ALGO PROVOCADOR

 

            En estos días postelectorales acabo de leer en un periódico de tirada nacional el siguiente párrafo: “Me gustaría que en el País Vasco ocurriera algo provocador. Me gustaría que ocurriera también en cualquier otro lugar. Si no pudiera ser, me conformaría con que nosotros, los que observamos, nos atreviéramos a provocar. La provocación puede generar dudas, con las dudas se acaba teniendo ideas propias, y con ideas propias (y un poco de honestidad) no hay "frentismo" que valga” (Enric González, El País 5.3.2009).

 

            Abro a continuación el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de Julio Casares, y me señala que “provocar” es “incitar a uno a que ejecute una cosa”, añadiendo igualmente que también significa “irritar o excitar a uno”. Por su parte, el Gran Diccionario de Sinónimos y Antónimos, editado por Espasa, relaciona este verbo con “aguijonear, cabrear, espolear, estimular, molestar, suscitar, etc.”. Con lo cual saco como conclusión que provocar tiene que ver con impulsar a actuar, con estímulo, produciendo al mismo tiempo, al parecer inevitablemente, reacciones en contra del estímulo por parte de determinados sectores.

 

            Bueno, pues a mí también me gustaría que en nuestra Iglesia se produjera “algo provocador”, algo que nos removiera del letargo o del inmovilismo estructural-ideológico y nos produjera un cierto desasosiego, una serie de dudas acerca de lo que estamos haciendo y de cómo lo tenemos montado, de modo que nos obligara a pensar, a reflexionar, a “inventar” nuevas actuaciones y formas de organizarnos. Es algo parecido a lo que “provocan” los sueños de aquellos testigos privilegiados de nuestro tiempo que se adentran por el terreno de la “utopía” con el fin de ir haciéndola posible. Me gustaría que en nuestra Iglesia se fomentara la discusión, la crítica argumentada, la oposición razonable a las ideas y actuaciones de quienes detentan los cargos de responsabilidad, y que esto fuera considerado como un bien, como una “gracia”, como un regalo del cielo por parte de los mismos dirigentes criticados. A mis alumnos siempre les repito aquello de que conviene que tengan como libro de cabecera a un autor con el que no coincidan ideológicamente para que de este modo se vayan acostumbrando a vivir en un mundo plural, legítima y necesariamente diverso, y a vivir en él captando todo lo bueno y siendo comprensivos (mejor que “tolerantes”, que es una palabra que me suena a paternalista) con las posturas más alejadas de las de uno mismo.

 

            Sin embargo, nos encontramos en una coyuntura eclesial en donde bastantes de los máximos dirigentes se han ido acostumbrando a practicar el “frentismo” (de un lado nosotros y del otro los que nos combaten), tratando de colocarnos en plan formación militar para afrontar las “batallas” a las que nos obliga el “enemigo”. Un frentismo siempre situado en las mismas posiciones inamovibles, siempre junto a los más conservadores, siempre repartiendo los cargos entre los afines, siempre propugnando un pensamiento único fuera del cual no ven más que heterodoxias o herejías, siempre copando los medios de comunicación de la Iglesia o los puestos dirigentes en universidades, congresos o lo que se tercie y que dé poder de decisión.

 

            De verdad: nos aburren y, lo que es peor, nos escandalizan. Así no se va a ninguna parte, lo cual es lógico ya que lo que buscan es el más puro inmovilismo. Pero revisten su ideología con palabras altisonantes como “defensa de la vida”, “libertad de elección”, “derechos de los padres”, “ley natural”, “derecho divino”, etc., como si sus oponentes defendieran la muerte, la esclavitud o las injusticias.

 

            Os estáis cargando, o lo habéis hecho ya, la credibilidad de la Iglesia ante la gente de nuestro tiempo. Menudo entuerto que vais a dejar a la posteridad y que habrá que deshacer como Dios nos dé a entender a los que os hemos “sufrido” con paciencia jobiana o a los que vengan después.

 

Pepe Nerín

5.3.2009