ADULTOS
EN UNA IGLESIA DE ADULTOS
El nuevo Papa Benedicto XVI (o Benito) lleva ya unas cuantas semanas en su nuevo cargo y nuestro nuevo obispo, Manuel Ureña, se dispone a comenzar su episcopado entre nosotros. Entramos en una nueva etapa, no sabemos todavía si parecida o diferente a la anterior. Estamos a la expectativa.
Pero estar a la expectativa no podemos confundirlo con estar de brazos cruzados esperando sin más a que nuestros nuevos dirigentes se destapen e indiquen por dónde nos aconsejan seguir. Igual que un crío no trae un pan debajo del brazo, tampoco un papa ni un obispo nos van a traer las soluciones a nuestros problemas pastorales. Bienvenidos sean ambos y bien hallados seamos nosotros. A ellos y a nosotros se nos pide un esfuerzo de clarificación evangélica, de coherencia de vida según el Evangelio, de evangelización y de conversión, entre otros esfuerzos. Dejemos que los nuevos se organicen y no estemos esperando al cielo, hacia arriba (a ellos) con los brazos cruzados y medio pasmados.
La vida sigue. Sigue esa vida en la que estamos metidos desde hace muchos años. Sigue la tarea pastoral con la que nos hemos comprometido. Las soluciones no tienen por qué venirnos de los que vienen. Es verdad, que no es lo mismo un papa que otro, un obispo que otro. Es verdad que cuando el pastor es portador de esperanzas los demás nos sentimos de otra manera, reconfortados, animados. Y ése es un derecho que queremos ejercer. Pero si las cosas no fueran así, ĄDios no lo quiera!, tampoco tendríamos que hundirnos en la más triste miseria y desespero.
Pienso que son momentos de comportarnos como adultos no de hacerlo como niños dependientes y que necesitan en todo momento que sus papás les solucionen los problemas. Un adulto es, entre otras cosas, alguien que debe saber discernir, que debe ser capaz de analizar, que debe estar preparado para moverse con criterio propio (en nuestro caso con criterio evangélico hecho suyo desde sus propias coordenadas). Un adulto es quien sabe analizar la realidad y nada le escandaliza porque es capaz de comprender hasta lo más extravagante. Un adulto es alguien que no necesita que le lleven de la mano porque lo que quiere es estrechar las manos. Un adulto piensa con su propia cabeza y asume sus propias responsabilidades sin descargarlas sobre otros. Un adulto es capaz de decir sí y de decir no. Un adulto es capaz de asumir la libertad y los riesgos. Un adulto es consciente de su pasado pero no se queda en él sino que intenta abrir caminos hacia el futuro y no detenerse como si ya hubiera llegado a la meta.
Yo quiero ser adulto en ésta que es mi Iglesia. Y espero que todos lo lleguemos a ser.
Pepe Nerín