CAPÍTULO 10º: EJERCICIOS Y EPÍLOGO

 

ENTRE REZOS Y PLÁTICAS

 

En febrero nos llevaban a los mayores, es decir, a los alumnos de 5º y 6º a Peralta de la Sal para participar en los Ejercicios Espirituales. Se trataba de un pueblo a unos 40 Km. de Barbastro, más allá de Monzón. Por esta razón se suspendían las clases, lo cual no estaba nada mal, y rompíamos la rutina barbastrina a través de una convivencia distinta que se desataba especialmente por las noches en los dormitorios. En total fuimos cuarenta y uno en aquel año 62. Nos instalaban en un gran caserón en el que me impactaba, especialmente, un cuadro bastante oscuro en una habitación igualmente casi en tinieblas en el que Goya plasmaba a San José de Calasanz en su última comunión. La ambientación predisponía a los contenidos que nos iban a exponer. El santo fundador no nos transmitía energías juveniles, pasión por el pobre, sino una imagen de caducidad que no espoleaba nuestros ánimos. Injusta pero real.

 

Cada día nos soltaban cinco “rollos” y la jornada resultaba algo pesada, en unas instalaciones, sobre todo nuestros dormitorios, que dejaban bastante que desear. Además el silencio era obligatorio (¡qué tortura para chavales de 15 y 16 años!). Y la alimentación de nuestros cuerpos consistía, por ejemplo, en un desayuno de chocolate hecho y leche en polvo, una comida del mediodía a base de arroz, huevos en camino, carne empanada y flan, una merienda con pan y chocolate, y una cena con verduras, tortilla francesa, cuatro olivas, galletas y pan (todo lo cual lo he sacado de mis apuntes, naturalmente). Acudimos el domingo por la tarde y regresamos el jueves por la mañana.

 

Al año siguiente, salimos hacia Peralta un miércoles cuando atardecía. Ya no éramos novatos en estas lides y eso se notaba. Conocíamos el terreno y la casa ya no nos resultaba misteriosa. Nada más llegar entramos directamente en harina: rezamos el rosario, cenamos y tuvimos una plática de preparación para los Ejercicios. El cura que nos acompañaba era el paciente P. Bonifacio. Al día siguiente nos levantábamos a las ocho de la mañana y la jornada fue transcurriendo entre rollos, misa, vía crucis, etc. Lo que más me conmovió fue este último ya que su desarrollo no se ciñó a las clásicas meditaciones piadosas sino que tuvo muy en cuenta nuestras circunstancias y dejó espacios a una espontaneidad que por momentos resultó vibrante y sin tapujos. También la Hora Santa resultó impactante. Y es que cuando las celebraciones conectan con la vida concreta, todo cambia. Entre medio nos saltábamos la disciplina que nos prohibía meternos en las habitaciones de los compañeros y el cura nos pilló en diversas ocasiones, pero ¿qué podía él frente a tantos desbocados adolescentes, con ganas de hablar y gastar bromas, con tanta adrenalina en sus entrañas? Poco, más bien, porque en cuanto se despistaba se la pegábamos. Llegamos incluso a la guasa de poner papelitos con amenazas de muerte en todos los cuartos. Cosas de adolescentes con ganas de convertir en juego lo que las meditaciones nos ponían por delante, como era el caso de la muerte.

 

Durante el segundo día el cura entró en mi habitación, supongo que para vigilar, nada menos que en seis ocasiones, y es que de vez en cuando montábamos juerga, en especial a base de batallas de almohadas (me pegó Emilio un almohadillazo en un ojo que por poco me lo saca) o practicamos el sistema Morse para comunicarnos unos con otros, algo que imagino desconcertaría a nuestro vigilante escolapio. El último día el cura sólo me visitó una vez, menos mal. A última hora hablamos sobre los temas más importantes. Hicimos confesión general y también formulamos propósitos e impresiones además de dar limosna, supongo que como práctica ascética para alentarnos al desprendimiento generoso.

 

El domingo tuve un ataque de sonambulismo por la noche, algo que durante mi infancia y adolescencia me sucedía en ocasiones como aquélla en la que soñaba que estaba subiendo por una escalera y de pronto ésta se hundió y me desperté desconcertado ya que me había agarrado y colgado de un clavo de la pared. En mi sueño había utilizado la cama primero y luego la mesilla como escalones, hasta que se desmoronó. En esta ocasión, en plenos Ejercicios, me senté en la cama y me puse a hablar y gritar como un loco. Tuvieron que acudir Mayoral y el cura a calmarme. Superado el incidente, a las once de la mañana emprendimos el viaje de regreso y tras parar una hora en Monzón llegamos a comer a Barbastro. Digamos que las chicas no tenían su Peralta y sus Ejercicios eran abiertos en la capilla de su colegio un mes más tarde que los nuestros. Se ve que necesitaban menos apoyo espiritual que nosotros.

