Entrevista a Andrés Ortiz-Osés

 

                                                                                             César Coca

 

Cuando tenía 5 años, el filósofo Andrés Ortiz-Osés, que este curso se jubila como catedrático en la Universidad de Deusto, vivió un episodio que ha marcado toda su vida: su padre fue asesinado. El autor del crimen fue un maquis que años atrás había sido militar en el Ejército de la República y a quien su padre, un «joseantoniano inofensivo», como él lo define, había salvado de su encarcelamiento tras la Guerra Civil. Nueve años después de aquel asesinato, falleció su madre. Ha pasado más de medio siglo desde entonces, y el filósofo confiesa que ha «supurado pero no ha superado» esas heridas. Ahora, en el filo mismo de una nueva etapa, a punto de publicar un libro (La herida romántica, Anthropos) en el que reflexiona sobre todo lo que ha preocupado siempre al ser humano y revive algunos aspectos de su vida, como la muerte de sus padres, Ortiz-Osés hace balance. Y lo hace con pasión.

–Se jubila, pero de su libro se deduce que no está jubiloso, sino más bien cansado.

–Estoy a punto de cerrar una etapa de mi vida, la de la docencia, aunque voy a seguir como emérito. Estoy bien de salud cuando llego al final de esta larga etapa de 33 años en la Universidad de Deusto y eso me agrada. Pero también es cierto que me encuentro cansado de predicar concordia y reconciliación en un contexto en el que no se ha dado ni parece que se vaya a dar.

–También hace un balance de su vida, y de la vida en general, no demasiado positivo. ¿Por qué?

–El balance de lo vivido es ambivalente: ha habido gozo, alegría, amor... y también sinsentido, desamor y muerte. La mía es una melancolía asumida. No le hablo de una tristeza enfermiza, sino de lo que decía Aristóteles: todo hombre que ha vivido si no es melancólico es que es tonto. En la vida hay siempre un 50% de bueno y otro 50% de malo. Soy un pesimista abierto al optimismo, a un mundo que parece que va a mejor. Pero en los momentos en que dudo pienso que la muerte es un descanso.

–En su libro dice que la vida es demasiado dura para la gente sensible.

–Es que estoy muy determinado por mi biografía, sobre todo por el asesinato de mi padre. Como dice Margarita Yourcenar, a una cierta edad uno sabe que la vida es un fracaso. El éxito finalmente consiste en saber asumir el fracaso. Si eres optimista te das de bruces con una realidad cruel. Una de las cosas que más me ha enseñado en los últimos tiempos es el canal internacional de TV Natura, que muestra el terror de la naturaleza...

–Vivir es hoy mucho más fácil en cuanto a los aspectos materiales que hace uno o dos siglos. Pero, ¿y en lo espiritual? ¿Vivimos más angustiados, con menos certezas?

–Hemos logrado muchos avances. Tenemos democracia, Estado del Bienestar, una comunicación universal... Pero es una época de grandes carencias. Nietzsche hablaba de la muerte de Dios, que es el sentido y el horizonte. Nos hemos quedado a la intemperie. Hemos quitado a Dios para idolatrar a otros dioses. Pero esto no tiene remedio: el hombre es en realidad un pobre hombre, un ser desvalido, sin instintos, solitario. Lo trágico es que no hemos asumido nuestra propia pobreza.

–¿Por qué es trágico?

–Porque asumirlo nos habría llevado a la compasión. Por el contrario, vivimos entre odios, recelos, competitividad desquiciada. El cristianismo predica la caridad, la coimplicación de los contrarios. Pero lo que tenemos es una sociedad heroica: queremos que el héroe mate al dragón, que la vida acabe con la muerte, y eso es una locura. El mito del héroe ha generado el machismo, la guerra, la voluntad de poder... Pero se trata de que Dios redima al Diablo, no de que acabe con él, de la asunción crítica del mal.

–La caída del sentido religioso, ¿nos coloca ante un vacío existencial?

