Entrevista
a Andrés Ortiz-Osés
Cuando tenía 5 años, el filósofo
Andrés Ortiz-Osés, que este curso se jubila como
catedrático en
–Se
jubila, pero de su libro se deduce que no está jubiloso, sino más bien cansado.
–Estoy
a punto de cerrar una etapa de mi vida, la de la docencia, aunque voy a seguir
como emérito. Estoy bien de salud cuando llego al final de esta larga etapa de
33 años en la Universidad de Deusto y eso me agrada. Pero también es cierto que
me encuentro cansado de predicar concordia y reconciliación en un contexto en
el que no se ha dado ni parece que se vaya a dar.
–También
hace un balance de su vida, y de la vida en general, no demasiado positivo.
¿Por qué?
–El
balance de lo vivido es ambivalente: ha habido gozo, alegría, amor... y también
sinsentido, desamor y muerte. La mía es una melancolía asumida. No le hablo de
una tristeza enfermiza, sino de lo que decía Aristóteles: todo hombre que ha
vivido si no es melancólico es que es tonto. En la vida hay siempre un 50% de
bueno y otro 50% de malo. Soy un pesimista abierto al optimismo, a un mundo que
parece que va a mejor. Pero en los momentos en que dudo pienso que la muerte es
un descanso.
–En
su libro dice que la vida es demasiado dura para la gente sensible.
–Es
que estoy muy determinado por mi biografía, sobre todo por el asesinato de mi
padre. Como dice Margarita Yourcenar, a una cierta
edad uno sabe que la vida es un fracaso. El éxito finalmente consiste en saber
asumir el fracaso. Si eres optimista te das de bruces con una realidad cruel.
Una de las cosas que más me ha enseñado en los últimos tiempos es el canal
internacional de TV Natura, que muestra el terror de la naturaleza...
–Vivir
es hoy mucho más fácil en cuanto a los aspectos materiales que hace uno o dos
siglos. Pero, ¿y en lo espiritual? ¿Vivimos más angustiados, con menos
certezas?
–Hemos
logrado muchos avances. Tenemos democracia, Estado del Bienestar, una
comunicación universal... Pero es una época de grandes carencias. Nietzsche hablaba de la muerte de Dios, que es el sentido y
el horizonte. Nos hemos quedado a la intemperie. Hemos quitado a Dios para
idolatrar a otros dioses. Pero esto no tiene remedio: el hombre es en realidad
un pobre hombre, un ser desvalido, sin instintos, solitario. Lo trágico es que
no hemos asumido nuestra propia pobreza.
–¿Por qué
es trágico?
–Porque
asumirlo nos habría llevado a la compasión. Por el contrario, vivimos entre
odios, recelos, competitividad desquiciada. El cristianismo predica la caridad,
la coimplicación de los contrarios. Pero lo que
tenemos es una sociedad heroica: queremos que el héroe mate al dragón, que la
vida acabe con la muerte, y eso es una locura. El mito del héroe ha generado el
machismo, la guerra, la voluntad de poder... Pero se trata de que Dios redima
al Diablo, no de que acabe con él, de la asunción crítica del mal.
–La
caída del sentido religioso, ¿nos coloca ante un vacío existencial?
–¿Es cierto que
hay menos religiosidad? En Europa, sí, es evidente, pero los americanos dicen
que lo que sucede es que se ha convertido en algo más personal, más íntimo. Hay
una cierta crisis del Dios tradicional, que era como un déspota, aunque
estrictamente el Dios del cristianismo nunca debió ser así. El hombre es un animal
religioso, y eso es positivo, porque nos abre a la trascendencia. El ateo
militante dice que después no hay nada, y eso es encerrarnos. La fe da
esperanza, pero también es cierto que depende de en qué creas.
–¿Hay
religiones peligrosas?