 

MUERTE, JUICIO, INFIERNO Y GLORIA

 

Del contenido de las pláticas que el cura director nos dirigía guardo memoria en un cuadernillo verde comprado para la ocasión en la misma casa de Ejercicios y en el que lo relato todo, hasta los menús de las comidas, como he indicado antes, incluyendo la anotación de los signos del mencionado alfabeto Morse. En los temas que nos desarrollaba el padre predicador, que no recuerdo quién fue, se intentaba mostrarnos a un Dios que nos ha dado el ser y al que debemos alabar como Amo y Señor, que quiere la felicidad de todos y que nos concede para ello los dones necesarios. Sin embargo, todo esto quedaba sepultado por las cuestiones en las que más se incidía, a saber, no nuestras vidas cotidianas tratando de descubrir la presencia de Dios en ellas, no el ejemplo de Jesucristo desviviéndose por los demás, especialmente por los más marginados, no nuestras actitudes de respeto, solidaridad, justicia, amor mutuo, confianza en Dios, etc., sino otras más rimbombantes y alejadas como el juicio de Dios, el pecado, la muerte, el infierno, los ángeles caídos a causa de su orgullo, la confesión frecuente de los pecados, la pureza y las tentaciones. Todo para conducir a unos adolescentes de corto recorrido a pensar en situaciones límites que pudieran estremecernos y que nos llevaran a un hipotético cambio de vida en la dirección de ser apóstoles, dejarnos llenar de la gracia de Dios y conseguir el cielo como recompensa.

 

La idea de hacer apostolado nos debería lanzar hacia nuestros compañeros para convertirles, siguiendo la vocación que Dios nos hubiera concedido, entre las cuales la más perfecta era la del estado religioso al estilo fraile con sus votos de pobreza, obediencia y castidad. La de mayor dignidad, sin embargo, era la del sacerdocio, mientras que el matrimonio (el de hombre y mujer) también era considerado como camino de santidad, aunque “si un varón no se siente atraído por una mujer es que algo va mal en él y no sirve ni para el matrimonio ni para la vida religiosa”. Con todo, “puede que no sea muy prudente escoger con toda libertad a la mujer, pues pudiera ser una simple pasión. Lo mejor es dejarse guiar un tanto por los padres. Claro que a veces los padres se exceden y se dejan guiar por la posición social u otras causas”. En fin, un poco de lío paterno-filial. Que en cuestiones de amor y de pareja nadie ha podido sacarse el doctorado.

 

Pero, a decir verdad, el pecado era el tema recalcitrante, es decir, que aparecía una y otra vez. Se trataba de una ofensa infinita a Dios que sólo la sangre derramada por Cristo en la cruz podía limpiar. De nuevo el postulado medieval de San Anselmo, otra vez la teología preconciliar que incluso en pleno siglo XXI nos quieren colar, espero sin éxito, algunos clérigos influyentes. ¿No se daban cuenta de que era imposible aguantar a un Dios que nos lo presentaban tan sádico, tan cruel con su propio Hijo? Los predicadores no eran conscientes de esta contradicción que ha impulsado a muchos a abandonar la fe. Pero insistían en ello y en la posibilidad de condenación eterna tras una muerte inevitable. “Me tengo que morir –se nos decía-, estamos condenados a muerte, mi infancia ya ha muerto, mi juventud va a morir… Podemos morir cuando menos lo pensemos. Me moriré cuando Dios lo quiera”. Sin embargo, “Dios quiere que no nos condenemos y para ello hay que ser devotos de María”. A pesar de esta voluntad divina salvadora, insistían en la condena al infierno y nos la presentaban como terrorífica. El predicador se regodeaba en ella no ahorrándonos detalles de lo más crudos y realistas: “Los condenados padecen y padecerán un fuego eterno que no dará luz. Estarán en una perpetua angustia. Llorarán con desesperación. Tendrán una sed horrible. Sufrirán indescriptibles tormentos. Estarán allí ¡SIEMPRE!”. Una prueba más de la interpretación literalista que confunde lo simbólico con la realidad.