–¿Es cierto que hay menos religiosidad? En Europa, sí, es evidente, pero los americanos dicen que lo que sucede es que se ha convertido en algo más personal, más íntimo. Hay una cierta crisis del Dios tradicional, que era como un déspota, aunque estrictamente el Dios del cristianismo nunca debió ser así. El hombre es un animal religioso, y eso es positivo, porque nos abre a la trascendencia. El ateo militante dice que después no hay nada, y eso es encerrarnos. La fe da esperanza, pero también es cierto que depende de en qué creas.

–¿Hay religiones peligrosas?

–Si Dios es rencor, la religión es peligrosa. Aunque aspectos peligrosos los hay en muchas religiones, por razones diversas. El budismo, por ejemplo, escapa del mundo. Y el cristianismo ha leído la Biblia literalmente, lo que ha dado lugar a crueldad, como con la Inquisición. Siento decirlo, pero el catolicismo es la rama más atrasada del cristianismo porque se basa en una Iglesia sin reforma. El cristianismo reformado es más interesante, y los países donde se practica son los más atractivos de Europa y América. En cambio, el catolicismo tiene pendiente una autocrítica, una reforma como la de Lutero, una apertura.

–¿Con qué sustituimos la religión, sus aspectos espirituales o el consuelo que proporciona?

–La religión no se puede sustituir. Asume una utopía fundamental, pero más allá de este mundo. Lo que se está dando es el paso de una religión tradicional a otra más democrática, que se cultiva en el alma, en el interior de cada uno. La religión debe asumir que las viejas prácticas han sido laminadas por la razón. Ahora, en democracia sólo caben religiones democráticas, que planteen las cosas compasivamente y no condenas. Dicho eso, y pese a que acabo de comentar que la religión no se puede sustituir, lo que está sucediendo es que está siendo desplazada por ciertas proclamas de amor.

–¿Con qué consecuencias?

–El amor ha sido tan sacralizado por la Iglesia tradicional que se ha convertido en tabú. Y la reacción ha sido la trivialización del amor, ahora convertido en puro sexo. La Iglesia tiene que empezar a ver el amor como algo sagrado y al mismo tiempo como profano.

–¿Hoy es más importante el sexo que el amor?

–Hay una devaluación general de la religión, la moral clásica, el arte, la filosofía, el respeto al otro... y el amor. Por el contrario, hay una revaluación del sexo. A menudo nos olvidamos de que el sexo sin amor es prostitución. Ese es uno de los aspectos negativos de la democracia. A este país le está viniendo estupendamente, pero yo no llegaría a decir, como Zapatero o Savater, que la democracia está por encima de todos. Como tampoco diría con el entonces cardenal Ratzinger que la verdad está por encima de todo. ¿Hay algo por encima de todo? Sí, la fraternidad, el respeto al otro, la persona.

–La democracia ha traído el matrimonio homosexual, que a usted tampoco le gusta.

–No me gusta el término. Creo que la palabra matrimonio debería reservarse para las uniones heterosexuales. Yo me he inventado un término para las uniones homosexuales: fratrimonio.

–Comenta en su libro que le gustaría ser algo peor de lo que es para hacer frente mejor a la maldad ajena. Sorprende que alguien diga eso.

–La realidad consta de lo bueno y lo malo. Los ingenuos y los idealistas, los que van de positivos, creen que sólo hay cosas buenas. En el otro lado, la gente más materialista sólo ve el mal. Lo que desconcierta es que queremos coger el bien olvidándonos del mal. Pero todos somos buenos y malos al mismo tiempo. Todos los intentos de extirpar el mal han terminado en catástrofes: Hitler quiso eliminar los elementos negativos de una sociedad terminando con quienes decía que eran de raza inferior; Stalin quiso hacer una sociedad sin explotadores ni explotados... y ya sabemos lo que sucedió en ambos casos. La sociedad ideal nos conduce siempre a un totalitarismo. Y además conviene no olvidar que el mal radical, que es la muerte, acaba siempre matándonos, y eso no tiene solución.

–¿A usted le han hecho mucho mal?

–Me educaron en la beatitud del bien, pero a los cinco años mataron a mi padre... Fue un trauma que yo no he superado y que ha sustentado mi filosofía. No lo he superado, como decía, pero lo he supurado. He sufrido, pero ha sido un sufrimiento asumido. He aprendido algo de maldad, lo suficiente como para defenderme y tener amigos que me defiendan.

