ANHELO DE COMUNIDAD

 

                La parroquia es mi segunda casa”, nos declaraba Juanita en una entrevista hace pocos números. Y el primer párroco, Daniel Ortega, en una charla pronunciada con motivo de las bodas de plata, afirmaba que desde el principio pretendimos una parroquia popular en la que todos participasen, es decir, una parroquia comunidad. Pues eso es lo que mejor resume el sentimiento y deseo que desde el comienzo caracterizó las relaciones de los miembros de la parroquia.

 

            Las declaraciones y documentos al respecto han sido numerosos a lo largo de estos años. En la década de los 90 se llega a una formulación bastante nítida del “proyecto parroquial”, que ha quedado reflejado en el artículo del párroco Jesús Domínguez en páginas posteriores.

 

            Había que crear comunidad y a ello se dedicaron los mejores esfuerzos. Empezó en la calle porque no se cabía entre las cuatro paredes de la primitiva capilla (qué representativa es una foto celebrando misa al aire libre al comienzo de toda esta movida, como expresando gráficamente que los parroquianos de Begoña no querían encerrarse ni separarse de sus conciudadanos), más tarde en plan provisional en los locales de la Guardería y finalmente en el nuevo complejo parroquial de la calle Daroca en cuyo diseño primó la funcionalidad comunitaria por encima de toda otra consideración arquitectónica o estética. Y se dejó abierto un callejón de paso para que la gente entrara “hasta la cocina”, nos atravesaran sus inquietudes y pudiéramos celebrar en el patio el encuentro de todos y todas.

 

            Esto no quiere decir que todo haya sido un camino de rosas. Ya los primeros cristianos tuvieron sus debates y discusiones para ir descubriendo el camino que Dios les proponía. A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido enfrentamientos y divisiones. También en nuestra parroquia. No somos perfectos. En un escrito parroquial de 1974 (doce años tan sólo después de su fundación) leemos lo siguiente: “Hay desánimo real o aparente que creemos que se apoya en el contraste existente entre nuestras aspiraciones, que suelen ser elevadas y exigentes, y nuestra realidad que es pobre. De aquí el pesimismo, la excesiva problematización y, quizás en algunos, la falta de esperanza. Frecuentemente nos quedamos sólo en lo negativo y no valoramos lo positivo que tenemos y que desde fuera se ve más”.

 

            Pero, pese a todos los problemas y desencuentros, la comunidad continuó a lo largo del siglo XX legándonos unas bases que siguen plenamente vigentes. Luchando no sólo un día, ni un año, ni muchos, sino toda la vida, como los “imprescindibles” que nos ha venido recordando el mural del patio con palabras de Bertolt Brecht.

 

            No hay vida cristiana sin comunidad, no puede haber parroquia sólo con cristianos que van cada uno a lo suyo buscando su santificación individual. El Buen Dios, Padre de todos, nos convocó y reunió desde una pequeña parcela de la calle Daroca para que cual diminuto grano de mostaza fuera creciendo la semilla de la solidaridad. Hoy se ha convertido en un árbol cincuentón, lleno de surcos y que, como todo, va necesitando savia nueva que fertilice sus numerosas ramas unidas al tronco común. Ojalá aportemos todos nuestra colaboración dejando que el Espíritu del Padre y del Hijo nos fecunde y dinamice como colectivo, Pueblo de Dios en marcha.