 

“Si no acertamos con nuestra vocación estamos perdidos”. Un medio imprescindible, se nos indicaba, es la oración que “es la palanca que mueve al mundo. Hay que rezar poco (?) pero bien. Rezar al acostarnos y al levantarnos”. Muy importante tener cuidado con las diversiones, especialmente con los bailes “agarrados”: “Al baile no se puede ir nunca pues es ocasión de pecado, en cambio los deportes son muy necesarios”. Y es que “actualmente las fiestas han derivado en una especie de paganismo; prácticamente no se concibe una fiesta si no se incluyen en ella actos que son ocasión de pecado”. Lo ideal era que nos conserváramos castos: “La pureza no es una virtud negativa sino el baluarte del hombre perspicaz y enérgico. Los del campo enemigo (!) han lanzado constantes ataques contra ella, pero el que guarda la pureza tiene el mismo valor que el mártir: el puro es el más caballero de los hombres”. Por esta razón, “para escoger el camino del cielo hemos de dominar nuestras pasiones y unos elementos muy eficaces para conseguirlo son los sacramentos”. “Se cae en la tentación cuando se está ocioso o enfermo (?). Lo mejor es estar activo”. Y esta parrafada sexista: “Los jóvenes son mucho más apasionados que las jóvenes. El hombre sufre más tentaciones que la mujer”.

 

Sobre todo, “tenemos una misión que cumplir y que es mi salvación”. Y esto obedeciendo siempre a quien manda, dándole a éste un aire sacral: “Toda autoridad representa a Dios y nosotros, al someternos a la autoridad humana, nos sometemos al mismo Dios”. En el contexto español que nos había tocado vivir, todo esto sonaba a una legitimación de nuestros gobernantes franquistas y no sé si el conferenciante era consciente de ello dado que la moral de la obediencia lo impregnaba todo. Finalmente, en ocasiones se nos predicaba un desapego de las cosas, una indiferencia hacia ellas, que parecía que nos dirigía la meditación un monje budista: “Podemos utilizar a las criaturas, pero para no abusar de ellas es necesario que estemos indiferentes a todas las que estén bajo nuestra voluntad. No debemos querer más la salud que la enfermedad, más las riquezas que la pobreza, etc. Las que libremente se pueden usar las has de mirar con ojos libres de amor y odio. Hemos de guardar respecto a ellas un justo equilibrio”.

 

En definitiva: tres días sometidos a una presión de un signo religioso no precisamente evangélico y que después se quedaban en nada ya que no enlazaban con nuestra vida de adolescentes en un pueblo de diez mil habitantes, no respondían a nuestras aspiraciones, problemas o ilusiones. Me temo que nuestros predicadores no sabían hacerlo de otra forma e insistían año tras año en repetir la misma fórmula definitivamente caduca. Por desgracia, cincuenta años después la pedagogía pastoral de muchos clérigos, catequistas o profesores de religión sigue anclada donde estaba, sin darse cuenta de que no consiste en dar religión por darla como si por sí sola produjera el milagro sino en hacer de la relación con Dios una experiencia positiva, ampliadora de horizontes, gratificante, humanizadora, que redunde en beneficio de todos precisamente para mayor gloria del Dios que sí merece la pena.

 

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EPÍLOGO TRAS MEDIO SIGLO A CUESTAS

 

Religión, obediencia, amigos y amoríos de pequeños provincianitos, aburrimientos y ganas de pasar el rato juntos, curas y monjas, castigos y cuadros de honor, cine y bicicletas, sacrificios y apostolados, tunas y frontones, familiares y vecinos, nuevas músicas y viejas costumbres, sexo y disciplina, atardeceres de tormentas y mañanitas ocultas por las nieblas, montañas nevadas en la distancia y hojas de otoño caídas sobre el Coso formando alfombras de medio pelo. Todo eso y mucho más, sobre todo gentes que vivían el comienzo del despegue de un Barbastro que empezaba a atisbar aquello del desarrollo, aunque seguían ancladas en un franquismo que soñaba con un Caudillo eterno. “Que nos dure”, decía mi padre, recordando y temiendo que se volviera a reproducir el caos que para la derecha supusieron los tiempos de la República y que tanto temía a la muerte del dictador. Pero incluso mi progenitor, devoto a Franco, iba rebajando la pesada carga ideológica de aquellos años y se distanciaba de la “camarilla”, cuyas miserias las había experimentado en carne propia al sufrir sus conspiraciones para apearlo del cargo. Llegaría incluso a aceptar con todo su cariño a la hija “comunista” de uno de sus amigos, “Pasionaria” universitaria, a diferencia de la actitud que adoptó el resto de sus tradicionales colegas barbastrenses de “buenas familias de derechas”.