–En uno de sus juegos de palabras habituales, dice que los jóvenes universitarios han pasado en unas décadas de ser marxianos a ser marcianos. ¿Qué significa eso?

–Que hemos pasado de alumnos interesados en muchas cosas, pero con un sesgo político evidente, a la postmodernidad, que es como decir a la nada. La postmodernidad es saludable como crítica, pero tiene un aspecto negativo, que se plasma en una enorme flojera ante todo. Hemos pasado de matarnos por las ideas a no mover el culo por nada. Somos así de extremosos y de extremistas.

–Y respecto de lo que usted llama ‘la cosa vasca’, dice que empieza a ser algo así como la película ‘Matrix’, incomprensible para la mayoría. Si no se entiende, difícilmente se desenredará la madeja...

–El problema del País Vasco es la cantidad de mitologías y posos del pasado que hay detrás, para bien y para mal. Aquí nos hemos identificado como la Madre Tierra frente al Padre Estado que es Madrid, en un episodio que podríamos calificar de edípico. Se ha sacralizado la tierra, que en el mundo de hoy es algo que resulta supérfluo. Siempre he dicho que el conflicto se resuelve con la reconciliación entre padre y madre, en la fraternidad. Yo creo que es posible un nacionalismo positivo si es abierto, porque el peligro es la cerrazón. Y luego está el asunto empantanado de la lengua.

–¿Por qué empantanado?

–Porque es una melopea que el euskera, que es una lengua local, entre en competitividad con el español, que es una lengua internacional. Es como si el español quisiera competir con el inglés, que es la lengua global.

–¿Usted le ve solución a esto?

–No lo sé. Quizá a largo plazo, por aburrimiento. Hay resaca de cierto nacionalismo; no digamos ya de violencia. Aquí hay que predicar apertura mental, cultural y política, coimplicación de las partes... Es cierto que la cosa ha mejorado mucho y desde luego yo estoy seguro de que tendrá solución disolviéndose democráticamente en Europa.

Personalia

–El recuento de sus viajes produce envidia. Vaya con el filósofo, dirán los lectores.

–Quizá sorprenda no tanto ahora sino en el tiempo de mi juventud. Buscaba viajando la asunción del trauma de mi orfandad. Yo me asfixiaba aquí y tuve suerte: encontré una beca, estuve fuera y me encantó. Hallé mi realización personal en Innsbruck, en unos años en que se produjo el Concilio Vaticano II y Mayo del 68. Los viajes son fundamentales para conocer gente, idiomas, ambiente. Yo estoy enamorado de Centroeuropa.

–¿Cuáles son sus ciudades favoritas?

–La ciudad romántica por excelencia, y mi favorita, es Venecia. Habré estado una docena de veces, con amigos y colegas, a lo largo de estos años. Luego están Roma, Innsbruck... En España, la ciudad que más me gusta es Santiago de Compostela, por su belleza y melancolía.

–También sorprende la cantidad de gente que conoce, desde cardenales hasta directores de cine.

–He tratado de coger lo mejor del laico, que es la libertad, y lo mejor del religioso, que es la apertura a lo sagrado. Siempre me he movido en la frontera.

–Dice en su libro que se imagina en la eternidad, viendo trabajar a Miguel Ángel mientras suena de fondo la música de Bach. ¿Está ahí la felicidad máxima?

–La felicidad máxima está en el amor, que tiene siempre un contrapunto doloroso. El amor está condensado en Miguel Ángel trabajando el grupo escultórico de los Esclavos que se liberan, y en la música de Bach, que armoniza los contrarios.

–¿Qué queda de las ‘sublimes ilusiones’ de las que hablaba su madre cuando se dirigía por carta a usted?

–A pesar del cansancio que parece transmitir el libro, queda mucho. Estoy contento de que la vida no me haya machacado esas ilusiones, aunque también es cierto que me las ha retorcido. No se puede vivir sin ilusiones, pero tampoco es bueno vivir de ilusión.

 

1.7.2008