ACUSICAS
Me contaba el otro día un amigo cura que hace pocos días el obispo le comentó que le habían "informado" de que en una celebración había utilizado una plegaria eucarística no oficial. Todo parece apuntar a que el denunciante era otro sacerdote y, además, compañero generacional y de estudios del primero. El hecho de acusar no es algo nuevo (yo mismo también lo he padecido en alguna ocasión) sino que viene repitiéndose desde hace muchos años; peor aún: ir con chismes o denuncias al obispo es costumbre que forma parte de los hábitos que nunca han sido desmontados en nuestra querida Iglesia.
El hecho pone de manifiesto una situación que no es agradable para el acusado y, supongo, que tampoco para el que recibe la denuncia. Es una actuación que puede considerarse "grave" y que me lleva a plantear una serie de preguntas:
- ¿Qué mueve en nuestra Iglesia a una persona a "denunciar" a otra haciéndolo de una forma digamos que anónima para el denunciado, no dando la cara ante el mismo? ¿Por qué esta falta de caridad de quien se comporta como "acusica"?
- ¿Cómo es posible que un compañero "denuncie" a otro compañero?
- ¿Por qué, si se piensa que es un hecho de gravedad, no se siguen los pasos evangélicos: hablar con el interesado, luego con él y testigos, y luego con la comunidad?
Mantengo la hipótesis de que estos comportamientos "acusadores" suelen ser muchas veces propios de personas que se aferran a la letra de la ley porque son incapaces de otra cosa; o propios de personas que intentan ganar "puntos" con sus denuncias, revelando de esta forma sus características de "trepas"; o propios de personas que al hacerlo pueden sentir que "participan" de ese modo de un cierto "poder", como si de alguna forma se convirtieran en "inquisidores"; o propios de personas a las que les disgusta la libertad y creatividad de otros, porque ellos son incapaces de llegar a esos niveles; o propios de personas a las que les gusta más moverse en las sombras que a plena luz; o propios de personas que ven pecados donde no los hay; o propios de personas que juzgan con tremenda dureza los comportamientos de los demás y sin pizca de misericordia.
Supongo que al Obispo le molesta, como al que más, tener que recibir estas "acusaciones" tan "desinteresadas". Ya sé que él está para recibir a todos, pero ¿no podría dar señales inequívocas de que no es éste el camino y desanimar estas prácticas? Y, si llega a cursarlas, ¿no podría dedicarse a dialogar tranquilamente con el "acusado" para tratar de comprender los motivos de éste? A este respecto, pienso que cuando una persona trata de ser creativa, por ejemplo, en el terreno litúrgico, no tiene la intención de actuar contra las rúbricas o textos oficiales sino que intenta complementarlos para que conecten mejor con la mentalidad y sensibilidad de quienes participan en la celebración. No se trata de prácticas ocultas y por eso es de suponer que siempre se está dispuesto a comentarlas con nuestro obispo, el cual no debiera enterarse por medio de "denuncias" sino por estar en permanente contacto con las personas y con lo que se hace desde la base, para lo cual, evidentemente, hay que ayudarle.
Acabo con una última pregunta que es más bien un deseo: ¿por qué no nos acostumbramos a dialogar entre nosotros sobre aquellas cuestiones en las que podemos mantener posiciones divergentes? Pienso que todos saldríamos ganando.