 

Hoy Barbastro ha cambiado mucho. Ha pasado de diez mil a unos dieciséis mil habitantes. Abundan desde el año 2000 los inmigrantes procedentes de diferentes partes del mundo. Se ha desarrollado su industria, gracias al polígono industrial conseguido en los años sesenta, sin perder su peso comercial que siempre le ha caracterizado. Ha sido espectacular el desarrollo de la producción vinícola bajo la Denominación de Origen Somontano. Su Ayuntamiento ha cobrado nuevos aires gracias al sistema democrático que se consiguió a finales de los setenta y en él trabajan y conviven, se alternan en la dirección y a veces se enfrentan en trifulcas, personas de derechas e izquierdas, elegidas ahora por el pueblo cada cuatro años, sin que se hunda el edificio.

 

Las nuevas tecnologías, Internet, las redes sociales, las numerosas cadenas de TV, nuevas emisoras de radio, los móviles, etc., han revolucionado la información e incluso las relaciones personales y se goza de una amplia libertad de prensa, aunque dominada por los grandes medios. La instalación de una sede de la Universidad a Distancia ha permitido acceder a estudios universitarios a muchos de sus pobladores impulsando la cultura ciudadana y ampliando el reducido espacio literario que suponía en la Casa de la Cultura su antigua biblioteca potenciada por Harry Gómez en sus años gloriosos.

 

Nuevos hoteles (entre ellos el de mi amigo Paco que ha dado un nuevo tono a la Plaza del Mercado) y otros restaurados, como el San Ramón con su ambiente modernista pero ya sin la ventana callejera a la que nos acercábamos para comprar los deliciosos helados Frigo. Potentes supermercados en donde adquirir todo tipo de géneros cargándolos en tu propio vehículo. Nuevas instalaciones deportivas que, entre otras cosas, han alejado los baños en los ríos con los peligros y muertes que conllevaban. La remodelación urbana ha cambiado su fisonomía: nuevos barrios (las Huertas, Santa Bárbara, Terrero, zona de la Estación, etc.), modernización del entorno de San Francisco y de la Catedral, zonas peatonales, encauzamiento del río que evita las tremendas riadas que se producían periódicamente, centro de congresos, nuevo museo diocesano, museo del vino, nuevas vías urbanas, ampliación de la calle General Ricardos en sus puntos estrechos, renovación del Coso tanto en edificios como en el mismo paseo ciudadano, una variante que alejó la densa circulación de vehículos por el interior de la ciudad y recientemente una autovía desde la que ya ni siquiera se ve el casco urbano barbastrense…

 

Ya no existe el colegio de las monjas en su emplazamiento tradicional frente a los Escolapios, habiéndose desplazado hacia el sur, por encima del nuevo Hospital Comarcal que tanto trabajo y manifestaciones costó conseguir (gracias a la influencia del Opus, según murmuraron entonces los que no creían en la fuerza de la reivindicación ciudadana). Ha cerrado sus puertas el Colegio Seminario, obra de los años cincuenta que sustituyó al final de la carretera de Huesca al destrozado en las contiendas de los años treinta y que espera actualmente un cambio de función. El mismo colegio de los Escolapios, que experimentó una renovación profunda en sus instalaciones más vetustas, va a cambiar de ubicación ya que parece que va a ser adquirido por el Ayuntamiento para ampliar las instalaciones de éste.

 

Ya no se ven burros ni carros por las calles y los esquiladores hace tiempo que cerraron el negocio. En cambio se han multiplicado coches y motos, bicicletas y patines, convirtiendo cada vez más en una difícil aventura el intento de encontrar aparcamiento. Los carteros ya no reparten más que cartas de los bancos porque el correo electrónico los ha desplazado y abunda la publicidad en los buzones. Ya no disfrutas con largas cartas de los amigos y te tienes que contentar con mensajes en el móvil o breves e-mails. Han desaparecido los cuarteles militares, los oficiales y los soldados sin graduación, así como la vieja y cansina “Burreta” que nos unía vía férrea con Selgua con aires de tren centenario y que necesitaba, según la leyenda popular, del apoyo y empuje de los viajeros que sumaban sus fuerzas para superar las cuestas de la Almunieta.

