Atrio, 22.07.09
La
nueva encíclica de Benedicto XVI Caritas in Veritate
del 7 de julio último es una toma de posición de
El
género no es profético, «el cual supondría un análisis concreto de una
situación concreta» que posibilitaría emitir un juicio sobre los problemas a la
vista en forma de denuncia-anuncio. Pero no está en la naturaleza de este papa
ser profeta. Él es un doctor y un maestro. Elabora el discurso oficial del
Magisterio, cuya perspectiva no viene de abajo, de la vida real y conflictiva,
sino de arriba, de la doctrina ortodoxa que esfuma las contradicciones y
minimiza los conflictos. La tónica dominante no es la del análisis, sino la de
la ética, la de lo que deber ser.
Como no
analiza la realidad actual, extremadamente compleja, el discurso magisterial
permanece principista, equilibrista y se define por
su indefinición. El subtexto del texto, lo no
dicho en lo dicho, remite a una inocencia teórica que inconscientemente asume
la ideología funcional de la sociedad dominante. Se nota ya al abordar el tema
central ―el desarrollo―
tan criticado hoy por no tener en cuenta los limites ecológicos de
Su
visión es que el sistema mundial se presenta fundamentalmente correcto. Lo que
existen son disfunciones, no contradicciones. Ese diagnóstico sugiere la
siguiente terapia, semejante a la del G-20: rectificaciones y no cambios,
mejorías y no cambio de paradigma, reformas y no liberaciones. Es el
imperativo del maestro: «corrección», no el del profeta: «conversión».
Al leer
el texto, largo y pesado, acabamos pensando: ¡qué bien le vendría al papa
actual un poco de marxismo! Éste, a partir de los oprimidos, tiene el
mérito de desenmascarar las oposiciones presentes en el sistema actual, sacar a
la luz los conflictos de poder y denunciar la voracidad incontenida
de la sociedad de mercado, competitiva, consumista, nada cooperativa e injusta.
Ella representa un pecado social y estructural que sacrifica millones en el
altar de la producción para el consumo ilimitado. Esto debería denunciarlo
proféticamente el papa. Pero no lo hace.
El
texto del Magisterio, olímpicamente por fuera y por encima de la situación
conflictiva actual, no es ideológicamente «neutro» como pretende. Es un
discurso reproductor del sistema imperante, que hace sufrir a todos
especialmente a los pobres. No es cuestión de que Benedicto XVI lo quiera o
no lo quiera sino de la lógica estructural de su discurso magisterial. Por
renunciar a un análisis crítico serio, paga un alto precio en ineficacia
teórica y práctica. No innova, repite.
Y pierde
una enorme oportunidad de dirigirse a la humanidad en un momento dramático de
la historia, a partir del capital simbólico de transformación y de
esperanza contenido en el mensaje cristiano. Este papa no valora el nuevo cielo
y la nueva Tierra, que pueden ser anticipados por las prácticas humanas,
solamente conoce esta vida decadente, y por sí misma insostenible (su pesimismo
cultural), y la vida eterna y el cielo futuros. Se aleja así del gran mensaje
bíblico que tiene consecuencias políticas revolucionarias al afirmar que la
utopía terminal del Reino de la justicia, del amor y
de la libertad sólo será real en la medida en que se construyan y se anticipen,
en los límites del espacio y del tiempo histórico, tales bienes entre nosotros.
Curiosamente,
haciendo abstracción de nociones fideistas
recurrentes («sólo a través de la caridad cristiana es posible el desarrollo
integral»), cuando se «olvida» del tono magisterial en la parte final de la
encíclica, habla de cosas sensatas como la reforma de
Parafraseando
a Nietzsche: «¿cuánto
análisis crítico es capaz de incorporar el Magisterio de
Leonardo
Boff (Atrio)