AÑO LITÚRGICO:

ACOMPAÑAR A CRISTO

EN SUS MISTERIOS

 

            El Año Litúrgico es un concepto sumamente fecundo para la vida de las comunidades cristianas y para el creyente, y haremos bien en prestarle especial interés. El Año Litúrgico nos permite “colorear” los días y los tiempos con el tono de los misterios de la vida de Jesús, desde Adviento a Pentecostés. Los colores blanco, verde y morado se van sucediendo a lo largo del año. El verde corresponde al tiempo más largo. Es el “Tiempo Ordinario”. El morado y el blanco nos acercan a los “tiempos fuertes”: Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.

 

            El Año Litúrgico sintoniza bien con los ritmos del ser humano y de la naturaleza, desde el nacimiento hasta la muerte y el nacer de nuevo. Con el nacimiento de la vida y la esperanza que le precede; con el crecimiento y la adultez; con los proyectos de vida y su realización; con la enfermedad, la vejez y la muerte; con la espera de una resurrección dichosa. Sintoniza el Año Litúrgico con la primavera y sus ilusiones, con la madurez y la cosecha del estío, con el otoño de una vida serena y cumplida, con el invierno oscuro y frío, que desde la raíz espera un brote nuevo y una savia nueva.

 

            Sobre todo, el Año Litúrgico nos permite vivir cada año el seguimiento de Cristo, y renovarlo y hacerlo crecer todos los años. Cada Adviento, cada Pascua, son diferentes, abiertos a nuevas esperanzas y a una vida siempre nueva, resucitada y glorificada. Pasos siempre nuevos en el camino que asciende hacia Cristo, punto omega de la creación, plenitud de toda criatura, gloria definitiva de la humanidad y del cosmos. Cristo es el centro y el fin del Año Litúrgico.

 

            Por ello, el Año Litúrgico puede y debe reorientar el sentido de la presencia del Pueblo de Dios en las eucaristías dominicales. No es lo mismo un domingo de Adviento que uno de Cuaresma. Y no es lo mismo cumplir con el precepto dominical, lo cual es muy bueno, que acompañar a Cristo a lo largo del año en la celebración de los misterios de su vida, lo cual es, con mucho, lo mejor. La Eucaristía dominical y el precepto de su asistencia a ella conviene que se integren en el proyecto más pleno del Año Litúrgico. Es importante que el pueblo cristiano tenga en su cabeza y en su corazón el Año Litúrgico, su desarrollo y sus momentos.

 

            En las parroquias solemos utilizar el Calendario Litúrgico-Pastoral. Junto a este calendario oficial hay otros calendarios que nos presentan otras celebraciones, otros “santos” y otras “jornadas”, que pueden incluirse en una Iglesia a la que nada humano le es ajeno, para la que nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.

 

            Un buen ejemplo es la Agenda Latinoamericana. Y el “Seminario de Investigación para la Paz” de Zaragoza, publica todos los años un “Calendario para la Paz y la Solidaridad. En él aparecen, en este 2009, más de 70 “Días y Jornadas Mundiales”, ante las que un cristiano no puede permanecer indiferente. Son, por ejemplo, el Día Escolar de la No-Violencia y de la Paz, el Día Mundial del Agua, el Día Mundial del Refugiado, la Semana del Desarme, el Día Universal de la InfanciaEs importante que el cristiano y la celebración litúrgica recojan las grandes causas de la humanidad, las formas como cada generación vive sus gozos y esperanzas, angustias y tristezas, los signos de los tiempos por donde apunta hoy la presencia y acción del Espíritu de Dios, para que nos ayude y colaboremos con él en la realización del Reino.

 

            Los grupos de liturgia parroquiales o de animación comunitaria deberían ser muy sensibles a esta nueva historia de la salvación, y ofrecerla al Señor en la patena de nuestra oblación en cada Eucaristía, al tiempo que la presenta también a la comunidad y la sensibiliza sobre ella, y la compromete en su realización.

 

Lucio Arauzo

2.2.2009