Os transcribo una serie de ideas sobre el "acompañamiento" y el "acompañamiento espiritual" a modo de escueto resumen del contenido de la revista "Sal terrae" ("El acompañamiento espiritual") de mayo de 1985.


ACOMPAÑAMIENTO


- Bastantes aspectos (no todos) abordados en grupo tendrán que ser retomados a nivel individual para una mejor comprensión e integración en las situaciones concretas de cada persona. El animador debe atender personalmente a cada joven a partir de las vivencias del grupo y en los aspectos que el grupo no puede potenciar.


EL ACOMPAÑANTE

- Lo fundamental no son las técnicas que utilice el acompañante sino sus actitudes personales. Carl Rogers señala tres básicas: la congruencia, la aceptación incondicional y la empatía.

. Congruencia: que no haya desacuerdo entre nuestra apariencia exterior y nuestro interior.

. Aceptar incondicionalmente a la persona que se quiere ayudar. Sólo en un segundo momento, cuando el acompañante se siente plenamente aceptado y comprendido, puede venir el consejo, la sugerencia..., que entonces caerán en terreno abonado.

Pero no limitarse a aceptar-cabe-sí, a desculpabilizar acogedoramente o a crear un cierto cobijo de serenidad y de paz.

Ser discreta pero eficazmente estimulante, desinstalador; sugeridor y facilitador de potencialidades; sin imposiciones paternalistas. la comprensión, el ánimo y la exigencia no se contraponen sino que se complementan.

Tajante frente a los escrúpulos, evasiones espirituales o peticiones inconscientes de "fáciles bendiciones".

. La empatía es captar el mundo desde el otro, desde su marco de referencia, desde su perspectiva personal. Se precisa una actitud de escucha al mundo interior del otro, tratando de percibirlo hasta en sus más mínimos detalles y contornos.


- Se trata de acompañar un proceso interior de otra persona, no de sustituirla o suplantarla. la iniciativa la debe tener el "acompañado".

-El acompañante necesita conocerse muy bien a sí mismo (para evitar que sus cualidades y limitaciones puedan marcar abusivamente e interferir la única relación verdaderamente importante: la de Espíritu Santo/discípulo).

- Conocedor de sí mismo podrá ayudar al otro como otro, deseándole independiente, autónomo. El acompañante debe desaparecer paulatinamente del horizonte del acompañado en la medida en que éste vaya adquiriendo una cierta madurez espiritual.

- El acompañante debe comprometerse a entablar encuentros periódicos y sistematizados. Y debe poder ser fácilmente localizable cuando se precisa de él.

- Debe autoevaluarse periódicamente sobre su propio bien o mal hacer.

- Sólo puede animar espiritualmente quien a su vez ha vivido esta experiencia. Se ayuda únicamente con lo que uno es, con el propio itinerario espiritual.

- Además de acompañar a alguien es bueno ser acompañado por alguien.


- Es enormemente sano saber renunciar a ayudar cuando no se puede hacerlo.


EL ACOMPAÑANTE Y EL ACOMPAÑADO

- El primer cometido básico del acompañante es ayudar al joven a hacer el descubrimiento de su propia originalidad personal, a aceptarla con profunda gratitud, esperanza y responsabilidad en su concreta y específica singularidad, incluída la parte "sombría" de la persona.

Que el joven se descubra como "riqueza singular", cargado de valores y positividad, como tesoro divino; y que se inserte en un grupo-hogar que le sirva de plataforma de contraste y de identidad.

- El acierto del animador no está en hacer preguntas sino en posibilitar el que los miembros del grupo se interroguen en profundidad. Acompañar la maduración espiritual consiste en ayudar a las personas a cuestionar su vida, profundizar la experiencia humana y encontrarse con Cristo resucitado.

- El acompañante ha de tratar de que el joven descubra cuanto antes que ha sido "elegido en Cristo", que le llama a hacerse y a reconstruirse a "imagen suya".

Tratar de ayudar a discernir la voz de Dios en medio del griterío de otras voces. Acariciar la presencia de Dios en la vida como llamada concreta es la tarea cumbre de un buen acompañamiento.

- Ayudarle a acertar con la voluntad de Dios y a descubrir su vocación específica en la Iglesia y en la sociedad.

- Se trata de caminar hacia la gestación de una persona verdaderamente espiritual, llena del Espíritu del Señor Jesús.

- Ayudar a liberar el corazón de todas las ambivalencias, vinculaciones afectivas y opciones basadas en intenciones no tamizadas por los valores estrictamente evangélicos.

- Sacarle de la dispersión en que vive y ayudarle a conseguir un sentido unificador de su vida.

- Ayudar a que la persona acompañada sepa leer su propia vida, en totalidad, como historia de salvación.

- Ayudarle a caminar en una dirección de integración de fe-vida, acción-contemplación, mística-política, comunidad-servicio...

- Ayudarle a avanzar en la dimensión comunitaria.

- Revisar las actividades o compromisos estables de cada uno (estudio, trabajo, familia, barrio, parroquia, etc.)..

- Y, por último, un consejo: conviene llevar un cuaderno en donde vayamos escribiendo todos aquellos aspectos de interés referentes a nuestro "acompañado".


ALGUNAS INDICACIONES


Es fundamental convivir con los miembros del grupo, estar con ellos, pasear, ir de excursión, visitar sus casas, etc. No sólo tener reuniones.

Comentar con ellos la vida que llevan. Sacar a relucir lo que les haya ocurrido durante la semana para que la reunión, la actividad, conecte con su vida y no prescinda de ella. La vida de cada uno tiene que ser importante para los demás miembros del grupo.

El animador conviene que hable personalmente con cada miembro del grupo de vez en cuando.


No reunirse para hablar de algo, de lo que salga: tener un plan.

El grupo tiene que elaborar su Proyecto de grupo, pero no para tenerlo ahí sino para seguirlo, servir de orientación, volver a él de vez en cuando. Hemos de evaluar periódicamente si lo vamos cumpliendo.


El animador debe ir "delante" de ellos, prever situaciones, tener preparadas alternativas o diferentes "escenarios".

Principio de subsidiaridad: no hacer el animador lo que los miembros del grupo puedan hacer.

No darles las soluciones hechas aunque nosotros las veamos antes que ellos y con más claridad. Ayudarles a encontrar las soluciones.

No acaparar las intervenciones sino hacer que intervengan.

Aportar, pero para que los del grupo tomen decisiones y no las tenga que tomar necesariamente el animador.

Repartir responsabilidades: hacer que ellos se las repartan.


Conviene seguir los pasos del ver-juzgar-actuar-celebrar-revisar.

Hacer las dinámicas imprescindibles y exigidas por el guión. No jugar a hacer más y más dinámicas de grupo.

Llevar control de los que no acuden a alguna reunión: llamarles, contarles lo que hemos hecho, etc.

No tener "enchufados" en el grupo. No estar siempre mirando al mismo o apoyándonos en el mismo.

Llevar bien preparadas las reuniones: puntos a tratar, contenidos, dinámicas...

Disponer de materiales fotocopiados.

Llevar un cuaderno del educador.

El animador debe ser puntual y saber controlar el tiempo de la reunión para distribuirlo adecuadamente.