 

Continúa el Obispado, desde hace unos años compartido con Monzón, ampliado con la zona oriental de la provincia, antes de Lérida, pero con un clero dramáticamente envejecido a consecuencia de la ausencia de vocaciones. Ya no suelen verse por las calles las filas de seminaristas con sus becas, tampoco las sotanas ni las tocas espectaculares de las monjas, aunque abundan las peregrinaciones del Opus a su santuario de Torreciudad que hacen escala en nuestra ciudad para rendir pleitesía a su san Josemaría en la casa de la Plaza del Mercado que sustituyó a la original (¡vas a comparar!), o se acercan a la nueva parroquia allá en el quinto pino para rezar al santo allí entronizado. Los críos ya no corren a besarle la mano a los curas por la calle ni éstos llevan manteo. En cambio han reverdecido las ofrendas de flores a la Virgen, no decaen las romerías al Pueyo ni tampoco las procesiones religiosas apoyadas en las numerosas cofradías y nuevos pasos, todas ellas amenizadas por multitud de cofrades con sus tambores que hacen imposibles los silencios. Pero todo esto se vive en medio de la tremenda crisis económica en la que estamos inmersos y de la que no vemos una salida próxima.

 

Los chavales, adolescentes y jóvenes tienen ahora multitud de medios para su diversión, lo cual no quiere decir que los adolescentes hayan dejado de ser indomables aburridos. Hoy tienen animados recreativos llenos de maquinitas con luces de colores, diversidad de discotecas, clubs deportivos, raquetas y zapatillas deportivas de diseño, motocicletas a go-, videoconsolas de última generación, canchas para practicar todo tipo de deportes, sofisticados gimnasios, posibilidades de esquí, montañismo, viajes al extranjero. Pero tal vez se hayan vuelto más espectadores que actores, menos creativos de lo que nosotros fuimos a causa de la indigencia que debíamos superar para sobrevivir en aquellos años ya tan lejanos, incluso inventándonos las reglas de juegos como el "futaj", mezcla de fútbol y ajedrez sobre un tablero, como me recuerda Emilio.

 

Se manejan como expertos por los bares, beben mucho y combinan con pastillas, toman drogas que nosotros ni intuíamos. Apenas cuentan con algún hermano y son pandilleros, como lo éramos nosotros, pero desbordan la timidez de nuestros guateques y no entienden la virginidad prematrimonial, aunque no todo el monte es orégano y han captado claramente aquello de que sin novia no hay sexo. No tienen que recorrer el pueblo para descubrirlo ya que lo pueden ver a cualquier hora en la pantalla de su ordenador con el Street View. No necesitan cines porque tienen en sus casas DVD’s, aunque aún tienen el Cortés como gran sala (con lo cual todavía pueden pasear desde éste al Coso y viceversa), abatido el Argensola, cerrado a cal y canto el Teatro Principal (¡qué desperdicio!) y desaparecido el Coliseo, no digamos ya del agotado cine de los Escolapios. Llevan música a raudales gracias a sus cascos y MP3 que les dan un aspecto de zombis cada uno a lo suyo y utilizan el You Tube cantidad. Ya no saben francés (nosotros tampoco sabíamos mucho) y el inglés se ha ido colando en sus vidas con mucho papanatismo pero son conscientes de que hay que dominarlo para abrirse puertas.

 

Han multiplicado sus relaciones gracias a las redes sociales (a través de Facebook y de Twitter cuentan con decenas y cientos de "amigos"), pero la mayoría de estos contactos supuestamente amistosos, sobre todo cuando se comunican con otros jóvenes de todo el mundo, son más virtuales que reales. En sus casas ya no se habla de religión ni ellos se integran fácilmente en grupos religiosos, pero les entusiasma salir tocando el tambor en Semana Santa con túnica de cofrades marcando el paso; evitan el compromiso prolongado, sobre todo el político, aunque están dispuestos a compromisos puntuales y movidas ocasionales. Disponen de más dinero del que nosotros pudimos imaginar en nuestro tiempo, pero sus perspectivas de empleo futuro son cada vez más negras.