–Si
Dios es rencor, la religión es peligrosa. Aunque aspectos peligrosos los hay en
muchas religiones, por razones diversas. El budismo, por ejemplo, escapa del
mundo. Y el cristianismo ha leído la Biblia literalmente, lo que ha dado lugar
a crueldad, como con la Inquisición. Siento decirlo, pero el catolicismo es la
rama más atrasada del cristianismo porque se basa en una Iglesia sin reforma.
El cristianismo reformado es más interesante, y los países donde se practica
son los más atractivos de Europa y América. En cambio, el catolicismo tiene
pendiente una autocrítica, una reforma como la de Lutero,
una apertura.
–¿Con qué
sustituimos la religión, sus aspectos espirituales o el consuelo que
proporciona?
–La
religión no se puede sustituir. Asume una utopía fundamental, pero más allá de
este mundo. Lo que se está dando es el paso de una religión tradicional a otra
más democrática, que se cultiva en el alma, en el interior de cada uno. La
religión debe asumir que las viejas prácticas han sido laminadas por la razón.
Ahora, en democracia sólo caben religiones democráticas, que planteen las cosas
compasivamente y no condenas. Dicho eso, y pese a que acabo de comentar que la
religión no se puede sustituir, lo que está sucediendo es que está siendo
desplazada por ciertas proclamas de amor.
–¿Con qué
consecuencias?
–El
amor ha sido tan sacralizado por la Iglesia tradicional que se ha convertido en
tabú. Y la reacción ha sido la trivialización del
amor, ahora convertido en puro sexo. La Iglesia tiene que empezar a ver el amor
como algo sagrado y al mismo tiempo como profano.
–¿Hoy es
más importante el sexo que el amor?
–Hay
una devaluación general de la religión, la moral clásica, el arte, la
filosofía, el respeto al otro... y el amor. Por el contrario, hay una revaluación del sexo. A menudo nos olvidamos de que el sexo
sin amor es prostitución. Ese es uno de los aspectos negativos de la
democracia. A este país le está viniendo estupendamente, pero yo no llegaría a
decir, como Zapatero o Savater, que la democracia
está por encima de todos. Como tampoco diría con el entonces cardenal Ratzinger que la verdad está por encima de todo. ¿Hay algo
por encima de todo? Sí, la fraternidad, el respeto al otro, la persona.
–La
democracia ha traído el matrimonio homosexual, que a usted tampoco le gusta.
–No
me gusta el término. Creo que la palabra matrimonio debería reservarse para las
uniones heterosexuales. Yo me he inventado un término para las uniones
homosexuales: fratrimonio.
–Comenta
en su libro que le gustaría ser algo peor de lo que es para hacer frente mejor
a la maldad ajena. Sorprende que alguien diga eso.
–La
realidad consta de lo bueno y lo malo. Los ingenuos y los idealistas, los que
van de positivos, creen que sólo hay cosas buenas. En el otro lado, la gente
más materialista sólo ve el mal. Lo que desconcierta es que queremos coger el
bien olvidándonos del mal. Pero todos somos buenos y malos al mismo tiempo.
Todos los intentos de extirpar el mal han terminado en catástrofes: Hitler quiso eliminar los elementos negativos de una
sociedad terminando con quienes decía que eran de raza inferior; Stalin quiso hacer una sociedad sin explotadores ni
explotados... y ya sabemos lo que sucedió en ambos casos. La sociedad ideal nos
conduce siempre a un totalitarismo. Y además conviene no olvidar que el mal
radical, que es la muerte, acaba siempre matándonos, y eso no tiene solución.
–¿A usted
le han hecho mucho mal?
–Me
educaron en la beatitud del bien, pero a los cinco años mataron a mi padre...
Fue un trauma que yo no he superado y que ha sustentado mi filosofía. No lo he
superado, como decía, pero lo he supurado. He sufrido, pero ha sido un
sufrimiento asumido. He aprendido algo de maldad, lo suficiente como para
defenderme y tener amigos que me defiendan.
–En
uno de sus juegos de palabras habituales, dice que los jóvenes universitarios
han pasado en unas décadas de ser marxianos a ser
marcianos. ¿Qué significa eso?
