni muchísimo menos, por los técnicos que tienen más directo contacto con la base), del lenguaje técnico (incomprensible normalmente para las personas de las parroquias), del hacer técnico, del protagonismo técnico. Y hay técnicos a los que se les permite traspasar fácilmente la línea y se convierten en auténticos "políticos" casi con poder de virreinas o de "validos", ocupando posiciones de poder durante años y años, y condicionando fatalmente las decisiones de la institución u organismo. Y, Ħojo con que los remuevas de su cargo!, porque entonces se pasan a la oposición con todas sus energías, abandonan fidelidades, hasta el punto de que hay directivos que prefieren tenerlos de su parte y no en contra, por lo cual acaban por reponerlos en sus puestos.
Todas estas actuaciones y actitudes te llevan muchas veces a experimentar la impotencia ante unos dirigentes muy concretos que utilizan el poder como un frontón en el que todo rebota. Faltan personas que, desde un puesto "institucional", cumplan con autoridad la función evangélica de acoger y hacer de auténtico puente sin casarse siempre con el de arriba que es lo más cómodo para no crearse dificultades.
No vivimos buenos tiempos en muchos aspectos en nuestra Iglesia. Pero serán todavía peores si no vamos corrigiendo con determinación y prontitud estas y otras realidades eclesiales. Algunos acabarán quedándose solos, con mucho poder, pero sin nadie sobre quien ejercerlo. Habrán vencido por la fuerza bruta pero no habrán convencido. Se rodearán de personas dóciles que no les lleven nunca la contraria, pero no disfrutarán nunca con la verdad ni con la creatividad y llevarán a nuestra Iglesia al marasmo y al abandono. Tendrán una buena jubilación, pero no habrán sembrado júbilos. Alardearán de una pretendida "sinceridad" pero habrán sido unos indiscretos y unos imprudentes poco inteligentes, como las vírgenes de la parábola. No dimitirán de sus cargos porque sin el poder se quedarían desnudos. En un alarde para la galería llegarán a decir en alguna ocasión "lo siento", como una muletilla refleja y de "buena educación", pero seguirán actuando de la misma manera porque la conversión exige propósito de la enmienda y ellos no la muestran ni en palabras ni en obras.
He perdido muchísimas batallas, he sido utilizado y, en ocasiones, hasta abofeteado moralmente. He pretendido siempre hablar claro, pero no siempre lo he sabido hacer con equilibrio y tengo fama de somarda e irónico redomado. Para algunos soy un impresentable. Para otros, simplemente, un "contreras" que no tiene otra cosa que hacer. Lo que no he pretendido nunca es ocupar los primeros puestos, ni tener cargos ni hacer "carrera", y mucho menos si para ello tenía que mirar para otro lado y decir más de un amén adulador. Mi deseo, nada original, por cierto, es que todos "ascendamos hacia abajo", vayamos a los últimos puestos para vivir en serio la austeridad forzada de los pobres y nos pongamos de parte de las "víctimas" para intentar ser coherentes con el crucificado y abrir caminos de esperanza en la resurrección a cuantos sufren malos tratos..
Por ello pienso que no podremos avanzar en la solución de los problemas si no intentamos al menos unos pasos (no los únicos) que me parecen imprescindibles:
- afrontar los hechos con serenidad y desde distintos ángulos, buscando siempre la verdad aunque duela;
- asumir los errores e intentar corregirlos, porque, de lo contrario, no se transforma nada;
- sacar las consecuencias y aceptarlas con humildad;
- rehabilitar moral y laboralmente a las víctimas de un uso desmedido del poder;
- cambiar de actitudes en el uso del poder, empezando por reconocer que es "poder" lo que se tiene y que el poder tiene que ser contrarrestado para que no se abuse de él;
- entender que los dirigentes de una organización deben contribuir a su descentralización para evitar centralismos y dirigismos abusivos;
- cambiar a los dirigentes: no sólo cada poco tiempo (fijado de antemano) sino también cuando se han equivocado y se mantienen en el error sin querer rectificar;
- evitar que en las organizaciones haya personas, al nivel que sea, que se establecen como núcleos de poder que afecta al conjunto de la organización o a una parte sustancial de la misma;
- asumir en serio la corresponsabilidad, entendida como la participación de todos en lo que a todos nos afecta;
- evitar órganos de gobierno, comisiones permanentes, etc., monocolores y dependientes acríticamente de quien les ha nombrado, es decir, de quien ejerce realmente el poder;
- establecer "defensores del pueblo" en las organizaciones u organismos eclesiales, es decir, personas a las que puedan recurrir los que se sientan injustamente tratados y que puedan hacer de puente y, especialmente, de defensores de los débiles y de las víctimas; no todos los consiliarios son capaces en estos momentos de ejercer esta función;
- asumir que la "denuncia profética" es necesaria no sólo hacia fuera sino también hacia dentro; más aún: agradecer las críticas y tomarlas en serio de forma eficaz porque sin ellas una organización se enquista y acaba por desaparecer;
- reconocer el papel y la importancia de todos cuantos no están en los aledaños del poder, sobre todo de cuantos voluntarios se ofrecen gratuitamente;
- reconocer el papel y trabajo de los técnicos, pagarles adecuadamente al mismo tiempo que se les exige profesionalidad y dedicación, y no permitir que asuman competencias "políticas" que no les corresponden;
- entender y practicar que los organismos eclesiales deben estar al "servicio" de la Iglesia, de las parroquias, de la gente, potenciando sus pasos, su autonomía, en lugar de pretender dirigir desde el centro e imponer consignas y modos de ver la realidad;
- colocar a los marginados en el centro de nuestras preocupaciones y de nuestros organismos: no para llevar adelante con ellos procesos asistencialistas y paternalistas sino para ponernos al servicio de su promoción, aceptando su protagonismo, y contribuyendo al cambio real de esta sociedad que les impide vivir como ciudadanos de plenos derechos.
Pepe Nerín