ANHELO DE COMUNIDAD
“La parroquia es mi segunda casa”, nos declaraba
Juanita en una entrevista hace pocos números. Y el primer párroco, Daniel
Ortega, en una charla pronunciada con motivo de las bodas de plata, afirmaba
que desde el principio pretendimos una parroquia popular en la que todos
participasen, es decir, una parroquia comunidad. Pues eso es lo que mejor
resume el sentimiento y deseo que desde el comienzo caracterizó las relaciones
de los miembros de la parroquia.
Las declaraciones y documentos al
respecto han sido numerosos a lo largo de estos años. En la década de los 90 se
llega a una formulación bastante nítida del “proyecto parroquial”, que ha
quedado reflejado en el artículo del párroco Jesús Domínguez en páginas
posteriores.
Había que crear comunidad y a ello
se dedicaron los mejores esfuerzos. Empezó en la calle porque no se cabía entre
las cuatro paredes de la primitiva capilla (qué representativa es una foto
celebrando misa al aire libre al comienzo de toda esta movida, como expresando
gráficamente que los parroquianos de Begoña no querían encerrarse ni separarse
de sus conciudadanos), más tarde en plan provisional en los locales de
Esto no quiere decir que todo haya
sido un camino de rosas. Ya los primeros cristianos tuvieron sus debates y
discusiones para ir descubriendo el camino que Dios les proponía. A lo largo de
la historia de
Pero, pese a todos los problemas y
desencuentros, la comunidad continuó a lo largo del siglo XX legándonos unas
bases que siguen plenamente vigentes. Luchando no sólo un día, ni un año, ni
muchos, sino toda la vida, como los “imprescindibles” que nos ha venido
recordando el mural del patio con palabras de Bertolt Brecht.
No hay vida cristiana sin comunidad,
no puede haber parroquia sólo con cristianos que van cada uno a lo suyo
buscando su santificación individual. El Buen Dios, Padre de todos, nos convocó
y reunió desde una pequeña parcela de la calle Daroca para que cual diminuto
grano de mostaza fuera creciendo la semilla de la solidaridad. Hoy se ha
convertido en un árbol cincuentón, lleno de surcos y que, como todo, va necesitando
savia nueva que fertilice sus numerosas ramas unidas al tronco común. Ojalá aportemos todos nuestra
colaboración dejando que el Espíritu del Padre y del Hijo nos fecunde y
dinamice como colectivo, Pueblo de Dios en marcha.■