 

Terminado el bachillerato cada cual tuvo que optar, según sus circunstancias lo permitían, aunque muchos ya se vieron antes obligados a ello al abandonar sus estudios por diferentes razones. Hubo incluso quienes, como Galindo y Ordín, fueron los primeros en jurar bandera un 19 de mayo con lo cual anticipaban una juventud que empezaba a asumir tareas de adultos. Mi opción por entrar al Seminario convulsionó a mi pandilla y mi vocación “tardía”, ya que lo normal era ingresar a los once años, fue ampliamente comentada. Empezaba la dispersión del grupo. Comenzaba una juventud que cada uno íbamos a vivir abriendo nuevos horizontes. Barbastro se nos fue quedando pequeño a los que regresábamos en vacaciones desde lejanos lugares de estudio. Y nuestros destinos se multiplicaron: Zaragoza (Galindo, Villas, Viñuales, Laín, Nerín, Palacio), Madrid (Omeñaca, García Cuello, Codera), Sevilla (Guardingo), Barcelona (Escorihuela, Gilaberte, Lavilla, Lalana, Satué, Padrós), Gijón (Sáez), León (Leira), Teruel (Lázaro), Huesca (Buera, Bruno, Plana, Sorribas), Salamanca (Torres), Bilbao (Baelo), Le Mans-Francia (Michel), Tortosa (Casanova), Castellón (Folch, Pons), Valencia (Reñé), Lérida (Bellosta, Puigdevall), Monzón (Fuentes, Poza), Binéfar (Cardil), Tamarite (Fumanal), Laluenga (Capablo), Esplús (Marsol), Benabarre (Lleida), San Sebastián (Santolaria), Talavera de la Reina (Sarasa), Pertusa (Trallero)…, además de los que se quedaron en Barbastro, ellos y ellas, insuflando nuevas energías y proyectos en la vida de nuestro pueblo: Pablo Abadías, Paquito Albert, Leonardo Latorre, Jorge Mayoral, Carlos Pérez, Joaquín Peropadre, Joaquín Piedrafita, Antonio Ferrer y más recientemente Paco Jiménez, así como mis eternos amigos los Abarca, además de numerosos compañeros de los tiempos de la Primera Enseñanza y que pueden apreciarse en la siguiente fotografía con el P. Mariano Ochagavía al frente (Faci, Turón, Vinués, Aznar, Morancho, Caja, Fillat, Viñuales, Cudinach...). Un recuerdo también para las que han mantenido el fuego en nuestra ciudad: . Carmen Buil, Mari Colomina, . José Gámiz, . José Gutiérrez, . Rosa Rámiz, Mariló Lanau y . Teresa Solano.

 

Hoy, por tanto, la mayoría no residimos en Barbastro aunque mantenemos unos lazos de amistad que ni este último medio siglo transcurrido desde entonces ha conseguido amortiguar. Un recuerdo especial, no obstante, para todos aquéllos que han terminado su recorrido vital experimentando la muerte con más o menos esperanza en la resurrección: a Luis Manuel García Gómez, José Félix Buil, Jaso Alós, Ángel Dobarro, José . Pera, Joaquín Villar y a algún otro que seguro cuya muerte desconozco, así como a los profesores Franco, Aniquino y los padres Comín, Narciso, Bonifacio, Conde, Elola, Olivera, etc. Para los que aún tenemos fe, ésta ha debido ir cambiando y ya no es la misma que la que vivimos en el colegio, sino más madura y baqueteada, y confío en que vaya orientada en un sentido más evangélico. En cuanto a las ideas políticas, la vida nos hizo plurales sin que ello haya afectado a nuestra amistad. Y, en lo concerniente a la edad, entramos ya en la jubilación, con nuestros achaques y enfermedades, pero con ganas de reencontrarnos para revivir recuerdos y potenciar nuevas ilusiones.

 

El experimentado seguidor de mi página web que ha completado la lectura de estos recuerdos habrá constatado que existen en los mismos repeticiones de mis anteriores memorias que comenzaban precisamente en 1963. Fui consciente de este solapamiento desde el principio pero no quise evitarlo ya que en aquéllas el hilo director era mi historia vocacional, mientras que en éstas el relato de mi adolescencia no ha dependido de nada exterior a la misma.

 

Confío en que la lectura haya merecido la pena, siendo muy consciente de que me he basado en mis propias experiencias de adolescente y he desarrollado mi adolescencia y no la de otros que, aunque parecidas, han diferido lógicamente porque cada uno es único y ponemos el acento en nuestras propias e intransferibles vivencias. Gracias por vuestra paciencia y benevolencia que espero alcanzar.

 

Pepe Nerín Baselga

Zaragoza, Mayo de 2011

 

En homenaje a Nané, amigo de toda la vida, que lleva con dignidad y valentía la terrible carga del E.L.A.