–Que
hemos pasado de alumnos interesados en muchas cosas, pero con un sesgo político
evidente, a la postmodernidad, que es como decir a la
nada. La postmodernidad es saludable como crítica,
pero tiene un aspecto negativo, que se plasma en una enorme flojera ante todo.
Hemos pasado de matarnos por las ideas a no mover el culo por nada. Somos así
de extremosos y de extremistas.
–Y
respecto de lo que usted llama ‘la cosa vasca’, dice que empieza a ser algo así
como la película ‘Matrix’, incomprensible para la
mayoría. Si no se entiende, difícilmente se desenredará la madeja...
–El
problema del País Vasco es la cantidad de mitologías y posos del pasado que hay
detrás, para bien y para mal. Aquí nos hemos identificado como la Madre Tierra
frente al Padre Estado que es Madrid, en un episodio que podríamos calificar de
edípico. Se ha sacralizado la tierra, que en el mundo
de hoy es algo que resulta supérfluo. Siempre he
dicho que el conflicto se resuelve con la reconciliación entre padre y madre,
en la fraternidad. Yo creo que es posible un nacionalismo positivo si es
abierto, porque el peligro es la cerrazón. Y luego está el asunto empantanado de
la lengua.
–¿Por qué
empantanado?
–Porque
es una melopea que el euskera,
que es una lengua local, entre en competitividad con el español, que es una
lengua internacional. Es como si el español quisiera competir con el inglés,
que es la lengua global.
–¿Usted le
ve solución a esto?
–No
lo sé. Quizá a largo plazo, por aburrimiento. Hay resaca de cierto
nacionalismo; no digamos ya de violencia. Aquí hay que predicar apertura
mental, cultural y política, coimplicación de las
partes... Es cierto que la cosa ha mejorado mucho y desde luego yo estoy seguro
de que tendrá solución disolviéndose democráticamente en Europa.
–El
recuento de sus viajes produce envidia. Vaya con el filósofo, dirán los
lectores.
–Quizá
sorprenda no tanto ahora sino en el tiempo de mi juventud. Buscaba viajando la
asunción del trauma de mi orfandad. Yo me asfixiaba aquí y tuve suerte:
encontré una beca, estuve fuera y me encantó. Hallé mi realización personal en
Innsbruck, en unos años en que se produjo el Concilio Vaticano II y Mayo del
68. Los viajes son fundamentales para conocer gente, idiomas, ambiente. Yo
estoy enamorado de Centroeuropa.
–¿Cuáles
son sus ciudades favoritas?
–La
ciudad romántica por excelencia, y mi favorita, es Venecia. Habré estado una
docena de veces, con amigos y colegas, a lo largo de estos años. Luego están
Roma, Innsbruck... En España, la ciudad que más me gusta es Santiago de
Compostela, por su belleza y melancolía.
–También
sorprende la cantidad de gente que conoce, desde cardenales hasta directores de
cine.
–He
tratado de coger lo mejor del laico, que es la libertad, y lo mejor del
religioso, que es la apertura a lo sagrado. Siempre me he movido en la
frontera.
–Dice
en su libro que se imagina en la eternidad, viendo trabajar a Miguel Ángel
mientras suena de fondo la música de Bach. ¿Está ahí la felicidad máxima?
–La
felicidad máxima está en el amor, que tiene siempre un contrapunto doloroso. El
amor está condensado en Miguel Ángel trabajando el grupo escultórico de los
Esclavos que se liberan, y en la música de Bach, que armoniza los contrarios.
–¿Qué
queda de las ‘sublimes ilusiones’ de las que hablaba su madre cuando se dirigía
por carta a usted?
–A
pesar del cansancio que parece transmitir el libro, queda mucho. Estoy contento
de que la vida no me haya machacado esas ilusiones, aunque también es cierto
que me las ha retorcido. No se puede vivir sin ilusiones, pero tampoco es bueno
vivir de ilusión.
1.7.2008